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¿Es la 'finlandización' de Ucrania la salida a la crisis? Claves para comprender lo que viene
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Ucrania tendría un estatus neutral

¿Es la 'finlandización' de Ucrania la salida a la crisis? Claves para comprender lo que viene

Desde el posible reconocimiento ruso de la independencia de Donetsk y Lugansk al hipotético estatus neutral de Ucrania, estas son las incógnitas por resolver más allá de la posible invasión

Foto: Vladímir Putin. (Getty Images/Sean Gallup)
Vladímir Putin. (Getty Images/Sean Gallup)

Las tornas siguen girando en torno a Ucrania. Tornas peligrosas y llenas de espinas. Después de vivir, durante varias semanas, en la narrativa norteamericana del ataque inminente, ahora vamos poco a poco acomodándonos a la rusa: solo eran unas maniobras, que, además, y en medio de un lenguaje algo más flexible por parte del Kremlin, ya estarían tocando, parcialmente, a su fin. Sin embargo, estas discretas señales de distensión, que han sido cuestionadas en las últimas horas por la OTAN y por analistas militares, no aclaran el futuro del país clave en esta crisis: Ucrania.

Si bien Rusia parece, en principio, dispuesta a enfundar la pistola, aún quedan muchas incógnitas por resolver. Una de las más importantes es el estatus de las regiones ucranianas separatistas, controladas por Rusia, del Donbás. El Parlamento ruso ha pedido oficialmente al presidente del país, Vladímir Putin, que reconozca la independencia de Donetsk y Lugansk. “Kiev no está observando los Acuerdos de Minsk”, declaró Vyacheslav Volodin, el presidente del Parlamento, en referencia al proceso de paz acordado en 2015 y que desde entonces ha sido papel mojado. “Nuestros ciudadanos y compatriotas que viven en el Donbás necesitan ayuda”.

Foto: Soldados ucranianos, durante unos recientes ejercicios militares en Prípiat, cerca de Chernóbil. (Reuters/Gleb Garanich)
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Luego Putin sugirió que no tenía intención, de momento, de reconocer esa independencia. Pero el mensaje había quedado claro: Moscú exige a Ucrania que cumpla los Acuerdos de Minsk. Si no, podría llegar a reservarse el derecho, entendemos, de reconocer esas provincias como Estados independientes y apartarlas para siempre de Ucrania. Rusia incluso podría llegar a ocuparlas militarmente, como sucedió con Crimea y como sugieren varios indicadores.

Vladímir Putin ya ha descrito varias veces la situación en el Donbás de “genocidio”. Lo hizo en diciembre y lo volvió a hacer este martes, durante la rueda de prensa que ofreció después de recibir al canciller alemán, Olaf Scholz, en el Kremlin. La narrativa rusa desde 2014 es que los derechos de los rusohablantes del este de Ucrania están siendo violados por un Gobierno fascista. Una tesis alejada de la realidad, pero que le sirvió al Kremlin para invadir Crimea y le puede volver a servir para amputarle a Ucrania otro pedazo. Un pedazo que, en la práctica, ya controlan.

¿Quién manda en el Donbás?

Numerosos informes oficiales y de medios de comunicación han reflejado a lo largo de estos últimos ocho años que es Moscú quien manda en el Donbás: provee a los rebeldes de armamento, combustible y dinero, compra su escasa producción minera, e incluso manda soldados. Algunos de ellos fueron capturados. Otros vuelven desde Ucrania en ataúdes. Kiev calcula que hay 3.000 efectivos rusos en la región. Vladímir Putin, a lo más que ha llegado, es a reconocer que tiene allí “consejeros”.

Entonces, si Rusia ya controla esas regiones, ¿por qué no se las anexiona directamente? El juego a largo plazo del Kremlin es otro. Ahora esas dos repúblicas títere de Donétsk y Luhánsk son una herramienta de negociación, o de extorsión. El Donbás es una herida abierta que a Ucrania le interesa cerrar, pues le está costando vidas, dinero y dolores de cabeza, además de suponer una falta de control de la frontera con Rusia. El objetivo último de Moscú podría ser utilizar estas regiones como puerta de entrada a los asuntos internos de Ucrania. Por eso, para Putin, los Acuerdos de Minsk tienen tanta importancia.

