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No todo son menús de lujo en la OTAN: esta es la otra cocina donde se juega el destino de Ucrania
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Logística de alimentar un Ejército

No todo son menús de lujo en la OTAN: esta es la otra cocina donde se juega el destino de Ucrania

Un dicho dice que un Ejército no puede caminar sobre su estómago vacío. En este pequeño pueblo, del Donbás, Vita y otras cinco mujeres alimentan a unos 200 soldados desplegados en el frente del este

Foto: Una de las salas donde comen hasta 200 soldados ucranianos en el frente del Donbás. (Alicia Alamillos)
Una de las salas donde comen hasta 200 soldados ucranianos en el frente del Donbás. (Alicia Alamillos)

Para hacer honor al nivel de la cita, los menús de la cumbre de esta semana de la OTAN en Madrid estaban llenos de nombres rimbombantes para platos modernistas y elegantes: aceituna esférica, kikos con guacamole, bogavante con sopa de aceite y pomelo rosa... Entre platillo y platillo, los líderes de la Alianza Atlántica discutían sobre la cuestión ucraniana, envíos de armas, nivel de apoyo. Decisiones de altura. Pero, más de 4.000 kilómetros al este, hay otra cocina en la que se está jugando el destino de Ucrania. Estas son las cocinas del frente.

Hace apenas unos meses -los cuatro que se prolonga ya la invasión a gran escala rusa de Ucrania- esto era una escuela en uno de los pequeños pueblos de la provincia de Donetsk, en el este de Ucrania. No vamos a decir su nombre. Hoy, el edificio abandonado se ha convertido en la principal cocina del Ejército ucraniano que alimenta a los soldados desplegados en el frente del Donbás, donde las tropas rusas avanzan metro a metro, pueblo a pueblo, arropados por el intenso fuego de artillería contra el que los ucranianos apenas pueden hacer otra cosa que resistir y aguantar.

Un dicho reza que un Ejército no puede caminar sobre su estómago vacío. En este pequeño pueblo del Donbás, Vita y otras cinco mujeres alimentan a unos 200 soldados desplegados en el frente del este diariamente, en varios turnos. Una de las salas del colegio -donde todavía siguen en pie los columpios o el polideportivo, pintado de vibrante azul- se ha convertido en un comedor y, adyacente, la cocina del Ejército, donde Vita termina de afanarse limpiando los últimos tarros antes de ponerse de nuevo a cocinar, esta vez la cena.

placeholder Vita, en la cocina del Ejército, preparando una sopa de patata para la cena. (Alicia Alamillos)
Vita, en la cocina del Ejército, preparando una sopa de patata para la cena. (Alicia Alamillos)

En las cocinas del Ejército, el trabajo comienza a las tres de la mañana y termina a las diez de la tarde. Vita, de 48 años, es soldado profesional -”contratada, no voluntaria”, insiste-, que se alistó hace ocho meses, cuando todavía no había comenzado la invasión a gran escala, pero ya se estaban acumulando ominosamente tropas rusas en la frontera. Con el rango de soldado raso, lleva un mes desplegada en el Donbás, y siempre en las cocinas.

placeholder El fregadero de la cocina militar en el Donbás. (Alicia Alamillos)
El fregadero de la cocina militar en el Donbás. (Alicia Alamillos)

“Prefiero la comida casera, pero aquí cocinan bien”, me dice Sergei, uno de los últimos en el comedor, donde hoy se come una especie de sopa-puré de habichuelas y un vasito de ‘kompot’ de manzana. Hace un pequeño chiste sobre las calidades de la comida del Ejército, pero luego se pone serio. “A veces nos olvidamos de las condiciones que son necesarias para cocinar rápidamente y para una gran cantidad de personas”, defiende.

Incluso comer es arriesgarse a una muerte súbita tras el silbido de un misil ruso

La importancia logística de para alimentar a los soldados ha sido un campo de batalla clave donde el Ejército ruso ha sufrido también su derrota psicológica. Audios interceptados por el Ejército ucraniano recogen una y otra vez las quejas sobre el frío y la falta de alimentos de los soldados rusos, especialmente en los primeros meses de invasión. Con las primeras capturas de ciudades ucranianas, muchos soldados rusos se entregaron al pillaje y asaltos a supermercados y casas. En Borodianka (provincia de Kiev), paseé por el que había sido el centro de mando de las tropas rusas apostadas en la ciudad; había algunos paquetes de raciones típicas del Ejército ruso (en cajas de color verde), pero sobre todo tarros y tarros de conservas frías y restos de comidas robadas a los vecinos.

