LOS DESENCUENTROS QUE DIERON FORMA AL BREXIT

Cinco citas y un divorcio: crónica sentimental del final del culebrón Brexit

El Brexit es un enorme desencuentro. Y se puede viajar a través de él repasando las desastrosas citas que se han celebrado durante la negociación

Foto: La antigua primera ministra May durante la cumbre de Salzburgo. (Reuters)
La antigua primera ministra May durante la cumbre de Salzburgo. (Reuters)

La historia del Brexit es la de un desencuentro monumental, de dimensiones nunca antes conocidas. La de un error de cálculo continuo absolutamente incomprensible por parte del Reino Unido y una tranquilidad negociadora totalmente inesperada en el lado europeo. Es, al fin y al cabo, una historia que se puede contar a través de los roces, desencuentros y choques que se han ido produciendo entre Londres y el resto de la UE.

Desde el principio los dos primeros ministros británicos (y sus respectivos negociadores) han cometido errores imperdonables, han ido a reuniones sin estar preparados y han sobreestimado sus capacidad y subestimado al equipo europeo. La UE ha pasado como un rodillo sobre Londres, y de hecho algunos en Bruselas se preguntan si quizás habría sido adecuado dejar de golear cuando ya se ganaba el partido 9 – 0 y no haber seguido atacando hasta alcanzar la veintena de goles.

Abril de 2017, cenas de sangre

Aquel encuentro fue, sin lugar a dudas, el más "salvaje" de la historia del Brexit (al menos por el momento). Como cualquier cosa con el presidente de la Comisión Europa, Jean-Claude Juncker, aquel encuentro empezó con efusivos besos del luxemburgués. Esta vez era frente al número 10 de Downing Street. Una Theresa May en campaña había invitado al presidente de la Comisión Europea a cenar. En la planta número 13 de la sede del Ejecutivo comunitario se lo pensaron. La primera ministra británica estaba en plena campaña. ¿Era buena idea?

La cena se llevó a cabo el 26 de abril, tan sólo seis días después de que May convocara elecciones anticipadas. Por aquel entonces la británica lucía en todo su esplendor. Los tories superaban hasta en 20 puntos a la oposición laboristas, algo que no ocurría desde los tiempos de Margaret Thatcher y estaba convencida de que iba a arrasar en los comicios, legitimando su liderazgo. Al fin y al cabo, se había mudado al Número 10 sin pasar por las urnas tras la salida de David Cameron. Nadie podía prever el gran batacazo que vendría luego en junio, cuando perdió la mayoría absoluta y se vio obligada a pedir apoyo a los norirlandeses del DUP. Aquello fue el inicio del fin.

Theresa May junto a Jean-Claude Juncker. (EFE)
Theresa May junto a Jean-Claude Juncker. (EFE)

La primera media hora fue correcta, amable. May explicó a Juncker que pretendía hablar de otros asuntos de interés además de Brexit. "¿Como qué?", preguntó el luxemburgués. En Londres todavía existía una falsa sensación de seguridad, de que había margen y tiempo para negociar e incluso empezar a preparar el terreno del futuro. En Bruselas todo iba al revés: había voluntad de ponerse manos a la obra, negociar un acuerdo que sabían (a diferencia de en algunos sectores británicos) que sería enormemente complicado y costoso.

Quedaban dos años para negociar y en la capital comunitaria sabían que eso era muy poco tiempo. El 29 de marzo May envió su carta activando el artículo 50 de los Tratados que ponía en marcha el contador. Y poco después convocó elecciones para junio de 2017. No solo no había una posición negociadora en Londres, sino que la primera ministra acababa de decidir tirar a la basura varios meses de negociación. En Bruselas se llevaban las manos a la cabeza. Por eso Juncker no terminaba de pensar que hubiera otra cosa de la que hablar en aquella cena.

Cuando se sentaron a la mesa no estaban ya solos Juncker y May. Junto a la primera ministra británica estaba David Davis, entonces ministro del Brexit, y por el lado europeo el jefe de gabinete del presidente del Ejecutivo comunitario, el alemán Martin Selmayr, el negociador jefe Michel Barnier y su número dos, Sabine Weyand.

