Italia y el castigo: lo que Draghi entiende sobre el futuro de la UE y la austeridad
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El futuro del debate económico

Italia y el castigo: lo que Draghi entiende sobre el futuro de la UE y la austeridad

El primer ministro italiano sabe bien el alto precio que la Unión Europea puede pagar si vuelve el fantasma de la austeridad a Italia, y está intentando marcar una nueva línea a nivel europeo

placeholder Foto: La canciller Merkel, junto a Mario Draghi en su despedida como presidente del BCE. (Reuters)
La canciller Merkel, junto a Mario Draghi en su despedida como presidente del BCE. (Reuters)

El domingo 25 de abril Mario Draghi, primer ministro italiano, levantó el teléfono y llamó a Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. Según relata el periódico italiano 'Il Corriere della Sera', el antiguo presidente del Banco Central Europeo (BCE) espetó a la alemana unas palabras duras, directas, aunque sin alzar la voz: “No creo que debamos dar más explicaciones, es suficiente. Hace falta respeto hacia Italia”.

El Consejo de Ministros italiano esperó más de 12 horas a que Draghi y su equipo técnico finalizaran sus conversaciones con Bruselas. La Comisión Europea quería más detalle en la lucha contra el trabajo sumergido, liberalizaciones y calendario. En uno de esos intercambios, según el 'Corriere', el primer ministro contestó que “no se puede pedir todo de inmediato a un país con una economía de rodillas”.

Foto: El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE)

En la actitud de Draghi, y en la filtración que el Palazzo Chigi hace de la llamada con Von der Leyen, hay un movimiento de fondo. En algunas capitales, se considera que el fondo de recuperación de 800.000 millones de euros acordado en julio de 2020 es un paréntesis en la política de ajuste, que es como ahora llaman a lo que hace una década se calificaba como austeridad. Que todavía queda mucho por hacer y que hay que seguir apretándose el cinturón en algún momento.

Y el primer ministro italiano, que conoce bien la política europea y que lleva una década observándola desde la cima, entiende el riesgo que se corre en cada movimiento que se hace en esa dirección. Italia, país fundador y uno de los cuatro grandes, camina siempre por un alambre en el que la palabra austeridad puede hacerle caer. La entiende porque él ha formado parte de la maquinaria que ha generado algunos de los problemas actuales. Porque él, desde su posición en Frankfurt, tuvo que ver con la política alemana de la austeridad.

placeholder Mario Draghi, primer ministro italiano, en Oporto. (Reuters)
Mario Draghi, primer ministro italiano, en Oporto. (Reuters)

Otra persona que conoce bien ese riesgo es Michel Barnier, antiguo negociador jefe de la Comisión Europea para el Brexit. Este martes, mientras se debatía la aprobación del acuerdo de relaciones futuras con el Reino Unido, el francés lanzó un aviso. “Es un divorcio, una advertencia y un fracaso. Un fracaso de la Unión Europea del que tenemos que extraer lecciones como políticos aquí en el Parlamento Europeo, en el Consejo, en la Comisión y en todas las capitales. ¿Por qué el 52% de los británicos votaron por salir? Hay razones para esa cólera social y tensión que existía en el Reino Unido, pero también en muchas regiones de Europa. Nuestro deber es escuchar los sentimientos de la gente. No hay que confundir indignación social con populismo. Hay que hacer todo lo posible para responder en todos los Estados miembros”, aseveró el antiguo negociador. Es una cita larga, pero relevante.

En Italia hace décadas que se cocina una revuelta a baja temperatura. Draghi lo sabe. Barnier lo sabe. Y muchos otros en algunos de los despachos más importantes de Bruselas lo saben también. El futuro puede ser complicado para el país, y los próximos años serán claves. Los mensajes del primer ministro de recuperación de la “dignità italiana” en el escenario europeo, tras décadas de mala reputación, tienen una buena acogida en el público transalpino. La filtración de sus duras palabras en su llamada con Von der Leyen son un mensaje a los ciudadanos: no habrá austeridad impuesta desde fuera, porque “hace falta respeto hacia Italia”. La figura de un líder que frena los intentos de poner al país contra las cuerdas.