Foto: Vitaly, agente de policía militar, entra en una de las casas utilizadas por los rusos como cuartel en Borodyanka. (Alicia Alamillos)

En la zona controlada por Ucrania, las cocinas del Ejército reciben suministros tanto de la zona como de voluntarios, algunos incluso provenientes del extranjero. No es raro ver en Pokrovsk, el último pueblo de la provincia de Donetsk donde todavía llega el tren y algo más al oeste, grandes camiones del Ejército ucraniano hasta arriba de latas, bolsas de patatas o garrafas de agua. El pueblo donde se levanta la cocina todavía tiene electricidad y agua (no así conexión telefónica), a diferencia de otras localidades de la zona, más afectados por la artillería rusa. Pero incluso comer es arriesgarse a una muerte súbita tras el silbido de un misil ruso. “Claro que es peligroso, tanta gente aquí al mismo tiempo”, admite Sergei. “Rusia puede vernos con un dron [de reconocimiento] y atacar cuando haya más gente”.

Pueblos fantasma y 'howitzers'

La reubicación de una cocina militar en lo que fue un edificio de una escuela civil es algo habitual en la última fase de la ofensiva en el este ucraniano. Ante el avance de las tropas rusas, que controlan ya el 95% de la provincia de Lugansk y el 60% de Donetsk, y la violencia de la artillería, miles de personas han huido de sus hogares a un nivel que no sucedió en 2014, convirtiéndose en desplazados internos en ciudades más al oeste del país.

Foto: Locales totalmente destruidos en Lysychansk, Ucrania. (EFE/EPA/Oleksandr Ratushniak)

Los pequeños pueblos que salpicaban las llanuras del Donbás se han convertido en pueblos fantasma ocupados ahora por militares ucranianos. En otra localidad de la que por motivos de seguridad tampoco vamos a dar el nombre, que normalmente acogería unos 300 habitantes, apenas quedan un centenar. Los nuevos vecinos -paseando descamisados bajo el sol de junio, o tomando un café en un patio interior, esperando en las casas vacías, oteando el horizonte de colinas- son soldados ucranianos y el pueblo, uno de los lugares donde van a descansar unos días antes de recibir las órdenes de regresar a las trincheras, cumplir su misión, y luego -si sobreviven- de nuevo a descansar.

Tolek y sus nueve compañeros (y comandante, que no ve con buenos ojos mi presencia en el pueblo) esperan “de aquí a la lucha” en una de las casas de la localidad. Once personas en una casa de tres habitaciones cuyos dueños están ahora en Lviv (oeste), sin agua corriente -la mayoría de los pueblos de Donetsk y Lugansk han perdido la electricidad con los bombardeos rusos- y muchas esperas, pero un buen patio donde pasan las horas.

placeholder La casa donde viven ahora los soldados ucranianos. (Alicia Alamillos)
La casa donde viven ahora los soldados ucranianos. (Alicia Alamillos)

De momento son afortunados, los rusos no saben -o no han actuado en consecuencia- que ellos y otros tantos soldados en distintas casas del pueblo están allí. Hasta el momento, no han recibido fuego de artillería excepto en una ocasión que cayó cerca y sacudió las ventanas de la casa que ocupan, pero sin víctimas. Todavía guardan un trozo de la metralla, que enseñan orgullosos. Con la entrada de la guerra en una fase de “muro de fuego”, los obuses rusos que caen sobre las ciudades y pueblos del Donbás no son de mucha precisión. En cualquier caso, en el grupo de Tolek se toman precauciones como que los soldados no ocupan casas contiguas y los coches con los que se trasladan están ocultos bajo las espesas ramas de los cerezos típicos de la región.

Foto: Artillería ucraniana. (EFE)

“Los rusos están disparando contra esa colina [señala por encima del hombro], donde creen que están nuestras posiciones de tiro”, explica uno de los soldados. Sentados en el patio, cerca, muy cerca, se oye una explosión. Es un ‘howitzer’ del Ejército ucraniano oculto cerca que dispara contra posiciones rusas -el frente está a pocos kilómetros-.

"Si paramos ahora, ¿para qué habrá servido la sangre que han derramado otros compañeros?"

