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El artillero de Mariúpol: "En el frente no pienso en civiles, solo en mi promesa a Ucrania"
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Promesas del este (II)

El artillero de Mariúpol: "En el frente no pienso en civiles, solo en mi promesa a Ucrania"

Ocho años de guerra, primero en Mariúpol y ahora a unos 20 kilómetros de distancia, han dejado muchas huellas en la vida de la ciudad y en sus habitantes

Foto: Militares ucranianos movilizados ante la amenaza rusa, en el puerto de Mariúpol. (Getty/Martyn Aim)
Militares ucranianos movilizados ante la amenaza rusa, en el puerto de Mariúpol. (Getty/Martyn Aim)
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El 24 de enero de 2015, Vladímir y Nina fueron a revisar la vivienda que se acababan de construir en el barrio de Vostochny, al este de Mariúpol. Cuando él estaba en el garaje y ella se disponía a dar de comer al perro, empezó el bombardeo. Los dos se arrojaron al suelo y empezaron a gritarse desde la distancia para darse a entender que estaban vivos. El estruendo era tan grande que no se oían. La tierra temblaba. Vladímir decía: “¡Tenemos que volver a casa! ¡Los niños!”. Los dos salieron corriendo hacia el bloque de apartamentos donde estaban sus tres hijos.

Para Nina, esos cinco minutos de carrera fueron interminables. La realidad se congeló y perdió los colores. Lo único que oía era el zumbido de su pulso y la voz de su marido, gritando: “¡Deprisa, deprisa!”. Por fin doblaron la esquina y llegaron al bloque donde estaba su apartamento. Miraron hacia arriba, hacia el octavo piso, y vieron que, donde solía estar su salón, ahora había un inmenso boquete.

Foto: Un soldado ucraniano vigila el puerto de Azov en Mariúpol.  (EFE)

Vladímir y Nina entraron corriendo y subieron las escaleras, jadeando, respirando polvo, llevados por el pánico. Al llegar arriba, vieron que su apartamento estaba completamente destrozado. Entonces, como de milagro, uno tras otro, aparecieron sus tres hijos. Aún descalzos y en pijama. Aterrorizados, pero vivos. El mayor, Nikita, de 13 años, había escapado de la cocina instintivamente y había metido a sus hermanos debajo de la mesa de su habitación, segundos antes del impacto. Aquella habitación fue la única parte del apartamento que sobrevivió al misil Grad lanzado por las milicias prorrusas, determinadas a recuperar el control de Mariúpol.

Esta y otras historias han sido cuidadosamente descritas por la poeta local Oksana Stomina, coeditora de un libro de testimonios titulado 'Cerca de la guerra: diarios ucranianos'. Stomina dice que los habitantes de Mariúpol se han acostumbrado a convivir con este tipo de experiencias. Por ejemplo, han aprendido a hacer una equis con cinta adhesiva en las ventanas, para evitar que se hagan trizas por la vibración de las bombas. Dice Stomina que hasta los niños, en aquellos días, sabían diferenciar el sonido de un ataque con mortero del sonido de un ataque con misiles Grad.

Símbolos y huellas de la guerra

Estos ocho años de guerra, primero en Mariúpol y ahora cerca, a unos 20 kilómetros de distancia, han dejado muchas huellas en la vida de la ciudad. Para empezar, han dotado a Mariúpol de un símbolo nuevo: el tetrápodo. Un bloque de hormigón que se usa habitualmente para construir rompeolas, enlazándose con otros bloques iguales, y que Mariúpol han colocado por los aledaños, en las carreteras, para dificultar el paso de los tanques rusos. Stomina me cuenta la historia.

Foto: Boris Johnson con el presidente de Ucrania, Volodymyr Zelensky, ayer en su visita a Kiev. (EFE)

“En 2013, Crimea nos hizo un enorme encargo de tetrápodos. Fueron fabricados en una de las instalaciones de los astilleros”, recuerda la poeta. “Dado que la anexión tuvo lugar, evidentemente no llegaron a ser enviados. Así que terminamos usándolos de una manera totalmente distinta. No toda la maquinaria pesada puede avanzar por campos de labranza y atravesarlos. Necesitan carreteras asfaltadas, así que distribuimos los tetrápodos como en un tablero de ajedrez para dificultar sus maniobras. El objetivo es hacer que vayan tan lento como sea posible para ganar tiempo”.