Foto: El primer ministro italiano, Mario Draghi. (EFE) Opinión

¿A qué viene esa especie de teatrillo dramático? La actitud de los italianos hacia el euro no es buena. El último eurobarómetro con el que contamos sobre la opinión respecto al euro, de octubre de 2019, indica que los italianos son unos de los que más contestan que la idea de una moneda común es mala: un 36%, un aumento de seis puntos porcentuales respecto a la misma pregunta hecha en 2018. Muchos italianos culpan al euro de sus males, especialmente en el sur del país, donde hay problemas estructurales de desempleo y estancamiento, corrupción y faltas de perspectivas, además de una brecha enorme respecto al motor de la economía, el norte. Durante mucho tiempo el partido populista Movimento 5 Stelle (M5S), pero también los derechistas de la Lega, han tenido discursos contra el euro y defendían la posibilidad de abandonar la eurozona, discursos que se han moderado en los dos últimos años.

Desde finales del siglo pasado Italia solamente ha tenido déficit primario (es decir, antes de pagar los intereses de su deuda) en tres ejercicios, lo que desmiente la historiografía oficial de los ‘halcones’ europeos de que desde hace décadas Roma vive por encima de sus posibilidades. Se han cometido errores, pero son difíciles de resolver de forma rápida y traumática. Porque el producto interior bruto (PIB) no solamente se ha estancado, sino que ha caído a niveles de finales del siglo pasado. Un cuarto de siglo perdido para la economía del país y sus ciudadanos. La idea de algunos es apretar el cinturón sobre un esqueleto.

Foto: El expresidente del Banco Central Europeo Mario Draghi. (EFE)

Italia se ha ido convirtiendo en una olla a presión, y Draghi ha sido ahora una válvula de escape que ha evitado que explote antes de tiempo. La deuda pública italiana está disparada y el Gobierno espera que se sitúe sobre el 160% del PIB en 2021. Por el momento el antiguo presidente del BCE calma a los mercados y al resto de líderes europeos. Es en este contexto en el que el primer ministro ha hecho dos movimientos. Con una mano se ha volcado en la preparación del plan nacional de reformas e inversiones. Ha permitido que los políticos se repartan el resto de ministerios de su Gobierno, pero ha mantenido bajo el control de técnicos de su máxima confianza las carteras de las que dependía el plan. Es, para Draghi y para Italia, una bala de plata. Los técnicos comunitarios están contentos con el plan italiano.

Con la otra mano ha lanzado un mensaje político a los ciudadanos. Un “l'Italia è tornata” de consumo interno: que no permitirá que esos ajustes vayan demasiado lejos, que no permitirá que se cruce esa línea roja. Por eso, aunque en Bruselas están contentos con el plan, el italiano lanza ese mensaje casi desafiante. Porque Draghi sabe que ahí se está jugando el partido. Esos dos movimientos al mismo tiempo, un plan que funcione y un mensaje hacia los ciudadanos de que Italia no sufrirá de nuevo los efectos de la austeridad, son la esperanza para sacar al país de la situación en la que se encuentra. El antiguo presidente del eurobanco puede tener un plan ambicioso y algunas medidas podrían incluso no ser muy populares, pero la clave pasa por mostrar que no está siguiendo las indicaciones de otros. Que el destino de Italia se decide en Roma.

placeholder Draghi, en su comparecencia ante el Parlamento italiano. (Reuters)
Draghi, en su comparecencia ante el Parlamento italiano. (Reuters)

Pero el italiano no permanecerá en el cargo el suficiente tiempo como para disipar al completo los riesgos que corre la economía del país. En dos años se celebran elecciones legislativas. Y habrá que ver si entonces todavía aguanta el fervor proeuropeo que con su llegada han abrazado la inmensa mayoría de fuerzas políticas italianas, incluso la siempre titubeante Lega de Matteo Salvini. Sobre todo habrá que ver si el plan que él y los suyos han diseñado se mantiene en pie o se convierte en una víctima más de las intrigas palaciegas de la política italiana.

