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Salve, Mattarella: el 'abuelete' sensato que rescató a Italia de su propia locura (política)
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termina su mandato con un apoyo del 70%

Salve, Mattarella: el 'abuelete' sensato que rescató a Italia de su propia locura (política)

El presidente acaba su mandato entre las ovaciones de un país en el que su figura es clave para contrarrestar a la jauría política

Foto: El presidente Sergio Mattarella. (EFE/Paolo Giandotti)
El presidente Sergio Mattarella. (EFE/Paolo Giandotti)

Algo extraño sucede cuando, en estos tiempos de desprestigio político, un tenor puede tener celos de un jefe de Estado. El pasado 7 de diciembre, el presidente de Italia, Sergio Mattarella, aparecía en el palco de La Scala de Milán y el público, puesto en pie, le daba una ovación de seis minutos. No es algo inusual en este fin de su mandato (el proceso parlamentario de elección del nuevo presidente comienza el 24 de enero), es algo que se repite allí donde va un funcionario querido y respetado por la gran mayoría de los estamentos sociales y políticos italianos. La popularidad del mandatario, hoy, supera el 70%.

Pero es también una peculiaridad que define a Italia, un país tan genial como para reconocer que es un desastre. El presidente es el último pilar sobre el que se sustenta el frágil castillo de naipes italiano. Un prestigioso veterano —lo de veterana aún no ha ocurrido— capaz de imponer, en medio de la locura política patria, calma.

Foto: El papa Francisco, durante la misa de Nochebuena en el Vaticano. (EFE/Fabio Frustaci)

El presidente ha rechazado nombramientos, devuelve leyes a los legisladores si contradicen principios de la República, deniega ir a las urnas cuando los gobiernos se suicidan —o los suicidan— por intereses electorales, sortea crisis parlamentarias, “inventa Draghis”. Y, lo que es más sorprendente, todo eso funciona sin que “arda Roma”. ¿Qué sucedería en otras democracias parlamentarias si el jefe de Estado negara una convocatoria de elecciones ante una crisis de Gobierno? ¿Y si forzara a que sus señorías —extrema derecha, extrema izquierda, populistas, liberales— acepten a un economista sin colores políticos como primer ministro? ¿Qué pasaría si algún otro jefe de Estado devolviera al Parlamento una ley aprobada por sus señorías porque considerara que debe cambiarse? ¿Qué sucedería en otras partes si el jefe de Estado rechazara el nombramiento de un ministro propuesto por la coalición gobernante por considerarlo perjudicial para el país por ser euroescéptico?

Eso pasa en Italia, un país que cada siete años elige un reputado 'abuelete', como se autodenominó hace unos días el propio Mario Draghi, al que fiarlo todo cuando todo falle. Al menos, hasta hoy. Queda por ver quién sucede en unas semanas a Mattarella, si es que finalmente le dejan irse, y si el nuevo mandatario el adjetivo reputado puede calzárselo. La figura del incombustible y ambicioso Silvio Berlusconi entre los candidatos, con una hilera de juicios, denuncias y condenas encima, demolería, al menos, esa tradición de hombre de perfil académico y comedido que se le presupone al presidente.

Espejismo de sensatez

El éxito italiano es formar parte del G7 pese a tener una deuda pública del 155% en 2021, una tasa de desempleo del 9,4%, que alcanza el 28,2% en menores de 25 años, y una clase política que ha conseguido el inusual récord de haber tenido 66 gobiernos en 75 años. Con esa mochila encima, cuesta pensar que Roma siga formando parte del club de los más poderosos. Desde fuera, puede parecer sorprendente, quizás en el nuevo orden mundial que se avecina su papel sea más secundario, pero para entender Italia hay que entender una cosa: Italia sobrevive a sus políticos porque los amordaza si es necesario. Y la persona clave en todo ese engranaje es justamente el presidente.

