Desembarco en Cataluña: de la consulta del 1-O a la fuga de Puigdemont a Bruselas
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Desembarco en Cataluña: de la consulta del 1-O a la fuga de Puigdemont a Bruselas

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Imagen: Irene de Pablo.

Eran casi las diez de la noche. Tras una sesión parlamentaria agotadora el 6 de septiembre de 2017, el Parlament de Cataluña aprobaba la Ley del Referéndum. Al día siguiente Carles Puigdemont convocaba la consulta del 1 de octubre. Cataluña iba al choque de trenes y El Confidencial tenía que contarlo. Se trataba de una cobertura distinta, prolongada en el tiempo, con mucha actividad no solo en los despachos sino también en las calles, y todos los medios internacionales mirando hacia la crisis catalana, que se sabía que comenzaría pero no cómo iba a acabar.

El inicio pilló a El Confidencial a contrapié. Mientras se estaba preparando el despliegue se produjo el cerco de la conselleria de Economía del 9 de septiembre de 2017, cuando una manifestación de 40.000 personas bloqueó a la comitiva judicial y una docena de agentes de la Guardia Civil durante 17 horas. Nadie lo esperaba, la situación de caos envalentonó al independentismo y sus voceros mediáticos aseguraban que todo era posible.

A partir de aquí se desplegó un equipo de relevos proveniente de la redacción de Madrid, porque con dos personas en Cataluña no era posible explicar todo lo que se nos venía encima. Se alquiló un piso de Airbnb, por donde pasaron buena parte de la sección de reportajes y algunos de los miembros de las sección de Nacional. Entre ellos, Rafael Méndez, Ángel Villarino, David Brunat, María Zuil, Juanma Romero…

Foto: El portavoz del Gobierno de la Generalitat Jordi Turull. (EFE)

Mientras las fuerzas de seguridad buscaban las urnas con el éxito por todos conocidos, el periódico intentaba estar no solo a la altura de sus lectores, sino a la de la Historia. El Confidencial no escribió ningún editorial a favor de la unidad de España y la Constitución. Nos dedicamos a explicar lo que pasaba. Rafa Méndez se iba a Arenys de Munt para contar cómo vivía aquel momento el pueblo donde se había celebrado el primer referéndum que ahora iba a cristalizar en el 1-O. Angel Villarino se pasaba los días, pero sobre todo las noches, cubriendo manifestaciones. Mientras en Madrid el Tribunal Constitucional iban anulando todo el camino andado por los secesionistas, un frente que cubría Bea Parera.

El 1-O fue un éxito para el independentismo. En los colegios electorales más de un porrazo se escapó hacia alguno de los reporteros de nuestro medio. En la sala de prensa internacional montada por Mediapro se acaban de ver en directo el asalto de la Guardia Civil al colegio de Sant Julià de Ramis y con muchos medios comprando el relato de los políticos independentistas, El Confidencial preguntó al conseller de Presidència y portavoz de la Generalitat Jordi Turull: “Visto lo visto, ¿ha valido la pena?" A veces una pregunta corta y simple tiene más fuerza que un editorial.

"Visto lo visto, ¿ha valido la pena?" A veces una pregunta corta y simple tiene más fuerza que un editorial

A partir de aquí los acontecimientos se precipitaron… para peor. Las grandes empresas cambiaron sus sedes y miles de catalanes abrieron cuentas espejo lejos de Cataluña. La Generalitat aseguraba que no le importaba, pero no era cierto. Antonio Fernández explicaba cómo la CUP metía más presión empujando a Puigdemont hacia el precipicio. Brunat contaba cómo el independentismo intentaba extender al ámbito municipal la desestabilización que se vivía en el Parlament y la Generalitat.

La manifestación del 8 de octubre a favor de la unidad de España demostró que no solo el soberanismo podía tomar la calle. Hiciese lo que hiciese Rajoy, que seguía prolongando su relación epistolar con Puigdemont, la sociedad catalana quedaba definitivamente rota.

La DUI más corta del mundo

Así se llegó el pleno del 10 de octubre. Los lectores lo recordarán por la reculada de Puigdemont: la declaración de independencia duró ocho segundos, decepcionando a las masas. Nunca se hubiera podido aventurar que una sesión tan dramática ese día acabaría siendo carne de memes y de monologuistas. A partir de ahí las movilizaciones en la calle ya no fueron tan masivas.

Empezó el descenso. Las presiones a Puigdemont para que convocase elecciones por parte del Gobierno de Mariano Rajoy y el constitucionalismo y las Marta Rovira, la CUP y la ANC empujando en sentido contrario. Dos semanas después, Puigdemont era partidario de ir a las urnas. Unas manifestaciones de estudiantes camino de la Generalitat y un tuit de Gabriel Rufián y sus 155 monedas de plata decantaron la balanza hacia el desastre.

Foto: Imagen: Irene de Pablo / El Confidencial Diseño.

El 27 de octubre en el Parlament Carles Puigdemont prefirió callar. Obligaron a Carme Forcadell como presidenta de la cámara a declarar la independencia. Luego foto en la escalera con alcaldes independentistas jaleando el despropósito. Puigdemont y Oriol Junqueras ya no se hablan. Las caras de los líderes del “procés” resultaban más apropiadas para un funeral. La incertidumbre era máxima. Como en días anteriores fue el gran momento del equipo de Mesa y de la continuidad de los directos. Por la noche, la bandera española seguía ondeando en el Palau de la Generalitat.

Aquel sábado 29 de octubre Cataluña se levantó sin saber lo que iba a pasar. El Confidencial avanzó que no pasaría nada. Y es justo lo que sucedió. La aplicación del 155 resultó incruenta y Rajoy convocó elecciones autonómicas.

Reuniones secretas

En sus memorias como director de La Vanguardia Màrius Carol explica sobre los días posteriores: “Aquella misma tarde hubo reuniones en distintos lugares de Barcelona: una de altos cargos institucionales de los dos partidos que formaban el Govern cesado, otra de los secretarios de los distintos departamentos para afrontar las consecuencias del 155 y una tercera en el Eixample, que convocaron Oriol Soler y Sergi Sol, con representantes de medios de comunicación afines al independentismo, para darles doctrina y explicarles los siguientes pasos que pensaban dar los miembros del Govern. Estaban presentes José Antich, David Bassa, Ferran Casas, Vicent Partal, Pilar Rahola, Toni Soler y Mònica Terribas. Les recomendaron que a las nueve de la mañana estuvieran en la puerta del Palau de la Generalitat porque estaba previsto que el presidente Puigdemont, pese a su cese publicado en el BOE, acudiese como si no hubiera pasado nada. Les reconocieron que la declaración de la República Catalana había sido simbólica y que los partidos que la habían apoyado se presentarían a las elecciones convocadas por Rajoy. Pese a la extrema discreción de la convocatoria, más propia de tiempos de clandestinidad, los periodistas se encontraron a un colega de El Confidencial que sabía incluso quién no se había presentado pese a haber confirmado su asistencia, y que les dijo que publicaría una amplia información de la reunión al cabo de un par de días”.

El colega era Rafa Méndez, y así fue: los lectores de El Confidencial no tuvieron que esperar cuatro años a que el director de La Vanguardia les explicase lo que había estado pasando.

Ese lunes solo el conseller Josep Rull acudió a su despacho, ignorando que se había cambiado los planes. Puigdemont había huido a Bélgica y desde entonces buena parte del quebradero de cabeza, informativamente hablando, quedó en manos de Nacho Alarcón, nuestro hombre en Bruselas.

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