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Donde las cigarras son hormigas: dos años de viaje por el extraño mundo del coronavirus
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Viajar no es como antes

Donde las cigarras son hormigas: dos años de viaje por el extraño mundo del coronavirus

Restricciones sin mucho sentido ha habido en todas partes, gente dispuesta a cumplirlas no tanto. Un viaje de Namibia a Finlandia, pasando por Roma y otros aeropuertos pandémicos

Foto: Aeropuerto de Ciudad del Cabo desierto durante la pandemia. (J. B.)
Aeropuerto de Ciudad del Cabo desierto durante la pandemia. (J. B.)

Si hace dos años hubieran anunciado que llegaba una pandemia en la que habría que cumplir ciertos usos o normas sociales y médicas promulgadas por los gobiernos europeos de todo tipo de países y todo tipo de ideologías, posiblemente una gran mayoría hubiera pensado que en esa reserva espiritual de cigarras que es el sur de Europa su cumplimiento sería un desastre o acabaría en procesiones cargando santos, mientras que en el ordenadísimo y responsable hormiguero del norte sería un éxito por la aplicación precisa de leyes y preceptos científicos entre sus ciudadanos. ¿Ha sido así? Parece que no. Las cigarras, entre cantos de balcones y añoranza de comidas con los abuelos los domingos, esta vez parecen haber sido algo más responsables que las hormigas en asumir un compromiso social basado en normas y consejos de los expertos.

Los complejos meridionales y los negacionistas del coronavirus dictan que es que en el sur hay más rebaño incapaz de tener ideas propias, pero esto es retorcer un argumento que valdría entonces para todo tipo de leyes o usos que los ciudadanos, disfrazados de virólogos, jueces o economistas, juzguen adecuado cumplir o no. Este es el relato de un largo viaje por la pandemia a diversos lugares del globo y el encuentro de diferencias sociales palpables.

Foto: Pedro Sánchez y Mark Rutte, primer ministro holandés. (EFE)

Finlandia: el virus en el reino de hielo

“Señores, que sigue habiendo una pandemia ahí fuera. Que la gente se sigue contagiando y muriendo”, grita a inicios de diciembre una turista española en un hotel de Inari, en Laponia, Finlandia, ante la ausencia de mascarillas en algunos clientes. En aquel hotel, entre autobuses e instalaciones, era fácil distinguir dónde estaba el numeroso grupo de españoles e italianos: era el lugar donde el nivel de ruido y de mascarillas era más alto.

Dos días después, el 8 de diciembre, en el aeropuerto de Ivalo (Finlandia), con -31 grados fuera, la escena de la sala de espera es significativa. Hay cinco vuelos que salen para Reino Unido y uno anunciado para Barcelona y otro a Helsinki. Una buena parte de los clientes que vuelan a Helsinki son grupos de españoles e italianos. La totalidad de ellos llevan puestas sus mascarillas. En la parte de los vuelos del Reino Unido, cuyos pasajeros se aglutinan en la parte de control de pasaportes de la pequeñísima y abarrotada terminal, muchos no llevan la mascarilla pese a estar unos pegados a otros. “Jodidos idiotas”, suelta un británico ante la queja de un grupo de pasajeros italianos por el desmadre de gargantas al aire.

placeholder Centro de test de coronavirus en Helsinki. (J.B.)
Centro de test de coronavirus en Helsinki. (J.B.)

En Helsinki nos explicaron sobre el uso de la mascarilla y el pasaporte covid: “La mascarilla en lugares cerrados no es obligatoria, solo recomendada. Da igual si estás o no estás vacunado. El pasaporte covid se lo pedirán en los restaurantes”. Había algunas tiendas, monumentos o restaurantes que exigían a modo individual el uso de la mascarilla, pero, en general, hasta en el tren o centros comerciales había personas que no la usaban. Finlandia tiene una tasa de vacunación con pauta completa del 74% y Reino Unido del 70%, por el 80% de España, el 74% de Italia o el 88% de Portugal.

