entrevista

Esteban Hernández: "Occidente se ha vuelto tan rígido y decadente como la URSS"

El periodista y jefe de opinión de El Confidencial publica en Ariel 'Así empieza todo: la guerra oculta del siglo XXI', un ensayo sobre la gran transformación del mundo durante las últimas décadas

Foto: Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)
Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)

Nochevieja de 2019. Mientras un nuevo coronavirus empezaba a propagarse aún de forma silenciosa, el presidente chino Xi Jinping dirigía a sus ciudadanos un mensaje de año nuevo cargado de seguridad, optimismo y éxito, les incitaba a "trabajar para ser dignos de una época magnífica" y aseguraba que su país contaba con amigos "en cada rincón del mundo". Ese mismo día, Donald Trump felicitaba el nuevo año a los estadounidenses con una broma muy propia ("Mientras yo estoy en la Casa Blanca trabajando, ustedes están de fiesta"), para luego advertir de que, aunque la nación vivía un buen momento económico gracias a su liderazgo, los enemigos acechaban por todas partes y debían por ello fortalecer las fronteras contra los criminales que aguardaban para entrar en el país.

Los términos se habían invertido: China era de pronto un país confiado y en expansión, mientras EEUU se mostraba como una nación en declive que se parapetaba en sí misma.

Portada de 'Así empieza todo'. (Ariel)
Portada de 'Así empieza todo'. (Ariel)

En 'Así empieza todo, la guerra oculta del siglo XXI' (Ariel), el periodista y jefe de opinión de El Confidencial Esteban Hernández (Madrid, 1965) lleva a buen puerto la tarea de dar cuenta de la gran transformación sufrida por el mundo durante las últimas décadas. La economía, la sociedad, las relaciones internacionales o la cultura han saltado en mil pedazos y viven una reconfiguración acelerada que, por su radicalidad y velocidad, no es fácil percibir. Hay muchas cosas que contar y hay que contarlas bien.

PREGUNTA. Nos hemos estado engañando, afirmas, al pensar que el liberalismo estaba armado con el mejor sistema inmunitario para responder a las amenazas evitando esas tormentas de citoquinas que, como con el coronavirus, conducen al desastre por sobrerreacción e incompetencia para identificar peligros reales. ¿Las ideas no valen gran cosa ante la locura de los hombres?

RESPUESTA. Es curioso porque fíjate que, cuando se ganó la Guerra Fría, existía la convicción de que el régimen soviético era mucho más ineficiente para conseguir sus metas. Y ahí veíamos la superioridad occidental: habíamos ganado la guerra por hacer las cosas mejor, porque nuestros regímenes libres nos permitían acumular más talento, más capacidad de crítica y, por tanto, mayor capacidad de reacción. Y eso fue cierto en un momento de la historia pero lo que no era cierto es que ese momento fuera a durar eternamente. La pandemia ha mostrado a países autoritarios manejando bien la situación y a democracias haciéndolo fatal. El sistema en sí no aporta aquello que creía que intrínsecamente aportaba. Y, como no es una cuestión de tipo de régimen, creo que el declive occidental actual puede achacarse a una coagulación: nuestros elitistas sistemas de identificación de riesgos han quedado sobrepasados, se han vuelto rígidos y decadentes al igual que los de la URSS en su momento y no nos permiten incorporar el talento y la capacidad de crítica que podría ayudarnos. Con la pandemia y con la crisis económica de 2008.

Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)
Esteban Hernández. (Salomé Sagüillo)

P. La gestión de la pandemia parece confirmar eso que llamas nuestro mayor error: no haber entendido el éxito del autoritarismo chino, ese que cuyo fin pronosticamos desde hace años sin éxito. Y sin embargo, ¿no pintas el triunfo chino casi como producto de una mente maquiavélica que lo ha hecho todo bien?

R. El principal secreto del éxito chino es la estupidez occidental. Cada vez que les dábamos dado algo y ellos reaccionaban fortaleciendo sus intereses y perjudicando los tuyos, nos engañábamos pensando que más tarde o más temprano China iba a cambiar y a convertirse en una democracia: las nuevas clases medias exigirían más derechos, daba igual que nos robaran la propiedad intelectual porque Wall Street sacaba muchos beneficios de su mano de obra barata cada vez que deslocalizábamos allí una fábrica, etc. Hacíamos la vista gorda ignorando avisos claros. ¿A qué se dedicaba China mientras tanto? Pues a lo mismo que Occidente en los años 50 y 60: planificar, transformar su aparato productivo, pensar a largo plazo, lograr una cierta cohesión social elevando el nivel de vida de la mayoría. Y todo esto lo ha conseguido con un régimen autoritario.

