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¿Tienes miedo a morir? Una pregunta ridícula para explicar el mayor desafío de la guerra de Ucrania
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¿Tienes miedo a morir? Una pregunta ridícula para explicar el mayor desafío de la guerra de Ucrania

Cuando aseguran no tener miedo, no te lo están diciendo a ti. Se lo están diciendo a ellos mismos. A sus compatriotas. A su país. Hay que tener más miedo a perder la guerra que a perder la vida

Foto: Voluntario ucraniano entrena en la Operación Interflex en Reino Unido. (Fuerzas Armadas de Ucrania/Yrina Rybakova)
Voluntario ucraniano entrena en la Operación Interflex en Reino Unido. (Fuerzas Armadas de Ucrania/Yrina Rybakova)
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"No tengo miedo. No puedo desperdiciar tiempo sintiendo miedo". Este es Vedmid (Oso, en ucraniano), nombre en clave de un soldado voluntario ucraniano de 28 años, conversando con media docena de periodistas españoles en una base que no podemos identificar en el este de Inglaterra.

Obviamente, respondía a la pregunta "¿tienes miedo a ir a la guerra?". Una pregunta que, si lo piensas bien, es en esencia ridícula. Más que ridícula, intrascendente. Al menos en términos informativos. Porque, ¿qué respuesta esperan los periodistas que la plantean? ¿Acaso va un soldado a poner en duda su valor —y por extensión el de sus compañeros de armas— ante la prensa internacional? Pero ¿no es igualmente inverosímil que una persona que hasta hace un par de años tenía una profesión normal —programador de aplicaciones, como en el caso de Vedmid, por poner un ejemplo— no tenga ahora, ante su inminente llegada al frente, un temor comprensible y sano (evolutivo) por su propia supervivencia?

Aparentemente no.

—¿Miedo? ¿Qué es eso? —dirá desafiante Moryachok (marinero), de 30 años.

—La gente se acostumbra a todo, incluso a la guerra —terciará Andrii, de 45 años.

—Voy al combate porque amo a mi país y a mi familia —sentencia Alexander, de 47.

Podrías preguntar a los miles de voluntarios ucranianos que han entrenado en el extranjero y obtendrías miles variaciones de la misma respuesta. Los soldados ucranianos no tienen miedo, ni dudas. Al menos, no delante de desconocidos. Entonces, de nuevo: ¿por qué insisten los reporteros con la cuestión una y otra vez? ¿Qué pretenden? ¿Buscan el morbo? ¿Pillarlos en un renuncio? ¿No se les ocurre otra cosa?

Como uno de los periodistas que estaba ahí haciendo la pregunta de marras les puedo ofrecer una explicación. Una propia. Porque ese ridículo interrogante —¿tienes miedo?— encierra, en realidad, algunas de las claves (todavía no resueltas) de la guerra en Ucrania y del futuro de Europa.

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El autobús nos adentra en la campiña inglesa con todos los tópicos que se puedan imaginar al concepto campiña inglesa. Sus pastos verdes, sus ovejas lanudas, sus educados pájaros británicos. Le puede poner su olor a tierra mojada, sus flores de invierno, su mano de bucólico rocío. Ahora agréguele a la escena unos barracones tipo hangar de la Segunda Guerra Mundial, unas trincheras de entrenamiento y un pueblo de mentira, meticulosamente reventado, cuya arquitectura ha ido evolucionando al ritmo del desafío geopolítico británico del último siglo (edificios alemanes, estructuras soviéticas, edificaciones de reminiscencias árabes).

placeholder Imagen de un recluta voluntario ucraniano, al que se ve aquí recibiendo formación bélica en el Reino Unido. (Interflex Training/Iryna Rybakova)
Imagen de un recluta voluntario ucraniano, al que se ve aquí recibiendo formación bélica en el Reino Unido. (Interflex Training/Iryna Rybakova)

Este es el corazón de la Operación Interflex, piedra angular de Reino Unido —junto a una decena de países aliados— para apoyar el esfuerzo bélico en Ucrania. Tienen seis bases de entrenamiento y un millar de marines instructores en rotación que, desde junio de 2022, han formado a unos 34.000 ucranianos. El mayor esfuerzo de formación militar realizado por Reino Unido desde la amenaza nazi. Por ponerlo en contexto, el plan homólogo de los 27 países de la Unión Europa (inspirado en el británico) ha formado en estos dos años unos 40.000 efectivos (por España han pasado unos 2.000).