Detenido y no detenido por no usar mascarilla

El 21 de marzo pasado salía de Roma con dirección a Windhoek, Namibia, tras escala en Adís Abeba, Etiopía. La capital italiana estaba en toque de queda. El aeropuerto de Fiumicino era un erial con la mayoría de tiendas cerradas. Algunas personas eran rechazadas en algún vuelo por no tener la PCR o test de antígenos que requerían en el país de destino o aerolínea. Incluso, hubo una persona a la que expulsaron con multa por falsificar documentos.

Había, además, un caos absoluto entre lo que exigían aerolíneas y países de destino por el total desconocimiento del personal de tierra ante normas que cambiaban en 24 horas, lo que generaba múltiples discusiones. “No puede usted tomar el vuelo. Namibia pide un test de 48 horas”, exclama la azafata. “Disculpe, no es cierto. Namibia pide un test de una semana. Lo he verificado hoy mismo con la Embajada española en Windhoek y la página oficial del Gobierno namibio”. Subir o bajar de un avión dependía de normas desconocidas por los que debían aplicarlas. Tener escala en otro aeropuerto era complicarlo más todo porque no estaba claro si se aplicaban las normas del país a los pasajeros en tránsito que no salieran de la terminal.

Foto: Un vial con la bandera sudafricana de fondo. (Reuters/Dado Ruvic)

Llegar a la realidad de Adís desde el semicierre italiano fue impactante. El aeropuerto etíope era un hervidero de gente con mascarillas a media asta, pero sin cumplir ninguna norma de distanciamiento. Era imposible en todo caso hacerlo. En el autobús hacia el avión, un tipo con pasaporte polaco lleva la mascarilla bajada en la barbilla. Algún pasajero africano le pide que se la suba y el tipo, a gritos, le manda al carajo diciendo que todos son unos imbéciles que creen mentiras como borregos. En el propio avión que va a Namibia, el pasajero nunca se sube la mascarilla y nadie de la aerolínea le pide hacerlo.

La escena se repite casi calcada el 1 de septiembre pasado en un vuelo nocturno entre Tallin (Estonia) y Roma. Un pasajero ruso decide llevar la mascarilla bajada todo el vuelo, que va lleno. Algún pasajero se queja. Varias veces un azafato y una azafata van a pedirle que se la suba. Él hace que se la sube y con cierta chulería se la baja más aún en cuanto se dan la vuelta. Aterrizando en Roma, la azafata le pide que se la suba de nuevo, ante nuevas quejas de pasajeros, y el tipo le dice que no le da la gana. Ella le pide el pasaporte. Él, más envalentonado aún, le replica que no se lo da y ella, con tono firme, le dice: “No se preocupe, se lo va a dar usted a la policía”. Al aterrizar, el avión espera 15 minutos en pista hasta que se ve aparecer un coche patrulla. Suben dos agentes que se llevan al envalentonado ruso con la mascarilla, ahora sí, bien puesta.

Aeropuertos sin sentido

El 6 de abril, unos amigos españoles con los que compartíamos viaje de trabajo regresaban de Namibia a Madrid, vía Fráncfort, y se quedaron en tierra en Windhoek porque el Gobierno alemán exigió de un día para otro que el test tuviera 48 horas y no 72 horas como antes. Era festivo, era imposible hacerse un test en determinadas zonas rurales… Esas medidas generales precipitadas se han llevado por delante muchos viajes en la pandemia. “Se endurecen las normas sin que nadie entienda la razón”, les explicaron en el aeropuerto.

Unas semanas después, estando en Ciudad del Cabo, Sudáfrica, el Gobierno italiano decidió que ya no valía con el test de antígenos 24 horas antes y exigía una PCR. En 36 horas salía el vuelo de regreso a Roma. ¿Resultado? Gastar una buena cantidad de tiempo y dinero en un test de resultado exprés que al final resultó inútil.

No pasé un solo control de ni uno de los documentos sanitarios requeridos ni en Ciudad del Cabo, ni en Adís Abeba, ni en Roma. En Fiumicino, ni siquiera en el control de pasaportes exigieron a nadie que enseñara la PCR o test. Tampoco tomaron el nombre de nadie ni indicaron que debíamos hacer la cuarentena que era obligatoria. Y tampoco nadie se puso en contacto conmigo durante la cuarentena o vigiló un cumplimiento que fue voluntario.

