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'Atenea': no has visto una película igual en la historia del cine
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'Atenea': no has visto una película igual en la historia del cine

El director Romain Gavras reduce a cenizas el cine político de su padre en un filme de Netflix

Foto: 'Atenea'. (Netflix)
'Atenea'. (Netflix)

El estreno de 'Atenea' en Netflix ha generado dos corrientes de opinión: unos han disfrutado de la película y otros han olvidado qué es el cine. El cine no es 'Le monde diplomatique' y ninguna película de la historia ha gustado a nadie por darle una idea cabal sobre el mundo. Las películas son emociones aceleradas, más intensas que las que encontramos en la vida, y por eso las vemos en lugar de mirar por la ventana a la gente que pasa por la calle.

'Atenea' no es cine social y ese es el primer error, creer que hubo alguna vez cine social. Hay cine devorando la vida, buscando temas, tramas, personajes y escenarios. Para el cine es igual un parque de dinosaurios resurrectos que la periferia de la gran ciudad; le vale lo mismo la gente guapa que la fea, el amor y la guerra, la delicadeza y la brutalidad. Todo lo hace espectáculo. Cuando se rueda una película, se rueda un sueño que aún no has tenido. Nadie pagaría por ver sus propios sueños simplotes en la pantalla; nadie perdería 90 minutos de su vida en volver a clases de religión.

'Atenea' (Netflix)

Romain Gavras ha decidido hacer cine con lo que su padre hacía tostones. Si leen en alguna crítica de 'Atenea' la palabra 'banlieue' ya pueden suponer que el crítico no ha visto la película, sino su propio esnobismo correteando por la pantalla. Gavras ha acudido de nuevo a la periferia de la ciudad (tiene varios videoclips en ese entorno), o sea, a los barrios; ha mirado quién vive allí; ha creado una trama trágica con los conflictos comunes de los pobres y los inmigrantes y los desplazados. Ha filmado un espectáculo de violencia y dinamismo. Lógicamente, va a tener mucho éxito.

La palabra clave en este éxito es plano-secuencia. El plano-secuencia gusta mucho a los directores porque, como recurso, no se desgasta nunca. Consiste en rodar en un solo plano una serie de escenas que naturalmente irían parceladas. Incluso puedes rodar toda la película en un solo plano ('Victoria', '1917', 'La soga', 'El arca rusa').

Cuando parecía que el plano-secuencia era un lugar común, Romain Gavras se inventa el plano-secuencia imposible

Cuando parecía que el plano-secuencia era un lugar común, Romain Gavras se inventa el plano-secuencia imposible. 'Atenea' es una sucesión de planos-secuencia, siendo el que abre la película el más espectacular. Tienen ustedes que echarle un ojo, porque nunca habrán visto nada parecido.

La gran dificultad del plano-secuencia es que todo el mundo tiene que hacerlo bien durante largos minutos de filmación. La cámara se mueve, dobla una esquina, avanza, y los actores han de estar en su sitio, hacer su papel, y quizás haya explosiones, coches volcados, gritos. Todo ello tiene que coincidir felizmente con lo programado. Basta que uno tropiece, que otra diga mal su frase, que el coche no arranque, para que haya que empezar de nuevo.

Foto: Fotograma de 'La salida de los trabajadores de la fábrica Lumière'

Lo que consigue Romain Gavras en su película es divinizar la cámara, quién sabe si mediante un dron, una edición digital indetectable o un contorsionista como camarógrafo. Lo he buscado y no he podido dar con la solución. El caso es que la cámara sigue a un personaje, a pie; el personaje se mete dentro de una furgoneta y la cámara sigue a la furgoneta a su misma notable velocidad. De pronto, la cámara vuela, muestra un costado del vehículo y después el otro. A continuación, la cámara se introduce dentro de la furgoneta. Es la hostia, como de dibujos animados.

Romain Gavras ha declarado, muy crudamente, que una película para Netflix no es lo mismo que otra para las salas de cine: en Netflix, dice, tienes que convencer al espectador en cinco minutos, o si no se va. Según sus gélidos cálculos, de la sala de cine nos iríamos a partir de los 10 minutos.