La gran pregunta

El fondo de recuperación, del que Italia será el máximo receptor, ha sido un paso fundamental. Sin él, con su emisión conjunta de deuda pública europea por valor de 800.000 millones de euros hasta 2026, la situación de Roma sería todavía peor. Pero quizás no sea suficiente y el Gobierno italiano puede enfrentarse en el futuro a una decisión muy complicada. Quizás Draghi consiga que sus herederos en la política italiana mantengan el rumbo y la economía italiana por fin despegue. Pero fiarlo todo a ese escenario seguramente sea imprudente. Europa debería ir preparando el terreno y el debate para hacer frente a ese escenario, si es que se llega a producir: ¿qué ocurrirá si, en un futuro, Italia tiene que pedir un rescate a los socios europeos?

Foto: Ilustración: EC.

Por ejemplo, para tener acceso a las operaciones monetarias sin restricciones (OMT, por sus siglas en inglés) del BCE, la encarnación del famoso “Whatever it takes” que encumbró a Draghi, y que de forma efectiva permitiría al eurobanco comprar deuda italiana sin restricciones, es necesario haber solicitado un programa del fondo de rescates europeo, el Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). El escenario está lejos de ser descabellado, aunque ahora mismo no esté en el horizonte.

El ejemplo de la crisis griega, casi una década de rescates en la que Alemania y las instituciones europeas, incluido Draghi desde un lugar privilegiado, cometieron numerosos errores, se debería haber convertido en una guía sobre cómo no tratar estas situaciones. Grecia cometió sus propios errores, pero acabó pagando por ellos un doble precio: la responsabilidad que efectivamente tenía y un castigo adicional. La moral se mezcló con las decisiones racionales y ayudó a profundizar los problemas de una eurozona dañada que arrastra problemas estructurales y desequilibrios peligrosos. Esa actitud se ha esquivado en la gestión de la crisis de los efectos de la pandemia, pero sigue ahí, en la mentalidad de muchas capitales.

Foto: Las ministras de Economía, Nadia Calviño, y de Hacienda, María Jesús Montero, durante una rueda de prensa. (EFE)

Y esta pregunta, qué hacer si Roma necesita un rescate europeo en el futuro, es relevante. Porque de su respuesta depende también el futuro de la eurozona. En una reciente encuesta un grupo de unos 4.000 italianos tenían que hacer frente a distintos escenarios en los que se enfrentaban a un referéndum en el que debían elegir si aceptar un memorando de entendimiento para un rescate del MEDE, o salir de la eurozona. En el escenario Italia vive una crisis similar a la que atravesó Grecia. La mayoría escogen el memorando de entendimiento. Pero los académicos incluyeron una modificación después: el rescate incluía medidas de austeridad. En ese caso, la mayoría se inclinaba por abandonar la eurozona, aunque los encuestados no recibieron información respecto a los efectos de abandonar el euro.

“Nuestros resultados sugieren que la opinión pública italiana es muy sensible a los costes de permanecer en el euro. Si se informa a los votantes que la pertenencia a la eurozona se produce a costa de la austeridad, el apoyo a la salida de la eurozona aumenta en un 15% y el apoyo a quedarse disminuye en casi un 20%. Por el contrario, no encontramos ningún efecto significativo en atribuir la culpa de la crisis ni al gobierno italiano o a actores extranjeros. Aparentemente, a los votantes italianos no les importa mucho de quién sea la culpa de la crisis, pero se oponen firmemente a una mayor austeridad”, escribe Lucio Baccaro, director del Instituto Max Planck para el Estudio de las Sociedades en Colonia (Alemania), junto a Björn Bremer y Erik Neimanns, también del Instituto Max Planck.