La cena fue un desastre. No es que fuera extremadamente tensa -aunque las fuentes no se ponen de acuerdo-, pero desde luego la sensación de desesperación en el lado europeo era claro. May hablaba en otro idioma, de cosas que ni siquiera eran posibles para la UE: se equivocaba en el orden de la negociación y en las exigencias.

Al salir de Downing Street Juncker telefoneó a Angela Merkel, la canciller alemana, y señaló que la primera ministra británica vivía "en un universo paralelo". Todo acabó filtrado a la prensa alemana, y en Londres acusaron al propio Selmayr. May negó que la cena fuera tan mal, pero nadie dudaba de que era verdad: Juncker había salido de Downing Street "diez veces más escéptico" de lo que entró.

Hasta esa noche May todavía repetía aquello de "prefiero un no acuerdo a un mal acuerdo" y estaba convencida de que Londres iba a llevar el peso de las negociaciones. Entre sus demandas, pidió "un esquema detallado" del futuro acuerdo comercial bilateral antes de que el Reino Unido se comprometiera a pagar la factura correspondiente al divorcio. También hubo desacuerdos en cuanto a cómo reconocer los derechos de los comunitarios. La propia Merkel llegó a decir que “algunos se hacen ilusiones en el Reino Unido” sobre los parámetros de la negociación. Ante el aluvión de críticas recibidas May tuvo que salir al paso: "No vivo en una galaxia diferente".

Aquella cena marcó durante bastante tiempo la relación entre ambas partes y estableció ya una sensación en el lado europeo que todavía no ha desaparecido: el de un 'amauterismo' por lado británico que les hace improvisar y equivocarse de forma continua.

Número 10 de Downing Street. (Reuters)
Número 10 de Downing Street. (Reuters)

Almuerzo, 4 de diciembre 2017: tengo que llamar a mi jefa

Ocho meses después, los rumores de un acuerdo sobre los principios del divorcio cada vez más cercano se multiplicaban. Los periódicos que se reparten en las atestadas y caras cafeterías de Bruselas lo vaticinaban. Los europeos que se amontonan en esa torre de Babel sudaban bajo las capas de abrigo y el calor de los sorbos del hirviente café de la mañana. Nada comparado con la temperatura que alcanzaría el almuerzo que se iba a celebrar unas horas después en la sede de la Comisión Europea.

Los prelimilares del almuerzo discurrían en un ambiente positivo que finalmente acabó mal, como tantas otras citas. Todas las conversaciones se centraban en una solución para Irlanda, la forma en la que la frontera entre la provincia británica de Irlanda del Norte y la República se mantuviera abierta.

El edificio de la Comisión Europea durante una nevada en Bruselas. (Reuters)
El edificio de la Comisión Europea durante una nevada en Bruselas. (Reuters)

Dublín estaba colgada al otro lado del teléfono, y los diplomáticos de los Veintisiete se sentaban al otro lado de la rue de la Loi, en el edificio del Consejo Europeo.

Durante la comida May tuvo que salir en varias ocasiones para telefonear a Arlene Foster, líder de los unionistas norirlandeses del DUP, un pequeño partido con 10 diputados que mantenía la mayoría del Gobierno en el Parlamento.

Desde su casa cerca de la frontera inexistente que separa Irlanda del Norte de la República de Irlanda, Foster hizo descarrilar las conversaciones, negándose a cualquier solución que fuera a significar una diferenciación entre Belfast del resto del Reino Unido, al dejarla dentro en un espacio regulatorio común con la UE. No solo hizo saltar por los aires ese principio al que May estaba dispuesta a ajustarse (como de hecho acabó haciendo), sino que debilitó gravemente el rol negociador de la primera ministra, haciéndole parecer insegura y generando en la UE cierto nerviosismo: cada cosa había que acordarla no solo con May, sino también con su grupo de radicales dentro de los tories y con un pequeño partido de Irlanda del Norte.

Los diplomáticos europeos esperaron durante horas. Las cosas acabaron por terminar de torcerse y la líder británica, en un reflejo de que ya no era tan líder, tuvo que cancelar las conversaciones para volver a Londres e intentar poner orden en casa.

