ESPAÑA NECESITA APOSTAR MUCHO MÁS

Más allá de Calviño o Borrell: poder e influencia en la fontanería de Bruselas

La recuperación del peso en la UE no tiene relación solo con el partido en el Gobierno. El elemento fundamental ha sido la recuperación económica y la percepción de España como un 'buen alumno'

Foto: La sombra de un trabajador, en la entrada de la Comisión Europea. (Reuters)
La sombra de un trabajador, en la entrada de la Comisión Europea. (Reuters)

La campaña de Nadia Calviño para presidir el Eurogrupo ha devuelto a una parte de la opinión pública el debate sobre la presencia de españoles en las posiciones clave de la cúpula de la Unión Europea. Se trata de uno de esos asuntos que levantan pasiones en la llamada 'burbuja de Bruselas', y que tienden a ser absolutamente indiferentes fuera de este ecosistema, pero en realidad tiene un impacto real, aunque indirecto, sobre los ciudadanos.

'España ha vuelto' ha sido uno de los lemas utilizados una y otra vez por el Gobierno de Pedro Sánchez, que desde que llegó al poder en junio de 2018 ha insistido en esa idea: que Madrid volvía a contar en Europa después de unos años de aparente invisibilidad. Por eso, cuando al Ejecutivo se le presentó la negociación de altos cargos de la UE en junio y julio de 2019, Sánchez decidió apostar por el puesto de alto representante para Política Exterior y de Seguridad para su entonces ministro de Exteriores, Josep Borrell.

Ahora, la oportunidad de que Calviño se haga con la presidencia del Eurogrupo encajaría perfectamente en esa estrategia. La idea de que España pasaría de haber sudado la gota gorda en la reunión de ministros de Finanzas de la eurozona a ser la que tiene las riendas del órgano. Por eso la apuesta va más allá de la persona de Calviño, y busca cerrar un ciclo que comenzó con la crisis económica y que llevó a España a un peso muy inferior al que le correspondía en la UE. Encaja también con la idea de que el perfil de España aumenta gracias al espacio libre que deja el Reino Unido.

Los años de Mariano Rajoy en el Gobierno son normalmente recordados como de irrelevancia a nivel europeo. España, asediada por la crisis económica, ya no tenía a nadie en el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo (BCE) y el comisario español, lejos de obtener ninguna gran cartera, tuvo que conformarse con la de Energía y Medio Ambiente, aunque acabó siendo un despacho importante a lo largo de la legislatura 2014-19.

Sin embargo, la recuperación del peso español en la cúpula de la UE no tiene relación únicamente con el partido que está en el Gobierno, aunque sea clave la actitud que tenga el Ejecutivo y el peso que el presidente dé a Bruselas. Más bien el elemento fundamental ha sido la recuperación económica y la percepción de España como un 'buen alumno'. No en vano, la 'remontada' en la visibilidad española en la cúpula de la UE llegó con Luis de Guindos, que, como ministro de Economía, ya tuvo la posibilidad de luchar por el asiento al que ahora aspira Nadia Calviño, aunque finalmente apostó por la vicepresidencia del BCE.

Nadia Calviño, durante una reunión del Eurogrupo. (Reuters)
Nadia Calviño, durante una reunión del Eurogrupo. (Reuters)

Trabajo en la fontanería

En cualquier caso, medir la presencia y el peso español en la UE únicamente por los cargos que son visibles no es siempre el mejor termómetro. Durante la etapa del anterior Ejecutivo, España también tenía una presencia importante, aunque no tuviera una gran visibilidad política: estaba metida de lleno en la fontanería. Y en Bruselas, a veces lo que no se ve es mucho más relevante que las caras que salen en televisión. España tenía puestos clave cerca de los centros de poder político, en los gabinetes de comisarios y presidentes de las instituciones. Esas personas resultaron clave, por ejemplo, durante los meses más intensos del 'procés', cuando los líderes europeos estuvieron sometidos a enormes presiones.

Esa lección está aprendida. El líder comunitario más tibio aquellos días fue Donald Tusk, entonces presidente del Consejo Europeo. El polaco evitó mojarse y entrar al choque con los líderes catalanes, pero sí que afeó a Rajoy su gestión. Era el único de los tres presidentes (Comisión, Parlamento y Consejo) que no tenía ningún español en su gabinete. Que hubiera un español en el gabinete fue una de las condiciones que Pedro Sánchez puso sobre la mesa cuando Charles Michel, que era primer ministro de Bélgica, el país al que huyó Carles Puigdemont, fue elegido por los líderes europeos como sucesor de Tusk.

Sin embargo España ha perdido algo de peso en esos puestos clave cerca de los comisarios poderosos. A cambio tiene mucha más visibilidad: Guindos en el BCE, Borrell como jefe de la diplomacia europea, José Manuel Campa llevando las riendas de la Autoridad Bancaria Europea… Y ahora Calviño quiere asaltar el Eurogrupo. Para muchos de sus oponentes este, la extensa presencia nacional en altos cargos europeos, es el principal escollo en la candidatura de la española.

