ENTREVISTA

"Vamos hacia una sociedad en U: perderá la clase media"

Juan José Dolado fue premio Jaime I de Economía, pasó por el Banco de España, como economista jefe y actualmente es catedrático de la Universidad Carlos III

Foto: El catedrático Juan José Dolado. (EC)
El catedrático Juan José Dolado. (EC)
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Juan José Dolado (Zaragoza, 1955) es uno de los economistas a los que pocos discuten. Se podrá estar de acuerdo, o no, con lo que escribe, pero hay un raro consenso en que se trata de uno de los referentes en la economía laboral. Fue premio Jaime I de Economía, y mucho antes pasó por la Universidad de Oxford, por la London School of Economics, por el Banco de España, como economista jefe, y por el Instituto Universitario Europeo, en Florencia. Actualmente, es catedrático de la Universidad Carlos III, donde recibe a El Confidencial en su pequeño despacho, donde reina una paz de convento. Ahora está enfrascando en un proyecto muy sugerente. Se trata de conocer si las medidas sociales desplegadas por el Gobierno para combatir la pandemia, los ERTE o el ingreso mínimo vital, son eficaces. El proyecto está financiado por la Fundación BBVA en el marco de una convocatoria especial de ayuda a la investigación a causa del covid-19.

PREGUNTA. La primera pregunta es obvia. ¿Están siendo eficaces las políticas públicas de carácter social para combatir la pandemia?

RESPUESTA. La pandemia ha supuesto un 'shock' de oferta y demanda, y lo que vamos a ver ahora es una reasignación: habrá sectores en declive y sectores en alza. Se trata de una tendencia que viene influida por lo que llamaríamos megatendencias: digitalización, trabajos en plataforma… Lo que queremos conocer en nuestro estudio es saber si esas políticas impiden o fomentan esa reasignación. Tuvimos una gran crisis con la construcción, y ahora con el turismo, pero el turismo no es ninguna burbuja porque tenemos una ventaja natural. Otra cosa es la hostelería, que sí es una burbuja. Lo que tratamos es de identificar qué sectores tienen fortaleza y cuáles no son viables. Nos interesa, por ejemplo, cómo afecta la rebaja de cotizaciones o los subsidios a determinados sectores. Vamos a utilizar modelos no muy grandes, manejables, que interaccionan las variables económicas con las epidemiológicas.

P. ¿Existe el riesgo de que con las ayudas se mantengan vivas empresas que en realidad no son viables? Esas que suelen llamarse zombis.

R. Creo que sí. Las empresas afectadas tienen que empezar a cotizar cada vez más por sus trabajadores, esa es la forma de ver si una empresa es viable o no es viable.

P. ¿Hubiera sido mejor disponer de un sistema como el alemán, el Kurzarbeit, que mantiene al trabajador en el perímetro de la empresa, o el ERTE, que convierte al SEPE en empleador de millones de trabajadores?

R. En el sistema alemán lo que se subsidian son las horas que el empleado no trabaja. Un trabajador que antes hacía ocho horas, ahora trabaja cuatro y cobra seis. En nuestro sistema, el trabajador está en casa, y cobra una prestación por desempleo, por lo que se le impide trabajar fuera, aunque sea a tiempo parcial. Y lo que necesitamos es, precisamente, que ese trabajador de un sector en declive, como el transporte o los viajes, sea capaz de irse a otro sector que esté empezando a tirar. Hay que compatibilizar ambas prestaciones. El Kurzarbeit funcionó en Alemania en la anterior crisis financiera porque era un 'shock' transitorio. Pero nosotros no podíamos seguir produciendo cada año 800.000 viviendas. Además, el peso del sector manufacturero en Alemania hace que los trabajadores sean imprescindibles, y no es nuestro caso, como lo demuestra el flujo de entrada y salida de trabajadores en el sector servicios.

Juan José Dolado posa junto al rey Felipe VI en los premios Jaime I. (EFE)
Juan José Dolado posa junto al rey Felipe VI en los premios Jaime I. (EFE)

P. No hubiera sido mejor fijar ayudas directas, con control 'a posteriori', en lugar de utilizar un mecanismo tan farragoso administrativamente, como es el SEPE. Es lo que se ha hecho en otros países.

R. Los ERTE no están bien diseñados, están bien para aguantar el chaparrón en la primera etapa, pero no sirven para la siguiente, que es facilitar la transición hacia el empleo.

P. Y, por lo que usted dice, esa transición se podría mejorar permitiendo al trabajador complementar la prestación con otro trabajo remunerado.

