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Los libreros de La Palma, faros de luz durante el volcán: "Fue mucho peor que la pandemia"
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Los libreros de La Palma, faros de luz durante el volcán: "Fue mucho peor que la pandemia"

Tres libreros de Los Llanos de Aridane cuentan cómo ayudaron a levantar el ánimo de sus vecinos mientras se celebra la segunda edición del festival de novela negra

Foto: Manuel, de la Librería Estudiante, delante de su puesto de libros en el Festival de Novela Negra Aridane Criminal. (Paula Corroto)
Manuel, de la Librería Estudiante, delante de su puesto de libros en el Festival de Novela Negra Aridane Criminal. (Paula Corroto)

Manuel se levantaba cada día, salía a la terraza de su casa y veía las fumarolas del volcán. La sensación era que nunca iba a desaparecer. Iba a estar ahí siempre, atemorizando a los habitantes de Los Llanos de Aridane. "No sabías si te iba a tocar. Veías caer colegios, casas de clientes y era una impotencia…", cuenta a este periódico. Además, él se encontraba en plena apertura del nuevo local de su librería Estudiante —adquirida mediante traspaso en 2018 tras dar un giro total a su vida como decorador de muebles en Valencia— y la erupción se convirtió rápidamente en una pesadilla. "Fue peor que la pandemia… En la pandemia teníamos abierta la librería y la gente venía y compraba los libros. Durante el volcán, había mucho desánimo e incertidumbre. Mucha gente perdió su trabajo, su casa, su finca de plátanos. La gente perdió toda su vida", rememora ahora este librero.

Hablamos con él en la plaza de España de Los Llanos de Aridane, el municipio que se convirtió en el plató de televisión del que se informaba del día a día del volcán Cumbre Vieja desde que el 26 de septiembre del año pasado empezaran a abrirse las primeras chimeneas de humo, hasta que el 25 de diciembre las autoridades decretaron su apagón. En total, 85 días de desasosiego.

"En la pandemia, teníamos abierta la librería y la gente venía. Durante el volcán había mucho desánimo e incertidumbre"

Allí, en este pueblo de unos 20.000 habitantes y desde el que se divisa esa niebla que los canarios llaman panza de burro, se celebra estos días la segunda edición del Festival de Novela Negra Aridane Criminal, impulsado por el escritor grancanario Alexis Ravelo con ayuda del Consistorio —gobernado por el PP—, que también tuvo que ser pospuesto, ya que iba a tener lugar en enero. Al lado del escenario por donde pasan los escritores y donde el miércoles se hizo un homenaje al recientemente fallecido Domingo Villar, que tenía prevista su participación, se han colocado puestos de libros de las tres librerías de Los Llanos. Tres locales que fueron focos de luz durante la erupción.

"Mucha gente empezó a ir a la librería porque necesitaba hablar. No necesitabas ni entablar una conversación. Tú eras solo oído. Y luego te sentías bien porque habías contribuido a elevar ese ánimo", comenta Manuel. A su lado, Máximo, de la librería Arcoiris, lo corrobora. "Es que fue algo demoledor, no te puedes ni imaginar lo que ha significado para el valle. Afortunadamente, nosotros conservamos lo que teníamos, pero esto ha sido muy fuerte. Primero por todo el sufrimiento de nuestros clientes, toda la gente que llegaba a la librería contándote… Todo el mundo había perdido algo", manifiesta sin poder evitar cierto estremecimiento. "Venían y te enseñaban con el móvil lo que había sido su casa. Venían a comprar alguna cosita, pero sobre todo a hablar y a hacer fotocopias de sus escrituras, de sus papeles para empezar a hacer todos los trámites para solicitar las ayudas", añade este librero que tampoco es de La Palma, sino de un pequeño pueblo de Pontevedra y que llegó a la isla por un flechazo con ella y con su mujer, Ángeles, que sí es palmera, "y el 'alma mater' de todo esto", hace ya más de 26 años. No es difícil encontrar este tipo de historias en esta isla.

placeholder Máximo, de la librería Arcoiris. (Paula Corroto)
Máximo, de la librería Arcoiris. (Paula Corroto)

Ana sí es canaria y aquí montó la librería Ler en 2011. Y fue una de los miles de personas a las que les afectó de lleno el volcán. De ahí que todavía sienta cierto rechazo a hablar con un periodista. Para ella no fue un espectáculo de fuego y lava rodeado de bellas montañas. Fue la desolación de ver casas, colegios, plataneras, carreteras, huertos, caminos arrasados. "Estos meses han sido bastante complicados. Yo estoy bastante afectada, tenía casa allí. Y el volcán ha mermado la economía del valle", manifiesta antes de concluir que a día de hoy "de lo de la casa… mejor no hablar". También ha sido un golpe que la Feria del Libro se haya pasado al mes de noviembre, lo cual ha hecho desaparecer los ingresos que tenía previstos para ahora. "Estamos en una época baja", lamenta esta librera que tiene otros dos empleados a su cargo.