El objetivo es tan simple de explicar como difícil de ejecutar: tienen apenas cinco semanas (tres veces menos de lo habitual) para convertir a un civil en un "soldado letal, con capacidad de supervivencia y espíritu ofensivo que se necesita para avanzar en el campo de batalla y matar al enemigo", en palabras del coronel James Thurstan, comandante de la Operación Interflex. También hay cursos de liderazgo de 11 semanas para soldados profesionales. Los hombres que tenemos ante nosotros comandarán pelotones de una docena de efectivos en algún punto de los más de 1.000 kilómetros de línea de contacto con el invasor.

En enero habría 2.000 efectivos en formación en el país y en este grupo en concreto son 27. La mayoría no habla inglés, así que habrá en todo momento un traductor. Es la primera semana y hoy toca primeros auxilios y legislación internacional de guerra.

Respeta la bandera blanca, pero cuidado con la bandera blanca. Es la guerra, ¿no?

"Si un enemigo da una señal de que quiere rendirse, ya no formará parte de la lucha. La bandera blanca no puede ser considerada un objetivo. Pero siempre hay que medir el nivel de amenaza, ver cómo sostienen las armas, cómo caminan, ya que puede tratarse de una treta", explica un instructor a los soldados en ciernes con ayuda de unas diapositivas en una sala en penumbra. Respeta la bandera blanca, pero cuidado con la bandera blanca. Es la guerra, ¿no?

En la sala contigua, otro grupo rodea una camilla con un maniquí en el que el profesor explica cómo aplicar un parche en el pulmón en caso de laceración. El apósito bloquea la entrada de aire, pero permite su salida, lo que evita que el herido pueda respirar con normalidad. Los alumnos miran concentrados los movimientos precisos del profesor. Hacen algunas preguntas. Se repiten rápidamente algunos conceptos. Píldoras de conocimiento que les pueden salvar la vida. Siguiente tema.

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

De las aulas pasarán en los próximos días a los campos de tiro. De ahí a las trincheras de entrenamiento, donde se tratan de simular las condiciones de guerra. Humo, explosiones, actores chillando con heridas prostéticas y el hedor de animales muertos. "Necesitamos todo el realismo posible", explica un instructor. "Así, cuando estén en situación de combate les será más fácil recordar las lecciones". Lecciones como asaltar o defender la posición, evacuar a heridos en condiciones extremas o evitar ser detectados por drones. Pasarán varios turnos de 48 horas metidos en la zanja a la intemperie para acostumbrarse al frío y la miseria del barro. Ya en el poblado ficticio, con su escenografía de guerra y sus edificios a escala, ensayarán tácticas de combate urbano, a identificar artefactos explosivos improvisados o ubicarse para obtener posiciones de tiro y defensa ventajosas.

Cada uno se saldrá del programa con el equipamiento básico, que incluye casco, chaleco, kits de primeros auxilios, ropa, calzado y otras herramientas (el arma se la entregarán en Ucrania). El resultado —nos comenta una portavoz del Ministerio de Defensa— será un "buen soldado básico" con "conceptos tácticos, entrenamiento físico y moral alta", capaz de tomar "decisiones autónomas" para su supervivencia y la de sus hombres.

Foto: Funeral celebrado en Kiev el pasado 14 de febrero. (Europa Press/Zuma Press/Svet Jacqueline)

De vez en cuando, como hoy, los voluntarios ucranianos atienden a la prensa. Se les nota rígidos, observados. Hablan apoyados en un traductor. La mayoría apenas chapurrea inglés. Un oficial de relaciones públicas de las Fuerzas Armadas ucranianas los flanquea, pendiente de cada palabra. Es todo un poco incómodo. Una conversación parca en palabras, asumida como un deber marcial más. Son entrevistas en grupo, sin tiempo para profundizar. Nada de rostros, nada de nombres, los menos detalles posibles.