El principal secreto del éxito chino es la estupidez occidental

P. Mientras Occidente repite viejas recetas para problemas nuevos defendiendo una globalización que, argumentas, ha quebrado la cohesión social, separando más que nunca a gobernantes y gobernados y alentado el escepticismo hacia los viejos valores. Pero no parece que los nuevos valores emergentes de eso que llamamos populismo sean muy novedosos: nacionalismo, búsqueda de enemigos externos...

R. Sí, a ver, hay una época a la que yo presto especial atención en el libro que es el periodo de entreguerras en la que veo procesos muy similares a los actuales. A la Primera Guerra Mundial se le dio una solución que no fue la mejor ni de lejos y eso produjo tensiones en muchos territorios. Pero, ¿cuál es la diferencia entre Alemania e Italia por un lado y Estados Unidos por el otro? La diferencia es que mientras gran parte de Europa giró a posiciones nacionalistas, autoritarias, fascistas, Estados Unidos tomó el camino del New Deal que le permitió no solamente llegar con la capacidad productiva a tope a la Segunda Guerra Mundial sino además ganarla y trasladar ese New Deal a la Europa vencida. A diferencia de la Primera, ahora al perdedor sí se le incorpora al orden nuevo en lugar de hacerle pagar la factura. En todo esto sin duda influyó la existencia de un nuevo enemigo como era la URSS. ¿Pero hoy dónde estamos, en el 18 o en el 45? Sin duda recuerda bastante más a entreguerras con todos los estados compitiendo entre sí y también en el interior cada facción lucha por conseguir un poco más de lo que tiene. Y en esa pelea del 'sálvese quién pueda' las reglas ya no cuentan.

Boris Johnson y Donald Trump. (Reuters)
Boris Johnson y Donald Trump. (Reuters)

P. Es curioso porque la pandemia ha golpeado si cabe con más fuerza precisamente a los populistas: Bolsonaro, Johnson, Trump (infectando, por cierto, a los tres)? ¿Cómo afectará a la reconfiguración mundial en ciernes que señalas y que ya estaba en marcha antes del virus? ¿Es tan quimérico, como dice Mark Lilla, esperar un regreso liberal?

R. Empiezo por el final: sí, es quimérico esperar un regreso liberal si el liberalismo no entiende la esencia de su éxito después de la Segunda Guerra Mundial. Si no cuentas con un grado importante de cohesión social, si la gente no llega a fin de mes y no puede mirar al futuro con esperanza y cree que los años venideros serán aún peores que los actuales, el deterioro institucional será inevitable y, sin instituciones sociales fuertes, el liberalismo no funciona. El liberalismo debe reconfigurarse más allá de una defensa de las libertades, como aquello, más bien, que las hace posible: independencia económica y capacidad de subsistencia. Eso, el liberalismo lo ha olvidado y no tiene pinta de que vaya a recordarlo. Por esollo surgen movimientos y regímenes populistas. ¿Les va a afectar la pandemia? Yo creo que no. No sabemos si Trump ganará o perderá las elecciones pero, aunque las pierda, eso no cambiará la tendencia actual. Que desaparezcan determinados autores no implica que desaparezcan sus ideas.

Es quimérico esperar un regreso liberal si el liberalismo no entiende la esencia de su éxito tras la Segunda Guerra Mundial

P. La batalla entre nacionalistas e internacionalistas —o globalistas— es falsa, dices, porque se enfoca en el vacío olvidando que los estados existen en verdad y se relacionan entre sí.

R. Estados Unidos no ha dicho que se ha acabado la globalización. Lo que ha dicho es: vamos a reconstruir las reglas de la globalización para sacar nosotros mejor partido. Y lo mismo Turquía, China, Rusia, India... Existe ahí una tentación de regreso al cierre nacional, sí, pero es que la soberanía significa dos cosas. La primera implica a la potencia interior que tengas, esa capacidad de crear cohesión dentro de tu territorio, y la segunda tiene que ver con tu fuerza exterior. Si eres un país pequeño tu soberanía siempre quedará limitada por otros más fuertes. Cuando hay un consenso internacional puedes hacerte valer aunque seas pequeño, pero si desaparece, como ocurre en el momento actual, no. ¿Qué nos ocurre en España? Que nos tenemos ninguna fuerza exterior, estamos insertos en la UE, con una deuda enorme y somos un estado dependiente.

