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Las huelgas languidecen y alejan el riesgo de una espiral de salarios que dispare el IPC
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INFLACIÓN SIN MÁS DESEMPLEO

Las huelgas languidecen y alejan el riesgo de una espiral de salarios que dispare el IPC

No todas las crisis derivadas de la inflación son iguales. Y, para demostrarlo, la baja conflictividad laboral en un contexto especialmente adverso para los salarios. En esta ocasión, la inflación no ha traído más desempleo

Foto: Manifestación organizada por el sindicato de Justicia. (EFE/Víctor Lerena)
Manifestación organizada por el sindicato de Justicia. (EFE/Víctor Lerena)
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Es posible, y tal vez probable, que el otoño sea caliente en términos laborales, como han anunciado los sindicatos ante la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, pero lo que es seguro es que hoy por hoy la conflictividad laboral sigue en mínimos. Ni siquiera la mayor inflación en cuatro décadas ha sacado a la calle a los asalariados de manera relevante. Tampoco el frenazo que ha sufrido la negociación colectiva ha alentado las movilizaciones. Ni en el sector público —donde las organizaciones sindicales tienen más arraigo— ni en el sector privado. Las aguas laborales continúan mansas.

No siempre ha sucedido lo mismo. La pérdida de poder de compra y, en menor medida, la negociación colectiva, ha sido históricamente lo que ha movilizado a los asalariados, en particular en el sector público y en el transporte, cuyo impacto en la dinámica social es mayor.

Un dato lo pone negro sobre blanco. Entre enero y mayo de este año, últimas cifras disponibles, apenas 65.741 trabajadores, según el Ministerio de Trabajo, se han puesto en huelga, lo que supone un descenso del 23% respecto del mismo periodo del año anterior, cuando la inflación estaba todavía bajo control y la negociación colectiva se normalizaba tras el parón que se produjo en 2020 a causa de la pandemia. En mayo, cabe recordar, la inflación se situaba en el 8,7% y los salarios en convenio apenas subían un 2,4%. También en 2021 los salarios subieron menos que los precios, lo que significa dos años consecutivos de pérdida de poder de compra de los salarios. Si no hay un brusco y rápido cambio de tendencia, la pérdida en ambos ejercicios se situará entre un 9% y un 10% de las nóminas.

Es verdad, sin embargo, que el número de huelgas ha subido algo, un 9,5%, pero aun así solo se han desarrollado 322 conflictos en el conjunto del tejido productivo (más de un millón y medio de empresas tienen al menos un asalariado) que han significado 211.044 jornadas de trabajo perdidas. La Seguridad Social, no el Ministerio de Trabajo, paradójicamente, ofrece otros datos. Hasta el pasado 5 de agosto, 153.640 trabajadores se habrían puesto en huelga.

Huelgas del pasado

Estas cifras, en todo caso, y en términos relativos, están muy lejos de los niveles alcanzados en 2012 y 2013, cuando se perdieron más de un millón de jornadas de trabajo. Nada que ver, por lo tanto, con el pasado reciente, y menos aún con lo que sucedió en los años 70 y primeros 80, cuando la conflictividad laboral se desató para combatir el alza de los precios. Hoy aquellas huelgas son el pasado.

Hay razones estructurales vinculadas a los cambios que se han producido en las economías avanzadas desde las reformas de los años 80 y 90, pero también coyunturales. Por primera vez en mucho tiempo, una elevada inflación —tres meses consecutivos por encima del 10%— coincide en el tiempo con niveles de desempleo históricamente bajos, tanto en la zona euro (6,6%), como en España (12,4%) de la población activa (en este caso, todavía por encima del mínimo, 7,9%, alcanzado en el segundo trimestre de 2007). Se trata, sin duda, de un hecho inusual en la reciente historia económica. No solo en Europa, también en EEUU y otras economías avanzadas. Inflación sin paro.

Foto: Alimentos en un supermercado. (EFE/Víctor Casado)

Es decir, la inflación no ha traído más desempleo, sino que, por el contrario, el número de vacantes, como muestran los datos de Eurostat, no deja de crecer, hasta el 3,1% en el primer trimestre de este año, lo que supone más del doble que en la anterior crisis económica. En el caso español, igualmente, existe una enorme 'holgura laboral', como lo denomina el BCE, que contribuye a suavizar las demandas sindicales y a deprimir los salarios. Es decir, mucho subempleo que influye en la respuesta de los trabajadores a un alza en vertical de los precios. Las huelgas, de hecho, no las hacen los trabajadores más precarios. Por el contrario, el 70% de quienes han acudido a un paro tiene contrato indefinido.

La fijación de los salarios, como se sabe, es la manifestación más evidente de la correlación de fuerzas en el interior de los centros de trabajo, y todo indica que el poder de negociación de los sindicatos, no solo por el descenso de afiliación, sino también por causas estructurales relacionadas con las nuevas formas de empleo, el avance tecnológico o la creciente individualización de las relaciones laborales, se está viendo mermado. Para demostrarlo, solo hay que observar la evolución de la negociación colectiva, el instrumento clásico donde se dirimen las discrepancias entre el capital y el trabajo. Entre los empleados y los empleadores.

