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Los chinos, los corruptos y yo amamos el dinero
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MALA FAMA

Los chinos, los corruptos y yo amamos el dinero

El uso de efectivo se resiente entre límites legales y nuevas costumbres de pago

Foto: Foto: Getty/David Ramos
Foto: Getty/David Ramos
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Hacer cola en el supermercado puede dar muchos disgustos. Hace poco, me llevé uno. Esperaba mi turno y delante tenía a un hombre con un solo producto en la mano. Hasta ahí, la fábula es feliz. La cajera pasó su triste compra por el lector infrarrojo, y cantó el precio: 84 céntimos. "Con tarjeta", dijo el hombre. Naturalmente, me deprimí.

Mientras miraba al señor sacar su tarjeta de crédito para pagar 84 céntimos, me preguntaba qué había sido de la humanidad, y cómo habíamos llegado a este punto. Miles de años de evolución, electricidad y polos de Lacoste para acabar abonando 84 céntimos con tarjeta. Antes la tarjeta era para gastar con inconsciencia, ir a lo loco y permitirse generosidades estrepitosas. Ahora, pagar con tarjeta es de pobres.

Foto: Medidas de protección en los taxis en medio de la desescalada. (Cedida)

Tanta arquitectura financiera, tanta sofisticación oro y 'black', tanto mito con la prostituta que cobra con datáfono y, al cabo, un señor en Carabanchel emplea nuestro progreso satelital en abonar unos chicles. Hubo un tiempo en que todo el mundo llevaba 84 céntimos en el bolsillo, hasta los críos. Hubo un tiempo de pasión por la calderilla.

El dinero está dejando de sonar. Mi nueva ranciedad es que me gusta el sonido del dinero, su tacto y su manejo, lo echo de menos y aquí vengo a defenderlo. No podemos dejar el dinero solo a los ricos, que llevan bolsas de deporte llenas de billetes en el maletero. No puede ser que el dinero en metálico solo merezca la pena tenerlo delante si te lo vas a llevar de madrugada en un coche. El dinero es bonito, es cultura social, desde la propina de la abuela al billete enrollado para esnifar cocaína, el efectivo nunca le ha hecho daño a nadie.

Mi nueva ranciedad es que me gusta el sonido del dinero, su tacto y su manejo, lo echo de menos y aquí vengo a defenderlo

Nuestro Gobierno quiere controlar lo que compramos y hacer inexpugnables los impuestos y las tasas, y por eso persigue el dinero en metálico. Fue un verano de limitar cantidades en los cajeros y de prohibir pagos en mano a proveedores y albañiles, con lo bonito que es. Darle dinero a otro es hermoso porque cuentas una historia, rozas una vida. Julio Camba escribió 'Aventuras de una peseta' porque la vida vale la pena si dejas un rastro, y haces rodar una circunstancia, una moneda. Pagando a otro en mano hasta le transmites enfermedades, sobre todo la gripe, y muy a menudo la enfermedad del propio dinero.

Un mundo sin regresos

Cada día más gente paga menudencias con tarjeta, y eso está creando un mundo donde la gente no se toca, no se engaña, no olvida las vueltas. Es un mundo sin regresos. Es una sociedad de gente que no tiene suelto. A veces el amor de tu vida aparecía porque alguien no tenía suelto, y los demás miraban a ver.

Foto: Brett Scott, durante la entrevista con El Confidencial. (Alejandro Martínez Vélez)
"Defendamos el dinero efectivo para evitar que el capitalismo corporativo lo controle todo"
Guillermo Cid Fotografía: Alejandro Martínez Vélez. La Palma

Pagar con tarjeta un café es antisocial, de gente que no sabe contar hasta tres y acabará muriendo sola en su casa haciendo bizum a la funeraria. Yo aviso.

A los jóvenes hay que explicarles que la vida antes era de otra manera. Se pagaba en metálico el día a día miserable, el café, la compra, una barra de pan, un destornillador. Se consideraba grosero dar 50 euros para abonar algo que valía menos de 20. Se pedía cambio. Se perseguían monedas por el suelo; incluso se encontraban monedas por el suelo. La tarjeta era para el apocalipsis, los números rojos o cuentas superiores a lo cotidiano. Se pagaba con tarjeta para mostrar cómo se nos había ido la pinza. La tarjeta de crédito servía especialmente para pagar lo de todos.

Si a algunos les da pena que los niños de ciudad no vean caballos y naranjos, a mí me da pena que no vean montañas de dinero

Si a algunos les da pena que los niños de ciudad no vean caballos y naranjos, a mí me da pena que no vean montañas de dinero. El dinero todo junto da mucha felicidad. Se llama 'kilo' al millón porque mil billetes de mil pesetas pesaban un kilo, como comprobó un torero. Antes a la gente le gustaba tanto el dinero que lo pesaba. Hay escenas míticas de cine donde los protagonistas se bañan en dinero, duermen sobre dinero, juegan entre pilas de billetes o se cubren el cuerpo desnudo con dólares. Los jóvenes merecen conocer el erotismo del capital, lo porno del billete.

Como cuenta Marta D. Riezu en 'Agua y jabón' (Anagrama), en su día cobrar tu salario en efectivo era un subidón. Cuando la gente cobraba su jornal con dinero dentro de un sobre, cobraba más que ahora, porque su trabajo aparecía ante sus ojos, sustanciado, y con la cara de un premio Nobel, además. Ahora todo es electrocutar cifras, relampaguear desembolsos, creer en la fantasmagoría de que pagas y te pagan. El dinero, que era una cosa, es ya un espectro.

Siempre me ha admirado que a los chinos en la tienda de alimentación les puedas pagar cualquier cosa con un billete de 50 euros. Ni siquiera pestañean cuando asomas el billete excesivo para abonar una lata de Coca-Cola. En la última trinchera del dinero en metálico quedamos, por tanto, los chinos, Marta D. Riezu, este que aquí regresa y todos los corruptos de España.

¿Cómo va a estar toda esta gente equivocada?

Hacer cola en el supermercado puede dar muchos disgustos. Hace poco, me llevé uno. Esperaba mi turno y delante tenía a un hombre con un solo producto en la mano. Hasta ahí, la fábula es feliz. La cajera pasó su triste compra por el lector infrarrojo, y cantó el precio: 84 céntimos. "Con tarjeta", dijo el hombre. Naturalmente, me deprimí.

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