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Todavía no hay guerra en Ucrania, pero Rusia ya la está ganando
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Putin no cede, lleva ventaja

Todavía no hay guerra en Ucrania, pero Rusia ya la está ganando

La efectiva caja de herramientas rusa para obtener su objetivo en Ucrania va mucho más allá de los tanques: desde espías infiltrados hasta la propaganda televisiva o las redes sociales

Foto: Soldados ucranianos, delante de edificios destrozados en la primera línea del frente en el Donbás. (Getty/Brendan Hoffman)
Soldados ucranianos, delante de edificios destrozados en la primera línea del frente en el Donbás. (Getty/Brendan Hoffman)

Rusia puede invadir o no invadir, pero su caja de herramientas para Ucrania va mucho más allá de los tanques, los aviones de combate, los lanzamisiles y los cuerpos de las fuerzas especiales. Lo que perciben los satélites y los vídeos que se van acumulando en TikTok, grabados por rusos que ven pasar junto a su pueblo columnas militares interminables, solo es la parte superficial y visible de la influencia rusa. Pero lo que no se ve, lo que solo se sospecha, puede ser igual o más efectivo. La guerra no es un concepto categórico, sino un espectro. Una criatura híbrida que tiene muchas gradaciones y cabezas. Algunas de ellas, cabezas encubiertas.

El pasado martes, una decena de páginas web del Gobierno ucraniano y de dos de los mayores bancos del país, Sberbank y Privatbank, recibieron un aluvión de tráfico basura que las dejó fuera de combate. Aunque Kiev no acusó directamente a Rusia, por falta de pruebas, sugirió que su vecino podría estar detrás, como lo había estado (junto con Bielorrusia) de otro ciberataque sucedido el 14 de enero.

Foto: Soldados ucranianos, durante unos recientes ejercicios militares en Prípiat, cerca de Chernóbil. (Reuters/Gleb Garanich)
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“Está claro que se preparó con antelación, y el objetivo clave del ataque era desestabilizar, sembrar el pánico y hacer lo posible para crear cierto caos en las acciones de los ucranianos en nuestro país”, declaró el ministro de Transformación Digital, Myjailo Fedorov. El titular añadió que se trataba del ciberataque más grande de la historia del país y que tenía “trazos de servicios de Inteligencia extranjeros”.

Todo forma parte de un plan

Este tipo de operaciones, que Ucrania ha padecido de manera creciente desde 2014, no solo tiene un impacto en las instituciones y en la rutina de los habitantes. La colecta de información privada suele responder a propósitos más complejos y a largo plazo. Un reciente informe elaborado por Jack Watling y Nick Reynolds, del Royal United Services Institute, destaca que Rusia estaría empleando muchos medios para la desestabilización de Ucrania.

“La novedad más preocupante (...) es la expansión de los recursos del FSB [el Servicio de Seguridad Federal de Rusia] para Ucrania”, escriben Watling y Reynolds. “Dentro del Quinto Servicio del FSB, dirigido por el general coronel Serguéi Beseda, el Departamento de Información Operacional tiene equipos dedicados a la mayoría de los ‘territorios’ de la antigua Unión Soviética. La mayoría de los equipos tienen un personal de entre 10 y 20 personas. En julio de 2021, sin embargo, el equipo de Ucrania del FSB del Noveno Directorio incluía unos 200 oficiales”.

Foto: Telizhenko. (A. B.)

Estos dos centenares de agentes rusos estarían dedicados a medir los sentimientos políticos de los ucranianos: por ejemplo, su opinión respecto a ciertas figuras y ciertos proyectos. Elaborarían así una especie de mapa psíquico del país que luego podrían explotar con campañas propagandísticas ajustadas a cada región o a cada bloque electoral. Parte de su trabajo consistiría en identificar los eslabones débiles de las administraciones municipales, para utilizarlos, y a los líderes más sospechosos de organizar una hipotética resistencia contra Rusia: para eliminarlos.

