el éxito del plan de zidane para ser campeón

El triunfo del Madrid más obrero: cuando las estrellas no lucen, dan la cara los chavales

Zinédine Zidane puso las bases para estructurar un bloque que diera prioridad a las labores defensivas y con esta filosofía encauzó un método de trabajo más ordinario que exquisito

Foto: Sergio Ramos besa el trofeo de la Liga número 34 del Real Madrid. (EFE)
Sergio Ramos besa el trofeo de la Liga número 34 del Real Madrid. (EFE)

Zinédine Zidane aceptó el reto de regresar al Real Madrid con el principal objetivo de hacerlo campeón de Liga. Con riesgos: ya no tenía a una megaestrella como Cristiano Ronaldo que gana partidos por sí mismo. La obsesión fue construir un equipo. El desafío pasaba por tener un bloque por encima de las individualidades. El sacrificio colectivo era más importante que todo el talento y la calidad del mejor jugador del equipo. La exigencia estaba en una excelente preparación física, el compromiso y la humildad. Puso las bases para estructurar un bloque que diera prioridad a las labores defensivas y con esta filosofía encauzó un método de trabajo más ordinario que exquisito. En el palco esperaban un Real Madrid que deslumbrara y cumpliera con la exigencia de la excelencia. Se fueron encontrando con otra versión que está en las antípodas de lo sublime. El éxito del Real Madrid para ganar la Liga número 34 es una forma de competir desde un juego práctico en el que hay que ponerse el mono de trabajo.

No es el estilo preferido para Florentino Pérez y sus directivos, que esperan algo más de una plantilla que tenía campeones del mundo (Sergio Ramos, Varane o Kroos), un Balón de Oro (Modric) y acababa de fichar a uno de los mejores futbolistas de la Premier League y subcampeón del mundo (Eden Hazard). Además de tener la esperanza de que tanto Bale (el que más cobra de la plantilla) y James (motivado por una segunda oportunidad) dieran un toque de fantasía. Florentino Pérez se gastó 180 millones de euros en el galés y el colombiano para reinventar el Real Madrid de los galácticos. Casi 300 millones si sumamos a Hazard. El plan que trazó Zidane no tenía nada que ver con lo que esperaban y deseaban los dirigentes y, probablemente, muchos socios y aficionados. Su Real Madrid tenía que coger el pico y la pala. Bajar a la mina. Ensuciarse y comer ‘mierda’. El que no aceptó estas condiciones se fue quedando por el camino. Es lo que ha sucedido con James, que se bajó descaradamente del barco después del confinamiento, y con Bale, defenestrado por su apatía.

Quien se ha puesto el mono de trabajo, la indumentaria de los obreros, ha jugado con Zidane. Se trataba de recuperar la regularidad y tener continuidad en el juego. De ser un equipo sólido, en el que todos tuvieran una actitud de implicación para defender y atacar. Muchos de los veteranos y conocedores de la idea del técnico francés cogieron el mensaje enseguida y decidieron recuperar su mejor forma física. Zidane llegó y dio un voto de confianza a todos. Los que estaban en la rampa de salida tras una mala temporada con Lopetegui y Solari decidieron enchufarse (casos como el de Marcelo, Modric, Kroos…) y los que se creyeron que podían tener un sitio por su calidad o por ser un fichaje se la pegaron (caso de Bale, James y Luka Jovic).

La bronca de Mallorca

Zidane dejó claro, desde el primer momento, cuál era el objetivo de la temporada. La Liga por delante de la Champions y la Copa del Rey. Sin renunciar a nada, porque con el método de las rotaciones masivas y una plantilla amplia se podían administrar los esfuerzos y competir por todo. Pero las energías había que ponerlas en el día a día. Lo que es lo mismo que decir que el que no tuviera intensidad o le diera pereza y le desmotivara jugar en Eibar, Getafe, Granada, Vigo, Mallorca o Vitoria se iría quedando rezagado en sus planes. Y así ha ido sucediendo.

La gran bronca de Zidane a la plantilla se produjo con la primera derrota en Liga, el 19 de octubre, en Mallorca. Ese día perdió el liderato. El técnico empezó a tomar nota del grado de implicación y uno de los que salió peor parado fue James. También Jovic, perdido en el campo y con un preocupante problema de comunicación y adaptación. La imagen en Mallorca recordó a la del Real Madrid apático, sin espíritu competitivo y vulgar que tiraba la Liga antes de las Navidades.

Para aguantarle el pulso al Barcelona de Messi y al Atlético de Madrid de Simeone y llegar al tramo final del campeonato con opciones de competir por el título era necesario comprender que había que bregar más que esperar a ese momento de inspiración y talento que te hace ganar los partidos. Zidane se puso serio. Cuando se enfada, asusta, impone. Dio varios avisos a los jugadores para que entendieran que este tipo de campeonatos se ganan siendo un equipo de peones.