Foto: Aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. (Reuters)

“En Corea, al llegar, nos llevaron a un hotel y tuvo que hacer cuarentena conmigo hasta el familiar que vino a recogerme. Nos dejaban cada día la comida en la puerta de la habitación”, nos contaba Sue, una coreana que vive en Berlín de visita a Roma en septiembre de 2020. Toda imagen e idea de un viajero sobre esta pandemia depende de con quién o con dónde se compare.

En algunos aeropuertos, en general, había mucho empeño para impedir usar dos urinarios pegados o sentarse cerca en las salas de espera, pero luego dejaban 20 minutos apelotonados a todos los pasajeros en la pasarela de entrada y horas de vuelo con una distancia de seguridad de 20 centímetros con alguien que roncaba o masticaba a tu lado con la mascarilla por el bigote. Quizá no se podía hacer de otra forma, desde luego, regular una pandemia no es fácil, pero la confusión e incomodidad entre algunas medidas que eran puro maquillaje han generado muchos problemas viajando. Ante eso, ha habido todo tipo de respuestas: en un vuelo a Grecia, el tipo que se sentó a mi lado me explicaba que su truco para evitar llevar la mascarilla era pedir bebidas todo el rato. Se han hecho cosas peores.

Falsos test

El mayor miedo de viajar, la mayor preocupación de los viajeros, ha sido que un cambio de normas o un positivo te dejaran en tierra. Ahora, al menos en Europa (y ni siquiera, ya que algunos países han empezado a exigir test adicionales), hay un sistema de pasaporte covid digital que se lee con código de barras, pero, en los viajes fuera de Europa de hace unos meses, lo que presentabas era un papel impreso que te daban tras hacerte la prueba y que en inglés y el idioma del país de origen decía que eras negativo. La realidad es que ese papel era fácilmente falsificable y casi imposible de cotejar. Al llegar a Windhoek, presenté el test hecho en una farmacia italiana, que es básicamente un documento que podía haber escrito yo mismo sin que nadie hubiera entendido nada. ¿Cómo hacía, sin un lector digital, un guarda de frontera para cotejar en cinco minutos los test de 200 viajeros llegados de todo el mundo?

En Namibia, me reuní con dos periodistas españoles, Daniel y Vinsen, que terminaban de grabar el espectacular documental 'Atlántico' que ha emitido TVE. Habían cruzado muchas fronteras africanas durante la pandemia y me contaron que en muchas les ofrecieron la oportunidad de presentar test falsos. No hacerlo casi les costó perder algún vuelo. “Yo no tenía forma de hacerme el test a tiempo sin perder el avión y para salir de Namibia usamos un test de otra persona que modificamos con Photoshop”, me comentó un empresario europeo. “Es bastante común hacerlo, pero en países como Sudáfrica y Namibia están empezando a meter códigos de lectura digital”, me especificó.

Foto: Una mujer camina frente a un mural sobre la pandemia en Sudáfrica. (EFE/Kim Ludbrook)

En las conversaciones con otros viajeros estos meses, entendí que el miedo era a un positivo en el test y la incomodidad de la cuarentena en un lugar extraño. “Entre los clientes hay más miedo a irse a un lugar remoto y no poder volver que al hecho de enfermar”, me explicaba Marco, el dueño de la agencia de viajes Kaminari de Roma.
“Llevamos semanas sin poder cruzar a Angola. Esto es ridículo, ¿qué virus va a haber en este desierto?”, comentaba un desesperado camionero angoleño varado en la fronteriza región de Kunene. En Namibia, los himbas nos enseñaban mascarillas llenas de polvo que sacaban bajo las pieles de vaca. Era un trozo de tela desgastado que sanitariamente no servía de nada, pero dejaba al portador ponérselo y entrar donde le exigieran llevarlo. “Nosotros no sabíamos nada de esta enfermedad y nos da miedo que ustedes los blancos la traigan aquí”, nos dijo un himba en las cataratas Epupa. Otro guía herere allí mismo, sin embargo, estaba desesperado por la falta de turistas: “Sin turismo no podemos sobrevivir. Estamos arruinados”. Viajar o no viajar era afrontar también estas dos realidades: virus vs. pobreza.

placeholder Himbas en Opuwo, Namibia. (J. B.)
Himbas en Opuwo, Namibia. (J. B.)

