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Vende decenas de miles de libros en el País Vasco y nadie le conoce en el resto de España
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Festival Aridane Criminal

Vende decenas de miles de libros en el País Vasco y nadie le conoce en el resto de España

El escritor vasco Jon Arretxe es un 'bestseller' en su tierra con sus libros de viajes y su personaje Touré, un negro sin papeles. Y además tiene una historia vital increíble y digna de ser contada

Foto: El escritor Jon Arretxe, este fin de semana en el Festival Aridane Criminal de La Palma. (Paula Corroto)
El escritor Jon Arretxe, este fin de semana en el Festival Aridane Criminal de La Palma. (Paula Corroto)

Apenas se le conoce fuera del País Vasco y Navarra, pero Jon Arretxe (Basauri, 1963) es una de las pocas personas en este país que puede decir que vive de escribir novelas. Algunas de ellas —y ha escrito más de 20, casi todas del género negro, más cuatro libros de viajes— superan los 60.000 ejemplares vendidos. Y cada año, todas ellas, van sumando unos cuantos miles de ejemplares, que se traducen en miles de euros. Otro dato sorprendente es que todas están escritas originalmente en euskera, lo que supone más del 10% de sus potenciales lectores. Prácticamente nadie en castellano tiene una proporción similar en España. “Sí, sí, vivo de ello. Y sumo las charlas sobre los libros y los viajes, que también te pagan. Así que, al final, como Dios”, comenta con ese deje vasco que revoloteará durante toda conversación mientras sorbe una cerveza sin alcohol al sol de Los Llanos de Aridane, en La Palma, a escasos kilómetros del volcán.

"Sí, sí, vivo de ello. Y sumo las charlas sobre los libros y los viajes, que también te pagan. Así que, al final, como Dios"

Está aquí para participar en el Aridane Criminal, un festival de novela negra dirigido por el escritor canario Alexis Ravelo que este fin de semana alcanzó su tercera edición. Es su manera también de sacar la patita por el resto de España porque sabe que fuera del ambiente euskaldún, pese a que sus novelas —publicadas en Erein— cada vez se traducen más al castellano, apenas han tenido resonancia. “No, no, no me conoce ni Dios. Si a Madrid voy a la librería Burma a hacer las presentaciones y viene media docena. Nos juntamos 10 y contentos. Pero eso no tiene repercusión porque si no entras por la vía del Grupo Planeta o grandes medios de comunicación… Si no se ve el libro en las librerías… A mí en Madrid no se me ve en ningún lado”, reconoce. Quizá todo esté a punto de cambiar.

Escritor, viajero... y músico

No sería el primer gran giro en la vida de Jon Arretxe. Su biografía es fascinante. Por sus hazañas singulares hasta apareció en los platós de Telecinco cuando la cadena privada daba sus primeros balbuceos a inicios de los noventa. Y ahí ni siquiera era todavía escritor, sino un incansable viajero —a los lugares más remotos, en solitario, en temporada baja, en bicicleta por el desierto— que se sacaba unos dineros dando clases de euskera. Pero que lo cuente él con esa cerveza:

“Empecé a viajar con 18 años cuando comencé a ganar dinero mientras estudiaba Filología Vasca. Daba unas clases de euskera y no sabía en qué gastarme el dinero y empecé a viajar. Y viajaba todos los años tres veces, sin intención de escribir. A mí de chaval no me gustaba ni leer ni escribir. A mí me gustaba jugar y pasármelo bien. Lo de los libros vino por los viajes. Y llegó un momento en el que dije: esto no me llena. Dejé aquel trabajo y me puse a viajar tres meses en solitario, en temporada baja y por lugares raros… Y me dije, eso lo tengo que contar. Escribí un diario, lo presenté a un premio y lo gané. Y eran 500.000 pesetas de entonces, en 1993, y publicarlo. Lo publicó Elkar y tuvo mucho éxito. Ahí tuve una potra de la leche”, relata. Aquellos años llegaron sus primeros libros de viajes, por la Amazonia, por Tailandia… Entraban algunos euros, pero todavía no lo suficiente para vivir de ello, así que, tras estudiar INEF, se sacó una plaza como profesor de Educación Física en la universidad. Hasta que también lo dejó. Y ya sí que sería para siempre.

placeholder Jon Arretxe, durante una charla en el Aridane Criminal. (Andrew Gallego)
Jon Arretxe, durante una charla en el Aridane Criminal. (Andrew Gallego)

“Sí, salió una plaza para ser profe de Educación Física en la universidad y me la dieron. Tuve una potra otra vez…Y ahí estuve tres años currando, pero acabé hasta las narices. Les mandé a todos a la mierda. Acabé harto del ambiente mafioso y asqueroso que había, de gente que iba a currar lo menos posible y a pillar la mayor pasta posible. Y me largué. Me quedé sin curro y sin nada, pero a partir de ese momento viví ya solo de la escritura”, señala. Había sacado una novela que le fue bastante bien y un libro infantil de aventuras, que, como él dice, “salió bueno” y se vendieron más de 50.000 ejemplares. Decidió que era el momento de apostar por ello. “En la vida hay que apostar en ciertos momentos. Si no, te vas a arrepentir a la larga. Mi padre, que había pasado hambre en la posguerra, se cogía unos mosqueos conmigo cuando veía que dejaba trabajos fijos… Estaba desesperado el hombre. No lo entendía. Pero creo que hay que apostar, y aunque te salga mal, no te vas a arrepentir”.

