LAS PROYECCIONES AVISAN DE UN ESTANCAMIENTO

¿Qué le pasa al mundo? El PIB languidece lastrado por la baja productividad

¿El célebre estancamiento secular ya está aquí? Es probable, pero lo seguro es que el mundo ha entrado en una senda de bajo crecimiento por razones estructurales y no coyunturales

Foto: Camareros trabajando en una feria. (EFE)
Camareros trabajando en una feria. (EFE)
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Las nuevas tecnologías digitales han cambiado el mundo. La globalización lo ha hecho también. Pero la combinación de ambos choques disruptivos, más allá de la influencia que tienen factores coyunturales como las guerras comerciales o las variables geopolíticas, no está dando los resultados previsibles.

Desde luego, ni en términos de productividad ni a través de un aumento significativo del crecimiento. Al contrario. Cada vez parece más evidente que las anteriores revoluciones tecnológicas fueron más eficaces para impulsar el desarrollo humano medido a ojos del producto interior bruto. Otra cosa es si ese ‘contador’ está obsoleto y hay que cambiar los instrumentos de medición.

Lo que es una evidencia es que el planeta económico languidece con el menor avance del PIB desde la Gran Recesión. Pero sin que por medio se haya producido un choque adverso, como sucedió hace poco más de una década. Ni ha habido pinchazo de la burbuja de crédito, ni ha estallado el mercado inmobiliario. Tampoco se ha producido un desplome del mercado de renta fija, como auguraban muchos observadores. Sin catástrofes económicas, el planeta se acerca al estancamiento.

Lo que dicen las previsiones oficiales (OCDE, FMI…) es que hasta 2022, al menos, el PIB mundial crecerá muy poco, en torno al 3%. Y lo que es peor, las proyecciones más alejadas en el tiempo no son mucho más optimistas. El planeta está creciendo por debajo de su tendencia a largo plazo, como ha dicho The Conference Board. Y es que factores estructurales lastran el crecimiento.

Hay quien ha llamado a este escenario la ‘nueva normalidad’, construida en torno a un tridente inédito en la reciente historia económica (salvo en Japón): muy baja inflación (excepto casos aislados), tipos de interés cercanos a cero y reducidos crecimientos. En todo caso, inferiores a la media histórica. Y todo ello en un contexto de progresivo envejecimiento que está provocando intensos cambios en los hábitos de consumo y de ahorro.

Como han expresado algunos estudios, el envejecimiento de la población en las economías avanzadas se habría convertido gradualmente en un obstáculo para la productividad. “Las aptitudes de los trabajadores tienden a aumentar hasta cierta edad y luego comienzan a disminuir, y esto influye en la innovación y la productividad”, han asegurado los economistas del FMI.

Desigualdad y confianza

Está acreditado, además, que la propensión al consumo, que es el principal componente de la demanda interna, tiende a decrecer con la edad. Mientras que, al mismo tiempo, cada vez es más evidente la infrautilización de la capacidad productiva instalada, lo que reduce la inversión. Afectada, a su vez, por los bajos tipos de interés, toda vez que el ahorro privado no obtiene la rentabilidad suficiente para financiar la inversión privada. Sin contar el ensanchamiento de la desigualdad, que concentra la riqueza, estrecha el consumo de los hogares y erosiona la confianza en la economía.

Y sin perder de vista que algunas de las recetas clásicas, como subir los salarios, están en entredicho: no porque no sea necesario para impulsar la demanda agregada, sino por la llamada ‘horquilla laboral’, que es una forma amable de llamar al subempleo de toda la vida, y que hace que las cifras oficiales de paro estén sesgadas a la baja. Construir la curva de Phillips se ha convertido en un objetivo casi imposible.

Como ha dicho hace pocos días el FMI, el crecimiento salarial ha sido históricamente un determinante importante de la evolución de los precios en Europa. Sin embargo, los análisis más recientes sugieren que la transmisión de los salarios a los precios es más débil cuando la inflación y las expectativas de inflación son bajas, la rentabilidad de las compañías es alta y las empresas están expuestas a una mayor competencia. Y estas tres características son las que reinan en la mayor parte de Europa.

Estancamiento secular

En definitiva, un escenario muy parecido al célebre ‘estancamiento secular’ que el economista Alvin Hansen puso en circulación allá por los años treinta, y que rescató algunas décadas después Larry Summers, el secretario del Tesoro de Clinton. En todo caso, un estancamiento muy vinculado a la ralentización de la fuerza laboral, que comenzará a descender de forma significativa en el conjunto del planeta (incluida China) a mediados de siglo, aunque principalmente lo hará en los países avanzados, con unas consecuencias muy relevantes sobre el gasto.

