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La legión ucraniana no quiere a los novatos españoles: "Parecen salidos de 'Torrente"
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MAYORES, PASADOS DE PESO...

La legión ucraniana no quiere a los novatos españoles: "Parecen salidos de 'Torrente"

El Gobierno de Kiev aduce que muchos de los españoles u occidentales que se están presentando a luchar carecen de experiencia. Ahora se plantean volver a España

Foto: La legión organiza en Kiev ejercicios militares para civiles. (Reuters/Serhii Nuzhnenko)
La legión organiza en Kiev ejercicios militares para civiles. (Reuters/Serhii Nuzhnenko)
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El pasado 4 de marzo, Volodímir Zelenski hizo un llamamiento a voluntarios de todo el mundo a viajar a Ucrania para defender el país de la agresión rusa. La petición fue atendida por un puñado de españoles y varios miles más de occidentales. Tres semanas después, la mayoría siguen dando tumbos por pensiones o tratando a la desesperada de dar con una milicia donde les dejen combatir. Sin arma y sin destino, los novatos están pensando en regresar. La mayoría han sido oficialmente rechazados por carecer de experiencia militar, aunque en opinión de los recién llegados, el verdadero problema es el caos organizativo de los ucranianos. Las historias que cuentan frisan a menudo lo grotesco.

Mamá, mándame un arma

“Me está escribiendo Jraven y me pide que le mande un arma a Ucrania. ¿Sabrías tú decirme cómo funciona esto?”, nos escribía hace dos semanas Jennifer, la madre de uno de los miles de combatientes norteamericanos que viajaron a Leópolis a finales de febrero con la esperanza de pelear contra los rusos. Conocimos al muchacho en Suleymania en 2019 cuando viajaba hacia Sinyar (Irak) para unirse a la sección internacional de una milicia kurda esencialmente formada por españoles (YBS) y terminamos confraternizando, tanto con él como con su familia de Seattle.

Los rusos prosiguen su avance en Mariúpol

Jraven sirvió seis meses en las YBS a las órdenes del valenciano Juan Manuel Soria Monfort, alias 'Bahuz Sores', quien todavía está en Oriente Medio luchando contra el ISIS en la guerrilla kurda, al igual que un puñado de españoles más. El estadounidense llegó tarde para combatir en Raqqa con el resto de los suyos, así que no llegó nunca a intervenir en episodios de armas, aunque sí recibió cierto entrenamiento militar básico, esencialmente impartido por veteranos del Ejército español como el propio Bahuz. Ese era todo el currículo que podía acreditar cuando, a finales del pasado mes, se presentó en las oficinas de las Brigadas Internacionales de Leópolis, creadas a imagen y semejanza de la unidad de voluntarios extranjeros que combatió del lado republicano durante la Guerra Civil.

placeholder Jraven, en Shingal, Irak. (Ferran Barber)
Jraven, en Shingal, Irak. (Ferran Barber)

Lo primero que hizo Jraven al llegar a Lviv fue reunirse con algunos viejos camaradas de las YBS y, entre otros, con el español Francisco Floro, para intercambiar información antes de acudir a las oficinas de reclutamiento. Todos daban por hecho que firmarían en un día, les darían un arma, les impartirían instrucción y en cuestión de dos semanas estarían en primera línea mirándoles a los ojos a los rusos. Pero se equivocaban.

A principios de semana, Jraven consiguió dos minutos de gloria en su país, que fue el tiempo aproximado que le dedicó en su 'show' el famoso Trevor Noah. “Ya lo ven”, dijo la estrella de la parrilla televisiva nocturna norteamericana. “Este chico abandonó su empleo en un Taco Bell para ir a Ucrania a luchar contra los rusos. Dejen que les diga algo: tiene bastantes más pelotas que yo”. Lo que Noah probablemente no sabía es que, al igual que el resto de sus camaradas españoles, Jraven se había pasado tres semanas mendigando a los ucranianos un hueco en la legión o las unidades de defensa territorial.

placeholder El getafense Víctor y el estadounidense Jraven. (F. B.)
El getafense Víctor y el estadounidense Jraven. (F. B.)

“Nos está diciendo Jennifer, tu madre, que aún no has conseguido un arma”, le preguntamos tras la emisión de la entrevista. A lo que Jraven respondió: “Básicamente, cuando llegamos, nos dijeron que nos iban a llevar a la oficina y que firmaríamos un contrato. Pensé que al día siguiente iríamos a Kiev a arreglar los papeles... pero sucedió que el tipo que se ocupaba de eso y que esencialmente no hacía más que joder aquí y allá no tenía mucha prisa (...). Cuando llegué a Kiev, a la oficina de la Legión Internacional, estuve una semana en el hotel sin hacer nada y me decían cada día: 'Mañana firmaremos'. Al final, encontré mi destino actual, muy lejos de la lucha. Y pasaban los días y nadie me entregaba un arma. Preguntaba que cuándo me darían un fusil y me respondían, primero, que mañana y después, que cuando llegaran los rusos. Vale, ¡acojonante! Así que ese es el motivo de nuestra frustración. No hay una puta mierda de organización, todo es un jodido 'show' actualmente”.