En este contexto, los abundantes datos personales de los ucranianos, desde las matrículas de sus coches a los datos de sus cuentas bancarias, serían la materia prima con la que operaría el FSB: una manera de anotar dónde vive, cuánto gasta o cómo se mueve cada potencial objetivo.

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“Estas sospechas fueron prácticamente confirmadas en diciembre, cuando el Noveno Directorio empezó a desarrollar juegos de guerra con las Fuerzas Aerotransportadas de Rusia”, escriben los autores del informe. “Estos ejercicios ligaban a los gestores de los activos rusos en los gobiernos regionales de Ucrania con las fuerzas especiales y las fuerzas aerotransportadas que formarían la vanguardia de una invasión”. Las conexiones entre los agentes ucranianos afines a Rusia y las fuerzas rusas servirían, entonces, para “asegurar las infraestructuras importantes y los edificios de gobierno, y localizar y eliminar a los ucranianos que organizarían la resistencia”.

Un Gobierno títere y otras maneras de influir en Ucrania

Además del FSB, otras agencias rusas, como el Servicio Foráneo de Inteligencia (SVR), la Inteligencia Militar (GU) y las Fuerzas Especiales (SSO), llevarían a cabo distintas operaciones. Entre ellas, según el mismo informe, estaría crear una “estructura en la sombra” dentro del Gobierno ucraniano para diseminar desinformación, debilitar las estructuras estatales y, en definitiva, crear una burocracia paralela que, eventualmente, pueda hacerse con el poder. En enero, el Gobierno británico filtró a la prensa que Yevhen Murayev, uno de los líderes del partido prorruso Plataforma de Oposición-Por la Vida, habría sido tanteado por el Kremlin para ser el presidente de una Ucrania ocupada. Tanto Murayev como el Gobierno ruso negaron esta acusación.

La formación de Murayev está considerada la heredera del Partido de las Regiones, que dirigía el presidente depuesto, Viktor Yanukóvich. Murayev y otros se oponen al grupo de políticos que obtuvo el poder tras la revolución del Maidán en 2014, y acusan a Zelensky de ser controlado por Occidente. Figuras de este partido, como los oligarcas Dmytro Firtash o Viktor Medvedchuk, tienen claras conexiones con el Kremlin. El padrino de la hija de Medvedchuk, que ahora mismo se encuentra en arresto domiciliario, no es otro que Vladímir Putin.

Foto: Vladímir Putin. (Getty Images/Sean Gallup)

Hay muchas otras maneras de influir en Ucrania. Por ejemplo, la ubicua propaganda televisiva, en la que el Kremlin ha invertido notables recursos. Desde 2014, el Gobierno ucraniano ha ido prohibiendo los canales de Rusia, y el año pasado cerró tres canales ucranianos considerados prorrusos. Una decisión que Kiev justifica como un acto defensivo, pero que, desde círculos críticos, ha sido considerada un ataque contra la libertad de expresión justificado con el miedo a la influencia extranjera. Aun así, en internet estos canales continúan siendo de fácil acceso. La red Vkontakte, apodada el Facebook ruso, también ha sido bloqueada en Ucrania.

A veces los activos rusos se coordinan para dar material a las televisiones. Sucedió en 2014, cuando los rebeldes prorrusos atacaron los edificios públicos de Donetsk, Lugansk o Járkov. Sus números no eran particularmente abundantes, pero eso no se notaba en las imágenes televisivas o en internet. El mundo presenció una insurrección popular contra la “junta de Kiev”, grabada por las cámaras de televisión y diseminada por el juego de espejos de Facebook y Twitter. En realidad, algunos de estos rebeldes ucranianos resultaban ser ciudadanos rusos ligados a la extrema derecha. Gente como Aleksei Judyakov, líder del xenófobo Escudo de Moscú, o Rotsislav Yurabliov, jefe del Partido Nacional-Bolchevique en Yekaterimburgo.

