ELECCIONES EUROPEAS DEL 23-26 DE MAYO

Un gigante económico pero un enano político: ¿por qué Alemania no lidera la UE?

En el agitado contexto internacional actual, la UE necesita que Alemania asuma su liderazgo para afrontar los innumerables retos que afronta el club comunitario, tanto internos como externos

Foto: Campaña para las elecciones europeas con Annegret Kramp-Karrenbauer, Angela Merkel y Manfred Weber. (Reuters)
Campaña para las elecciones europeas con Annegret Kramp-Karrenbauer, Angela Merkel y Manfred Weber. (Reuters)

Pase lo que pase en las elecciones europeas, muchos gobiernos del continente volverán la mirada a Berlín para exigir una dirección a la Unión Europea (UE). Pero Alemania está escasamente preparada para ejercer esa labor de liderazgo en estos momentos de incertidumbre global y auge del nacionalismo. El país germano vive afectado por sus traumas históricos y por su incierto momento actual, tanto en lo económico como en lo político. Pero también por sus propios intereses.

Los grandes dramas geopolíticos que están recorriendo el mundo reclaman una UE decidida y de una sola voz. Desde la ralentización económica global, el errático e impredecible unilateralismo de Trump, la guerra comercial entre Estados Unidos y China o la agresividad digital y militar rusa, pasando por el cambio climático y las múltiples guerras en Siria, Yemen y Libia, así como la incipiente pero no menos problemática cuestión nuclear iraní.

Los problemas no se quedan ahí. Los conflictos internos del bloque europeo como el Brexit, la cuestión migratoria, la inacabada unión bancaria, las fracturas norte-sur y este-oeste y el repunte de la ultraderecha, del nacionalismo y la xenofobia precisarían de una Unión cohesionada con una Alemania a los mandos de la locomotora.

Pero no es así. El gran referente de la UE ni está ni se le espera. A las reticencias históricas de la República Federal para coger el timón y actuar en solitario -fruto de dos guerras mundiales- se suma un complejo momento político interno -con Merkel encarando la puerta de salida, pero sin sucesor claro- y ciertos síntomas de agotamiento económico.

Por si fuera poco, parece que la opinión pública -tradicionalmente proeuropea pese a las reticencias del gasto- mira con mayor escepticismo al proyecto comunitario, en parte porque las tesis del ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) están calando en cierto sector del electorado.

Enano político

Alemania se había acostumbrado, en el orden liberal implantado tras la II Guerra Mundial, a ser un gigante económico, pero un enano político. Incluso dentro de la UE. Ese era el pacto tácito que implicaba la estructura que colocó a Estados Unidos como líder del bloque democrático durante la guerra fría y luego como primera potencia mundial.

Algo similar al rol que había aceptado jugar Japón tras su derrota. Washington garantizaba la seguridad de ambos y procuraba un terreno de juego favorable al libre comercio para que los dos países se enriquecieran. A cambio, ellos aceptaron un papel secundario en la política internacional. Y el pacto duró siete décadas.

El volantazo de Trump con el "America First" ha pillado a Berlín con el pie cambiado. El presidente de Estados Unidos ha puesto en duda la OTAN y el libre comercio, pilares del "lazo transatlántico" que Berlín idolatraba. Además, Trump ha cargado contra Alemania por no gastar más en defensa y por vender demasiados coches en su país. Merkel ha tenido que reconocer que los tiempos en los que Alemania podía "confiarse totalmente a otros se han acabado".

El problema reside, sin embargo, en que una cosa es admitir la necesidad de independizarse y otra distinta es cambiar la mentalidad y las formas de actuar de un transatlántico burocrático y alérgico a la innovación como es el Gobierno alemán.

Poco a poco, Berlín está empezando a encontrar su voz. Pero, para desconcierto de sus socios, en lugar de una gran estrategia de futuro, las novedades se han tratado de cuestiones muy concretas en las que el Gobierno alemán ha trazado sus líneas rojas o sacado tozudamente adelante sus planes a pesar de los rasguños para sus aliados.

Entre los últimos ejemplos destacan su negativa a completar la unión bancaria con un fondo de garantía de depósitos y la terquedad con la que está amparando la construcción del Nord Stream 2. El gaseoducto, que conectará directamente Rusia y Alemania, lo rechazan escandinavos, nórdicos, polacos y ucranianos por el espaldarazo que supone para un Kremlin al que de forma paralela se castiga con sanciones.

La actitud de Berlín, pese a la reiterada defensa del multilateralismo de Merkel, ha sido la de preservar sus intereses, principalmente los económicos. Sylvie Kauffmann, directora editorial del periódico 'Le Monde', aseguraba recientemente que "cuando se trata de proteger su industria automovilística, su gaseoducto con Rusia o sus decisiones políticas sobre a qué países vende armas, la conducta unilateral de Alemania difiere cada vez más con el tan aplaudido compromiso de Merkel con el multilateralismo".

Largas a Macron

Emmanuel Macron ha sufrido esta actitud en primera persona. El presidente francés esperó pacientemente a que se formara un nuevo gobierno en Berlín para revitalizar el eje franco-alemán y lanzar un ambicioso programa de reformas para la UE. Pero Merkel le ha dado largas durante más de un año. Avanzar en la integración europea no es un plato fácil de vender en el panorama político alemán actual.

El presidente de la Federación Sindical Alemana (DGB), Reiner Hoffmann, aseguró en declaraciones al semanario 'Der Spiegel' que la postura de la canciller ante Macron "no fue una respuesta sino un rechazo plano".

Merkel, de 64 años, rehuye ya los grandes planes. Es muy consciente de que su tiempo se está acabando y de que su aura, sobre todo en Alemania, se ha desvanecido. A finales del año pasado abandonó la presidencia de su partido, la Unión Cristianodemócrata (CDU), y ya anunciado que esta legislatura (2017-2021) será su última. "La canciller se ha prejubilado", criticó recientemente Christian Lindner, líder de la oposición liberal.

Esto, sumado a que sus socios de gobierno, los socialdemócratas, están en estado crítico, en mínimos en las encuestas y sin líderes y propuestas reconocibles, es la receta perfecta para la inacción europea.

El tibio europeísmo de AKK

Anegrett Kramp-Karrenbauer, su sucesora al frente de la CDU, tampoco parece el remedio a los problemas de liderazgo. Por un lado, porque sus tasas de popularidad son mediocres. De hecho, no se descarta que no acabe siendo la próxima candidata conservadora a la cancillería. Dentro del partido hay un importante sector crítico que desearía sustituirla.

Por otro lado, porque los instintos integradores de AKK, como se la conoce en Alemania, son más bien escasos y defiende un europeísmo aún más tibio que la aproximación pragmática de Merkel. Es decir, a años luz de Macron.

Tras la última andanada de propuestas del francés -entre las que se encontraba el salario mínimo europeo-, AKK aseguró que "el centralismo europeo, el estatismo europeo, la mancomunización de las deudas y la europeización de los sistemas sociales y de los salarios mínimos serían el camino equivocado" en el bloque. Dada la situación de la principal potencia europea, las dudas sobre el futuro del proyecto comunitario están más que justificadas.

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