Cada uno ocultará voluntariamente una parte de su vida. Uno hablará de sus familias, pero no de sus labores anteriores; a otros no les importará compartir dónde vivían, pero no a qué se dedicaban. Todos se resisten a ser completamente despojados de su intimidad. Quieren guardarse algo para ellos. Puzles incompletos. Les resumo mis notas: la formación militar es muy buena, aprenden fácil y vuelven a Ucrania preparados para la misión. Acaso habrá algunos de destellos flaqueza. Uno confiesa que no les ha contado a sus hijos que va a ir al frente. A otro se le quiebra la voz al revelar que sintió ansiedad las primeras Navidades lejos de su familia. Pero nadie tiene miedo a morir.

A otro se le quiebra la voz al revelar que sintió ansiedad las Navidades lejos de su familia

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Un niño mira a un pastor alemán de aspecto intimidante. Quiere acariciarlo, pero no se atreve. "Es normal tener miedo. Y reconocer tus miedos requiere fuerza", le dice una voz en off al muchacho. Y justo cuando toca al animal, cambia el plano a un soldado. El mensaje concluye: "Necesitamos a esos valientes". Este es uno de los spots de una reciente campaña del Ministerio de Defensa ucraniano para recordar a los ciudadanos en edad militar (18-60) a mantener sus datos actualizados en las bases de datos del ejército.

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

Antes de la invasión, Ucrania contaba sobre el papel con unas Fuerzas Armadas de unos 300.000 efectivos profesionales. La lista se disparó hasta casi el millón tras la ingente cantidad de reservistas y voluntarios que levantaron la mano en los primeros compases de la invasión. Pero han pasado dos años y muchos funerales. Los cálculos de los muertos ucranianos en combate son tan poco confiables como los rusos, pero las estimaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses calculaban unos 70.000 muertos y más de 100.000 heridos a finales de agosto. Ahora, el Ministerio y las Fuerzas Armadas están sudando para lograr reclutas.

"Hace semanas que no tenemos relevo y ahora apenas tenemos fuerza para mantener las líneas. Ya no estamos hablando de tener más hombres para atacar al enemigo, te digo que necesitamos más hombre para defendernos del empuje de los orcos", relata un soldado ucraniano a El Confidencial a través de Telegram. Su unidad está destacada en el del Donbás (no se puede especificar dónde) y las tropas del Kremlin están ahora a la ofensiva en varios puntos del frente (como la reciente conquista de Avdivka o el sitio de Robotine). Ellos no parecen tener problemas para lanzar munición y soldados contra las trincheras.

La necesidad de reforzar las líneas ha hecho que se incremente la presión de reclutamiento. Cada vez hay más ucranianos que pagan sobornos para librarse, o por obtener destinos lejos del combate. Algunos se esconden en sus casas. Todavía la leva no es forzosa, pero parece que pronto serán necesarias medidas más drásticas que unos anuncios de televisión si se quiere lograr la cifra de 400.000 a la que aspira el Gobierno.

De hecho, se especula con que las diferentes estrategias sobre cómo abordar el reclutamiento fueron uno de los puntos de fricción entre el presidente Volodímir Zelenski y las Fuerzas Armadas y que llevaron en última instancia a la destitución del comandante en jefe Valerii Zaluzhny. Obviamente, no fue el único. Zaluzhny dio un golpe a la moral del país y sus aliados con una demoledora entrevista en The Economist donde no solo afirmó que la contraofensiva había fallado, sino que el conflicto estaba estancado y que solo "la invención de la pólvora" podría darles la ventaja necesaria para lograr los objetivos. También se especula con ulteriores motivos políticos y rivalidades intestinas.

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

La elección del general Oleksandr el carnicero Syrskyi, quien como líder del Ejército de Tierra estuvo detrás de las dos grandes de las contraofensivas más exitosas de la guerra, fue una señal de que en Kiev quieren que las tropas asuman más riesgos. Y para asumir más riesgos se necesitan más soldados. Soldados entrenados y —perdonen la insistencia— que no tengan temor a avanzar hacia el enemigo.