"Estuve tres años como profesor de Educación Física, pero les mandé a todos a la mierda. Acabé harto del ambiente mafioso que había"

Mientras todo esto ocurría, Arretxe también disfrutaba con otra faceta de su vida. Si suelen acudir a la ópera en Bilbao o Pamplona, quizá le han visto, ya que hasta la llegada de la pandemia fue uno de los bajos de los coros de las orquestas de ambas ciudades. “Antes de escritor y viajero fui músico. Mi madre, con seis años, me obligó a meterme en música, a hacer solfeo, acordeón, piano, luego empecé con canto… pero nunca he ejercí de músico hasta que me dio la venada de volver con el canto”, relata. Y entró en el conservatorio de Vitoria, donde enseguida vieron sus dotes como bajo por su voz grave. “Eso es lo bueno porque si llego a ser tenor no me hubiera comido un rosco porque hay a patadas, pero bajos no hay apenas. Ahí hay trabajo seguro, aunque seas malo”, añade con socarronería. La pandemia y el cantar con mascarilla dieron al traste con esta etapa, pero, como comenta, “ahí también lo pasé pipa y gané un poquitín de dinero. Otra razón más para ser feliz”.

El héroe, un negro sin papeles

Durante la conversación, Arretxe se refiere varias veces a la suerte que ha tenido, pero lo cierto es que los lectores tampoco le han caído del cielo. Sus novelas, sobre todo las que protagoniza su original personaje Touré y que se pueden leer ya en castellano, tienen un ritmo muy dinámico, están pespunteadas de humor, son entrañables, a veces con un punto oscuro, muy visuales… En definitiva, no aburren nada al lector. Son novelas cortas que no llegan a las 200 páginas y que dejan un regusto agradable. Y que le obligan a uno a revisar unos cuantos prejuicios, porque esta vez el héroe es un negro sin papeles que no en pocas ocasiones traspasa la ley.

“Touré surge por varias razones. Por una parte, mi conocimiento relativo de África después de muchos viajes en solitario sin prisas para volver. Quería crear un personaje original, así que se me ocurrió inventar un sin papeles, ilegal, negro, que empieza haciéndose pasar por adivino a base de picaresca y luego se acaba convirtiendo en una especie de detective”, comenta. Y había algo más, pero en lo que no cayó hasta mucho tiempo después, cuando se lo hizo ver su psicosomatólogo. “Creé a Touré hace 11 años y justo antes había sido padre. Mi hijo es negro, adoptado de Etiopía. En el pueblo es Atikilt Arretxe, pero cuando salga del pueblo, como ahora que ha empezado a estudiar en Vitoria, pues va a ser un negro, y en muchos casos, un puto negro, y va a empezar a sufrir todo esto. En el fondo, quería defenderlo a él y a la gente que es como él”, confiesa.

"Mi hijo es negro. Cuando salga del pueblo, va a ser un negro, y en muchos casos un puto negro, y quería defender a la gente como él"

Esa conciencia social también está en sus novelas, plagadas de personajes marginales, muchos de ellos inmigrantes africanos. Como ocurre en la última, La mirada de la tortuga (Erein), que transcurre en el barrio madrileño de Lavapiés y por la que aparecen señoras de la limpieza que piden mejoras salariales, una manifestación defendiendo la sanidad pública, los camareros de Bangladés absolutamente precarizados de los restaurantes indios, los que se toman las cañitas en la calle Ave María y también los camellos que rondan por la plaza. Esa esquizofrenia de barrio que a él, que ha paseado bastante por él cada vez que va a Madrid, no le acaba de agradar. “Como esa plaza en la que hay una terraza superguay llena de blanquitos y a 10 metros los negros… Yo no puedo estar así. No me entra bien la comida ni la bebida viendo a 10 metros a esa gente que lo está pasando de puta pena”, manifiesta.

placeholder El escritor Jon Arretxe. (Andrew Gallego)
El escritor Jon Arretxe. (Andrew Gallego)

Pasear, mirar, apuntar. Esa es, no obstante, su manera de escribir y por eso sus novelas también están llenas de personajes reales. “Yo me tiro a la piscina y se me van ocurriendo cosas. Improviso todo. En esta última me fui a Lavapiés y a Vallecas a patear calles. Y, de repente, apareció un predicador con dos señoras con carteles y un tío gritando. Me las encontré en Puente de Vallecas, luego por la calle Igeldo vi las cámaras y me imaginé a Touré por aquí. Y en Lavapiés se me acercó un yonqui con la camiseta del Atlético de Madrid y un sombrero vietnamita, y también lo convertí en personaje. Estamos acostumbrados a que el policía blanco sea el bueno y el negro el malo. Pero así me lo paso mejor yo”.

Hace más de una década que Arretxe se lo pasa bien con estas historias. Y publica una al año, lo que a alguien le puede parecer un ritmo endiablado. El escritor sonríe. “¡Es que no hago otra cosa! Las ocho horas que la gente está currando yo las tengo libres para escribir. Es un sueño y un lujo vivir de esto”, zanja. Y se termina la cerveza.

Apenas se le conoce fuera del País Vasco y Navarra, pero Jon Arretxe (Basauri, 1963) es una de las pocas personas en este país que puede decir que vive de escribir novelas. Algunas de ellas —y ha escrito más de 20, casi todas del género negro, más cuatro libros de viajes— superan los 60.000 ejemplares vendidos. Y cada año, todas ellas, van sumando unos cuantos miles de ejemplares, que se traducen en miles de euros. Otro dato sorprendente es que todas están escritas originalmente en euskera, lo que supone más del 10% de sus potenciales lectores. Prácticamente nadie en castellano tiene una proporción similar en España. “Sí, sí, vivo de ello. Y sumo las charlas sobre los libros y los viajes, que también te pagan. Así que, al final, como Dios”, comenta con ese deje vasco que revoloteará durante toda conversación mientras sorbe una cerveza sin alcohol al sol de Los Llanos de Aridane, en La Palma, a escasos kilómetros del volcán.

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