El FMI ha estimado, por ejemplo, que en EEUU, durante los 40 años que van de 1975 a 2015, la población entre 20 y 64 años creció un 1,24% anual, pero las proyecciones sugieren solo un avance del 0,29% para los próximos 40 años. ¿La consecuencia? Esto debería generar, sostiene el Fondo, una ralentización en el crecimiento del PIB y en el consumo agregado. En muchas economías avanzadas, de hecho, la población en edad laboral ya está en baja: en Europa, caerá más del 20% entre 2015 y 2055, con el consiguiente efecto negativo sobre el PIB.

Como han señalado los economistas de S&P Global Ratings, en una era marcada por tipos de interés muy bajos, los hogares se ven obligados a ahorrar más para lograr un nivel de vida similar cuando acceden a la edad de jubilación, especialmente aquellos que no son propietarios de la vivienda en que viven.

Un último informe, elaborado por Laurence Boone, la economista jefa de la OCDE, lo acaba de poner negro sobre blanco. En un documento titulado 'Time to turn the tide' ('Hora de cambiar el rumbo'), se estima que el crecimiento del PIB mundial será del 2,9% este año, mientras que en 2020 y 2021 el incremento será del 3%, por debajo del 3,5% proyectado hace un año “y el más débil desde la crisis financiera mundial”.

La ralentización también afecta a las locomotoras del PIB mundial en los últimos años. Mientras que EEUU se desacelerará hasta el 2% en 2021, se espera que el crecimiento en Japón y la zona del euro sea de alrededor del 0,7% y 1,2%, respectivamente. El crecimiento de China, en la misma línea, continuará disminuyendo, hasta avanzar apenas el 5,5% en 2021, lo que supone la menor tasa desde la gran apertura en tiempos de Den Xiaoping, en la segunda mitad de los años setenta.

El pensamiento dominante

¿Qué está pasando? La OCDE entiende que las políticas monetarias, que han allanado el camino a las reformas estructurales para ensanchar el potencial de crecimiento, están agotadas, mientras que, en paralelo, solo unos pocos países (que no nombra) han hecho una política fiscal expansiva para favorecer la inversión y, por ende, el crecimiento. Hay, por lo tanto, una especie de ‘cultura de la austeridad’ que se ha colado en el discurso mayoritario de los economistas.

Pero también otra evidencia, como sostenía Keynes en una célebre sentencia. Se puede llevar al caballo al abrevadero para que beba agua, pero más difícil es lograr que lo haga si no tiene sed. O lo que es lo mismo, aunque el dinero sea barato, muchas familias y empresas no quieren endeudarse. Sin duda, por el enorme peso de las incertidumbres en las decisiones de gasto.

Y es que en realidad, como sostiene la OCDE, existen problemas subterráneos de carácter estructural no observables por el PIB, como, por ejemplo, el cambio climático o la digitalización. Como dice la economista Boone, “sería un error político considerar estos cambios como factores temporales que pueden abordarse con la política monetaria o fiscal”.

En concreto, la digitalización, sostiene Boone, está transformando las finanzas, los modelos comerciales y las cadenas de valor a través de tres canales principales: la inversión, las habilidades y el comercio. Sin embargo, hasta ahora, “solo una pequeña fracción de las empresas parece haber aprovechado con éxito el fuerte potencial de productividad de las tecnologías digitales, lo que explica en parte por qué la digitalización no ha podido compensar otros vientos en contra de la productividad agregada”.

Este cambio estructural está también afectando a China, que está pasando de ser la fábrica del mundo y un gigante exportador a un modelo económico basado en el consumo y los servicios que incorpora una apuesta por la autosuficiencia, lo que supone importar menos tecnología para favorecer la producción nacional. Esto explica, en parte, la ralentización del comercio mundial, sin que ningún país sea capaz de sustituir a China como 'motor global'. Algo que es todavía más relevante si se tiene en cuenta que desde 2008 se han puesto en circulación unas 1.500 restricciones al libre comercio mundial.

Ante esta evidencia, lo que propone la OCDE es profundizar en la creación de fondos de inversión nacionales destinados a cubrir los “fallos del mercado”, con el objetivo de aprovechar las “externalidades positivas” para la sociedad de este tipo de actuaciones. No parece que el pensamiento económico dominante esté por la labor.

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