Víctor se vuelve a casa

O dicho de otro modo, los ucranianos no están tomando en serio a los novatos que han llegado de Occidente, a pesar de la petición de ayuda al mundo que hizo el propio Volodímir Zelenski. Suelen echarles en cara que carecen de experiencia militar y que no poseen el perfil de soldado profesional que el Gobierno de Kiev anda buscando. Algunos, como Víctor, está pensando ya en volver a España tras pasar por una experiencia semejante. “Es una putada, porque vienes aquí a darlo todo y te vas con una mano delante y otra detrás. Claro que, al final, lo que importa es Ucrania y que tengan suficientes tropas. Si las tienen, pues mejor”, asegura el voluntario de 23 años, oriundo de Getafe y residente en Toledo.

"Es una putada, porque vienes aquí a darlo todo y te vas con una mano delante y otra detrás"

Al igual que Jraven, también Víctor puso en 'standby' su vida para responder a la llamada de Zelenski. El joven dejó su empleo e hizo el petate para ir a combatir tan pronto como le alcanzaron los ecos de la invasión. “Y mi experiencia ha sido la de muchos. Lamentablemente, no hay donde meterse para ayudar”, dice. “Hablé con la Legión Internacional y siempre surgía el mismo problema: que carecía de experiencia demostrable. Además, para entrar en las unidades de Defensa Territorial te piden un buen nivel de ucraniano. En caso contrario, no resultas útil. No es mi caso, pero la mayor parte de la gente busca algún hueco en las milicias. No hay otra opción. Y ni siquiera eso garantiza la posibilidad de combatir. Algunas tienen armas, pero otras no. Algunas tienen plazas y destino, pero muchas también carecen de un sitio en el frente. No es que no se fíen de los extranjeros, lo que sucede es que ya tienen suficiente con los voluntarios del país”.

Ni siquiera en las Brigadas Internacionales poseen armamento y pertrechos suficientes para dotar a la tropa de voluntarios. “Constantemente me decían en la Legión que no tenían cascos, ni chalecos ni ambulancias. Conseguíamos algunos, pero otros se tenían que comprar y eso vale una pasta, de modo que no había para todos”, añade Víctor. “Yo lo he intentado todo. Me presenté en las oficinas del Ejército recomendado por un amigo. Me presenté en las Brigadas Internacionales, en las unidades de Defensa Territorial e incluso en hospitales, pero es muy complicado, muy jodido. Yo no llamaría frustración a lo que uno experimenta. Simplemente, es una mala noticia descubrir que uno no puede ayudar como quisiera. Es que ni siquiera tengo claro que los militares de carrera con dos años de experiencia logren ser admitidos en las unidades del Gobierno. Ahora estoy en Leópolis, sobreviviendo de mis ahorros. A veces duermo en un refugio y en ocasiones, cuando necesito intimidad o higiene, me busco una habitación de hotel. No sé nada de Jraven desde hace algunos días, pero confío en que esté bien [luego confirmamos que así es]. En cuanto a mí, no estaré ya en Ucrania durante mucho tiempo. Estoy pensando ya en volver a España”.

Como salidos de una peli de Torrente

“Lo que pasa en el fondo es que nos infravaloran o, si lo prefieres de otra forma, nos sobreprotegen, al igual que hacían los kurdos en Rojava o Shingal”, dice Francisco Floro. El manchego, de 30 años, llegó a Ucrania, como Víctor, a principios de mes. Al igual que su viejo camarada Jraven, toda su experiencia militar fue adquirida sirviendo como guerrillero en las YBS de Sinyar. Él sí ha logrado finalmente conseguir un arma y un destino, pero también en las milicias.

Tampoco ha sido fácil para Francisco conseguir ser aceptado. “Es que me he movido mucho”, afirma. “Fui de Leópolis a Kiev, y de allí a Odesa y de vuelta a las dos primeras. Me pasé por la unidad de los georgianos, por la internacional y por la milicia de Svoboda, siempre buscando equipamiento y función, cosa que ya he logrado. De todos modos sí, en efecto, me consta que otros compañeros no han encontrado ni arma ni unidad y es muy cierto igualmente que es complicado combatir. Y eso resulta muy frustrante. Todo lo que puedo aconsejarles ahora es que muevan el culo y que prueben suerte en el de Azov. Sé que allí les darían armas y están aceptando nuevamente a voluntarios extranjeros”.

placeholder Este voluntario francés se hizo un hueco en el regimiento Azov. (Cedida)
Este voluntario francés se hizo un hueco en el regimiento Azov. (Cedida)

Lo que dice es bien cierto. Hay quien interpone sus escrúpulos ideológicos y que no desea unirse a ese regimiento por la fama que arrastra de ser un nido de fascistas y neonazis. Pero si el objetivo es pelear a toda costa, en el Azov están haciendo hueco a los brigadistas europeos, tal y como nos confirma un miliciano francés, asimismo exveterano de las YBS. En estos momentos, Zerdesk ya está tomando parte en algunas misiones.