Así que cuando Vedmid, Moryachok o Andrii aseguran no tener miedo, no te lo están diciendo a ti. Se lo están diciendo a ellos mismos. A sus compatriotas. A su país. Hay que tener más miedo a perder la guerra que a perder la vida.

Aunque ni siquiera la victoria depende de ellos. Kiev necesita soldados, pero también necesita balas.

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No hay nada bucólico en Whitehall St. Ni siquiera los insólitos días soleados como este de mediados de enero le quitan a la monumental calle del poder británico su ambiente plomizo, severo y frío. Invitados por el Ministerio de Defensa, nos reunimos con fuentes políticas, militares, líderes de la industria de defensa y analistas que piden no ser identificados para hablar sin cortapisas. El panorama que describen para Ucrania es complicado.

Reino Unido es de los países más volcados con la causa ucraniana. Se involucraron después de que Moscú se anexionara Crimea y atizara la rebelión en el Donbás en 2014. Un año después lanzaron Orbital, el primer programa de formación no letal para militares ucranianos que sirvió de base a la operación Interflex. Tras la invasión a gran escala de 2022, la guerra se ha convertido en un asunto prácticamente bipartidista (a excepción del ala corbinista del laborismo). Eso pese a que Londres fue, durante años, un paraíso para los oligarcas rusos. Incluso había un cleptotour organizado por activistas anticorrupción para denunciar las mansiones de la casta del Kremlin en la City.

¿De dónde sale este respaldo? El think tank British Foreign Policy Group se hacía el año pasado esta misma pregunta sin llegar a una conclusión unívoca y planteaba una serie de motivos que van desde intereses estratégicos, política interna y autopercepción nacional. Sea como fuere, el mensaje que dan desde el Ministerio es claro: "vamos a apoyarles todo el tiempo que haga falta".

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

Para 2024, Londres planea casi duplicar los recursos asignados a Ucrania hasta 2.500 millones de libras, desde 1.300 millones el año pasado. Van a enviar F-16, artillería de largo alcance, blindados Challenger y más munición. Además, se ha puesto como objetivo a entrenar 10.000 voluntarios ucranianos adicionales hasta junio de este año. Pero esta efervescencia británica contrasta con las dudas y problemas que se están viendo en los otros dos grandes puntos de apoyo para Kiev.

En Estados Unidos, el espectro de un segundo mandato trumpista es considerado por los analistas como la mayor amenaza para mantener abierto los caudales financiero y militar de la mayor potencia del mundo. En la UE, pese al fin del bloqueo húngaro a los multimillonarios paquetes de ayuda, las encuestas empiezan a mostrar que la fatiga de la guerra está minando los esfuerzos políticos. Mientras, el conflicto Israel-Hamás en Gaza ha dividido la atención geopolítica, polarizado a la opinión pública internacional y expulsado los titulares ucranianos de la primera página.

"Estamos ante lo que va a ser una guerra larga de desgaste. Todo indica que se prolongará más allá de 2025 y las perspectivas de negociación son cercanas a cero. Ambos están comprometidos con sus objetivos maximalistas. La guerra solo terminará cuando uno de los bandos quede completamente exhausto", comenta un respetado analista británico con experiencia diplomática. "Con la ayuda de EEUU, Ucrania puede defender 2024 y tratar de armar una nueva ofensiva para 2025. Pero si la ayuda estadounidense se ralentiza o se paraliza, Ucrania comenzará a perder. Y esto sería un escenario catastrófico para los países de la Alianza Atlántica", agrega.

Tampoco en el frente industrial las cosas están boyantes. El alto representante, Josep Borrell, reconocía recientemente que los europeos tan solo habían conseguido reunir la mitad del millón de proyectiles de artillería que se habían comprometido a enviar a Kiev. Los países comunitarios han disparado sus presupuestos de defensa, pero orientados principalmente a actualizar sus capacidades militares. Lo que se envía a Ucrania sigue siendo, en su mayoría, material de descarte. Las empresas piden contratos a largo plazo para garantizar sus inversiones. Pero la lista de necesidades de Ucrania es larga: faltan repuestos para los sistemas de armas, tubos para la artillería, pólvora, propelentes, proyectiles

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

"La estrategia ahora es construir capacidad de reparación dentro del territorio ucraniano", asegura una fuente de una multinacional británica de defensa al enumerar los problemas que todavía acarrea el sector en la cadena de suministros. "Debemos mandar un mensaje industrial claro, pero tiene que haber una voluntad política clara".

