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El Ejército ha entrado en el mercado automotriz ucraniano y lo ha reventado
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Cementerio de coches en el Donbás

El Ejército ha entrado en el mercado automotriz ucraniano y lo ha reventado

Con la invasión rusa de Ucrania, el Ejército dobló o incluso triplicó su tamaño. Pero más allá de armas, de chalecos o cascos, las Fuerzas Armadas ucranianas necesitaban también coches

Foto: Serguéi, soldado encargado de arreglar los coches civiles del Ejército desplegado en el Donbás. (Alicia Alamillos)
Serguéi, soldado encargado de arreglar los coches civiles del Ejército desplegado en el Donbás. (Alicia Alamillos)
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La plaza del distrito de Holosiivskyi es el mercado de coches de segunda mano más grande de todo Kiev. Y, sin embargo, los pocos vehículos que aguantan en el gigantesco y desangelado parking al aire libre parecen apenas la oferta de una feria de pueblo. El precio mínimo no baja de los 2.500 dólares. “La gente compró las opciones más baratas posibles y viables al principio [de la guerra]. Y muchos otros los han comprado para las necesidades del Ejército”, explica Olek, que vende un Daewo de 2004 con motor de Uzbekistán por 2.600 dólares.

Con la invasión rusa de Ucrania, cientos de miles de ucranianos corrieron a alistarse al Ejército, que dobló o incluso triplicó su tamaño (apenas 200.000 soldados) de la noche a la mañana. Pero a la guerra no se va a pie: más allá de armas, de chalecos o cascos, las Fuerzas Armadas ucranianas necesitaban también coches. El Ejército entraba así en el mercado automotriz... y lo reventó.

Foto: Soldados ucranianos en la carretera de Bakhmut. (EFE)

“Los reclutas ofrecían sus propios coches, el Ejército ha comprado algunos, pero sobre todo hemos recibido centenares de donaciones, de voluntarios de Ucrania que compraban coches y nos los cedían, y de fuera, de otros países europeos, que traían coches de todo tipo”, cuenta el soldado Serguéi desde una pequeña localidad de la provincia ucraniana de Donetsk, a apenas 20 kilómetros de la zona ya conquistada por los rusos. Ingeniero aeronáutico en la provincia occidental de Rivne antes de la guerra, se presentó voluntario el mismo 25 de febrero y ahora trabaja como mecánico en el frente del Donbás. “La gente no sé si es consciente de lo importantes que son los coches para nosotros. Y [aquí, en el frente] tienen una vida muy corta, gastamos muchísimos y siempre necesitamos más”, explica a El Confidencial.

En un ejemplo de la capacidad del Ejército ucraniano de hacer de la necesidad virtud, soldados como Serguéi han transformado coches civiles en armas, como con la instalación de lanzacohetes donados por Occidente en la parte trasera de los vehículos. En comparación con un tanque T-72, una camioneta de Toyota es mucho más barata y fácil de reponer. Según explica Serguéi, los modelos más deseados son Mitsubishi L200, el Ford Ranger y el Toyota Hilux.

Pero no hace falta ser destinado a convertirse en un arma; los coches se utilizan para las misiones más básicas, como el mero transporte de tropas. En las carreteras del Donbás, no es raro ver a cuatro soldados apiñados en un viejo Lada soviético traqueteando sobre el asfalto destrozado por el paso de los tanques y los agujeros aquí y allá de la incesante artillería rusa.

En las carreteras que unen Kramatorsk, la capital administrativa de la provincia de Donetsk, con Bakhmut, el nuevo frente ante el avance ruso tras la caída de Severodonetsk y Lysychansk, los coches, camiones, furgonetas y ‘pick ups’ con matrículas extranjeras repintados rápidamente con colores de camuflaje y conducidos por militares se multiplican como hormigas.

Una de ellas la ha traído Jonas V. desde su país natal, Suecia. “Quería ayudar a Ucrania, pero no sabía cómo. Tras un primer viaje, en el que traje suministros médicos y en el que conocí a gente del Ejército, me di cuenta de que una manera de ayudarles a terminar la guerra era apoyando al Ejército ucraniano a que ganara antes. Y necesitaban coches, y yo podía dárselos”, relata el voluntario, que cuando lo conocí acababa de entregar su octavo coche en Bakhmut (Donetsk) y regresaba a Suecia, vía Polonia, en tren. Había hecho 2.600 kilómetros de carretera, —“¡a 30 °C!”—. “El batallón [al que ha donado el coche] ha perdido 20 coches en una semana intentando mantener las posiciones frente a los ataques rusos”, añade.