“El tetrápodo es el símbolo de la resistencia del Mariúpol ucraniano”

“El tetrápodo simplemente está ahí. De pie. Es inamovible”, dice la pintora Marina Cherepchenko, que me ha regalado un portavelas con la forma de un tetrápodo. Al ver que estas estructuras pesadas y grises daban a la ciudad un aire aciago, de guerra inminente, Cherepchenko decidió dotarlas de belleza. Ella y otros artistas se pusieron a pintar los tetrápodos que rodean Mariúpol, a colgarlos en el árbol de Navidad y a fabricarlos en versión diminuta para que los soldados ucranianos los lleven en el bolsillo o colgados al cuello, como amuletos de protección. “El tetrápodo es el símbolo de la resistencia del Mariúpol ucraniano”, añade Stomina.

El adjetivo 'ucraniano' tiene aquí un significado notable. Mariúpol solo está a 60 kilómetros de Rusia por tierra, y el mar de Azov está casi totalmente controlado por Moscú. Además de ser una ciudad rusófona del Donbás, la región donde Rusia orquestó una sublevación de rebeldes locales en 2014, Mariúpol tiene también un importante carácter estratégico. Si Vladimir Putin quiere abrir un corredor por tierra hacia Crimea, una de las opciones militares que podría estar barajando, tiene que pasar por Mariúpol. Lo cual no pasa desapercibido a sus habitantes.

La guerra es la guerra

“Hay un plan, pero no puedo hablar en detalle”, dice Vyacheslav Horban, empleado de una de las plantas acereras de Mariúpol y voluntario de las milicias civiles que serían activadas en caso de ataque. “Lo que sí te puedo decir es que no puedo molestar a la gente con llamadas. Tengo que ir al puesto de las defensas territoriales donde tienen mi arma, cogerla y hablar con el comandante. Podemos decir que las defensas territoriales en el este de Ucrania están en mejor posición que en otras partes, porque tenemos unidades activas estacionadas aquí y cooperamos habitualmente con ellas. Podemos invitarlas para que nos entrenen”.

Foto: Tropas rusas durante recientes movimientos militares en la región de Rostov. (Reuters/Sergey Pivovarov)

El antagonismo, en Mariúpol, no solo es contra Rusia y contra las milicias del Donbás. Entre la propia población, a veces, hay fricciones. Aunque los partidos que gobiernan la ciudad se dicen proucranianos y el sentimiento prorruso, según una encuesta oficial y según los testimonios de una docena de entrevistados, ha disminuido notablemente desde 2014, aún existe. En los últimos ocho años la política ha roto amistades e incluso familias, como en el caso de Horban.

“Muchos familiares por el lado materno son rusos, y solíamos ir a visitarlos antes de que pasara todo esto. Lo pasábamos bien en vacaciones”. Horban añade que, hasta 2014, no le interesaba nada la política. “No me importaba. Sentía que Kiev estaba muy lejos y que los parlamentarios de la Rada decidían cosas que realmente no afectaban a mi vida. Me impliqué activamente cuando vi los puestos de control alrededor de la ciudad. Los conocidos me decían que los soldados ucranianos estaban cerca y que estaban muy mal preparados. Que no tenían munición, no tenían calcetines secos, pasaban hambre. Fui allí a verlo con mis propios ojos y vi que era verdad, así que fui a una tienda a comprarles comida. Más gente se unió luego para apoyarlos. En 2016, nos unimos a las fuerzas territoriales”.

"No tenían munición ni calcetines secos, pasaban hambre. Fui a verlo con mis propios ojos"

Horban dice que, entre sus compañeros del metal, había proucranianos y prorrusos. Los proucranianos, asegura, eran más vocales. Los prorrusos intentaban disimular. “En 2014 teníamos pósteres del SBU [el servicio secreto ucraniano] detallando cómo reconocer a un separatista y un número de teléfono para llamar. Un día fui a la habitación donde solíamos tomar café y descansar, y vi a un grupo de gente en torno a un teléfono, leyendo noticias separatistas. Nada más verme pararon. Me cansé, así que saqué una foto del póster y se la mandé a todo el mundo por correo electrónico: tanto a los directores como a los empleados de la planta”.

