INICIO DE LA PRESIDENCIA ALEMANA

Berlín tiene un reto los próximos meses: no confundir Europa con Alemania

Este 1 de julio, se estrena la presidencia alemana del Consejo de la UE, la última vez de la canciller Merkel. Berlín tiene un enorme reto: no confundir los intereses alemanes con los europeos

Foto: Angela Merkel, canciller alemana, durante una conferencia en 2019. (EFE)
Angela Merkel, canciller alemana, durante una conferencia en 2019. (EFE)

La fecha del 1 de julio estaba marcada en todos los calendarios de Bruselas desde hace mucho tiempo. Es el día en que Alemania, por última vez en la era Merkel, asume las riendas de la presidencia rotatoria del Consejo de la UE. Desde hace años, en las salas de reuniones de los hoteles de la capital comunitaria y en prácticamente todos los restaurantes de la ‘burbuja europea’ se ha hablado con esperanza de la segunda mitad de 2020. Cuando Alemania, por fin, adoptaría una agenda revolucionaria para resarcirse de lo que se ha visto como una falta total de liderazgo y ambición durante los últimos años.

El calendario de la presidencia está claro: hay que negociar un fondo de recuperación tras el covid-19 y hay que lograr cerrar el futuro marco financiero plurianual. Algunas personas esperan grandes cambios por parte de Berlín que generan cierta preocupación entre los diplomáticos, porque no está entre sus planes de los próximos seis meses.

El reto real para Alemania durante esta presidencia será algo menos comentado pero mucho más relevante y con un enorme impacto a largo plazo: Berlín tiene que conseguir, en los próximos seis meses, dejar de confundir Europa con Alemania. Dejar de confundir los intereses europeos con los alemanes es la única manera de que se pueda esperar un verdadero liderazgo por parte de Berlín.

Ese problema, confundir Alemania con Europa, ha hecho que la UE sea deficiente en dos elementos cruciales: solidaridad y soberanía. Dos palabras que se han escuchado mucho en los últimos días y que serán los ejes centrales de la presidencia. Son las dos claves que pueden cristalizar en lo que muchos esperan: que en algún momento se haga realidad el liderazgo europeo en Alemania y no tanto el liderazgo alemán en Europa.

La canciller alemana, durante una rueda de prensa. (EFE)
La canciller alemana, durante una rueda de prensa. (EFE)

ADN alemán

Lejos de que esto, la confusión entre Europa y Alemania, sea producto de un pensamiento malvado por parte de las élites alemanas, en realidad es una consecuencia normal de la cultura política de un país que escapa de los esquemas que se pueden ver en el resto de Europa y el mundo. Hay una idea repetida en numerosas ocasiones cuando se habla del alma política de Alemania que ayuda a entender este enfoque: “Estamos orgullosos de no estar orgullosos”.

Y es que, como escribió el profesor Stefen Auer en un artículo de 2018 para la revista 'Government and Opposition', de la Universidad de Cambridge, ciertos elementos que están en el ADN de la política alemana, que siempre rehúye el conflicto y busca el consenso como valor político supremo, al mismo tiempo que vive siempre consciente de su responsabilidad histórica derivada de su papel durante el siglo XX, hacen que el proyecto europeo esté en el corazón de su idea como país. Son unas características muy particulares que solo se dan en una Alemania que rechaza algunos conceptos e ideas comunes en el resto de países.

“La preferencia de Alemania por la política de anticonflicto genera una inquietud sobre la propia noción de poder y su vehículo tradicional, la soberanía nacional. Eso ayuda a explicar el compromiso ejemplar de Alemania con la integración europea”, escribe Auer en su documento. Pero ese compromiso se vertebra en una idea errónea y que ha estado en la médula de Berlín: Europa es, en cierto modo, una continuación de Alemania, un paso más allá en la ambición posnacional que ha acompañado al país después de la Segunda Guerra Mundial y que alcanzó su pico durante la unificación.

Esa confusión es la que ha llevado a un liderazgo deficiente y en ocasiones dañino por parte de Alemania, que una vez tras otra se ha consagrado a un lema: “Lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”. Pero la realidad es totalmente distinta, como ha quedado demostrado en numerosas ocasiones durante los últimos años, especialmente durante la gestión de la crisis de la eurozona. La confusión ha generado una falta de solidaridad por la incapacidad manifiesta a la hora de comprender e integrar las prioridades, necesidades y urgencias de los demás.

Bandera alemana junto a la de la Unión Europea. (Reuters)
Bandera alemana junto a la de la Unión Europea. (Reuters)

Hacia el liderazgo y la solidaridad

Sin embargo, ha pasado algo en los últimos meses. La crisis del coronavirus, que ha generado un 'shock' económico sin precedentes para la Unión Europea desde la Segunda Guerra Mundial, ha hecho que Merkel vea el precipicio. Y esa frase tan utilizada, “lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”, por fin se está dando la vuelta: “Lo que es bueno para Europa es bueno para Alemania”. Y ahí sí que puede haber liderazgo.

Durante los últimos tres años, Emmanuel Macron, presidente galo, ha intentado, en vano, que la canciller alemana se involucrara en su idea para renovar Europa. A veces, Berlín ha ofrecido a París su mano, pero solo para ahogar con ella cualquier ambición, como se vio con la idea de un instrumento presupuestario para la eurozona.

Pero el covid-19 ha hecho que toda la UE se tambalee, primero a nivel económico, con un enorme riesgo de aumentar la ya existente divergencia entre norte y sur, que todavía es un escenario realista, y a nivel social, con una fractura norte-sur por la ausencia de solidaridad en los primeros momentos.