Foto: Ana de Armas es Marilyn Monroe en 'Blonde', de Andrew Dominik. (Netflix)

Para que después de pinchar su película no te vayas a los dos minutos a ver otra en Disney+, Gavras ha decidido revolucionar la historia técnica del séptimo arte. No solo la cámara vuela como si fuera Dios, además se hunde en turbamultas, en peleas masivas donde hay disparos de pelotas de goma y bengalas, y nada en ningún momento golpea, mancha o desestabiliza la cámara. La cámara-dios, la cámara-fantasma puede estar en todas partes, verlo todo, volar a cielo abierto y meterse por ventanucos, nada la perturba.

Además, el director pastorea literalmente cientos de extras, entre policías y vecinos airados; cientos de personas que deben hacer lo adecuado para no arruinar la toma y tener que volver al principio.

Foto: Carteles de 'El buen patrón' y 'Madres paralelas'.

Lo que hay que entender es que Carla Simón o Fernando León de Aranoa no serían capaces de filmar algo así. No es exactamente que no quieran.

¿No sabías que hay gente que sufre?

La crítica contraria a 'Atenea' ha señalado que nada explica de la periferia miserable de las grandes ciudades. Sinceramente, ninguna película me ha explicado nada sobre nada, como si fuera una tribuna libre de 'El País'. 'Atenea' hace lo mismo que el cine de Ken Loach o el de Robert Guédiguian: mostrar cosas. Si Guédiguian utiliza el escenario obrero para contar historias de despidos o desahucios, Gavras lo emplea para filmar una especie de '300' con sudaderas con capucha en lugar de túnicas. El efecto social es el mismo: dar visibilidad. Es verdad que el efecto moral es distinto, pues determinados espectadores vuelven a casa satisfechos de sí mismos después de ver una película de los hermanos Dardenne, como si de pronto supieran que hay gente que sufre. Ante lo cual yo me pregunto: antes de ver la película de los Dardenne, ¿no sabías que hay gente que sufre?

Si ustedes se pasan hora y media en Pan Bendito, sentados en un banco, verán algo increíble: no sucede nada y todo es aburridísimo

Junto con 'Blonde', Atenea ha multiplicado el uso adverso de la expresión 'estetizar'. Estetizar el dolor, estetizar la miseria, estetizar la desgracia. ¿Acaso alguna buena película de guerra no 'estetiza' la muerte de miles de hombres a tiros? Nunca he leído una crítica a una película sobre Vietnam (o a 'Salvar al soldado Ryan', de Spielberg) donde se diga que la película es muy mala porque la muerte del soldado les ha quedado muy bonita. Si la muerte del soldado te queda bonita ('Plattoon'), justamente la película es muy buena.

La crítica a 'Atenea' parece dar a entender que las películas de Ken Loach no estetizan la vida de los más desfavorecidos, pues la cuentan tal cual es. Si ustedes se pasan hora y media en Pan Bendito, sentados en un banco, mirando a la gente, notarán algo increíble: no sucede nada y todo es aburridísimo. Que las películas de Ken Loach sean emocionantes, acompasadas y climáticas también es estetizar la pobreza de las gentes que retrata.

Foto: Ken Loach en el Festival de Cine de San Sebastián. (Efe)

Esto es así, simplemente, porque el cine es estética, no cualquier mirada sobre la vida. 'Blonde' no viene a redimir, defender o retratar a Marilyn Monroe, sino a crear otra Marilyn Monroe, que puede gustarte o no según sus propios términos, no en función de la película que tú quisieras que hubieran hecho. Como diría Albert Serra, ¡haz tú tu propia película sobre Marilyn Monroe! Verás que, queriendo hacer 'justicia' con la actriz, lo que harás será mal cine.

'Atenea', en fin, es un peliculón, con toda la superficialidad y escaso recorrido de esta etiqueta palomitera. Una película sobre emociones precipitadas, un espectáculo sin mayores lecturas, una filigrana de la técnica y de las posibilidades del cine para crear épica.

El estreno de 'Atenea' en Netflix ha generado dos corrientes de opinión: unos han disfrutado de la película y otros han olvidado qué es el cine. El cine no es 'Le monde diplomatique' y ninguna película de la historia ha gustado a nadie por darle una idea cabal sobre el mundo. Las películas son emociones aceleradas, más intensas que las que encontramos en la vida, y por eso las vemos en lugar de mirar por la ventana a la gente que pasa por la calle.

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