Más profundo dentro de la sala de máquinas europea hay todavía más españoles que juegan también un papel clave aunque no estén a los mandos ni susurren a los oídos de los comisarios. Son funcionarios que trabajan en todos los niveles de las instituciones europeas y que, aunque responden a los intereses comunitarios, son importantes para España y su visión europea. Tanto, que la embajada española ante la Unión Europea (llamada Reper) tiene creada una unidad de apoyo para la presencia de españoles en las instituciones, algo que también existe en el caso de muchos otros países.

En general, y aunque se hayan podido perder puestos en primera fila, la presencia española suele mantenerse estable a lo largo de los años, aunque ahora se afronta el reto de la jubilación de los españoles que desembarcaron en las instituciones europeas con la entrada del país en el club comunitario. Los jóvenes españoles siguen siendo muy activos, y muchos talentos que podrían buscar un futuro en otros lugares ven como atractivas las instituciones europeas.

Una persona pasea frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)
Una persona pasea frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)

De la presencia a la influencia

Pero los números no son lo único importante. Pablo Rupérez Pascualena, consejero de la Reper, ha escrito recientemente un documento para el Real Instituto Elcano en el que logra resumir algunas claves para mejorar la presencia y la influencia española en Bruselas. Y lo primero que hace es, precisamente, separar la presencia de la influencia. Estar muy presente no necesariamente conlleva que la visión española quede mejor reflejada.

Rupérez deja algunas ideas para lograr el objetivo final de una estrategia bien estructurada, que es convertir esa presencia en influencia. Cita algunos ejemplos de otros países: por ejemplo Alemania tiene unos mecanismos muy organizados, con una buena financiación, en la que la administración central impulsa conferencias para explicar a los funcionarios sus prioridades, o se implica directamente para ayudar a las “jóvenes promesas” alemanas a labrarse un mejor currículum en la administración alemana antes de dar el salto a la europea.

En el caso francés el autor destaca el hecho de que se considere la política europea como parte de la política nacional. Y de los italianos subraya las redes informales de contacto y apoyo que establecen los propios nacionales y que hace de Italia un país que, sin tener una estrategia demasiado definida, está en todos sitios. Es difícil moverse por Bruselas sin chocarse con un italiano.

De todas las experiencias externas, Rupérez propone incorporar dos prioridades a la estrategia española. La primera es “que la sociedad española, incluyendo toda la administración, las empresas y la sociedad civil, asuma plenamente que la UE es política interior” y la segunda es “que los españoles en las instituciones entiendan que mejorar la presencia española en la UE es una cosa buena para todos, incluyendo para ellos”, por lo que anima a que se piense “en red, colaborando y desarrollando la idea de sistema integrado”.

En resumen Rupérez da cuatro claves en forma de P: presencia, papeles (es decir, propuestas, ideas, documentos en los que el país refleja su visión respecto a un debate europeo, como fue la propuesta española para el futuro fondo de recuperación), procesos (entendido como un enfoque en el que España busque influir en cada una de las fases por las que transita una propuesta antes de llegar a la mesa de los líderes europeos) y pasta, dinero, financiación.

Esas cuatro P ayudan a tener una visión más global de lo que debe ser una estrategia integral para mejorar la influencia española en Bruselas. Claro que la llegada de Calviño a la presidencia del Eurogrupo sería un gran impulso para la visibilidad de España en la UE, y seguramente también para su influencia, pero lo cierto es que hay mucho más allá.

Banderas europeas frente a la sede del Ejecutivo comunitario. (Reuters)
Banderas europeas frente a la sede del Ejecutivo comunitario. (Reuters)

Está bien que España tenga la ambición de estar en primera línea de la cúpula europea. Pero no vale únicamente con eso. De poco sirve tener los números para poder imprimir la visión española del proyecto comunitario cuando no está del todo claro cuál es esa visión. Más allá de Calviño o de Borrell, la influencia se juega ahí, en un campo muchísimo menos glamuroso y visible, pero en ocasiones mucho más relevante.

Ahora hay una ventana de oportunidad. En pocos asuntos tiene España un nivel de consenso igual al que generan los asuntos europeos. Lo demuestra el hecho de que los mismos partidos políticos que chocan en el Congreso de los Diputados trabajan de forma conjunta en el Parlamento Europeo. Partido Popular, PSOE y Ciudadanos defienden posturas muy similares, a las que a veces se suman partidos como Unidas Podemos.

Ese nivel de cooperación y lealtad no existirá siempre. Las últimas semanas han mostrado que la polarización de la política nacional puede acabar contagiando la esfera europea, especialmente si unos y otros buscan utilizar la UE como una arma arrojadiza. Es por eso que ahora, todavía comenzando la legislatura europea y con importantes debates por delante, sería importante que España fuera capaz de fijar una visión y una idea de qué quiere defender en los grandes asuntos europeos de los próximos años que pueda sobrevivir a los distintos gobiernos. La estabilidad política es una de las claves para poder influir en Bruselas, y España ni la tiene ni la tendrá en el futuro inmediato. Pero si se construyera un gran consenso nacional al respecto, la influencia española podría sobrevivir a los vaivenes de la política nacional.

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