Leo Varadkar, primer ministro irlandés, siempre al tanto y siguiendo con detalle las conversaciones que afectan a su isla, se mostró tremendamente sorprendido. "Es evidente que las cosas se vinieron abajo, se volvieron problemáticas durante el almuerzo en Bruselas".

Finalmente la primera ministra y el presidente de la Comisión Europea lograron cerrar un acuerdo en la madrugada del 8 de diciembre, en lo que sería la base del backstop irlandés que ahora centra toda la atención de las negociaciones técnicas.

La May que llegó a Bruselas aquel 4 de diciembre poco tenía que ver con la May de abril. Tras perder la mayoría absoluta en las elecciones generales de junio, una May completamente humillada tuvo que recurrir al apoyo de los diez diputados norirlandeses del DUP para poder garantizar su supervivencia política y gobernar en minoría. La formación norirlandesa había advertido que, en caso de que Irlanda del Norte recibiese un trato diferente, le retiraría su respaldo. A efectos prácticos, por tanto, las filas de Arlene Foster tenían la última palabra sobre el backstop -la salvaguarda para evitar frontera dura en la isla de Irlanda- que, a día de hoy, sigue siendo el principal escollo para que Westminster ratifique un pacto de divorcio.

El miedo que tiene el DUP es que, si la provincia británica está más unida a la regulación de la República de Irlanda que a la del Reino Unido, políticamente esto podría suponer el paso previo a la unificación de la isla. Los protestantes han perdido a lo largo de los años el apoyo del electorado. Y el nerviosismo aquel diciembre era mayor que nunca, ya que en marzo de 2017 habían perdido la mayoría absoluta por primera vez desde que se firmó la paz en el Ulster.

La provincia británica sigue a día de hoy sin Gobierno ante la imposibilidad de los protestantes del DUP y los católicos del Sinn Fein de pactar una coalición como establece el Acuerdo de Viernes Santo.

El primer borrador de un acuerdo visto por los eurodiputados aseguraba que Londres aceptaría que no podía haber "divergencia regulatoria" entre Irlanda del Norte y la República de Irlanda. En otras palabras, el texto aludía a que el norte de la isla continuaría más o menos con las mismas reglas y regulaciones que el sur, lo que implicaría que la provincia británica se quedaría, hasta cerrar un futuro acuerdo comercial, en la unión aduanera y el mercado común.

May estaba decidida a firmar, pero las reacciones al otro lado del Canal de la Mancha no se hicieron esperar. El DUP se apresuraba a decir que no admitiría tal regulación. Por su parte, la ministra principal escocesa, la independentista Nicola Sturgeon, y el alcalde de Londres, Sadiq Khan, no tardaron en reclamar también un trato especial para ellos. La integridad del Reino Unido se desmoronaba en cuestión de minutos. Y la 'premier' tuvo que dar marcha atrás.

May y Juncker tras el almuerzo del 4 de diciembre. (Reuters)
May y Juncker tras el almuerzo del 4 de diciembre. (Reuters)

Debacle en Salzbugo, septiembre de 2018

El camino hacia el Brexit pasaba por la cumbre informal de Salzburgo, celebrada en septiembre de 2018. Hacía poco tiempo que May había encerrado a su Gobierno (bastante rebelde) en Chequers, la casa de campo del primer ministro británico, y había logrado que todas las alas se pusieran más o menos de acuerdo en un plan que, sin embargo, Bruselas rechazó desde el primer momento: no respetaba las líneas rojas europeas y tampoco las impuestas por el propio Reino Unido. No tenía ni pies ni cabeza para los diplomáticos europeos.

En la reunión de Chequers (julio 2018) el ambiente era de lo más tenso. Es más, se advirtió que aquellos que dimitieran se quedarían sin coche oficial para regresar a Londres. Se esperaba "sangre en la alfombra", tal y como vaticinaban los rotativos. Por aquel entonces el liderazgo de May ya estaba por los suelos. Pero tras una reunión de 12 horas, la premier anunciaba con tono victorioso que su Gabinete había consensuado, al fin, la propuesta que había de entregarse ahora a Bruselas sobre las futuras relaciones comerciales con el bloque.