Benzema, con el trofeo de campeón de Liga. (EFE)
Benzema, con el trofeo de campeón de Liga. (EFE)

Las estrellas se podían ir olvidando de su superioridad técnica. Las diferencias, partido a partido (como le gusta decir a Simeone), había que marcarlas con un equipo más compacto. De esta forma fue perfeccionando el sistema (más protección con los cinco centrocampistas) y exigiendo más concentración, intensidad, trabajo, esfuerzo y solidaridad para blindar la portería de Courtois. Ahí están los resultados. El Real Madrid gana la Liga y nadie lo puede discutir porque es el equipo menos goleado y porque hasta 21 jugadores de campo han logrado hacer gol. Todos menos Militao y Odriozola (este salió en enero). Hasta el portero subió a rematar un córner, en Valencia, en una imagen que se recuerda como un acción de épica y compromiso. Sirvió para que en esa jugada empatara el partido, en el descuento, con un gol de Benzema. A esto se llama estar enchufados. Implicados.

De lo que más orgulloso puede estar Zidane en su gestión es de haber recuperado la cultura del esfuerzo cotidiano y la perseverancia en una plantilla que daba síntomas de estar acomodada tras ganar una Liga y tres Champions seguidas. La fuga de Cristiano Ronaldo hizo mucho daño por la dependencia que existía del chorro de goles del portugués. La primera temporada fue de luto y desgracias. Ni Lopetegui ni Solari pudieron enderezar el rumbo de un equipo saciado de éxito. Hasta que llegó Zidane para acabar una mala temporada como pudo y, con el conocimiento que tenía de cada uno de los jugadores, puso el foco en la vieja guardia. Tenían que trabajar más, volver a motivarse y ponerse en forma. Los jóvenes fichajes darían ese plus de energía.

Ferland Mendy, el gregario

La identidad del Real Madrid ha sido la de un equipo de curritos que, en cualquier momento de un partido, podía desequilibrar por un arrebato de inspiración, calidad y efectividad. Benzema ha sido el genio arriba. Zidane ha conseguido ganar una Liga al Barcelona de Messi, que con todos los problemas deportivos e institucionales en el club azulgrana ha llevado hasta el límite al campeón, sin la aportación de gran parte de sus mejores estrellas. Eden Hazard ha estado más tiempo lesionado que activo. Solo ha aportado un gol en la Liga. Gareth Bale, con dos tantos, tiene unos registros pobres y ha dejado de contar. James solo ha hecho un gol. Luka Jovic, el fichaje de los 60 millones de euros, ha dado muchos problemas antes, durante y después del confinamiento. El delantero serbio únicamente ha marcado dos goles.

Zidane sabía lo que quería para fabricar un equipo más físico, sólido e intenso y apostó fuerte por el fichaje de su compatriota Ferlan Mendy (48 millones de euros). Mendy ha tenido más presencia que Marcelo en la Liga. 24 partidos del francés por 15 del brasileño. Si a Zidane le preguntas qué jugador destacaría en esta Liga, uno de ellos sería Mendy. La antítesis del futbolista galáctico. Nada mediático. Un obrero, gregario que ha jugado en la izquierda y también en la derecha. Un trabajador que, con confianza, hace equipo y es fiable en su rendimiento partido tras partido.

Los jugadores del Real Madrid mantean a Zidane en el césped del estadio Alfredo Di Stéfano. (EFE)
Los jugadores del Real Madrid mantean a Zidane en el césped del estadio Alfredo Di Stéfano. (EFE)

De igual manera, ha sumado la energía del joven Fede Valverde, como la casta de Carvajal, la raza, liderazgo y personalidad de Sergio Ramos, la madurez de Varane, el oficio de Casemiro y Kroos, la recuperación de Modric para jugar más cerca del área rival, el sobreesfuerzo de Isco y el entusiasmo del versátil Benzema. La base del equipo combinada con los jóvenes y el refuerzo final de Marco Asensio. Estrellas metidos a currantes que ya habían ganado todo, pero se comprometieron con la idea de Zidane. Y, por supuesto, un portero (Courtois), que ha subido su nivel porque tiene mucho orgullo.

"Es uno de mis mejores días como profesional. La Champions es la Champions, pero la Liga española es un esfuerzo tremendo. Son treinta y ocho jornadas y si tú tienes más puntos es la hostia. Cada uno puede opinar y no me hace más o menos feliz cuando hay una crítica. Yo soy un entrenador apasionado. Hemos conseguido una cosa muy bonita, enorme, después del confinamiento ganando diez partidos", son las reflexiones de Zidane.

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