cómo deshacerse del turista 'low cost'

Prohibir Airbnb es solo el inicio: Ámsterdam ya no quiere ser un parque de atracciones

Los residentes de Ámsterdam quieren aprovechar la pandemia para erradicar la imagen de que su ciudad es un parque de atracciones donde abundan el sexo, las drogas y el alcohol

Foto: Turistas con mascarillas en Ámsterdam. (Reuters)
Turistas con mascarillas en Ámsterdam. (Reuters)

Pasear por el centro histórico de Ámsterdam durante los peores meses de la pandemia era perderse por una ciudad fantasma. Lo sorprendente es que la ciudad ni siquiera estaba confinada. El coronavirus evidenció que los holandeses no se atreven a vivir en el centro de Ámsterdam, la mayoría de las viviendas son pisos turísticos y el gentío habitual son visitantes extranjeros. Ahora, el municipio quiere que la pandemia suponga un punto y aparte en el turismo masivo. Prohibir los Airbnb en tres distritos céntricos es solo el comienzo de un ambicioso plan para reestructura el área: menos 'souvenirs', menos juerga y menos prostitución.

La capital holandesa, donde el 10% de los empleos —unas 70.000 personas— depende directamente del sector turístico, recibe alrededor de 55.000 visitantes diarios. Desde mediados de marzo, la industria turística ha informado de pérdidas de hasta el 90%, la tasa de ocupación hotelera se ha reducido del 81% en marzo de 2019 a un 41,2% en el mismo mes de 2020. El municipio calcula que los ingresos por impuestos turísticos se reducirán en 98 millones de euros este año por la desaparición del turismo masivo. Un escenario sin visitantes es inviable para la capital de los holandeses, por lo que el plan pasa por la convivencia entre turistas y vecinos. Para eso hay que reducir a los primeros y repoblar con los segundos, un debate que se se repite en otros centros turísticos europeos, de Praga a Venecia o Barcelona.

“Para Ámsterdam, una ciudad densamente poblada, con espacio muy limitado en su centro histórico y un gran atractivo para los turistas, la recuperación es una tarea compleja. Es un equilibrio muy frágil”, escribió recientemente en una carta al Gobierno de La Haya el concejal de Finanzas, Víctor Everhardt. La pandemia ha creado el escenario para empezar a trabajar en planes, continuar con los que quedaron colgados en marzo y poner orden para recuperar la esencia de la ciudad.

La alcaldesa, Femke Halsema, ha advertido de que la ciudad será “extremadamente cautelosa” con la vuelta del turismo. Ha pedido al Gobierno central herramientas preventivas, como una especie de “poderes de emergencia”, para poder cerrar alojamientos y locales y limitar la capacidad de la hostelería con el objetivo de detener el flujo de visitantes en un momento dado si es necesario. “La medida más importante que hemos pedido al Gobierno es la posibilidad de limitar la disponibilidad de alojamientos durante la noche (como alquileres de vacaciones, 'bed and breakfast', hostales y hoteles) a través de poderes de emergencia del covid-19 si la salud pública está en peligro", añadió Everhardt.

El ayuntamiento ya cobra unos tres euros por persona y noche en impuesto turístico, uno de los más altos de Europa, a los que hay que sumar un 7% por habitación en impuesto hotelero u ocho euros por persona a los pasajeros de cruceros. Ha prohibido las visitas guiadas por el Barrio Rojo, ha dejado de dar licencias a nuevas tiendas que únicamente vendan 'souvenirs', semillas de tulipanes, gofres y queso envasado, puesto que ignoran a los residentes. A partir hoy, quedan totalmente prohibidos los alquileres vacacionales —incluidos los Airbnb— en tres distritos del centro histórico de la capital, lo que incluye el barrio de la prostitución. En los 96 distritos restantes, solo se podrá alquilar a turistas durante 30 días al año y con una autorización previa del ayuntamiento, por la que hay que pagar 45 euros. La violación de la norma conlleva una multa de 20.750 euros, al considerarse "hotel ilegal" alquilar la vivienda sin permiso oficial.

Los planes de la alcaldía incluyen planes “estrictos y de largo alcance”. De momento, empezará por utilizar los recursos existentes para, por ejemplo, comprar propiedades dentro de la ciudad, con ayuda de organizaciones inmobiliarias que buscan mejorar la capital. Como dueño de estos edificios, el ayuntamiento podrá decidir qué negocios los ocupan. También busca cambiar las leyes para reducir la venta de alcohol en los 24 Horas, que acabaron convirtiéndose en la práctica en auténticas licorerías. Halsema plantea que las tiendas, bares y restaurantes atiendan principalmente a la población local, permitiendo que el turismo y sus consecuencias ya no dominen el paisaje urbano. Junto a las normas, también están las campañas, como la de la junta de turismo holandesa NBTC, que promueve el turismo fuera de Ámsterdam e insta a los turistas a acudir a otras partes de Países Bajos.