Libros como faros

Ante la desolación de aquellos días, Manuel se planteó qué podía hacer para ayudar. Había personas que ofrecían alojamiento, otras sus coches, taxis y camiones para mover a los afectados con los traslados. ¿Qué podían hacer los libros? Una idea llegó de la mano de otra librera, Elena Martínez Blanco, de la librería Serendipias, en Tres Cantos (Madrid): decidieron traer libros a los niños de la isla. "Eso era algo que yo podía hacer. Entre todas las donaciones repartimos unos 3.000 libros en octubre. Hubo donaciones de Penguin Random House, de Anaya, de los autores que Elena conocía", comenta el librero.

placeholder Ana, de la librería Ler. (Paula Corroto)
Ana, de la librería Ler. (Paula Corroto)

La historia también tuvo su épica, ya que no era tan fácil llegar a La Palma y mucho menos cargada con miles de ejemplares. Pero Elena, que ya se había echado su propia librería a la espalda durante el confinamiento, no se arredró y llegó a Tenerife cargada con cinco maletas. "Y yo la fui a buscar y fuimos a La Palma en barco porque los aviones no aterrizaban. Y todos los libros venían dedicados. Hubo mucha involucración por parte de los autores. Muchos niños habían perdido sus colegios, sus casas, sus libros. Y también preparamos paquetes de libros de adultos para los maestros", cuenta hoy Manuel con esa satisfacción que uno tiene cuando sabe que lo ha hecho bien o, al menos, lo mejor posible.

"Todos los libros venían dedicados. Hubo mucha involucración por parte de los autores"

Pasados los meses, el ánimo de los habitantes de toda la zona ha cambiado. En Los Llanos la gente está sentada en los cafés y terrazas, va a sus trabajos, a la compra. Algunos se sientan en la plaza de España para escuchar la charla de los escritores Carlos Zanón, Marcelo Luján, Esther García Llovet o la nigeriana Oyinkan Braithwaite. No es una ciudad parada ni desierta ni se percibe tristeza, aunque sí se mira de reojo hacia la cumbre.

placeholder Homenaje a Domingo Villar a cargo de la escritora Elsa López. (P. C.)
Homenaje a Domingo Villar a cargo de la escritora Elsa López. (P. C.)

"Quedan rescoldos del volcán. Han hecho campañas para incentivar el comercio, el consorcio de seguros ya ha abonado indemnizaciones… Pero todavía esto está trágico. Sobre todo en el tema humano. Luego la vida comercial, pues con el tiempo iremos remontando…", asegura Máximo, que tampoco quiere aparecer como gran víctima, aunque algo le haya tocado: "Las ventas bajaron, como a todo el mundo, pero no somos los más perjudicados". Manuel constata que la normalidad es la tónica habitual, pero la tragedia no se olvida. "Tú recuerdas cómo era esto. Ahí no había un volcán, había casas, plataneras… Fue muy impresionante. Hubo 275 familias afectadas de primera vivienda, más las segundas viviendas… Había más de 1.000 edificaciones", sostiene. Ahora bien, lo que no hay es miedo. "No, porque sabemos dónde vivimos. Son islas volcánicas y esto sabes que te puede tocar en cualquier momento", zanja.

Manuel se levantaba cada día, salía a la terraza de su casa y veía las fumarolas del volcán. La sensación era que nunca iba a desaparecer. Iba a estar ahí siempre, atemorizando a los habitantes de Los Llanos de Aridane. "No sabías si te iba a tocar. Veías caer colegios, casas de clientes y era una impotencia…", cuenta a este periódico. Además, él se encontraba en plena apertura del nuevo local de su librería Estudiante —adquirida mediante traspaso en 2018 tras dar un giro total a su vida como decorador de muebles en Valencia— y la erupción se convirtió rápidamente en una pesadilla. "Fue peor que la pandemia… En la pandemia teníamos abierta la librería y la gente venía y compraba los libros. Durante el volcán, había mucho desánimo e incertidumbre. Mucha gente perdió su trabajo, su casa, su finca de plátanos. La gente perdió toda su vida", rememora ahora este librero.

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