grimsby, la decadencia que abrazó el brexit

Los pescadores más antieuropeístas de UK: “No tenemos quien salga a pescar”

En el puerto más importante del mundo en los 50, más del 70% apoyó el Brexit. La decadencia ha convertido a Grimsby en uno de los símbolos más antieuropeístas de todo UK

Foto: Paul Chestow, pescador retirado de Grimsby. (Foto: Katharina Jahn)
Paul Chestow, pescador retirado de Grimsby. (Foto: Katharina Jahn)

Lo que a Paul Chestow le despertaba en sus periodos en alta mar era el silencio. En los días donde faenaba, las noches eran cortas y el sonido mezclado del mar y la maquinaria era intenso; “cuando todo parecía haberse detenido, sabía que era hora de despertar”. Doce, catorce o dieciséis horas de pesca aguardaban. “Eran buenos tiempos, éramos jóvenes, se cobraba mucho, aguantábamos bien el frío, podíamos beber todo lo que queríamos, no se nos tumbaba tan fácilmente”, recuerda Paul, que ahora trabaja como mánager en el mercado del puerto de Grimsby y se encarga de gestionar la logística de las instalaciones en las intensas jornadas de venta.

Paul acaba de salir del quirófano donde le han practicado un doble 'by-pass'. “Me han cosido tan bien la línea del esternón, que me han cerrado perfectamente el tigre tatuado que tengo en el pecho”, dice Paul mientras muestra los más de veinte tatuajes que tiene en los brazos. “Hay cirujanos que son auténticos artistas: compiten para ver quién es el que cose mejor para que los tatuajes no pierdan su forma”, explica con sorna y orgullo el pescador retirado.

Seguramente este relato de la nostalgia hizo que en Grimsby más del 70% de la población apoyara el Brexit

Paul representa una especie en extinción: el viejo lobo de mar de Grimsby, la ciudad que alojó el puerto más importante del mundo en los años 50 y que ahora vive un momento de profunda reconversión. “Quedamos pocos de los viejos pescadores, casi todos han muerto, muy pocos continúan en el mar y algunos, como yo, nos hemos ido a una oficina”, dice Paul con tono ambivalente, “se pasa menos frío, pero también es menos divertido”.

“Hacía doce años que no me montaba en un barco de pesca y este verano me embarqué con un viejo amigo. Quería recordar los viejos tiempos y mostrárselo a mi hijo. Acabé tan mareado que no creo que vuelva a pisar una cubierta en lo mucho o poco que me queda de vida”, recuerda mientras se ríe con cierta melancolía. En esa misma travesía, Paul comprendió que los viejos tiempos definitivamente nunca volverán.

La nostalgia moviliza el Brexit

Esa misma sensación que sintió Paul después de su último paseo en barco es la que se respira actualmente en el puerto de Grimsby. Muchos de los edificios de ladrillo del puerto están abandonados y los muelles no presentan un tránsito portuario intenso. Esa misma sombra decadente se proyecta en la ciudad. Grimsby ha perdido en las últimas décadas un 15% de población. Sus calles tienen el aspecto azulado y desértico de las poblaciones adaptadas al verano, ciudades que cuando llega el invierno tienen algo así como un disfraz postizo en forma de casinos vacíos y de tiovivos para niños protegidos por una lona.

La UE se convirtió en el Caballo de Troya del cambio y Grimbsy en uno de los símbolos más antieuropeístas de todo el Reino Unido

Seguramente es en Freeman Street, una avenida cercana al puerto, donde mejor se percibe el relato de un tiempo de esplendor sumergido en el mar de la memoria. En Freeman Street, según la leyenda compartida de los pescadores, había tantos pubs que era imposible tomar algo en todos ellos y seguir en pie en el final de la calle. Tylor Jones tiene 63 años y acaba de terminar su turno acarreando cajas de pescado. “Ahora vas por allí y ves que todos los pubs están cerrados y los negocios no acaban de tener éxito”, dice Tylor, quien estuvo casi dos décadas en un barco pescando almejas, “todo esto cambió muy rápido”. Pasear por Freeman Street, donde en el mercado local ya apenas quedan compradores a las 10 de la mañana, es como pasear por el set de una película de piratas, cuyos decorados se han quedado viejos.