No llego a verlo ni tengo forma de comprobarlo, pero me aseguran que es estadounidense. “Ahí va, un nuevo envío de medicinas, regalo nuestro”, se ríe uno de los soldados, y me explica cómo distinguir los misiles y artillería rusa de la disparada por Ucrania: “Cuando oyes el silbido es que viene el regalo ruso”. En términos de artillería y munición, las tropas ucranianas están en fuerte desequilibrio con las rusas en términos tanto de alcance como de letalidad. Según estimaciones, Ucrania efectúa unos 5.000-6.000 disparos de artillería diarios. Rusia, 10 veces más.

placeholder El grupo de Tolek, en un momento de descanso. (Jan Hunin)
El grupo de Tolek, en un momento de descanso. (Jan Hunin)

Mientras charlan, con un café, una cerveza 0,0 (“¡no alcohol!” se ríe uno cuando pregunto si tienen algo más fuerte) y un par de latas de bebidas energéticas, entre broma y broma hay algún comentario sobre el miedo, la angustia y sobre todo la dolorosa espera, esperando la orden que los manda de nuevo a la trinchera. Junto al paquete de galletas está el fusil, preparado y listo. “Ahora ya no podemos parar. Si no hacemos retroceder a los rusos, ¿para qué habrá servido toda la sangre que han derramado otros compañeros [muertos antes]”, dice uno, mirando al vacío.

placeholder Preparándose para salir. (J. H.)
Preparándose para salir. (J. H.)

“Me gustaría tomar un arma, pero alguien tiene que cocinar”, asegura Vita, encogiéndose de hombros y con una sonrisa perenne mientras abre una tras otra varias latas de carne en conserva, que luego verterá en una gigantesca olla militar. “Es también necesario para la guerra y no hay gente suficiente”, sostiene. Además de Vita, en la cocina trabajan otras cuatro mujeres (Ira, Julia -que era psicóloga militar, pero ahora colabora en la cocina- o Marina), y apoyadas por un par de hombres.

"Me gustaría tomar un arma, pero alguien tiene que cocinar", asegura Vita

Vita, que después de la guerra asegura seguirá en el Ejército, no tiene hijos, pero sí está casada (aunque cocinando no lleva anillo). Su marido, dice entre risas, es también militar y desplegado en el este. Con esta nueva guerra, se han dado casos de que no sólo el marido y la mujer están en el Ejército, sino también los hijos. Con la invasión rusa, se llamó primero a filas a quienes ya tenían experiencia militar anterior, aunque estuvieran ya licenciados, y el Ejército recibió miles de voluntarios jóvenes.

A diferencia del Ejército ruso, donde se está detectando un problema de número de tropas para ocupar y hacer efectivo su control sobre las zonas que barre su artillería, el Ejército ucraniano no tiene problemas de movilización, sino de armamento, munición y materiales de protección para los hombres y mujeres a los que envía al frente de batalla.

placeholder Las latas de carne en conserva que servirán de cena. (Alicia Alamillos)
Las latas de carne en conserva que servirán de cena. (Alicia Alamillos)

Solo desde 2018 las mujeres ucranianas tienen el mismo estatus legal que los hombres en las fuerzas armadas del país. Apenas dos años antes, en 2016, se les permitió legalmente el derecho a luchar en posiciones de combate; antes, sobre el papel solo podían ser médicos y enfermeras, secretarias, cocineras… Aunque en la práctica -especialmente después de 2014- ejecutaran misiones y tareas militares similares a las de sus compañeros. Desde 2019, se permitió el acceso a los institutos militares para avanzar hacia rangos superiores en la carrera militar. La mancha del doble rasero sigue sobrevolando, sin embargo, con un último escándalo cuando, el pasado agosto, durante la celebración del 30 aniversario de la independencia del país, cuando se requirió a las soldados desfilar con tacones. El escándalo obligó a rebajar la altura de los tacones requeridos inicialmente, más propios de salir de fiesta que de uniforme militar.

Aunque no hay cifras oficiales desde el inicio de la invasión a gran escala rusa, cuando el Ejército dobló su tamaño original recibiendo miles de voluntarios, se calcula que había 30.000 mujeres en las FFAA ucranianas, un 10% del total (en línea con otros Ejércitos en la OTAN; en España, la cifra está en torno al 12%).

En el frente del este, me encontré con varias soldados: desde personal médico militar a inteligencia (detección de posiciones rusas) a cartografía. No son mayoría, especialmente cuando la masiva movilización de los hombres y la ley marcial que les impide salir del país ha forzado a que sean las mujeres quienes pongan a salvo a sus hijos en países como Polonia o Alemania, pero defienden su país "como cualquier hombre". "Hay que hacer lo que hay que hacer", concluye Vita.

Para hacer honor al nivel de la cita, los menús de la cumbre de esta semana de la OTAN en Madrid estaban llenos de nombres rimbombantes para platos modernistas y elegantes: aceituna esférica, kikos con guacamole, bogavante con sopa de aceite y pomelo rosa... Entre platillo y platillo, los líderes de la Alianza Atlántica discutían sobre la cuestión ucraniana, envíos de armas, nivel de apoyo. Decisiones de altura. Pero, más de 4.000 kilómetros al este, hay otra cocina en la que se está jugando el destino de Ucrania. Estas son las cocinas del frente.

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