R. Sí, pero también hay que hacer que las empresas paguen más por las cotizaciones.

P. Tal vez con una buena negociación colectiva las cosas hubieran sido distintas.

R. Sí, pero recuerde que la negociación colectiva en España es una de las cosas que menos han cambiado desde el comienzo de la Transición. Sobre todo, en algo que hace diferente a este país respecto del resto, y que es la eficacia general de los convenios. La representatividad de las partes está absolutamente devaluada. ¿Los empresarios? Pues no sabemos si son representativos o no, los sindicatos no han creado ningún incentivo a la afiliación, ya que los convenios se aplican a todos los trabajadores, y eso les hace sobrevivir con subsidios o de la parte que cobran por la gestión de los ERTE. Yo he vivido alguno por razones familiares y los sindicatos se llevan una buena tajada. Es un tabú decir que la reforma de 2012 destruyó la negociación colectiva, es falso completamente. De los diez millones de trabajadores que debe haber amparados por la negociación colectiva debe haber sesenta o setenta mil con cláusula de descuelgue salarial, una cifra ridícula.

P. Cómo ha funcionado la prevalencia de los convenios de empresa sobre los de ámbito superior?

R. No ha funcionado, solo en parte. Si uno mira los salarios de convenio, se ve que no cayeron con la reforma, ya que la propia ley establecía procedimientos de arbitraje. En mi opinión, la negociación colectiva debería ser que solo los afiliados pudieran obtener los beneficios del convenio. Lo que ha fallado es que con el marco de negociación colectiva que tenemos es muy costoso para una empresa pequeña tener su propio convenio.

P. ¿Qué reforma laboral haría el profesor Dolado?

R. Básicamente dos cosas. Una, como le digo, la negociación colectiva, que se hizo en la Transición deprisa y corriendo para integrar a todos los trabajadores por oposición a la integración vertical de la dictadura, lo que llevó a la eficacia general de los convenios, independientemente de si los trabajadores estuvieran afiliados o no. La otra, la dualidad del mercado de trabajo. Lo que ocurre ahora es que son las grandes empresas las que fijan los convenios, y esto puede ser bastante nocivo para las pequeñas. El resultado es que los hachazos en España han sido vía cantidades [empleo] no precios.

"Subir la edad de jubilación no sirve si se discrimina a los mayores de 55 años. Antes de reformar las pensiones hay que abordar la precariedad"

R. ¿También en la crisis actual?

R. Menos que en las anteriores. Pero, ahora bien, la pandemia lo que ha hecho es agudizar parte de lo que veníamos viendo desde mediados de los 90 con la inteligencia artificial, plataformas, etc., que van a provocar un agujero: los trabajos sustituibles por máquinas y robots van a seguir desapareciendo. ¿Qué va a ocurrir? Pues que a los fabricantes de robots, los analistas de 'big data', los diseñadores de 'software' les va a ir de miedo y, en paralelo, esos trabajadores van a contratar a otros para realizar tareas de baja cualificación; cocineros, jardineros, a la persona que cuide de sus hijos, de sus mayores… Vamos hacia una sociedad en U. A los más cualificados les va a ir muy bien, a los menos cualificados, en términos de empleo, les va a ir bien, y a los intermedios no les va a ir nada bien. La clase media perderá y tenderá a ir hacia un lado u otro de la U. Los salarios tenderán a caer al aumentar la oferta de empleo de baja cualificación. La clase media se va a polarizar.

P. Eso es lo que explica el auge del populismo.

R. Sí, efectivamente.

P. La otra gran reforma pendiente es la dualidad del mercado de trabajo entre fijos y temporales…

P. Sí, es la reforma siempre pendiente. Desde finales de 2019 hemos perdido alrededor de 1,3 millones de empleos de los que 900.000 son temporales y el resto indefinidos. Es la misma historia de siempre, la de los años 90, la de 2008…

P. Y por qué no se cambia algo que todo el mundo sabe que es dañino e insolidario.

R. Creo que no se hace, fundamentalmente, por los empresarios. Se ha creado esta cultura de que la temporalidad es un mecanismo de abaratamiento de costes y los empresarios se han apuntado a ello. Esta cultura se ha impuesto tanto por las indemnizaciones como por la incertidumbre jurídica de los contratos, algo que no ocurre con los contratos temporales. Si hubiera salarios suficientemente flexibles, la cuantía de la indemnización no sería muy elevada porque sería creciente. Esto haría un perfil salarial más flexible, pero si los salarios son rígidos, con menos despidos a corto plazo, también habrá menos contratación por el efecto anticipación. Yo lo que haría es pasar los contratos de obra y eventuales a indefinidos. Dejaría fuera como temporales los contratos formativos y de interinidad. ¿Qué ocurre? Que habría que bajar las indemnizaciones, alrededor de una sexta parte, para mantener el coste esperado de las empresas en indemnizaciones.