Y, claramente, no la hay. ¿Por qué?

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No es la primera vez que le pregunto a un ucraniano si tiene miedo. Poco después de que Rusia reventara las fronteras del país vecino, conversé por teléfono con Sviatoslav Yurash, el diputado más joven de la democracia ucraniana, que acababa de alistarse a la guardia nacional. "Al contrario" — me dijo— "fue un momento de claridad". Unos días más tarde viajé con Yurash al frente norte de Ucrania, convertido en el principal punto de choque con el invasor después de que se derrumbara el asedio ruso a Kiev. Luego, se alistó como soldado regular y fue destinado a Bajmut en el verano de 2022. Su grupo fue diezmado en la caída de la ciudad un año después y sus efectivos repartidos en otras unidades. Ahora sigue en ese frente como parte de los esfuerzos por recuperar el enclave. Una vez al mes sigue viajando a Kiev para participar en las reuniones parlamentarias. Con un pie en los pasillos del poder y otro en el frente de la guerra, la perspectiva de Yurash es única.

"En las trincheras necesitamos todo tipo de ayuda. La lucha demanda más artillería, más munición, más equipos y medio para derrotar a los rusos. La realidad es que luchamos contra la nación más grande del mundo y también con la amenaza de bielorrusa", explica el joven político por teléfono desde la capital. "La ayuda de la comunidad internacional es clave. Es fundamental que el mundo se una a nosotros en la batalla".

Pero el mundo, parece, está a otras cosas.

Por eso, esa mañana de enero en un punto indeterminado del este de Inglaterra, media docena de periodistas le preguntan a un puñado de soldados ucranianos sobre su vida, sus familias, esperanzas y temores. Si leen las crónicas de mis compañeras en ABC, El Mundo o El País comprobarán que todas orbitan en torno a punto. Buscan, en pocas líneas, establecer una conexión entre el sujeto de la historia y las audiencias.

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(Interflex Training/Iryna Rybakova)

La técnica consiste en construir empatía con un desconocido que podría ser usted. Un, digamos, abogado, un carpintero, un taxista o un empresario que, por los vericuetos de la historia, ahora aprende a disparar un fusil y a dormir en una trinchera. ¿Y qué nexo nos iguala más que el atávico miedo a perder la vida? Se busca una frase, una idea, una situación, un rostro que encienda el interés de los lectores. Un interés que, día a día, decae. Y con él, el oxígeno político para la causa ucraniana.

Uno de esos personajes con los que yo intenté que conociera el público fue Oleg Strashko, un joven dentista de Járkov, la segunda mayor ciudad del país. En abril de 2022, Oleg era voluntario para distribuir la avalancha de donaciones que llegaban de todo el país y el mundo. Conducía su propio coche por los caminos secundarios hasta el frente de Barvinkove, salpimentados por los cráteres de la artillería y con el enemigo a unos pocos kilómetros en línea recta. Eran momentos de optimismo. Dos años después, vuelvo a conversar con él. Hago un último intento: ¿tienes miedo?

"Lo que me da miedo es que la gente no se dé cuenta de que esta guerra no va de un país lejano en el este de Europa"

"Lo que me da miedo es que la gente no se dé cuenta de que esta guerra no va de un país lejano en el este de Europa. Es una guerra por la supervivencia de los valores y libertades de la civilización occidental. Y la estamos luchando nosotros", me responde al otro lado del teléfono. "No importa lo que pase, continuaremos en la batalla. Pero es una vergüenza que los políticos en Estados Unidos y algunos países europeos estén ralentizando la ayuda militar y financiera que tenemos que compensar con nuestras propias vidas".

"No tengo miedo. No puedo desperdiciar tiempo sintiendo miedo". Este es Vedmid (Oso, en ucraniano), nombre en clave de un soldado voluntario ucraniano de 28 años, conversando con media docena de periodistas españoles en una base que no podemos identificar en el este de Inglaterra.

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