Propaganda rusa y el covid

Tras viajar 12 días entre Lituania, Letonia y Estonia en coche, tomamos un Uber que nos llevara al aeropuerto de Tallin para regresar a Roma. El conductor apareció sin mascarilla y nos indicó al ver a los tres pasajeros que sí la llevábamos que podíamos quitárnosla. Le molestó cuando le dijimos que estábamos bien así y zarandeaba la cabeza con gesto de desaprobación.

Era el inicio de septiembre. El verano había hecho del covid-19 un tema algo olvidado en toda Europa. La única conversación sobre la pandemia fue sobre la propaganda rusa antivacuna. Era una nueva forma de manipulación del régimen de Moscú y su ejército web. “Recientemente, una de las divisiones sociales reside en los segmentos de la sociedad a favor y en contra de la vacunación, que están siendo hábilmente manipulados”, nos explicó la catedrática de relaciones internacionales lituana Margarita Seselgyte.

Entendimos que era problemático imponer ciertas normas porque, fuera por la propaganda rusa o no, el nivel de vacunación en los tres países era bajo. Hoy, Letonia y Lituania tienen un 64% de población vacunados con pauta completa y Estonia un 60%.

Foto: Médicos tratan a un paciente de coronavirus en un hospital de Riga, Letonia. (Reuters)

La misma sensación tuvimos el pasado noviembre en Budapest. Hungría volvía a afrontar una dura subida de contagios. “Aquí todo el mundo pasa del coronavirus. La gente no cree en la vacuna. Los sitios están llenos, se producen reuniones multitudinarias y ni hay distanciamiento ni medidas de precaución. La gente tiene aún esa mentalidad de la vieja época de acatar las normas, pero los mensajes de las autoridades han sido contradictorios”, nos explica Silvia, una amiga italiana que lleva más de dos años viviendo en Budapest. “Ahora empieza a haber un problema de saturación de hospitales. Traen también a pacientes rumanos porque allí los ingresos se han disparado y les faltan camas”.

Lo de Rumanía lo confirma Ionut, un fontanero rumano que vive en Roma que me contaba hace unos días: “Yo me he vacunado en mi país. Allí la gente es estúpida y no se vacuna. No tienes que reservar y es instantáneo. Vas al lugar de vacunación y te la ponen al momento porque no hay nadie que las use. Aquí en Italia me daban cita en varias semanas porque la gente está más informada y es más responsable”.

Hungría tiene ahora un 60% de vacunados con dos dosis y Rumanía un 39%. En las fechas de nuestro viaje a Budapest, noviembre, en Rumanía morían cerca de 500 personas al día y en Hungría se está empeorando hoy las cifras de fallecidos de 2020. Entonces, el 12 de diciembre, con restricciones, murieron por covid 162 personas por las 187 de la misma fecha de este año en que todo está abierto. “Bares, restaurantes, clubes y gimnasios están abarrotados hoy en Budapest. Sube la cifra de muertos y a nadie le importa. Muchos siguen sin vacunarse”, concluye Silvia.

Si hace dos años hubieran anunciado que llegaba una pandemia en la que habría que cumplir ciertos usos o normas sociales y médicas promulgadas por los gobiernos europeos de todo tipo de países y todo tipo de ideologías, posiblemente una gran mayoría hubiera pensado que en esa reserva espiritual de cigarras que es el sur de Europa su cumplimiento sería un desastre o acabaría en procesiones cargando santos, mientras que en el ordenadísimo y responsable hormiguero del norte sería un éxito por la aplicación precisa de leyes y preceptos científicos entre sus ciudadanos. ¿Ha sido así? Parece que no. Las cigarras, entre cantos de balcones y añoranza de comidas con los abuelos los domingos, esta vez parecen haber sido algo más responsables que las hormigas en asumir un compromiso social basado en normas y consejos de los expertos.

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