P. ¿Con control judicial?

R. Por supuesto. No es despido libre, la propia Constitución lo prohíbe, siempre habrá posibilidad de apelación.

P. ¿El retraso en la edad de jubilación frena la contratación como dicen algunos?

R. Existe una falacia que consiste en decir que si aumenta la edad de jubilación se reduce el empleo de los jóvenes, como si hubiera un volumen preestablecido de empleo. En principio, parece razonable aumentar la edad de jubilación. Si vivimos más, habrá que retrasarla. Pero es muy fácil decirlo mientras, al mismo tiempo, un trabajador de 54 o 55 años tiene muchas dificultades para encontrar un empleo. Y es por eso que antes de abordar la reforma de las pensiones hay que abordar la precariedad, que ahora es aguantable porque los jóvenes tienen a sus padres con 20 o 30 años trabajando en sus empresas. Este equilibrio de la balanza entre precarios e indefinidos es imprescindible para reformar las pensiones. Las empresas no contratan a mayores, pese a que la experiencia es un grado, porque los costes son mayores, ya que a los jóvenes se les puede contratar por cuatro duros. Aumentar la edad de jubilación no va a ningún lado si las empresas discriminan a los mayores de 55 años. Muchos de los trabajos que van a desaparecer afectan, precisamente, a esas personas. Lo que hay que hacer es equilibrar con carácter previo el mercado de trabajo, que hoy tiene sesgos en favor de unos colectivos en detrimento de otros.

P. ¿Hace caso el Gobierno a los expertos en esta materia?

R. Bueno, hace poco hemos acabado un proyecto que ha hecho la oficina de prospectiva de presidencia del Gobierno. Pedro Sánchez encargó mirar a España hacia 2050, y allí estamos los sospechosos habituales. Lo que ha salido es un Libro Blanco, creo que hay como diez mesas, que se presentará próximamente. No soy un gran fan de los libros blancos, hace años participé en uno sobre universidades que no ha servido para nada. Al menos, han buscado a gente de todo tipo y condición.

P. Da la sensación de que en España se hacen muchos papeles, informes…, pero que luego no se ponen en práctica. Hay, por ejemplo, un consenso generalizado en actuar sobre la formación profesional, pero no se acaba de avanzar de forma decidida.

R. No digamos un consenso generalizado, porque cuando se quiere poner en práctica no ocurre eso. Los sindicatos, por supuesto, pero en el caso de los empresarios ocurre que son muy razonables de puertas afuera, pero de puertas adentro son numantinos. Cuando tenemos un paro que cada dos por tres se nos pone en un 20%, las políticas pasivas [prestaciones] premian sobre las políticas activas [formación]. Todo se lo llevan las prestaciones. Mientras no arreglemos la volatilidad del mercado de trabajo no resolveremos otros problemas. Decimos: queremos que los contratos temporales sean causales, pero no tenemos inspectores de trabajo. Y no los tenemos porque todos los recursos se ponen para financiar las prestaciones contributivas y asistenciales. No podemos pedir peras al olmo, mientras no corrijamos esos problemas, no habrá recursos.

P. ¿Por qué la economía española es tan ciclotímica? Reacciona con fuerza en los momentos de recuperación y se desploma a las primeras de cambio.

R. Precisamente, por la dualidad. Es como los 'kleenex', de usar y tirar. La protección al empleo es algo que venía del franquismo, como lo es ahora en Corea del norte o en Cuba. Te podían fusilar, pero no te echaban. La primera crisis del petróleo la subvencionamos, y las segunda ya nos pegó de lleno. Cuando llega la democracia, los sindicatos quieren mantener esa situación para que no haya despidos, y la única solución que se le ocurrió al primer Gobierno de Felipe González, yo lo he hablado muchas veces con Joaquín Almunia, fue poner contratos flexibles para los nuevos. Es decir, un despido muy bajo para unos y muy alto para otros. Yo lo llamo un mercado de trabajo bulímico. En las recesiones vomitamos los millones de empleos temporales y en las recuperaciones creamos mucho empleo: comemos y vomitamos, comemos y vomitamos. Es siempre lo mismo.

"Los ERTE no están bien diseñados, están bien para aguantar el chaparrón, pero no sirven para facilitar la transición hacia el empleo"

P. Sí, pero con la misma legislación unas regiones tienen el 10% de paro y otras el 20%.

R. Sí, pero la especialización productiva del País Vasco o Navarra no es la misma que la de Andalucía o Extremadura. Lo que hace que nos hayamos especializado en sectores burbuja es la contratación temporal, antes en la construcción y ahora en la hostelería. Sectores de bajo valor añadido, pero muy intensivos en empleo, esa es su ventaja. El 'shock' del covid ha sido igual para todos, pero su transmisión en términos económicos ha sido diferente en cada país.

P. El que el Gobierno haya priorizado la inversión de los fondos europeos en sectores de alto valor añadido, ¿es probable que deje en la estacada a sectores más intensivos en empleo, al menos en el corto plazo?

R. Cualquier revolución industrial o cualquier avance tecnológico genera disfunciones. Cuando nació Microsoft o se generalizaron los procesadores de texto, pensábamos que se acabarían las funciones administrativas, y así ha sido, pero fueron absorbidas. Yo no puedo decir que esos nuevos sectores vayan a crear empleo, pero de aquí a cinco o diez años estoy seguro de que sí. Ya sabemos lo que pasó con los luditas. No hay ninguna experiencia histórica de esa destrucción, lo que hay es reasignación. Es verdad que hay una cuestión preocupante, y que para mí es lo más importante, y es que la población activa está cayendo a pasos agigantados.

P. ¿Es la inmigración la solución a ese problema?

R. Siempre. Pero no una inmigración que venga con pico y pala.

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