ÁMSTERDAM RECUPERA EL CONTROL

Se acabó la fiesta en el Barrio Rojo: “Ir a ver a las prostitutas no es de este siglo”

Los turistas acosan, insultan y asustan a las prostitutas, vistas como una atracción. El Ayuntamiento reconoce que son un importante atractivo turístico pero la fiesta se ha acabado

Foto: Varias personas ante la habitación de una prostituta, en el Barrio Rojo de Ámsterdam. (Reuters)
Varias personas ante la habitación de una prostituta, en el Barrio Rojo de Ámsterdam. (Reuters)

La primera parada de los turistas que vienen a Ámsterdam, nada más salir de la Estación Central de la capital holandesa llegados desde el Aeropuerto de Schiphol, es generalmente el Barrio Rojo. Incluso antes de dejar la maleta en el hotel, hay quien marcha arrastrando su equipaje para ver a trabajadoras sexuales en ropas menores, convertidas en una atracción turística más de la ciudad.

La zona, conocida en neerlandés como De Wallen, está de camino al área realmente destinada a los turistas, la plaza Dam, el Museo Van Gogh o el Rijksmuseum. Sin embargo, el distrito de luces y cortinas rojas se ha convertido en un ir y venir de curiosos, que no consumen pero sacan fotos, miran, se ríen, molestan o incluso se burlan y asustan a las mujeres. “Que los turistas acudan en masa a ver a las prostitutas ya no es de este siglo”, en palabras del concejal progresista Udo Kock.

Ellas lo han reclamado muchas veces. “No somos monos de feria”, escriben en sus pancartas cada vez que tiene oportunidad de manifestarse para reclamar un reconocimiento de sus derechos como trabajadoras autónomas. Aunque todavía tengan problemas para conseguir el seguro médico, abrirse una cuenta del banco o llevar una vida normal, a causa de los estigmas que rodean su profesión, el Ayuntamiento de Ámsterdam ha reaccionado por fin a una de sus reclamaciones: se acabaron las visitas guiadas por el Barrio Rojo.

A De Wallen se acude solo, sin sacar fotografías a las mujeres detrás del escaparate (un tema prohibido pero que los turistas se saltan con frecuencia) y respetando su trabajo, advierte el municipio. Aunque la causa mayor que llevó al Ayuntamiento a tomar esta decisión es el turismo masivo que arrasa con la tranquilidad de la ciudad al completo, el efecto de sus medidas aliviará especialmente la presión en la zona de la prostitución. En 2018, más de 19 millones de turistas visitaron Ámsterdam, una ciudad con una población de 850.000 habitantes.

La excursiones al resto del centro de la capital también se limitan: el tamaño de las visitas guiadas se establece en un máximo de 15 personas y solo podrán llevarse a cabo hasta las 19.00 horas. Los paseos con cerveza en mano también han terminado. Todo esto entra en vigor entre el 1 de abril y el 1 de enero. En la Oudekerksplein, en el corazón de De Wallen, se reúne una media de 1.014 grupos por semana, lo que en los momentos más cruciales, supone hasta 30 grupos por hora de unas 20 personas: imposible circular por la zona. Las molestias, el desorden, la suciedad causada por estos grupos son la razón para las nuevas medidas.

Dar un paseo por el centro de la ciudad ya es misión imposible. Los residentes -que se mueven en bicicleta para ir a sus trabajos, acercar a sus hijos a las escuelas, o llegar a la estación de tren-, están en un estado de irritación evidente. Sortear a las masas sin atropellar a los turistas que circulan a pie por el carril bici, o incluso en bicicleta por la vía contraria, hace más desagradable el día a día de los holandeses.

“Yo me doy cuenta de cómo voy enfadado por el centro con los turistas, lo reconozco pero estoy harto. No es que no quiera turismo en Ámsterdam, soy consciente de que es importante para la ciudad, pero la situación actual es contraproducente. Cuestan más de lo que invierten y hacen imposible nuestra vida diaria. Ya no hay espacio para la gente local y Ámsterdam ha perdido su esencia holandesa. La gente viene a emborracharse, a consumir drogas, a ensuciarlo todo, no es ese tipo de turismo que queremos. Además, con ese comportamiento, no dejan lugar a los lugareños a disfrutar de su ciudad”, explica a El Confidencial un trabajador del Rijksmuseum, que prefiere mantenerse en el anonimato.

Lleva 35 años viviendo en Ámsterdam y ya no reconoce la ciudad en la que creció. Sumado a las obras en la zona centro, el barullo es un “sinvivir”, lamenta.