La reforma del MEDE ha demostrado hasta qué punto cualquier asunto relacionado con el fondo de rescates europeo se ha convertido en un tabú para la política italiana. La fama precede al MEDE, y hay muchos que creen que políticamente es ya demasiado tóxico. Incluso cuando ha puesto a disposición de las capitales una línea de crédito ventajosa para financiar gastos sanitarios sin condiciones, ningún Estado miembro, tampoco España, ha pedido ayuda al fondo de rescate. “Italia hará uso total de lo que le corresponde de préstamos del fondo de recuperación (122.000 millones de euros), y todavía no ha pedido un solo euro de la nueva línea de crédito del MEDE que viene sin condiciones. El coste político asociado a los préstamos del MEDE es real y es un problema”, escribía recientemente Lucas Guttenberg, economista del Delors Centre de Berlín.

placeholder El primer ministro italiano, durante la cumbre de Oporto. (Reuters)
El primer ministro italiano, durante la cumbre de Oporto. (Reuters)

Es fundamental para el futuro de la Unión Europea que se discuta al más alto nivel político cómo gestionar las crisis del futuro. Porque es ahí, a ese nivel, en el que se tiene que discutir. Como señalaba Barnier esta semana en un discurso ante el pleno de la Eurocámara, la UE no debe mirar a otro lado: “Nuestro deber es escuchar los sentimientos de la gente”, decía a los eurodiputados. No se trata de una discusión técnica, sino política. Por eso Draghi también muestra a los italianos que se puede recuperar la “dignità” ante Bruselas, siempre y cuando se tome la iniciativa y se tomen medidas, como su plan. Pero, de nuevo, él no estará suficiente tiempo en el poder para cambiar el rumbo.

Si el asunto no se aborda quizás un futuro líder italiano, que seguramente no sea Draghi, y no cuente como él con la confianza de los mercados y del resto de jefes de Estado y de Gobierno, se tenga que encontrar ante esta decisión, con unos ciudadanos que consideran una línea roja no tolerable la austeridad. El MEDE se ha convertido para muchos en Italia en un sinónimo de suicidio político, y eso complicará cualquier toma de decisión en el futuro. Y el futuro de la eurozona es el futuro de Italia.

Recientente, en un documento publicado por Lucas Guttenberg, Johannes Hemker y Sender Tordoir en el Delors Centre de Berlín, señalaban que "el mero hecho de que esta toxicidad (la del MEDE) suponga una amenaza potencial para la estabilidad financiera europea la convierte en un problema para todos los estados miembros. Por lo tanto, también debería abordarse de forma conjunta".

Foto: Líderes europeos discuten durante una cumbre en julio. (EFE)

La demostración de que en los principales gabinetes de la capital comunitaria saben que no se puede volver a la era del “diktat” de la troika y que hay que repensar el MEDE es que en la negociación del fondo de recuperación se insistió una y otra vez en el mismo mensaje: que los Estados miembros debían ser los “dueños” de sus propias reformas. Precisamente porque saben perfectamente el riesgo que se corre si se intentan forzar los ajustes. Cuando se puso en marcha la línea de crédito del MEDE para gasto sanitario también tuvieron que diseñar un mensaje en el que aseguraban que no había ninguna condicionalidad, sin que haya sido para nada efectivo. Las capitales temen que los mercados identifiquen el solicitar ayuda al fondo de rescate como una señal de debilidad.

Todavía quedan algunos años de Draghi. Quizás en septiembre se abra paso un histórico Gobierno verde en Alemania que tendrá efectos cruciales en la posición de Berlín en materia fiscal en la UE, y Emmanuel Macron, presidente francés, centrado últimamente en su batalla política interna, vuelva a mirar a la política europea para recuperar su etiqueta de líder proeuropeo que se le ha ido decolorando en los últimos años. Sería una ventana de oportunidad para cambiar el marco del debate de cómo limitar los daños políticos de la gestión de crisis económicas en el futuro.

Si Dante Alighieri escribiera hoy su “Divina comedia”, el poeta florentino guardaría un lugar especial y muy destacado en su infierno para el MEDE y las políticas de austeridad. Draghi lo sabe, él ha formado parte de la maquinaria. Todos los políticos italianos y los principales actores de la capital comunitaria lo saben también. El futuro es inevitable, y nadie pone la mano en el fuego por la muerte de la era de la austeridad.

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