Foto: El presidente francés, Emmanuel Macron, junto al primer ministro italiano, Mario Draghi. (Reuters/Gonzalo Fuentes)

Mattarella se va, si es que no le convencen de que se quede un poco más para alargar el espejismo de sensatez creado junto a Draghi en medio de un tsunami, con un apoyo amplio. El siciliano, nacido en 1941, viudo, padre de tres hijos y hermano de Piersanti Mattarella, presidente de Sicilia al que la mafia asesinó en el cargo en 1980, tiene una virtud importante para sus defensores: es un hombre valiente capaz de tomar decisiones. Para sus detractores, esa virtud ha sido un defecto revestido de cordial autoritarismo. “¿Es posible criticar a Mattarella?”, escribe el académico italiano Tomaso Montanari, quien acusa al presidente de haber devuelto por una decisión suya personal a la extrema derecha de la Lega al Gobierno. Desde las filas ultraconservadoras, por el contrario, le afean haber impedido unas elecciones que los sondeos les daban como victoria segura.

Foto: La policía de Roma comprueba el pasaporte covid de los pasajeros de un autobús. (EFE/Fabio Frustaci)

Mattarella, entre las críticas de los extremos, se ha mostrado prudente, correcto, amable, no ha sido un hombre de perfil espontáneo o divertido, pero, sobre todo, ha demostrado ser un mandatario al que no le temblaba el pulso.

Su perfil profesional y político ha ayudado a cultivar esa imagen de 'abuelete sabio' que se busca en la figura presidencial italiana. Se licenció con mención de honor en Derecho en 1964 por la Universidad La Sapienza de Roma y su tesis versó sobre “La función de orientación política”. Como político estuvo, como su hermano asesinado, relacionado con la Democracia Cristiana. Ese es un detalle que le ha permitido, sin generar una tormenta, en algunos momentos posicionarse en temas polémicos en los que se ha enfrentado a la extrema derecha italiana sin crear un incendio. Hay una máxima política que dicta que solo desde la derecha se pueden hacer ciertas políticas progresistas sin levantar ampollas.

Un ejemplo de esa tendencia por mantener una voz propia como jefe de Estado, enfrentada a la ultraderecha en ocasiones, ha sido la fabulosa relación que ha mantenido con Liliana Segre, superviviente del holocausto y muy atacada en diversos momentos por partidos como la Lega y Fratelli d'Italia. En un gesto de apoyo muy significativo, en 2018 la nombró senadora vitalicia. En el 90 cumpleaños de la senadora, en 2020 y en plena controversia política de los ultraconservadores con Segre tras varios desencuentros, el presidente la telefoneó personalmente y le agradeció “por su gran y valioso testimonio contra el odio y la violencia, su defensa de los derechos de todos y el rechazo a cualquier discriminación”.

Tampoco ha tenido reparo el presidente, frente a los postulados soberanistas de la extrema derecha y los recelos iniciales del populista Movimiento 5 Estrellas, en defender la idoneidad de la permanencia de Italia en la UE. “La UE es imprescindible para el futuro de Italia”, les dijo recientemente a sus señorías en su discurso de fin de año.

Foto: Carlo Cottarelli, exdirectivo del FMI, ante los medios tras su reunión con Sergio Mattarella. (Reuters)

Pero, de todos los movimientos peculiares que se ha atrevido a hacer el siciliano, el más arriesgado fue cuando se negó a aceptar al conservador y euroescéptico Paolo Savona como ministro de Economía del Gobierno compuesto por M5S y Lega en mayo de 2018. “He compartido y aceptado todas las propuestas de los ministros, excepto la del ministro de Economía. El nombramiento del ministro de Economía constituye siempre un mensaje inmediato, de confianza o de alarma, para los operadores económicos y financieros”, dijo el presidente, para después añadir que aceptaría a “una persona que no sea vista como partidario de una línea, repetidamente manifestada, que podría provocar, posiblemente, o incluso inevitablemente, la salida de Italia del euro. Esto es muy diferente a tener un comportamiento vigoroso en el ámbito de la Unión Europea”.