Los ministros más euroescépticos aceptaron mantener una equivalencia regulatoria comunitaria para bienes -aunque no para servicios-, a fin de evitar la frontera dura entre la república de Irlanda e Irlanda del Norte, la única física que existirá tras el divorcio. Todo apuntaba a un Brexit blando. Pero el espejismo duro poco.

En menos de 24 horas, la líder tory se quedó sin dos de sus pesos pesados. David Davis presentaba su dimisión como ministro del Brexit. Y Boris Johnson, como responsable de Exteriores. Comenzaba ya su estrategia para presentarse como futuro líder y en el congreso de octubre del Partido Conservador fue célebre su famosa frase: "Chuck chequers" (mandémoslo a paseo).

May llegó a la cumbre de Salzburgo con la idea de presentar a los Veintisiete su plan de Chequers, y lo llevaba con cierto orgullo. Como cada poco tiempo, la primera ministra británica se mostró ante los medios nacionales como una dura negociadora que no iba a mostrar flexibilidad. Durante casi toda la negociación con Bruselas, May estuvo centrada en el perfil doméstico de cada conversación con Europa. Y eso tendría unos efectos catastróficos.

La primera ministra contaba con que los líderes europeos dieran una oportunidad pública a su plan. El objetivo, para Downing Street, es que eso le diera cierto aire de cara a la conferencia del Partido Conservador, que se celebraba solo en diez días. Pero la actitud previa de May y el cabreo acumulado acabó explotando.

May durante la cumbre de Salzburgo. (Reuters)
May durante la cumbre de Salzburgo. (Reuters)

En lo que los británicos calificaron después de una "emboscada", Donald Tusk, presidente del Consejo, y el galo Emmanuel Macron, atacaron duramente el plan de May. "Quienes explican que podemos vivir fácilmente sin Europa, que todo va a estar bien y que traerá mucho dinero a casa son mentirosos", dijo el francés. "Es todavía más cierto ya que se fueron al día siguiente para no tener que lidiar con eso", en clara referencia a Cameron.

A su vez, May atacó a Tusk y a Macron asegurando que algunos líderes europeos estaban centrados en "técnicas negociadoras" dirigidas a intentar derribarla y quitarla del camino.

Sin embargo fuentes europeas insistían: todo lo que pueda venir después de May va a ser peor, no hay ninguna intención de echarla de la carretera. Al revés, la primera ministra logró, a través de lo que algunos señalaron como una especie de "síndrome de Estocolmo", que los jefes de los Veintisiete acabaran desarrollando una simpatía genuina hacia ella.

"Me has llamado nebulosa", diciembre de 2018

El jueves 13 de diciembre, Juncker celebraba una rueda de prensa. Era el Consejo Europeo de navidades, y toda la atención seguía sobre el Brexit. El luxemburgués criticó que los británicos estaban enzarzados en un "debate nebuloso e impreciso", y eso provocó la furia de May.

Al día siguiente, mientras las cámaras paseaban por la habitación donde se celebra el Consejo Europeo, la primera ministra se le acercó. "¡Me has llamado nebulosa!", le decía una visiblemente molesta May a Juncker, que negaba con la cabeza y le cogía del brazo.

Mark Rutte, primer ministro holandés y seguramente el mejor aliado de May en aquella sala, se dio cuenta de que aquello estaba siendo grabado y se acercó rápidamente, metiéndose en la discusión mientras las cámaras abandonaban la sala y se cerraban las puertas tras ellas, mientras estas seguían apuntando a la discusión entre la primera ministra y el presidente de la Comisión Europea, que se estaba produciendo en un primer plano.

Para aquel entonces May era ya prácticamente un cadáver político. Tres días antes de la cumbre, terminó claudicando a la presión de sus ministros, y se vio obligada a aplazar la votación en Westminster sobre el Acuerdo de Retirada que había cerrado con Bruselas para evitar lo que se preveía como derrota humillante.

