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'Utoya. 22 de julio': tensión escalofriante

El noruego Erik Pope nos sumerge en la terrorífica experiencia del ataque contra un campamento de jóvenes en la isla noruega desde el punto de vista ficticio de una de las implicadas

Foto: 'Utoya'-
'Utoya'-

“Nunca lo llegaréis a entender”, advierte mirando a cámara Kaja (Andrea Berntzen) al inicio de 'Utoya. 22 de julio'. Tras un prólogo que recoge a través de imágenes de archivo el primer atentado que tuvo lugar en Oslo ese día de verano de 2011, la película del director noruego Erik Pope arranca con un encuadre ya en la isla de Utoya cuya única función es esperar a que Kaja entre en el campo de la imagen, ya que esta estudiante de 18 años va a convertirse en el centro de gravedad permanente de un film rodado en un único plano secuencia desde su punto de vista. El aviso inicial de la muchacha no se dirige (solo) a los espectadores, ya que no tardamos en darnos cuenta de que la protagonista está hablando por teléfono con sus padres, porque justo en ese momento llegan a Utoya las primeras y confusas noticias en torno a la explosión en el distrito gubernamental de la capital noruega.

El próximo lunes 22 de julio se cumplirán ocho años de la atentados terroristas que perpetró Anders Behring Breivik en Noruega. El asesino hizo estallar primero una bomba de fabricación casera en Oslo, muy cerca de las oficinas del entonces primer ministro Jens Stoltenberg, que causó ocho muertos y más de dos centenares de heridos. Después se dirigió a Utoya, una pequeña isla propiedad de las Juventudes del Partido Laborista, que organizan allí cada año su campamento de verano. Disfrazado de policía, el ultraderechista disparó durante más de una hora a los ahí congregados, muchos de ellos menores de edad. Fallecieron 69 personas y más de un centenar resultaron heridas.

En 'Utoya. 22 de julio' Erik Poppe no busca llevar a cabo una representación de lo sucedido en aquella jornada. Sino aproximar a la audiencia, aunque nunca lleguemos a comprenderlo en su totalidad, a la escalofriante tensión y el horror que vivieron las víctimas en el islote durante el ataque. En este sentido la película se distancia de otro film reciente de título muy parecido en torno a la misma masacre, '22 de julio', de Paul Greengrass. El docudrama del británico se acoge a todas las convenciones previsibles de una ficción basada en hechos reales, algo incluso sorprendente viniendo del realizador que ha firmado una de las películas más ejemplares, en su sobria reconstrucción de los acontecimientos, en torno a un ataque terrorista real, 'United 93' (2006).

El largometraje para Netflix de Greengrass combina los recursos del 'thriller' con los del drama para alternar el seguimiento del criminal (desde que prepara la bomba hasta su condena en el juicio) con la lucha de uno de los supervivientes de Utoya, Viljar Hanssen, e intenta en cierta manera abarcar todas las implicaciones posibles, desde la política a la judicial pasando por la más íntima y dramática. Así que en '22 de julio', la matanza en Utoya en sí acaba representando un segmento relativamente breve de todo el curso de los sucesos reconstruidos. Mientras que, por el contrario, en el film que ahora se estrena ocupa todo el metraje. Y si Greengrass toma como base el libro de investigación de la periodista Åsne Seierstad y convierte en protagonistas a una serie de personas reales, Poppe se inspira también en testimonios de los supervivientes pero para, a partir de ellos, crear una protagonista ficticia sin un referente directo en el mundo real. Kaja encarna a uno de los centenares de jóvenes presentes en la isla, una muchacha cualquiera que justo antes de que empiecen los asesinatos se acaba de pelear con su hermana pequeña, a quien buscará desesperadamente mientras intenta sobrevivir al ataque.

Poppe no busca representar lo sucedido aquella jornada. Sino aproximar a la audiencia al horror que vivieron las víctimas en el islote durante el ataque

La primera película a la que nos retrotrae el dispositivo cinematográfico de 'Utoya. 22 de julio' es 'Elephant' (2003) de Gus Van Sant, que ya recreaba otra masacre de jóvenes, la del instituto de Columbine, a partir de un conjunto de planos secuencia en tiempo real. Más complejo en su estructura, el film estadounidense también respondía a otra intención: la de dotar de cierto sentido de fatalidad el seguimiento de esos chicos y chicas que se dirigían inexorablemente por un camino u otro hacia la muerte. En la película noruega, las estrategias estéticas que encierra el empleo del plano secuencia único acaban acercándola a otro film sobre el horror en el mundo real, 'El hijo de Saúl' de László Nemes. Como en esa ficción ambientada en el campo de exterminio de Auschwitz, la cámara pegada a la protagonista en 'Utoya. 22 de julio' nos conecta tanto con su punto de vista emocional como con el perceptivo, una manera de dejar fuera de cuadro todo aquello que no sucede en su radio de acción. Así, Pope nos ahorra la recreación visual detallada del horror en Utoya, una masacre que sin embargo se nos hace presente a través de los sonidos.

Ni rastro del asesino

Porque en 'Utoya. 22 de julio', el asesino apenas llega a verse. Por una parte, su presencia se vive así como una amenaza cuasi abstracta (en aquel momento además se desconocía su identidad) que se manifiesta sobre todo a través de los disparos ininterrumpidos que los jóvenes del campo no dejan de oír desde sus escondrijos improvisados en una isla que apenas disponía de ellos. Por otra, Pope deja claras sus intenciones: aquí el protagonismo no es para el terrorista sino para los jóvenes que tuvieron que enfrentarse a su odio y a su violencia desatada. El plano secuencia del film se alarga los mismos minutos más o menos que la matanza en Utoya, unos setenta. Así que Pope también quiere transmitir a través de la estructura continua en tiempo real la insoportable tensión que supuso para víctimas y supervivientes aguantar durante más de una hora la persecución de un hombre armado hasta los dientes que disparaba sin parar.

Aquí el protagonismo no es para el terrorista sino para los jóvenes que tuvieron que enfrentarse a su odio y a su violencia desatada

La película se concentra así en plasmar desde la cercanía de uno de los personajes la masacre de Utoya como una experiencia terrible y angustiosa para unos jóvenes que no entendían qué les estaba sucediendo. Pope no se detiene, aunque los apunta en breves pinceladas, en otros asuntos ligados a ese 22 de julio de 2011. Las primeras especulaciones de los chicos en torno a la posible autoría del atentado en Oslo muestran hasta qué punto Utoya ha marcado un antes y un después en la percepción que se había establecido del terror antidemocrático en Occidente tras el 11-S y el 11-M.

Después de los atentados en Estados Unidos y en Madrid, se tendía a asociar este tipo de violencia con el islamismo radical. Pero los ataques en Noruega evidenciaron otro tipo de terrorismo, ejecutado por hombres blancos occidentales de ultraderecha, misóginos y xenófobos, que siempre han estado allí pero que hemos tardado en identificar como un fenómeno social, y no individual y aislado. El film apunta igualmente a la imperdonable tardanza en su reacción por parte de las fuerzas de seguridad, lo que facilitó el amplio abasto de la masacre. Fueron algunos vecinos de la zona los primeros en acudir espontáneamente con sus lanchas al rescate de las personas que se habían lanzado al agua para huir de los disparos mientras la policía no acababa de llegar. Al menos, como informan los títulos finales, la justicia en Noruega sí acabó denunciando la negligencia de las autoridades del país a la hora de prevenir este ataque terrorista contra su población.

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