Foto: Refugiados que huyen de la guerra en Ucrania llegan a Varsovia, Polonia (EFE/EPA/Marek)

Los Acuerdos de Minsk, o Protocolo de Minsk, fueron firmados en 2015 por Ucrania, Rusia, Alemania y Francia, un grupo conocido como el 'formato de Normandía'. El protocolo constaba de 12 puntos, entre ellos el alto el fuego, el intercambio de prisioneros, una amnistía, una mesa de diálogo, la descentralización política y el envío de observadores de la OSCE a estas regiones. Los acuerdos no tuvieron éxito, pero se han mantenido como un marco de referencia en el que seguir dialogando.

El problema es que Rusia y Ucrania tienen interpretaciones distintas de este acuerdo. Los ucranianos insisten en que, al acabar la guerra del Donbás, recuperarían el control de estos territorios. Se harían algunas concesiones, pero la región volvería a estar en manos de Kiev. Los rusos, en cambio, enfatizan la descentralización y el estatus de autonomía de Donétsk y Luhánsk, cuyos representantes pasarían a ser parte del Gobierno nacional y por tanto a tener peso en las decisiones ucranianas. Lo que Kiev teme es que esta autonomía, en la práctica, sea un caballo de Troya: una palanca que los rusos utilizarían para influir en los asuntos internos ucranianos e impedir, por ejemplo, una potencial entrada en la OTAN o en la Unión Europea.

Foto: Los reservistas ucranianos asisten a un ejercicio militar en un campo de entrenamiento cerca de Kiev, Ucrania. (EFE/EPA/Sergey Dolzhenko)

Otro problema es que ambas partes han violado estos acuerdos. El Gobierno ucraniano de ahora está en una posición más fuerte que el de 2014 y 2015, cuando un Ejército ucraniano sin experiencia y mal equipado podía mantener a duras penas sus posiciones. Por eso, lo que quiere el Gobierno de Volodímir Zelensky es revisar los términos de los Acuerdos de Minsk, que considera demasiado desventajosos. Por su parte, Rusia, además de respaldar a los separatistas, ha repartido unos 700.000 pasaportes rusos entre los habitantes del Donbás y les ha permitido participar en las elecciones rusas. Unos pasos que apuntan hacia la anexión 'de facto' y que por tanto contravienen el espíritu de los Acuerdos de Minsk.

Aun así, estos acuerdos siguen siendo un potencial foro de entendimiento: delegados del formato de Normandía han seguido reuniéndose. La última vez lo hicieron la semana pasada en Berlín, sin arrojar frutos. El presidente francés, Emmanuel Macron, usó estos acuerdos como punta de lanza de su ofensiva diplomática.

Rusia repliega tropas tras las maniobras cerca de Ucrania

En resumen: si Rusia reconoce la independencia del Donbás separatista y lo ocupa militarmente, esos territorios ya quedarían oficiosamente en su seno, como lo están Transnistria, Abjasia y Osetia del Sur. Estados zombi que son como llagas en los países vecinos. Pero, si logra unos acuerdos de autonomía oficiales y sólidos, internacionalmente reconocidos, que le permitan influir en los asuntos ucranianos sin necesidad de sacar la pistola, habría ganado una posición mucho más cómoda.

El ejemplo de Finlandia

La otra gran incógnita por resolver es el hipotético estatus neutral de Ucrania, que, de una manera más fina y misteriosa, se ha pasado a llamar 'finlandización'. Para apaciguar a la poderosa Unión Soviética, que después de la Segunda Guerra Mundial estaba en la cumbre de su tamaño y prestigio, Finlandia renunció a ser miembro de la OTAN. A cambio, no volvería a ser invadida por la URSS. Ucrania cerraría un acuerdo similar: si quiere la paz con Rusia, tendría que comprometerse a no entrar en la OTAN. Una manera de ceder soberanía nacional a cambio de paz.

El tratado que firmó Helsinki con la URSS de Stalin venía precedido de una invasión. Nueve años antes, en 1939, Stalin, precupado por la cercanía de la frontera finesa a los centros neurálgicos rusos, especialmente Leningrado, atacó Finlandia. La llamada 'guerra de invierno' duró apenas tres meses, pero los soviéticos, pese a perder muchos más soldados que los finlandeses y cometer errores de los que Adolf Hitler tomaría buena nota, absorbieron un 9% del territorio del país vecino. En 1948, la URSS estaba capacitada para hacer mucho más daño, y consiguió su tratado. Ucrania estaría en una situación semejante: a la vista de 2014 y del reciente despliegue, sabe que Rusia va en serio.