Los vecinos lo tienen claro: limitar el turismo

A los residentes de la capital les preocupa la popularidad su ciudad entre los extranjeros. Su día a día antes del coronavirus era misión imposible, lo que hizo que muchos se fueran a la periferia, en busca de tranquilidad, calles limpias, espacios para pasear sin chocarse con turistas o carriles bici vacíos cuando van camino a la oficina. Por eso, han iniciado una petición popular al ayuntamiento para aprovechar la pandemia y limitar el turismo que ya supera las 30.000 firmas. “La presión turística era inmensa, el equilibrio entre la vida, el trabajo y el entretenimiento se había visto seriamente interrumpido durante años. De repente, los residentes vuelven a la calle, toman una taza de café en la acera e incluso se han visto los primeros macizos de flores en el Barrio Rojo. En realidad, es lamentable que estas escenas normales de un vecindario se vean hoy como algo extraño”, explicaron los vecinos.

Para ellos, la situación anterior al coronavirus es “insostenible a largo plazo” y Ámsterdam solo tiene dos opciones: “Volver a la situación en la que el centro de la ciudad es principalmente de los turistas, o centrarse en una ciudad con una economía diversa de barrio, donde los residentes sean el centro y los turistas visiten una ciudad animada, y no un parque de atracciones”. Para ellos, solo una combinación entre el turismo y la habitabilidad de la ciudad restaurará el equilibrio, haciendo que los residentes se sientan en casa, el turista sea bienvenido, haya diversidad de tiendas y el centro sea un lugar de encuentro para todos.

Turistas en Ámsterdam. (Reuters)
Turistas en Ámsterdam. (Reuters)

Everhardt tiene una opinión similar. Subrayó la necesidad de una recuperación económica urgente, pero recordó que no hay que dejar de lado los planes previos a la pandemia. “Limitar el flujo de visitantes a la ciudad y dar a los residentes de Ámsterdam espacio para hacer uso de sus instalaciones. Sabemos que es una medida drástica, pero queremos evitar que la ciudad vuelva a un confinamiento y también proteger nuestra frágil recuperación económica” en caso de una segunda ola de coronavirus. La ciudad recibió en 2019 un total de 19 millones de viajeros, una cifra que se esperaba que aumentase en un 50% para 2030, un 4% solo este año, lo que está por ver, dadas las limitaciones que provoca la pandemia. Los turistas suponen más de 6.000 millones de euros en ingresos para la ciudad.

La idea vecinal es limitar el turismo a 12 millones de personas al año en los próximos cinco años, la misma cifra de pernoctaciones registrada en 2014, cuando el turismo era aún manejable. Para alcanzar este objetivo, exigen una prohibición parcial o total del alquiler vacacional, una paralización de las licencias para nuevos hoteles o habitaciones en hoteles existentes, reasignar espacios en edificios para temas con valor añadido para los residentes de Ámsterdam y subir el impuesto turístico cada seis meses. Los vecinos están dispuestos a convivir con los turistas, con todos menos aquellos que solo acuden a la ciudad de fiesta, para visitar el Barrio Rojo o fumar en los 'coffeeshops', dos cuestiones que, dicen, convierten la ciudad en un parque de atracciones.

Una solución urgente para el Barrio Rojo

Una de las principales propuestas de los residentes es el rediseño del Barrio Rojo. La alcaldesa, Halsema, sugirió primero medidas estrictas para promover un ambiente laboral más “respetuoso” con las trabajadoras sexuales, lo que incluyó una prohibición de las visitas guiadas o fotografiar a las prostitutas, pero dado el efecto en la realidad, después planteó cerrar el Barrio Rojo actual y trasladarlo lejos del centro histórico de la ciudad. Esto supondría la compra de los edificios ahora dedicados a la prostitución y controlar los permisos para evitar que estos espacios se llenen de locales turísticos, minisupermercados o restaurantes de comida rápida.

Las trabajadoras sexuales podrán seguir ejerciendo en una especie de 'hotel-burdel' o centro erótico en algún punto de Ámsterdam, lo que aliviaría el centro de la ciudad y mantendría el trabajo de las prostitutas en un lugar legal, vigilado y seguro. Ese lugar alternativo al que trasladarlas es otro tema de debate, puesto que sea donde sea debe generar pocas molestias a los locales, permitir la lucha contra la trata y mantener la protección de las trabajadoras sexuales. Eso significa que los clientes podrían pasear por ventanales interiores o estar con mujeres con las que han quedado por internet. El 'hotel-burdel' ofrecería otros servicios adicionales: un teatro donde se ofrezcan espectáculos sensuales, un salón de belleza y de bronceado e, incluso, una cafetería. Sería una parada 'erótica' controlada que atraería a los turistas que ahora acuden al Barrio Rojo. Esta alternativa tendría que acomodar al menos un centenar de lugares de trabajo y estar accesible en transporte público.