Leonid, que prefiere no dar su apellido, ha estado implicado en los acontecimientos desde el primer día. Participó en el Maidán de Mariúpol, en febrero de 2014, y sus historias están llenas de encontronazos, palizas, matones en chándal y huidas 'in extremis'. Ahora Leonid va y viene del frente, donde ejerce de artillero. “Para estar en artillería, tienes que tener un buen cerebro”, explica. “Tienes que ver claramente y calcular los segundos. No es difícil aprender o usar las herramientas, pero tienes que ser bueno con los detalles”.

Foto: Plaza de la Independencia de Kiev, en 2015. (EFE/Sergey Dolzhenko)

El ucraniano, que tiene un bigote de herradura, como el de un cosaco, me enseña un vídeo grabado en lo que parece un descampado a las afueras de una ciudad. Salen varios hombres en uniforme deambulando cerca de un cañón. Uno grita, “¡primer fuego!”, y suena una explosión. Una nube de humo se eleva en el descampado.

Le pregunto a Leonid por el hecho de disparar contra una ciudad en la que viven civiles inocentes. “La guerra es la guerra, y siempre es injusta”, responde. “Cuando voy al frente, nunca pienso en civiles. Solo en el deber y en la promesa que les hice al Estado y al país. En eso me centro. Tengo que decir que tratamos de ayudar a los civiles en la medida de lo posible. En el lado ucraniano llevamos comida y les ayudamos a cortar leña. Pero no siempre recibimos un buen trato. Cuando se les dispara y se les bombardea, no diferencian entre los soldados. Se consideran víctimas. Víctimas de la situación. Nosotros nunca apuntamos a civiles”.

Una espina clavada

Petro Andryushchenko, asesor del alcalde de la ciudad, dice que no hay ningún contacto entre Mariúpol y los rebeldes de Donétsk, pese a la cercanía. “No hay ninguna relación”, explica en su despacho. “El año pasado, la organización terrorista DNR [siglas de República Popular de Donétsk] cerró toda la frontera”, y hace el signo de comillas al decir frontera. “Ninguno de los ucranianos que vive en Donétsk puede venir a directamente Mariúpol. Tiene que viajar a través de Rusia”.

Le pregunto si Mariúpol, tal y como están las cosas, no será en estos momentos un nido de espías. Andryushchenko sonríe y dice que de eso se encarga el SBU. “Desde el punto de vista de Rusia, Mariúpol es la ciudad ucraniana independiente más importante”, cuenta. “Tenemos aquí mucho ejército y agentes del servicio de seguridad. Estamos cerca del frente desde hace ocho años. Sabemos lo que tenemos que hacer y lo estamos haciendo”, añade, lacónico.

Foto: Los reservistas ucranianos asisten a un ejercicio militar en un campo de entrenamiento cerca de Kiev, Ucrania. (EFE/EPA/Sergey Dolzhenko)

Mariúpol es una espina clavada en el orgullo prorruso. Fue una de las primeras ciudades en caer en sus manos, en 2014. Los rebeldes la mantuvieron durante tres meses. Luego el Ejército ucraniano contraatacó y recuperó el control. Como avanzaron mucho, una columna del Ejército ruso atravesó la frontera el 25 de agosto de 2014 y abrió fuego de artillería contra la localidad vecina de Novoazovsk. La OTAN estimó que había unos 1.000 soldados rusos batallando en territorio ucraniano. Diez soldados rusos capturados alegaron que estaban en Ucrania “por accidente".

Aquel verano de sangre y el ataque con misiles Grad al barrio de Vostochny, en enero de 2015, dejaron numerosas cicatrices en la vida de Mariúpol. Sus habitantes hoy exhiben la misma actitud, aparentemente, que la mayoría de sus compatriotas en otros puntos de Ucrania: esa serenidad de quienes han desarrollado una tolerancia a las tensiones de la guerra, mezclada, en momentos de candor, con la confesión de que sienten angustia. La tristeza de quienes saben que su futuro no depende enteramente de ellos, sino de los apetitos de las potencias fronterizas.

El 24 de enero de 2015, Vladímir y Nina fueron a revisar la vivienda que se acababan de construir en el barrio de Vostochny, al este de Mariúpol. Cuando él estaba en el garaje y ella se disponía a dar de comer al perro, empezó el bombardeo. Los dos se arrojaron al suelo y empezaron a gritarse desde la distancia para darse a entender que estaban vivos. El estruendo era tan grande que no se oían. La tierra temblaba. Vladímir decía: “¡Tenemos que volver a casa! ¡Los niños!”. Los dos salieron corriendo hacia el bloque de apartamentos donde estaban sus tres hijos.

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