Cláusulas de revisión salarial

Lo que muestran las estadísticas es un frenazo en seco con pocos precedentes. Probablemente, ninguno. Hasta el pasado 31 de julio se habían firmado y registrado apenas 450 convenios colectivos, de los cuales únicamente 94 corresponden a nuevas unidades de negociación. Muy lejos de los 1.409 suscritos el año pasado, y todavía a más distancia de los casi 2.000 que se firmaron en los años anteriores. El número de convenios vigentes, en todo caso, es superior porque la gran mayoría tienen carácter plurianual (su duración media es ya superior a los cuatro años). Eso quiere decir que los trabajadores continúan protegidos en sus derechos laborales. Entre otras razones, porque en la gran mayoría se ha impuesto la prórroga automática de los convenios, aunque su vigencia hubiera caducado, que era justo lo contrario de lo que pretendía la anterior reforma laboral.

La irrupción de la inflación en la negociación colectiva ha sido, como se sabe, súbita. Inesperada. Y de ahí que los sindicatos, durante años, se despreocuparan de exigir una de sus reivindicaciones históricas: la incorporación de cláusulas de negociación salarial. En 2021, apenas el 15,7% de los trabajadores, según la Comisión Consultiva de Convenios Colectiva, estaba amparado con esa garantía, y aunque este año el porcentaje está subiendo, todavía el 75,3% de los asalariados no puede reclamar una compensación por la desviación de la inflación. Un porcentaje que sube al 84,1% si únicamente se tiene en cuenta los convenios de empresa. Es decir, no hay marco legal para exigir una revisión de los salarios en convenios que duran tres, cuatro o, incluso, cinco o más años.

Esto contribuye a que la conflictividad laboral sea extremadamente baja. Un dato muy representativo da más luz sobre lo que está sucediendo. La anterior reforma laboral favoreció que las empresas en dificultades económicas pudieran descolgarse de la aplicación de la subida salarial pactada en convenio.

Inaplicaciones de convenio

¿Qué está sucediendo en un contexto como el actual en el que muchas empresas están con el agua al cuello por el aumento de costes? La respuesta es sencilla: nada. O casi nada. Los datos del Ministerio de Trabajo muestran que en lo que 2022, hasta julio, se han depositado en los Registros de las Autoridades Laborales un total de 348 inaplicaciones de convenios, que involucran a apenas 299 empresas y afectan a 13.874 trabajadores. Si se comparan las cifras con el mismo periodo del año anterior, se observa que se han depositado un 4,7% menos, aunque afectan a un 18,8% más de trabajadores. En todo caso, a años luz de los cerca de 1.500 descuelgues que se produjeron en 2015, un año ya de clara recuperación económica.

¿Qué está pasando?, ¿por qué las huelgas han desaparecido del teatro europeo? Un reciente trabajo de Oxford Economics da algunas pistas. Por un lado, los flujos del mercado laboral europeo están mostrando signos de rigidez cíclica, pero "aún no se encuentran lo suficientemente ajustados como para impulsar una espiral de salarios y precios". Es más, en su opinión, el desempleo tiene espacio para caer antes de alcanzar su tasa estructural. Por otro lado, no hay evidencia de que se esté produciendo de forma estructural ninguna 'gran renuncia', como en EEUU, o que se esté registrando un elevado aumento de las jubilaciones anticipadas tras la pandemia, como reflejaría la llamada curva de Beveridge, que muestra la relación entre desempleo y número de vacantes sin cubrir. Su conclusión es que si bien la escasez de mano de obra y los desajustes de habilidades son desafíos para el mercado laboral, "el mercado natural es eficiente".

No hay evidencia de que se esté produciendo de forma estructural ninguna 'gran renuncia' de los actuales puestos de trabajo, como en EEUU

Desde luego más eficiente que en los años 70, cuando se desató la espiral precios-salarios y acabó aumentando el desempleo de forma imparable. Y en este sentido, solo hay que recordar que en 1976, en medio de los dos choques petrolíferos, la tasa oficial de desempleo se situaba en el 4,4%, pero en los primeros 80 ya había escalado hasta el 14%, de donde no se ha movido en media anual (con altibajos) durante décadas. En aquel año, la inflación se situó en el 16%, y llegó a alcanzar un récord histórico del 28,4% en agosto de 1977 en tasa interanual. La conflictividad estaba servida. Ahora, no es el caso. Hay más inflación, pero también menos desempleo y menos movilizaciones.

Es posible, y tal vez probable, que el otoño sea caliente en términos laborales, como han anunciado los sindicatos ante la pérdida de poder adquisitivo de los salarios, pero lo que es seguro es que hoy por hoy la conflictividad laboral sigue en mínimos. Ni siquiera la mayor inflación en cuatro décadas ha sacado a la calle a los asalariados de manera relevante. Tampoco el frenazo que ha sufrido la negociación colectiva ha alentado las movilizaciones. Ni en el sector público —donde las organizaciones sindicales tienen más arraigo— ni en el sector privado. Las aguas laborales continúan mansas.

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