En efecto, el varapalo vino en enero, cuando el pacto se presentó por primera vez ante sus señorías: la Cámara de los Comunes tumbó el texto por 432 votos en contra (incluidos los de 118 tories rebeldes) frente a tan sólo 202 votos a favor. Nunca antes en la historia del Reino Unido un Gobierno había cosechado una derrota de tal calibre. Luego vinieron otras dos más que hicieron ya insostenible la posición de May.

La primera ministra y el presidente de la Comisión charlan durante el Consejo Europeo. (Reuters)
La primera ministra y el presidente de la Comisión charlan durante el Consejo Europeo. (Reuters)

Plantón en Luxemburgo, septiembre de 2019

Boris Johnson arrancó el verano con fuerza mudándose a Downing Street (sin pasar por las urnas) convertido en una estrella de rock para los euroescépticos con su promesa de “Brexit con o sin pacto para el 31 de octubre”. "Salir o morir" era su grito de guerra. Pero tras el receso estival, en la corta semana que Westminster estuvo abierta antes que entrara en vigor una suspensión calificada ahora del ilegal por el Tribunal Supremo, los parlamentarios le pusieron contra las cuerdas. Aprobaron por vía rápida una ley que le obliga ahora a pedir nueva prórroga a Bruselas si no hay pacto para el 19 de octubre.

Con tal panorama, el ‘premier’ viajó a Luxemburgo para una doble reunión: con el primer ministro del país y con Juncker un poco antes. Con el presidente de la Comisión Europea mantuvo un almuerzo que recordó al de abril de 2017: en el lado europeo hubo cierta estupefacción ante la falta de conocimiento por parte de Johnson.

Después de semanas tanteando a la UE con propuestas que Bruselas ya había dicho que no iban a ninguna parte, y que no se podía sustituir el controvertido backstop por dichas propuestas, Juncker y Barnier volvieron a repetírselo a Johnson, que esta vez estaba acompañado por su negociador técnico, David Frost, y por el ministro del Brexit, Barclay.

Ante el mensaje de los europeos, Johnson se volvió a sus asesores: "¿Entonces me estás diciendo que el plan (que ha propuesto por ahora el Reino Unido y que la UE ya ha señalado que no es suficiente) no resuelve el problema arancelario (en Irlanda)?". Algunas fuentes citadas por medios británicos incluso señalan que Juncker tuvo la sensación de que Johnson solo comprendió entonces cuál era la importancia y las implicaciones del Mercado Interior.

Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo, durante la rueda de prensa que debía celebrar con Johnson. (Reuters)
Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo, durante la rueda de prensa que debía celebrar con Johnson. (Reuters)

Xavier Bettel, primer ministro de Luxemburgo, puede ser un desconocido en el Reino Unido, pero en la Unión Europea se le conoce bien. Ácido, rápido, con humor (como su antecesor en el cargo Juncker) y con capacidad de atraer los focos. En su encuentro posterior con él, Johnson no midió bien las fuerzas.

Las protestas que acompañaron la visita del primer ministro británico a la pequeña capital europea hizo que Johnson y sus asesores se lo pensaran dos veces antes de salir a dar una rueda de prensa al exterior del edificio en el que se reunía con Bettel, justo en un patio donde ya le habían abucheado los manifestantes.

Al final Johnson decidió no salir, y a los luxemburgueses ya no les daba tiempo de retirar el atril que debía ocupar el primer ministro británico. La imagen fue durísima para el Gobierno del Reino Unido. Entre otras cosas porque justo el día anterior Johnson se había comparado con el mismísimo Hulk, y ese juego del escondite no le dejaba especialmente como superhéroe. Bettel, lejos de intentar minimizarlo, lanzó un discurso duro y claro que, por ausencia del interesado, no tuvo ningún tipo de respuesta inmediata por el lado británico.

Es, hasta ahora, el último choque entre europeos y británicos, pero seguramente lo que queda de Brexit dejará otros momentos, otros roces y otros choques entre los líderes del Reino Unido y los de la Unión Europea en lo que empezó por ser un divorcio y empieza a parecerse más a un funeral.

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