Todavía no queda claro qué opción tomará la alcaldesa, puesto que alternativas no le sobran. Muchas de las prostitutas han optado por sumarse a agencias de 'escort' o a la prostitución 'online'. De hecho, esto ha supuesto pérdidas a los operadores de los ventanales de la prostitución, que han subido sus precios y han endeudado a muchas de las mujeres que aún optan por ejercer en el Barrio Rojo. Al mismo tiempo, y a pesar de que las trabajadoras sexuales habían denunciado que el turismo masivo les espanta la clientela, una nueva encuesta del sindicato Red Light United muestra que ahora quieren más ventanales y más turismo porque dos tercios de sus clientes son turistas. Los residentes de Ámsterdam solo representan el 8%, un dato que cae al 4% durante los fines de semana.

Una encuesta del municipio reflejaba otro panorama en 2014: el 28% de los clientes eran ciudadanos de Ámsterdam, la mitad venían de otras ciudades de Países Bajos, y solo el porcentaje restante eran turistas extranjeros. Desde entonces, el turismo ha cambiado el negocio. El propio Barrio Rojo se compone principalmente de mujeres procedentes de Europa del Este. Cerrar todos los ventanales de la prostitución supondría un importante desembolso para el ayuntamiento en la compra de bienes inmuebles, por eso los socialistas prefieren cerrar gradualmente los ventanales, a la par que se mejora la calidad de vida de los residentes. Los progresistas defienden los derechos de las trabajadoras sexuales y quieren que se habiliten más lugares de trabajo 'autorizados'. Los liberales querrían convertir De Wallen, nombre del barrio en neerlandés y una de las zonas más auténticas y antiguas de Ámsterdam, en una zona residencial alejada de la prostitución y el turismo masivo.

'Coffeeshops', solo para residentes

La petición popular también tiene en cuenta el atractivo de los 'coffeeshops'. Los vecinos piden introducir en toda la ciudad los conocidas como 'wietpas' (pases de cannabis), un sistema destinado a restringir las ventas de droga en Países Bajos y que busca convertir estos locales en clubes privados con un máximo de 2.000 miembros residentes en el país. Un tercio de los 'coffeeshops' del país están en Ámsterdam, por lo que estos locales suponen una importante actividad económica, en especial en ingresos turísticos. Los 'wietpas' no están muy extendidos por el país. Propuesta en 2012, el primer Gobierno de coalición de Mark Rutte abandonó la idea, en especial dada la resistencia de los propietarios. Los municipios aún mantienen el control de la política de los 'coffeeshops' y deciden el número de locales permitidos.

El Barrio Rojo de Ámsterdam, en plena pandemia. (EFE)
El Barrio Rojo de Ámsterdam, en plena pandemia. (EFE)

Los residentes de Ámsterdam quieren, por tanto, medidas radicales que supongan una prohibición de venta de estupefacientes a los turistas extranjeros, una medida que ya se da en algunas provincias del sur de Países Bajos. Una investigación encargada por el municipio muestra que los turistas más jóvenes ven en los 'coffeeshops', la prostitución y los vuelos económicos su principal motivación para visitar Ámsterdam. El estudio, que se dirigió a 1.160 turistas extranjeros de entre 18 y 35 años, evidencia que dos tercios dejarían de venir con tanta frecuencia a la ciudad si tuvieran que pagar para entrar al Barrio Rojo, o si se les impidiera el acceso a los 'coffeeshops'. Además, estos últimos son la principal razón de viaje a Ámsterdam de un 42% de los británicos. Aunque en principio la alcaldía no tiene intención de prohibir a los extranjeros entrar en estos locales, sí está investigando políticas para hacer “menos atractiva” la compra de cannabis en Ámsterdam.

Los vecinos y el ayuntamiento distinguen entre los turistas de calidad, que acuden en busca de arte y cultura, y los turistas 'low cost', que organizan un fin de semana de fiesta para consumir drogas y acosar a las trabajadoras sexuales. Este último es el grupo al que todos quieren alejar de la capital holandesa para erradicar la imagen de que Ámsterdam es un parque de atracciones, donde abundan el sexo, las drogas y el alcohol.

Para eso, no vale con cerrar un 24 Horas, ni la tienda de gofres con Nutella, o impedir visitas guiadas al Barrio Rojo. El ayuntamiento tiene claro que debe limitar también los vuelos de las aerolíneas baratas, lo que también está en la agenda de la alcaldesa. De momento, la propuesta de los vecinos tendrá que ser considerada por el ayuntamiento. Si no se toman decisiones concretas, los vecinos procederán a organizar un referéndum, porque su petición ha logrado más de 27.000 firmas, el mínimo requerido para un plebiscito.

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