Una trabajadora sexual posa para una fotografía en Alkmaar, a 40 kilómetros de Ámsterdam. (Reuters)
Una trabajadora sexual posa para una fotografía en Alkmaar, a 40 kilómetros de Ámsterdam. (Reuters)

El año pasado ya se habían impuesto algunas restricciones, menos radicales, a las visitas guiadas por el Barrio Rojo. Los guías deben contar con una licencia oficial para hacer las excursiones, pero en el último año se han concedido 1.600 licencias. Los recorridos solo pueden organizarse en grupos de veinte y hasta las 23.00 horas, cuatro horas más que el límite que entrará en vigor el próximo mes. Los grupos no podrán detenerse en los puntos concurridos, como los puentes donde se hacen la habitual foto de postal holandesa, ni tampoco en las tiendas para adquirir algún suovenir.

“Prohibimos las visitas guiadas para evitar el hacinamiento en el distrito y porque no es respetuoso con las trabajadoras sexuales"

Eso se aplica ahora a la zona De Wallen, pero a partir de enero se amplía y refuerza en toda la zona centro. Los turistas que prefieran participar en las visitas guiadas tendrán que pagar “una tasa de entretenimiento”, impuesto que también se aplicará a los autobuses turísticos. La idea es hacer más complicado y más caro visitar las zonas más concurridos, en un intento más de disuadir a los turistas para que conozcan otras ciudades del país, como Utrecht, Leiden, Rotterdam, Maastricht o Groninga, en el norte del país.

“Estas medidas han funcionado bien pero siguen siendo insuficientes. Dos tercios de los residentes del Barrio Rojo todavía experimentan molestias provocadas por los turistas”, asegura Kock, sobre las medidas aplicadas el año pasado. En 2017, un 83% de los residentes de la zona de la prostitución denunciaba problemas para dormir por el ruido, suciedad en la zona, y molestias por parte de los turistas. “La ciudad se convierte en una jungla urbana por la noche”, advirtió, en unas polémicas palabras, el defensor del pueblo de Ámsterdam, Arre Zuurmond.

Cuatro de cada cinco prostitutas dicen que la presencia de visitas guiadas está afectando su negocio porque espanta a los clientes que no quiere ser vistos entrar a sus habitaciones. Esto, sumado a que muchos clientes encuentran a las prostitutas a través de internet, y contratan sus servicios en su casa o en un hotel, está provocando que los ventanales estén vacíos durante todo el día. La nueva situación ha puesto sobre la mesa la posibilidad de trasladar el Barrio Rojo a una nueva ubicación, alejada del centro de la ciudad.

La alcaldesa de Ámsterdam, Femke Halsema, asegura que “no hay ningún tabú” a la hora de trabajar para hacer que la zona, la más antigua de la ciudad, sea más habitable. “Como ubicación alternativa se me ocurre una especie de hotel con muchas habitaciones, todas con alarma, una caja fuerte para el dinero y cámaras de seguridad. Que sea lo más segura y atractiva posible para las propias trabajadoras sexuales”, propuso Halsema, de la izquierda verde Groenlinks. La idea es que las prostitutas puedan trabajar “lejos de las cámaras de los turistas” y que al sacar la prostitución de De Wallen, se logre aliviar el centro de la ciudad del turismo, según el concejal progresista (D66) Alexander Hammelburg. El Ayuntamiento reconoce que la prostitución es un importante atractivo turístico de la ciudad pero se preguntan si los holandeses quieren que esa sea la razón por la que los visitantes conozcan Ámsterdam.

“Las circunstancias en las que las mujeres tienen que hacer su trabajo han empeorado”, reconoce Halsema. “Prohibimos las visitas guiadas que llevan a los turistas delante de las ventanas de las trabajadoras sexuales, no solo porque queremos evitar el hacinamiento en el distrito de luz roja, sino también porque no es respetuoso con las trabajadoras sexuales", añade Kock, vicealcalde de Ámsterdam. De Wallen es un problema, pero también hay otros. El siguiente paso está en controlar los vuelos y los alojamiento asequibles (como los abusos de los alquileres a través de Airbnb), que han convertido Ámsterdam en un destino de ensueño para muchos jóvenes, que organizan viajes de bajo coste, de fin de semana y de despedidas de soltero, en las que el alcohol, las drogas y las visitas al Barrio Rojo son citas imprescindibles. Una reputación ganada por Ámsterdam pero rechazada por sus residentes, y que ahora la alcaldía intenta arreglar a base de leyes.

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