Seguramente sea este relato de la nostalgia lo que hizo que en Grimsby más del 70% de la población apoyara el Brexit. Los pescadores vieron cómo la globalización y la regulación de los mares acotaba su industria, cambiando la cara de Grimsby para siempre. La UE se convirtió en algo así como el Caballo de Troya de este cambio abrupto y Grimbsy, al igual que muchas zonas costeras, en uno de los símbolos más antieuropeístas de todo el Reino Unido.

“La pesca representa una parte muy pequeña de la economía británica”, reconoce Martyn Boyers, director del mercado del puerto de Grimsby, “sin embargo, su importancia emocional es muy importante dentro del país”. La naturaleza isleña del Reino Unido ha generado una gran épica en torno a las actividades marítimas, siendo la pesca el último reducto de la proyección conquistadora que tuvo la flota británica. En este sentido llama la atención, que la Organización de Salvamento Marítimo sea la quinta ONG más apoyada del país, muy por encima de la Cruz Roja, Save The Children o UNICEF.

La pesca, símbolo emotivo

Martyn Boyers no es "brexiteer" ni "remainer", solo un pragmático hombre de negocios que lleva décadas en la industria de la pesca, no quiere hablar de política, sino de regulaciones. “Lo que yo quiero es que me digan lo antes posible a qué reglas atenerme para así poder aplicarlas y no perder tiempo con mi negocio”. El director del mercado del puerto acepta que los pescadores han sido utilizados para simbolizar el sutil voto del descontento, un voto no siempre empírico ni demostrable, pero sí un voto emocional que el UKIP y los líderes del Brexit supieron capitalizar con eficacia.

Sin embargo, la industria ahora se queda en una situación de extrema vulnerabilidad, tal y como reconoce el propio Boyers: “Los barcos holandeses son a los que hemos encargado extraer nuestra cuota y casi todo lo que capturamos va a España y a Francia”. Más que una declaración, estas palabras de Boyers, mientras hojea el último dossier de la Política Pesquera Común, parecen un logaritmo que extrae la verdad de la globalización aplicada a la emotiva industria de la pesca, “si miran nuestros muelles, verán que apenas hay barcos que llegan con pescado, pero si nos vamos al párking, comprenderán que casi todo el pescado que nosotros aquí procesamos nos llega por tierra”.

El contrasentido está servido. Por una parte, muchos pescadores de Grimsby añoran los viejos tiempos y reclaman la cuota supuestamente usurpada por la UE; por otra, admiten que no hay ya barcos para faenar ni mano de obra joven que quiera enrolarse en las fragatas pesqueras. “Los jóvenes de este país no quieren hacer este trabajo”, asume Boyers, “yo he vivido en varias ocasiones cómo algunos de ellos se van del mercado a la hora de que hayan empezado su primer turno con nosotros”.

La calle del puerto de Grymsby. (E. Blanco)
La calle del puerto de Grymsby. (E. Blanco)

Reconversión e ironías

La reconversión del puerto pesquero narra un nuevo capítulo en la historia de Grimsby. Ya apenas llega pesca, pero hay compañías (especialmente danesas) que han instalado generadores de energías renovables. Sin embargo, la industria que mantiene a flote la actividad económica es el procesado del pescado, “en este país no nos gusta el pescado entero, tiene que estar fileteado”, dice Boyers, que admite que es una ironía que “casi el 90% del fish and chips (plato nacional por excelencia) que se consume en el país llegue de Noruega y de Islandia”.

En la propia localidad de Grimsby se encuentra Papa´s, el restaurante de 'fish and chips' más grande del mundo con más de 500 asientos. Está enclavado en una pasarela que acaba introduciéndose en el mar y que fue destruida durante la Guerra Mundial. Llama la atención que en las pizarras donde se muestra el menú también se detalle la procedencia del pescado. Ninguna receta en Papa´s, por muy tradicional que sea, se hace con pescado británico.

La pesca fue uno de los iconos usados para certificar las bondades del Brexit antes del referéndum de 2016. Sin embargo, ahora es usada por los partidarios de quedarse en la UE al ser uno de los sectores que más sufrirían la salida del mercado común. Parece que en la costa inglesa las industrias están tan interconectadas como los bancos de peces que nadan por el mar sin atender a cuotas, “solo los científicos pueden dictaminar cuál es la mejor forma de distribuir los recursos pesqueros”, dice Boyers, que admite que los pescadores han sido usados en la redacción de un relato que traerá consecuencias impredecibles al sector. Y que, en ningún caso, traerá de vuelta los buenos tiempos en los pubs de Freeman Street.

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