Foto: Una de las salas donde comen hasta 200 soldados ucranianos en el frente del Donbás. (Alicia Alamillos)

En las carreteras de Donetsk las matrículas más fáciles de avistar —aunque el Ejército en general las cubre de una capa de pintura— son las de Polonia, los países Bálticos o incluso Alemania, pero también hay algún coche de Reino Unido o incluso Eslovaquia. En el tiempo que estuve en el Donbás no llegué a detectar ningún coche español.

“En realidad, la mayoría [de los vehículos donados] nos llegan ya pintados de camuflaje”, bromea Serguéi. Entre manos tiene la puesta a punto de una furgoneta Volkswagen, que ha quedado casi inutilizada tras el impacto de varios cascotes y la onda expansiva de la explosión. Cree que podrá salvarse, pero muchas no logran superar el trance de su primer bombardeo ruso.

placeholder Serguéi enseña los daños en una Volkswagen. (Alicia Alamillos)
Serguéi enseña los daños en una Volkswagen. (Alicia Alamillos)

Antes de la guerra, importar coches desde el extranjero era un maremágnum de papeles e impuestos, un intento de proteger una industria local de época soviética que para 2019 producía internamente una ínfima parte de lo que una vez fue. Desde la invasión, y con cientos de familias huyendo a duras penas ante el avance ruso, el Gobierno ucraniano publicó una medida que permitía no solo la entrada de coches extranjeros, sino que facilitaba la compraventa de vehículos: ya no hay que dar de alta al nuevo propietario, sino que cualquiera en posesión del ‘carnet’ del coche puede conducirlo.

Algo necesario cuando se está huyendo con cuatro maletas en las que meter toda una vida. “Este coche viene directo desde Mariúpol”, explica Roman, que vende coches de segunda mano en un garaje de mala muerte en Kiev. Los únicos que bajan de los 1.000 dólares son viejas chatarras soviéticas. En el taller tiene un coche con las marcas de un disparo en la ventana trasera. "Consiguió escapar", detalla lacónicamente. Él mismo es de Jersón, una de las primeras ciudades conquistadas en el rápido avance de las tropas rusas las semanas iniciales de la invasión.

La necesidad de derivar recursos al esfuerzo bélico no solo ha diezmado el mercado automotriz ucraniano, sino que ha afectado también a los coches que quedan en manos de los civiles que intentan regresar, especialmente en las zonas más alejadas del frente, a su vida normal.

En medio de grandes problemas de escasez de combustible, en la gasolinera de Bakhmut solo se permite repostar gasolina al Ejército; el resto de coches tienen que contentarse con pasar una larguísima cola (pueden llegar a ser horas) para llenar el depósito del gas. En Kiev, la escasez de combustible llegó a tal punto que muchos preferían no sacar sus coches a pasear. “Había tantas limitaciones [el Gobierno ucraniano ha impuesto un límite de 10 o 20 litros, dependiendo de la ciudad, al repostaje de gasolina] y tantísimas colas que, como al final la electricidad era más barata, dos de cada 10 coches que veías por la calle ¡eran Teslas!”, bromea Mykhailo, un joven kievita, mientras señala, precisamente, un coche Tesla aparcado en la calle. Al Ejército desplegado en las zonas más castigadas por el avance ruso, sin apenas conexión de servicios, los Teslas eléctricos no les valen.

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La plaza del distrito de Holosiivskyi es el mercado de coches de segunda mano más grande de todo Kiev. Y, sin embargo, los pocos vehículos que aguantan en el gigantesco y desangelado parking al aire libre parecen apenas la oferta de una feria de pueblo. El precio mínimo no baja de los 2.500 dólares. “La gente compró las opciones más baratas posibles y viables al principio [de la guerra]. Y muchos otros los han comprado para las necesidades del Ejército”, explica Olek, que vende un Daewo de 2004 con motor de Uzbekistán por 2.600 dólares.

Conflicto de Ucrania
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