Foto: Cursos de entrenamiento de combate y supervivencia en Kiev. (Getty/McGrath)

Los gobiernos de la OTAN, entre ellos el de España, han rechazado esta perspectiva por el simple hecho de que la soberanía nacional es uno de los pilares del derecho internacional. Ningún país puede, con la Carta de Naciones Unidas en la mano, dictarle a otro su política interior o exterior. Tan sencillo como eso.

Tan sencillo como eso en el mundo de papel y de las ideas abstractas. En el mundo real, por el contrario, hay 130.000 efectivos rusos con aviones de combate y misiles con capacidad nuclear respirando en la nuca de Ucrania, y ninguno de los 30 miembros de la OTAN se ha comprometido a mandar ni un soldado a Ucrania. Una situación que pesa cada vez más sobre las escuetas opciones de Kiev.

Así que, en la práctica, Ucrania parece tener dos velocidades. Una de cara al público, en que sus líderes reivindican su derecho a tomar las decisiones que crean conveniente. Una velocidad en la que los orgullosos ministros aplauden calurosamente la ayuda militar extranjera y prometen desempeñarse bien en la potencial guerra a gran escala contra Rusia. El derecho a unirse a la OTAN o a la Unión Europea no es una reivindicación cualquiera: en 2019 fue inscrito en la Constitución ucraniana como “misión estratégica” en el medio o largo plazo.

Foto: Plaza de la Independencia de Kiev, en 2015. (EFE/Sergey Dolzhenko)

Pero luego está la otra velocidad, la velocidad oculta, la que luce menos y tiende a no airearse en público. 'The New York Times' recogió que el Gobierno ucraniano llevaba desde diciembre hablando con Rusia de un potencial estatus neutral. Un diálogo que pareció aflorar, mediante gestos y sugerencias, durante la comparecencia de Olaf Scholz y Volodímir Zelensky este lunes en Kiev.

“Quizá la cuestión de las puertas abiertas, para nosotros, es un sueño", reconoció el presidente ucraniano. Sus palabras llegaban poco después de que el embajador del país en Reino Unido barajase la opción, durante una entrevista, de renunciar a la OTAN. Un comentario que causó una tormenta y fue rápidamente retirado.

Foto: Boris Johnson con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ayer en su visita a Kiev. (EFE)

Scholz fue aún más claro: “La cuestión de la pertenencia a alianzas prácticamente no está en la agenda”, declaró. “Por eso es extraño observar que el Gobierno ruso esté haciendo de algo que prácticamente no está en la agenda el objeto de grandes problemas políticos”. Luego lo reiteró: “Ese es el gran desafío al que realmente nos enfrentamos: que algo que ni siquiera está en la agenda sea considerado un problema”. El alemán reconoció que había que “mirar a la realidad”.

Uno de los problemas que tiene Ucrania con la 'finlandización' es que su neutralidad puede no ser garantía de inviolabilidad. En el Memorándum de Budapest, firmado en 1994, Ucrania se deshizo de sus 1.900 cabezas nucleares con una condición: que EEUU, Reino Unido y Rusia se comprometieran a “respetar la independencia y soberanía de las fronteras actuales de Ucrania”, y evitar recurrir “a las amenazas o al uso de la fuerza”. 20 años después, Rusia invadía Crimea.

Moscú sigue hablando de sus “garantías de seguridad” y dice no estar satisfecha con la actitud de Occidente. Estados Unidos, Reino Unido y la OTAN aseguran no haber visto esa retirada parcial de la que habla Rusia. En el medio, Ucrania, como lamentan muchos de sus habitantes, sigue siendo lanzada como una pelota entre un campo y otro, incapaz de encontrar un suelo sólido sobre el que establecerse.

Las tornas siguen girando en torno a Ucrania. Tornas peligrosas y llenas de espinas. Después de vivir, durante varias semanas, en la narrativa norteamericana del ataque inminente, ahora vamos poco a poco acomodándonos a la rusa: solo eran unas maniobras, que, además, y en medio de un lenguaje algo más flexible por parte del Kremlin, ya estarían tocando, parcialmente, a su fin. Sin embargo, estas discretas señales de distensión, que han sido cuestionadas en las últimas horas por la OTAN y por analistas militares, no aclaran el futuro del país clave en esta crisis: Ucrania.

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