P. También señalas el equívoco del conflicto entre conservadores y progresistas. Ambos tienen más que ver de lo que parece, sobre todo en sus errores comunes: unos apostaron por el individuo y otros por la identidad pero ambos olvidaron la importancia del vínculo comunitario y coincidieron en la culpabilización permanente. Los populismos anuncian poder 'recohesionar' reagrupando a rojos y pardos pero, más bien al contrario, ¿no están llevando la polarización al máximo?

R. Es que el populismo de derechas creció a partir de una sola premisa: el combate contra el progresismo. Es decir, para crear cohesión nacional tenías que olvidarte de las ideas y expulsar a una parte de la sociedad. Pasa en EEUU y pasa en España. La idea básica de la derecha es que Sánchez, muy mal, Podemos, horrible, etc, buscan el poder por el rechazo. Por cierto, la izquierda hace lo mismo. ¿Qué ocurre? Que no hay manera así de construir un proyecto común, no hay manera de discutir en serio sobre qué vamos a hacer con nuestro país.

La suma de agraviados no puede conformar una sociedad

P. Cuando se critica la afición actual de la izquierda por la diversidad parece olvidarse que nuestras sociedades son efectivamente diversas.

R. Pero es que lo que ha hecho la izquierda progre es coger el individualismo de la derecha y trasladarlo al grupo concreto que reivindicará su derecho frente a los demás. Pues bien, la suma de agraviados no puede conformar una sociedad. Lo que para la derecha era el poder coaccionador del estado, para la izquierda de la diferencia lo es el poder blanco heterosexual de clase media.

P. Los perdedores de la globalización son las industrias deslocalizadas, las zonas rurales, las clases medias en descomposición pero, adviertes, también esas clases medias altas que, como laaristocracia del baile final de 'El Gatopardo', asiste incrédula a su final ante el empuje de la burguesía.

R. Estamos ante un cambio del modelo productivo, estamos ante un momento Polanyi, ante una gran transformación. Y las clases medias altas o las clases altas europeas han perdido la capacidad de influir globalmente. Normalmente son clases que ya han ido vendiendo lo que tenían, poseen sin duda mucho dinero que colocan en el ciruito global del sistema. Y en las crisis pueden palmar pasta. El gran fondo no pierde dinero pero el inversor, sí. Cuando tienes una fábrica de galletas en Aguilar de Campoo con dos mil puestos de trabajo cuentas con influencia social y además tienes algo que puedes dejarle a tus hijos. Luego lo vendes a un fondo y sí, tienes un montón de pasta, pero has perdido la influencia y la capacidad de reproducir tu posición.

P. España, con su enfrentamiento entre Barcelona y Madrid sería un ejemplo particular de cómo la desestructuración social devuelve la ideología desde lo territorial. ¿Es ese equilibrio del terror el que explica de alguna forma que nuestro país sea uno de los últimos en los que gobierna la socialdemocracia?

R. Fíjate en el programa de recuperación que ha propuesto Sánchez, la digitalización, lo verde, es todo lo mismo de antes. La pandemia ha acelerado procesos que ya estaban en marcha y la estructura territorial española lo ha notado debido a esa pelea entre los focos de Madrid y Barcelona. Esa relación funcionó mientras hubo dinero pero, cuando llega la crisis y Madrid sigue concentrando la riqueza, en Cataluña dicen que no quieren seguir repartiendo y que se van. Las élites de la derecha catalana piensan que pueden tener recorrido global por sí mismas de una manera ilusoria, piensan que hay un mundo maravilloso ahí fuera y deciden separarse. Y así, el modelo político español que dependía de los nacionalistas se ha hecho mucho más débil. Lo único que queda es tejer alianzas frágiles entre el centro y la periferia para tirar para adelante y, por el momento, el que ha sabido tejer mejor esas alianzas es el PSOE de Sánchez. Por eso está gobernando.

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