El mandatario hizo entonces uso de sus poderes constitucionales para rechazar un ministro y, ante el bloqueo institucional generado, encargó formar Gobierno al tecnócrata Carlo Cottarelli, desencadenando una crisis que amenazaba con hacer explotar las instituciones. Aquella decisión sí caldeó los ánimos de muchos. El M5S amenazó con iniciar un proceso de destitución del presidente y, junto a la Lega, convocó diversas manifestaciones ante lo que calificaron de “golpe de Estado”. Pocos días después, el propio Cottarelli anunciaba que renunciaba a formar Gobierno ante un definitivo acuerdo M5S y Lega en el que ya no figuraba el euroescéptico Savona como ministro de Economía, sino como ministro de Asuntos Europeos. Para entonces, la línea roja marcada por Mattarella era gruesa. El presidente había dejado claro que, usando sus poderes constitucionales si hacía falta, no iba a permitir aventuras populistas y soberanistas que pusieran en riesgo la economía italiana y su permanencia en Europa.

El as sacado de la manga Draghi

Tres años después de aquello, la jugada Cottarelli se repitió con Draghi y con un escenario pospandemia en el que el país dependía de los 209.000 millones de euros que le debía dar Europa. Mattarella entendió que ir a unas urnas, donde previsiblemente ganaría la extrema derecha soberanista, no era la mejor forma de pedir un préstamo esencial a Bruselas. Apostó por Draghi, el expresidente del Banco Central Europeo, que goza de amplios poderes, en lo que algunos consideraron una estafa democrática, pero que ha acabado convenciendo a una amplísima mayoría de su idoneidad.

En todo caso, no todo ha sido un camino de rosas para Mattarella, ni todos han apoyado o entendido posturas que muchos han tachado de autoritarias, pero en el final del mandato las alabanzas han llegado en palcos, plazas y hasta de viejos enemigos. “Gracias al presidente Mattarella, de todo y por todo”, decía Matteo Salvini tras el discurso de fin de año del presidente. Un giro importante si se compara con el inicio, 31 de enero de 2015, en el que el mismo Salvini decía “Mattarella no es mi presidente”.

Otro viejo enemigo, el hoy ministro de Asuntos Exteriores Luigi Di Maio, que en 2018 calificó la decisión de Mattarella de “vergüenza” y pidió su 'impeachment', dice hoy que “fue un error pedir el 'impeachment' del presidente”, a quien ha calificado de “una guía sólida”.

placeholder Sergio Mattarella, en su discurso de fin de año. (EFE/Paolo Giandotti)
Sergio Mattarella, en su discurso de fin de año. (EFE/Paolo Giandotti)

Esa guía sólida es ahora alabada por todos. Solo Fratelli d’Italia, única oposición a Draghi y cuya líder, Giorgia Meloni, pide que “no haya Matarella bis y se vaya a elecciones”, se desmarca del largo homenaje que vive el jefe de Estado.

Ahora toca sustituir a Mattarella. Las opciones son el propio Draghi, que haría salto de poltrona. O alargar algo el mandato de Mattarella, como piden algunos para dar tiempo a que Draghi acabe su cometido como primer ministro antes de las elecciones de 2023 y luego ocupe el cargo. “Soy viejo, quiero descansar”, ha contestado hasta ahora presidente. O el arriesgado experimento Berlusconi, o Giuliano Amato, un perfil conservador menos polémico que Il Cavaliere, o por primera vez una mujer, entre las que suena Marta Cartabia, actual ministra sin colores políticos, o Romano Prodi…

Sea el que fuere, el elegido no tendrá el encargo de ser un simple cargo institucional representativo. De nuevo, como sucedió con sus predecesores, debe ser el garante de que hay alguien al timón cuando se alborotan o se amotinan, lo que sucede con frecuencia, justamente los que le han elegido.

Algo extraño sucede cuando, en estos tiempos de desprestigio político, un tenor puede tener celos de un jefe de Estado. El pasado 7 de diciembre, el presidente de Italia, Sergio Mattarella, aparecía en el palco de La Scala de Milán y el público, puesto en pie, le daba una ovación de seis minutos. No es algo inusual en este fin de su mandato (el proceso parlamentario de elección del nuevo presidente comienza el 24 de enero), es algo que se repite allí donde va un funcionario querido y respetado por la gran mayoría de los estamentos sociales y políticos italianos. La popularidad del mandatario, hoy, supera el 70%.

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