ESTRENOS DE CINE

'Largo viaje hacia la noche': fascinante obra maestra con final inolvidable

El segundo largometraje del cineasta chino Bi Gan es una obra de arte imborrable, una muestra de cine indeleble

Foto: Un momento de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)
Un momento de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)

Asegura el protagonista de 'Largo viaje hacia la noche' que "la diferencia entre el cine y los recuerdos es que las películas son falsas". Puede que sea cierto, pero solo a medias, porque cuando una imagen se adopta como un recuerdo, traspasa la distancia de la pantalla para convertirse en algo más, para insertarse en ese puzle tan maleable como es la memoria. ¿Dónde radica la magia de las imágenes indelebles? En el ojo, sí, pero también en la seducción, que es inefable e intangible. Y en su segundo largometraje, el cineasta chino Bi Gan ha vuelto a demostrar su virtuosismo en el manejo de la sugestión: desde la textura del vestido irisado de ella, hasta el sonido del tambor de una pistola oculta o la distorsión de una figura a través de la lluvia. 'Largo viaje hacia la noche' es una experiencia inmersiva al otro lado del espejo 'aberrado', una mirada que se abre paso en la oscuridad y no busca arrojar claridad sino amplificar el misterio, la incertidumbre.

Bi Gan regala a nuestra memoria su visión desolada de Kaili, la ciudad china en la que ambientó se primer filme, 'Kaili Blues', estrenado hace cuatro años y que sirvió para destacar al director en el muy concurrido panorama festivalero europeo. En Locarno, se consagró como mejor director emergente, y con 'Largo viaje hacia la noche' ha conseguido abrirse hueco en Una Cierta Mirada, de Cannes. Porque es eso, la mirada, lo que define al autor, y en Bi Gan esa mirada es velada, fragmentada, irreal. Su cine es fantasmagoría —caras ocultas, lugares vaciados, palabras ambiguas, colores irreales— y, en este caso es, además, una película de fantasmas. Al fin y al cabo, perseguir recuerdos es el intento de resucitar a los muertos.

Wei Tang, en un fotograma de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)
Wei Tang, en un fotograma de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)

El alarde técnico y estético es innegable. Los 59 minutos de plano secuencia que desembocan en el centelleo de dos bengalas de fiesta son una declaración sobre la relatividad del tiempo: es tan irrepetible la coreografía ininterrumpida de una hora como captar la última chispa de un fuego efímero que se consume y muere en apenas unos segundos. Pero no hay capricho. La cámara sobrevuela, unos pasos por delante o por detrás del protagonista, una ciudad extraña en busca de su recuerdo más delicado —¿el rostro que imagina es real o un constructo?— y obsesivo: su amada perdida.

El trabajo de Bi Gan es indiscutiblemente heredero de Wong Kar-wai —también por cercanía geocultural— y de Andrei Tarkovski, con un cuidado milimétrico de los encuadres y su intención, de la colorimetría, pero sobre todo de las texturas y la materia. Nunca un muro de hierro oxidado fue tan cinematográfico. Y el trabajo con el tiempo, subrayado por los relojes —parados, que dejan marca—, que aparecen en manos de los protagonistas.

Otro momento de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)
Otro momento de 'Largo viaje hacia la noche'. (Surtsey)

Sin embargo, en el imaginario de Bi Gan están mucho más presentes la violencia y la extrañeza. Si en Wong Kar-wai la fantasía se cuela en los cuadros dentro de cuadro —siempre hay una puerta, un pasillo, una ventana que enmarca—, en 'Largo viaje hacia la noche' hay un velo, un reflejo, un cristal que aporta a las imágenes una distancia onírica. Y como Lynch, el chino busca escenarios singulares y enrarecidos, vacíos o, en todo caso, habitados por personajes alienados, desheredados, que no existen en un contexto fuera de sus moradas, como las brujas de los cuentos de hadas. Porque el entorno es una proyección de las personas. O viceversa. "Era tan misteriosa como aquella casa abandonada", la describe el protagonista.

Bi Gan no explica, sino que aporta las piezas de un 'patchwork' que el espectador debe reconstruir. 'Largo viaje hacia la noche' comienza con la vuelta de Luo (Jue Huang) a Kaili tras la muerte de su padre. Kaili se presenta como una ciudad industrial, un lugar inhóspito y desconcertante, en el que el humo y la lluvia son una constante. Luo decide buscar a Wan Qiwen (Wei Tang), la novia de un mafioso peligroso y violento, una mujer salida de un 'thriller noir' clásico y trasladada al siglo XXI. A partir de aquí, la película mezcla la memoria con la búsqueda, en una propuesta interesante sobre lo cerca que están las proyecciones futuras de las evocaciones pasadas.

Cartel de 'Largo viaje hacia la noche'.
Cartel de 'Largo viaje hacia la noche'.

Luo encuentra el rastro de Wan Qiwen en los suburbios ruinosos de Kaili y, allí, después de visitar un teatro, se coloca unas gafas 3D. Y el espectador también. Y entonces la identificación del espectador y el personaje se estrecha y comienza ese plano secuencia en que la cámara sigue a Luo en moto, en tirolina, a pie, hasta el final de su viaje. No vamos a seguir resobeteando a Kavafis con su 'Ítaca', pero de la mano de Bi Gan el trayecto es largo pero hipnótico. Y, sobre todo, imborrable. Cine eterno.

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