El galo no solamente carecía de reparos sino que fue a enrolarse directamente con ellos tan pronto como puso un pie en Ucrania. “Me enrolé a los dos días e inmediatamente me asignaron a una unidad de combate y me proporcionaron todo el equipo militar: el casco, el uniforme, las armas, las municiones y las botas”, asegura el francés. Es un hecho demostrado que el regimiento más cuestionado internacionalmente por las filiaciones ideológicas de una parte de sus miembros es también el mejor pertrechado y, probablemente, uno de los más efectivos en combate.

Ese no es el caso, sin embargo, del resto de la miriada de milicias creadas al calor del conflicto. “Tengo una teoría acerca de lo que está ocurriendo”, dice Francisco Floro. “En primer lugar, hay escasez de armas. Pero, además, yo diría que el Gobierno está preocupado por lo que pueda sucederles a los internacionales. En Rusia, una vida humana cuesta menos de 300 dólares al mes. Sin embargo, Putin se gastó 15 millones de dólares en el ataque al cuartel de los internacionales en Lviv. Terminó matando a poco más de 30 soldados ucranianos, aunque supongo que tenía la esperanza de causar deliberadamente víctimas entre los combatientes extranjeros. No sé si fue una especie de advertencia o pretendían aniquilarnos, pero no me sorprende que el Gobierno de Kiev trate de protegernos. Uno podría pensar que el martirio de europeos podría animar a sus países de origen a implicarse más, pero no es ese el proceder habitual del cobarde Occidente”.

Forjado en la 'guerra de Lituania'

Actualmente, en el frente apenas hay voluntarios internacionales y los pocos que han logrado organizarse por su cuenta para combatir poseen una enorme experiencia militar. Al resto, en el mejor de los casos, se les han asignado tareas menores en la retaguardia, lejos de los combates en los que muchos desean verse envueltos. Salvo unas pocas excepciones como un libio, la aplastante mayoría procede de Occidente, y más especialmente de Estados Unidos y otros países anglosajones. Hay cierta circunstancia que, a juicio del manchego, podría explicar también por qué muchos han sido rechazados. “No pocos de los recién llegados parecen salidos de una película de Torrente. He visto mucha gente mayor. Otros estamos pasaditos de peso. El grueso tiene una experiencia militar dudosa. Hubo un chalado que aseguraba que había estado en la guerra lituana”. Los ucranianos se echaron unas risas a su costa.

"He visto mucha gente mayor. Otros estamos pasaditos de peso. El grueso tiene una experiencia militar dudosa"

El llamamiento internacional a las armas de Zelenski fue inmediatamente replicado por el ministro ruso de Defensa, quien trató de intimidar sin mucho éxito a los voluntarios extranjeros asegurando que no serían tratados como prisioneros de guerra, sino como las peores bestias, al tiempo que sugería que podrían ser ejecutados. A la advertencia de Serguéi Shoigú le siguió el bombardeo del cuartel de adiestramiento de los brigadistas en Lviv que menciona Floro. Todos estos voluntarios sospechan que ambas cuestiones podrían haber modificado la postura inicial de Kiev acerca de la presencia de internacionales en sus filas.

Cualquiera de estos voluntarios apresados podría ser un arma política en las manos de Moscú, además del origen potencial de un conflicto diplomático. Por otro lado, el aparente romanticismo de combatir al invasor del lado correcto de la historia se disuelve en la asimetría de esta guerra. En Rojava, por ejemplo, los internacionales combatían cuerpo a cuerpo contra una legión de islamistas, no solo en parecidas condiciones, sino con la protección que brindaba la aviación estadounidense. Aquí son los rusos quienes tienen la ventaja del aire y de sus mortíferas armas de artillería.

¿De qué modo podrían contribuir estos novatos a mejorar las posibilidades de los ucranianos en el campo de batalla? Kiev sostiene ahora que de ninguna manera relevante, lo que explica que las autoridades militares del Ejército ucraniano recelen de los extranjeros y los manden a la retaguardia. Lo que los kurdos comprendieron astutamente en Rojava es que sí pueden ofrecer otra clase de ventajas: convertirse en embajadores de su causa en sus respectivos países de origen. De momento, la única alternativa de combate para quienes no puedan acreditar una deslumbrante experiencia militar es mendigar un arma en las milicias.

El pasado 4 de marzo, Volodímir Zelenski hizo un llamamiento a voluntarios de todo el mundo a viajar a Ucrania para defender el país de la agresión rusa. La petición fue atendida por un puñado de españoles y varios miles más de occidentales. Tres semanas después, la mayoría siguen dando tumbos por pensiones o tratando a la desesperada de dar con una milicia donde les dejen combatir. Sin arma y sin destino, los novatos están pensando en regresar. La mayoría han sido oficialmente rechazados por carecer de experiencia militar, aunque en opinión de los recién llegados, el verdadero problema es el caos organizativo de los ucranianos. Las historias que cuentan frisan a menudo lo grotesco.

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