Una ventaja comparativa que se esfuma

¿El milagro español? La productividad por trabajador ya no supera la media europea

Por primera vez en toda la serie histórica, el PIB por ocupado y por hora de trabajo de España no es superior al europeo, lo que evidencia un deterioro del modelo productivo del país

Foto: Dos operarios trabajan en Barcelona. (EFE)
Dos operarios trabajan en Barcelona. (EFE)

El buen ritmo del empleo en esta fase del ciclo económico está sorprendiendo de forma positiva. El crecimiento de la ocupación (equivalente a tiempo completo) suma ya cinco trimestres consecutivos con un avance superior al PIB. El mercado laboral se ha mantenido inmune a la desaceleración de la economía y esto podría indicar un cambio estructural de la economía española: ahora es posible crear empleo con crecimientos del PIB del 2% e inferiores.

Este extremo todavía está por confirmar, ya que es necesario que siga avanzando el ciclo para analizar cuál será su comportamiento. Lo que es indudable actualmente es que el empleo está creciendo más rápido que el PIB. Esto significa que para aumentar en una unidad la producción, es necesario un crecimiento del empleo más intenso. O lo que es lo mismo, cada trabajador produce menos.

Es el ‘milagro económico’ español, que crece por encima de la media europea pero con unos niveles de productividad en declive, por lo que necesita ocupar a más trabajadores. Por primera vez en toda la serie histórica, la productividad por ocupado en España no superó la media de la Unión Europea. Según los últimos datos de Eurostat, el PIB por trabajador (productividad aparente del factor trabajo) de España fue idéntico al de la UE en 2018 y fue casi un 6% inferior a la de los países de la eurozona.

La estadística es idéntica si se tiene en cuenta la producción por hora de trabajo. No hay ninguna duda: la ventaja competitiva de España respecto al resto del continente ha desaparecido. Es evidente que la productividad no alcanza la que logran los países líderes de Europa, pero el problema de España es que sigue perdiendo terreno respecto a los países del este del continente. Por ejemplo, en 2007, el PIB por ocupado de España superaba al de Polonia en un 39%, y en 2018 había descendido hasta el 22%, poco más de la mitad.

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De cara a 2019, es muy probable que la producción por trabajador de la UE ya supere la de España. En los dos primeros trimestres del año, ha crecido mucho más rápido el empleo que el PIB, lo que anticipa otra pérdida de productividad por ocupado. Se trata ya de la peor racha que ha vivido la economía española desde finales de los noventa, lo que muestra la debilidad del modelo productivo.

El crecimiento es extensivo, pero no intensivo. En otras palabras, el PIB aumenta porque se incorporan muchos trabajadores al mercado laboral, no porque estos aporten mayor producción. La recuperación se apoya sobre sectores de escaso valor añadido, lo que dificulta que se pueda lograr ningún avance. El turismo ha sido uno de los motores de la recuperación, lo que se ha traducido en que la hostelería haya creado 250.000 puestos de trabajo entre 2008 y 2018 y otros 170.000 empleos en bares y restaurantes.

También ha crecido con fuerza el número de ocupados en actividades sanitarias y de servicios sociales, en buena medida como consecuencia del envejecimiento de la población. También se trata de profesionales cuyo valor añadido es muy reducido, a pesar de su importancia social. Por el contrario, la industria manufacturera ha destruido más de 540.000 puestos de trabajo en este periodo y el sector financiero ha despedido a más de 80.000 trabajadores.

Estos datos muestran cómo el comportamiento diferencial de la economía española respecto a los países del centro y norte del continente no responde a un cambio del modelo productivo, sino a la recuperación del espacio perdido respecto al resto del continente. La mayor flexibilidad en el empleo introducida por la reforma laboral podría estar influyendo en el comportamiento del empleo, ya que beneficia a los sectores más precarios y con mayor productividad.

Por el contrario, España no ha dado pasos para consolidar su tamaño empresarial. El país sigue adoleciendo del problema de la atomización del tejido productivo, con mucha pyme y micropyme y pocas empresas grandes. La consecuencia es evidente: hay menos inversión y, por tanto, menor capital por trabajador, lo que limita la producción.

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La incapacidad para competir en productividad condena a España a cronificar la devaluación salarial de la crisis. El empleo de escaso valor añadido obliga a mantener salarios bajos para no perder competitividad con el resto del continente y así retener la inversión y el consumo. Para las empresas, en ausencia de otro plan estratégico, la única solución es intentar sobrevivir.

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