Foto: Los reservistas ucranianos asisten a un ejercicio militar en un campo de entrenamiento cerca de Kiev, Ucrania. (EFE/EPA/Sergey Dolzhenko)

Hace dos semanas, la policía ucraniana hizo detenciones en las regiones de Sumy, Chernihiv, Poltava y Cherkasy, no lejos de la frontera con Rusia. Los arrestados, según el Ministerio del Interior, conspiraban para organizar, a cambio de dinero, protestas violentas y enfrentamientos con la policía. Una historia que sonaba mucho a lo que sucedió en las ciudades del Donbás en 2014.

Otro acontecimiento sospechoso es la oleada de falsas alarmas de bomba que sacudió Ucrania en enero. A lo largo y ancho del país, miles de padres acudían de improviso a buscar a sus hijos a los colegios e institutos que habían recibido el aviso. Nadie sabe quién estuvo detrás. Quizá fue una casualidad. O quizá fue parte de la guerra contra los nervios de los ucranianos.

Además, el teatro pseudobélico de las últimas semanas, con la movilización de tropas rusas, por un lado, y las sucesivas alarmas de invasión que llegaban desde Washington y otras cancillerías, por otro, ya ha dejado su huella en la economía ucraniana. En enero, la divisa nacional, la grivna, perdió más de un 10%, los bonos nacionales se encarecieron y las inversiones se secaron en numerosos sectores. Nadie quería invertir en un país que podría acabar siendo pasto del horror y del caos.

Foto: Cursos de entrenamiento de combate y supervivencia en Kiev. (Getty/McGrath)

El presidente ucraniano, Volodímir Zelensky, y sus ministros se esforzaron por dar un mensaje de serenidad. Una actitud que también se percibía en los ciudadanos de a pie. La vida sigue. No podemos controlar lo que dice o hace Rusia, solo mirar hacia delante y combatir si llega el caso. Pero entonces la Casa Blanca redobló su mensaje: advirtió de un posible ataque inminente, habló de comunicaciones cortadas y bombardeos y llamó personalmente a los norteamericanos en Ucrania para que se marcharan en 24 horas. Al mismo tiempo, Rusia bloqueó parcialmente los puertos ucranianos del mar Negro y el mar de Azov con la excusa de las maniobras militares.

Los efectos del pánico fueron inmediatos. Varias aerolíneas cancelaron sus vuelos a Ucrania y al menos 23 parlamentarios, además de varios oligarcas, escaparon al extranjero. El presidente Zelensky les conminó a volver en 24 horas. “Es vuestro deber directo, en esta situación, estar con nosotros, con el pueblo ucraniano”, declaró Zelensky en un vídeo. “Volved a vuestro pueblo y a vuestro país, que han sido la fuente de vuestras factorías y de vuestras fortunas”.

Rusia ha mostrado por televisión algunas columnas militares en retirada, pero Estados Unidos, Reino Unido, la OTAN y observadores militares independientes han desmentido estas maniobras y acusado a Moscú de desplegar 7.000 efectivos más junto a la frontera ucraniana. Desde el Kremlin, llegan menciones al supuesto “genocidio” del Donbás y advertencias sobre futuras provocaciones del Ejército ucraniano. Comentarios que hacen temer, en Occidente, la inminencia de un 'casus belli' que desencadene el arma rusa de influencia definitiva: sus fuerzas armadas.

Rusia puede invadir o no invadir, pero su caja de herramientas para Ucrania va mucho más allá de los tanques, los aviones de combate, los lanzamisiles y los cuerpos de las fuerzas especiales. Lo que perciben los satélites y los vídeos que se van acumulando en TikTok, grabados por rusos que ven pasar junto a su pueblo columnas militares interminables, solo es la parte superficial y visible de la influencia rusa. Pero lo que no se ve, lo que solo se sospecha, puede ser igual o más efectivo. La guerra no es un concepto categórico, sino un espectro. Una criatura híbrida que tiene muchas gradaciones y cabezas. Algunas de ellas, cabezas encubiertas.

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