A mediados de mayo, Macron y Merkel presentaron un plan revolucionario: emitir medio billón de euros en deuda conjunta para financiar un plan de recuperación económica tras el covid-19 a través de transferencias (no de créditos) sujetas a condiciones, pero no como en el pasado, sin troika ni hombres de negro. Ese aparente pequeño paso fue un salto hacia delante, con pirueta mortal incluida, para la política alemana.

Desde entonces, Merkel insiste en un discurso en el que exige solidaridad y sacrificio para ayudar a los países más golpeados. La canciller ha comenzado a defender una idea que España ha impulsado en las últimas semanas y que ha calado hondo en el Ministerio de Finanzas alemán: para que Alemania florezca es necesario el mercado único, y no hay mercado único si no se salvan España e Italia. Para salvar Alemania, hay que salvar Europa. Ese cambio de discurso, aunque parezca pequeño, es crucial.

Los mensajes son esperanzadores. No se puede esperar que las placas tectónicas del pensamiento alemán, que es en gran parte el pensamiento de la UE, cambien de la noche al día. Pero algo se mueve, y lo hace en la dirección indicada. La cuestión es si Merkel y el Gobierno alemán aprovechan los próximos seis meses para, haciendo uso del apoyo social inesperado que su giro de timón ha tenido entre los votantes alemanes, hacer cristalizar una nueva manera de entender Europa desde Berlín. Porque ese será el camino hacia un liderazgo real y efectivo de Alemania en la Unión Europea.

El presidente francés charla con la canciller alemana este lunes en Meseberg. (Reuters)
El presidente francés charla con la canciller alemana este lunes en Meseberg. (Reuters)

Soberanía

Heiko Maas, ministro de Exteriores alemán, aseguró este lunes que la presidencia alemana se basará sobre dos palabras: solidaridad y soberanía. Las dos mismas palabras utilizadas por Macron durante una rueda de prensa celebrada también el lunes junto a la canciller alemana.

Esta elección no es casual, y ambos términos están estrictamente ligados a lo que se debe lograr con el liderazgo alemán: solidaridad y soberanía. La falta de solidaridad ha sido en gran parte producto de la manera en que Alemania ha entendido el proyecto europeo, y hay unas primeras bases para cambiarlo. Y la ausencia de una soberanía real también tiene que ver con el ADN político alemán y su alergia a la idea de poder.

Europa está hecha, en gran parte, de ideas alemanas. No en vano, la idea de Europäische Rechtsgemeinschaft (comunidad europea de leyes) es un producto alemán, un reflejo a nivel europeo de la visión alemana del derecho y la ley como el elemento central de la vida política. Y lo mismo que se imprimió ese principio, algo que se debe al primer presidente de la Comisión Europea, el alemán Walter Hallstein, se imprimió también un cierto rechazo a la idea del poder, sobre todo de ejercerlo, al menos de manera directa.

Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad, insiste, cada vez que puede, en una premisa: Europa tiene que aprender a hablar el idioma del poder. Tiene la capacidad pero no la voluntad, exactamente igual que Alemania. Y esa puede ser la otra gran contribución de la presidencia alemana.

Este cambio ya está en marcha, pero se pueden aprovechar los próximos seis meses para hacer que termine de tener forma. Consiste en defender la soberanía europea y la independencia estratégica de la UE. Eso tiene que ver, fundamentalmente, con frenar los pies a China en distintos asuntos, algo que ya se está intentando con nuevas herramientas comerciales que han generado pocas buenas palabras desde Pekín, y con lograr ser menos dependientes de Estados Unidos en algunos asuntos como defensa y seguridad.

Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad. (EFE)
Josep Borrell, alto representante de la UE para Exteriores y Política de Seguridad. (EFE)

Escapar de la crisis

Todo el mundo esperaba esta presidencia no por ser alemana, sino por ser la última de Merkel. Aunque la canciller ha cometido muchos errores y ha profundizado durante su mandato en la idea errónea de “lo que es bueno para Alemania es bueno para Europa”, es cierto que la líder germana es la única con una visión real y completa del proyecto europeo durante las últimas décadas. La única que dedica tiempo, esfuerzo y pensamientos a la idea de Europa. Y, quizá por eso, veamos ahora un cierto cambio en el discurso.

En una reciente entrevista con medios europeos, incluido 'La Vanguardia', Merkel toca distintos puntos de la agenda europea. Y da una tecla: las crisis. La alemana señala que Europa sigue sin estar preparada para las crisis. Porque en parte la construcción europea se basa en la idea de que las instituciones y los progresos se producen durante ellas, lo que genera en muchas ocasiones una actitud cómoda y peligrosa: primero la crisis y luego los cambios.

Esa es una idea derivada de una ausencia de liderazgo. La urgencia como único elemento político válido en Europa genera, además de riesgos innecesarios, un déficit democrático que acabará pasando, si es que no lo hace ya, una enorme factura a la Unión. Un nuevo liderazgo basado en la solidaridad y una nueva visión estratégica construida sobre la soberanía, sumadas a la ambición alemana de un futuro posnacional, que es un elemento básico del proyecto europeo, pueden hacer de la UE una realidad mucho más firme y prometedora. No habrá una revolución en los próximos seis meses, pero Alemania tiene ahora todos los focos y es su oportunidad de demostrar que los cambios que empiezan a vislumbrarse han llegado para quedarse.

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