España cierra un ciclo mágico: siete años de alto crecimiento sin déficit exterior
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LA DEUDA EXTERNA ES EL TALÓN DE AQUiLES

España cierra un ciclo mágico: siete años de alto crecimiento sin déficit exterior

La economía ha completado un ciclo histórico. Por primera vez desde la autarquía, acumula siete años de alto crecimiento sin generar un fuerte desequilibrio en su balanza de pagos

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España cierra un ciclo mágico: siete años de alto crecimiento sin déficit exterior

Cuando a finales de 2007 la economía española comenzó a asomarse al abismo (la crisis empezaba a ser algo más que una evidencia), algunos economistas alertaron sobre la dramática evolución de un indicador que suele pasar inadvertido para gran parte de la opinión pública: la balanza de pagos por cuenta corriente. Existían serias razones para ello.

La economía llegó a acumular ese año un gigantesco déficit exterior que llegó a ser equivalente al 9,6% del PIB. O lo que es lo mismo, España necesitaba cada año cerca del 10% del Producto Interior Bruto para financiar su actividad económica: alrededor de 100.000 millones de euros que debía pedir prestado a los mercados.

La crisis, y la posterior doble recesión, cantó las verdaderas del barquero, y, desde entonces, con un ajuste brutal que se llevó por delante más de tres millones de empleos, el sector exterior ha salido del agujero. Es más, hoy, por primera vez desde el Plan de Estabilización (1959), ha acumulado siete años consecutivos de superávit. Lo nunca visto. Sobre todo, teniendo en cuenta que esa etapa ha coincidido con un periodo de expansión económica, que históricamente ha sido cuando se han acumulado cuantiosos déficits exteriores por insuficiencia de ahorro interno para financiar la economía. En la anterior crisis, en particular, para financiar el 'boom' del ladrillo.

Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España.
Pablo Hernández de Cos, gobernador del Banco de España.

El Banco de España lo acaba de acreditar. Aunque las cifras para el conjunto del año 2019 no están cerradas, lo que se sabe es que, en los últimos cuatro trimestres (tercero sobre tercero), la balanza de pagos por cuenta corriente (que incorpora, principalmente, los flujos comerciales, las transacciones turísticas y las rentas obtenidas en el extranjero por las empresas españolas en forma de dividendos) acumula un superávit equivalente a 21.000 millones de euros.

Es decir, algo menos que los 23.824 millones obtenidos el año pasado o los 31.086 millones de un año antes, pero superávit, al fin y al cabo, que rompe una maldición histórica: crecer de forma robusta y hacerlo al mismo tiempo de forma equilibrada. Por lo tanto, sin generar déficits exteriores que antes obligaban a devaluar la peseta y ahora a realizar costosos ajustes al formar parte España del euro.

Un porcentaje impensable

Expresado de otra forma: la necesidad (déficit) o la capacidad (superávit) de financiación de la nación, que se define como la suma de los saldos de la balanza por cuenta corriente y de la balanza de capital, vuelve a ser positiva. España, de hecho, ya no necesita fondos exteriores netos para financiarse, aunque la tendencia sea claramente a la baja. Es más, si se incorporan otras variables, la capacidad de financiación de la economía española, eliminado los efectos estacionales y de calendario, equivale hoy, según Estadística, al 2,5% del PIB, un porcentaje impensable hace pocos años.

¿Qué está pasando? Existe un cierto consenso entre los especialistas en que hay razones coyunturales vinculadas a los bajos precios del petróleo o a la evolución cíclica de la economía española, pero también a causas estructurales que el Banco de España ha vinculado a fenómenos como el ajuste de las cuentas públicas, el envejecimiento de la población, que genera menos propensión al consumo, las menores expectativas de crecimiento, lo que se ha llamado estancamiento secular, y las ganancias en competitividad experimentadas en los últimos años, que han mejorado la balanza comercial, que junto al turismo es una de los dos grandes rúbricas del saldo por cuenta corriente.

Es decir, hay causas que van mucho más allá de un mero ajuste económico, y que tienen que ver con los intensos cambios que se están produciendo en la economía española. Por ejemplo, los superávits generados por los llamados servicios no turísticos (4.000 millones de euros en los últimos cuatro trimestres) y que han sido el último gran descubrimiento de la empresa privada.

Ajustes salariales

Ello ha sido posible, sobre todo, por los avances tecnológicos que se han producido en áreas como la información y las comunicaciones, lo que ha permitido reducir las barreras a las ventas transfronterizas de servicios, pero también a la progresiva terciarización de la actividad. Además de las ganancias de competitividad observadas tras la crisis (por los ajustes salariales y de plantilla) y por el proceso de búsqueda de nuevos mercados por parte de las empresas, que se han visto obligadas a salir al exterior en busca de nuevos clientes.

¿El resultado? España encadena siete años consecutivos de capacidad de financiación frente al resto del mundo y seis de superávit en la balanza por cuenta corriente, y lo que no es menos relevante, los cinco últimos ejercicios coincidiendo con fuertes tasas de crecimiento de la demanda nacional (consumo público, privado e inversiones). Justamente, la misma que históricamente ha generado abultados desequilibrios.

Tanto déficit exterior acumulado en el tiempo, principalmente desde que España entró en el euro, no oculta, sin embargo, una realidad incómoda: la posición de inversión internacional, es decir el saldo entre lo que España ha invertido en el exterior y lo que ha pedido prestado, sigue siendo una bomba de relojería. El déficit, según datos publicados este jueves por el Banco de España, que ha revisado recientemente las series históricas, equivale a 982.000 millones de euros, lo que supone el 79,5% del PIB.

Esa es la deuda exterior neta de España que hay que devolver a los acreedores, y que es consecuencia de los abultados desequilibrios generados, precisamente, durante los anteriores años de expansión económica, y que, como se sabe, acabaron en una doble recesión. De aquella cantidad, nada menos que 637.000 millones de euros corresponden a las administraciones públicas, mientras que el Banco de España es responsable de 180.000 millones de deuda exterior, aunque en este caso actuando de intermediario entre el BCE y los bancos.

Una cantidad verdaderamente colosal que hay que devolver, y que es una de las más altas del mundo (lo aconsejable, según el FMI, es que no supere el 15-20% del PIB nacional).

Foto: La reducción de la deuda pública es un espejismo: sin ajustes, escalará al 133%

Este es, en realidad, el talón de Aquiles del cuadro macroeconómico (al margen del desempleo) al que tendrá que enfrentarse la economía en los próximos años, pero en un contexto muy diferente (léase peor) al registrado entre 2014 y 2019. Por un lado, por el deterioro de la balanza de bienes debido al débil incremento de las exportaciones, pero también por la desaceleración del dinamismo del turismo.

Son, de hecho, algunos de los nubarrones que aparecen en lontananza. Pero aun así, el superávit parece garantizado hasta 2022 (el 1%, según el Gobierno) gracias a la capacidad de financiación del sector privado. El gran ajuste, continúa.

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