El epílogo de Raúl Castro: así terminan los 12 años del general-presidente
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El epílogo de Raúl Castro: así terminan los 12 años del general-presidente

El próximo 19 de abril, Castro cederá la presidencia del Estado y del Gobierno. Su legado se divide entre algunos cambios de gran trascendencia social y la imposibilidad de reforma económica

Foto: Un hombre enarbola un retrato del presidente Raúl Castro durante las celebraciones del Primero de Mayo en La Habana, en 2017. (Reuters)
Un hombre enarbola un retrato del presidente Raúl Castro durante las celebraciones del Primero de Mayo en La Habana, en 2017. (Reuters)

En los tiempos dorados del llamado campo socialista -cuando para muchos, la debacle del imperialismo parecía cosa de días-, miles de cubanos viajaron a Moscú, Berlín o Budapest al amparo de becas estudiantiles. Y de la mano de los viajeros llegaron también innumerables chistes sobre los “camaradas” y su peculiar experimento de construcción del comunismo. En uno de ellos, Lenin, Stalin, Jruschev y Brézhnev viajan en un vagón de tren mientras discuten la mejor estrategia para el desarrollo de la URSS. De pronto, el tren se detiene sin causa aparente y cada uno se lanza a proponer soluciones que permitieran reiniciar la marcha. El primero llama a apelar a la conciencia de los trabajadores; el segundo se decanta por una gran purga que elimine a todos los “enemigos del pueblo”; el tercero recomienda desmontar las líneas y la locomotora para luego “ver qué hacer”. Al final, el “camarada Leonid” da con una respuesta: bajar las cortinas del coche, poner música en el gramófono y pretender que el tren se mantiene en movimiento.

Esta broma, una de las 'anekdoty' más conocidas de entonces, parece haber sido ideada precisamente para las condiciones actuales de Cuba. Las últimas semanas del mandato presidencial de Raúl Castro -quien, si no hay sorpresas, dejará el poder el próximo 19 de abril- han seguido un guión que en muchos aspectos reedita esa laxa filosofía del “período del estancamiento”, cuando la nomenklatura se colmaba de medallas y reconocimientos mientras en las ciudades soviéticas se convertían en moneda corriente los anaqueles vacíos y la corrupción.

Lo de no contar con una oferta suficiente al alcance de sus bolsillos no es raro para los cubanos, mas en lo que va de año la situación ha llegado a niveles preocupantes, sobre todo respecto a los alimentos. Las frutas se han convertido en artículos suntuarios tras el paso del huracán Irma, las carnes y embutidos generan largas colas o solo pueden encontrarse en manos de los revendedores, y hasta la harina de trigo escasea en la mayoría de las provincias. A mediados de febrero el panorama se completó con varios días de apagones, a causa de roturas en algunas de las principales plantas termoeléctricas. En el imaginario local nada refleja de manera más fiel un escenario de crisis: en los años 90, durante los años más difíciles del Período Especial (el desplome económico que siguió al derrumbe del socialismo europeo), eran afortunados los que disponían de seis o siete horas de servicio eléctrico al día.

Mientras, el mandatario se limita a aparecer de forma ocasional en la prensa, casi siempre recibiendo a algún dignatario extranjero o recorriendo complejos de la cada vez más protagónica Unión de Industrias Militares. Este 24 de febrero dedicó la conmemoración por el inicio de la última guerra de independencia a otorgar los títulos de Héroe del Trabajo a sus tres colaboradores más cercanos, “ejemplos de fidelidad a la Revolución”. El escenario para el homenaje no podía ser más significativo: el Capitolio Nacional, el palacio inaugurado en 1929 como sede del congreso de la república burguesa y donde hace pocos meses fueron instaladas las oficinas de la Asamblea Nacional. Que el “parlamento del pueblo” encontrara asiento en ese “símbolo de la corrupción y el derroche de la Neocolonia” –como todavía apuntan la mayoría de los textos escolares– habría resultado impensable pocos años atrás. Exactamente doce.

El presidente Raúl Castro rodeado de sus principales colaboradores durante el 64º aniversario de la fallida toma del Cuartel Moncada, el 26 de julio de 2017. (Reuters)
El presidente Raúl Castro rodeado de sus principales colaboradores durante el 64º aniversario de la fallida toma del Cuartel Moncada, el 26 de julio de 2017. (Reuters)

Balance contradictorio

Cuando Raúl Castro asumió la presidencia provisional, en julio de 2006, ninguna tienda del país comercializaba reproductores de DVD. Para hacerse con uno de ellos, los cubanos solo tenían la opción comprárselos a los marinos mercantes, a los “comunitarios” (los emigrados residentes en EEUU) o a algunos de los pocos compatriotas suyos con permisos de viaje al exterior. Formalmente, la importación de aparatos de DVD no estaba permitida. Los motivos para la prohibición no eran muy claros, pero parecían deberse al recelo de Fidel Castro respecto a esta tecnología como posible medio de difusión. La línea de su razonamiento partía del ejemplo de la Revolución Islámica (cuando los vídeos Betamax resultaron esenciales en la propagación de las prédicas del Ayatolá Jomeini por todo Irán); un estado de cosas similar no debía permitirse en la Isla, “asediada por la permanente guerra ideológica del Imperialismo”. No fue hasta pocos meses después del ascenso al poder de Raúl cuando en las “tiendas recaudadoras de divisas” (las 'shoppings' en la terminología local, subordinadas al GAE, el consorcio militar) comenzaron a venderse estos equipos, como una discreta concesión al espíritu de consumo que ya comenzaba a manifestarse en el segmento poblacional de mayor poder adquisitivo.

El ejemplo mencionado resume en pocas líneas la naturaleza de los doce años de ejercicio del “general-presidente”, marcados por el cambio de numerosos paradigmas en la sociedad y la economía, e incluso en el interior del aparato político-estatal. Al menos en teoría, todas las innovaciones están orientadas a fundar un “socialismo próspero y sostenible”, para el cual el discurso oficial tiene fecha de concreción definida: el año 2030. Desde abril de 2011 ese es el puerto de destino al que convocan todos los llamados del gobierno. Los amplios poderes otorgados a Raúl Castro por el Sexto Congreso del Partido Comunista se convirtieron en los llamados “Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”, la pretendida hoja de ruta para que la isla ensayara su propio milagro económico.

Sus resultados pueden considerarse contradictorios. La lista de éxitos incluye la renegociación de la deuda exterior con los miembros del Club de París (a finales de 2015, con un acuerdo que condonó más de 8.500 millones de dólares que se adeudaban a importantes socios comerciales, entre ellos España), y el incremento del turismo, la inversión extranjera y el sector privado (que ya emplea a cerca del 12% de la fuerza laboral). Entre los pendientes resalta la ineficiencia endémica de la práctica totalidad de las empresas estatales y la persistencia de la “doble moneda”, causa y consecuencia a la vez del bajísimo poder adquisitivo de la mayoría de la población. Un poder de compra que con el paso del tiempo ha mostrado una única tendencia sostenida: el decrecimiento.

“En 2012 el economista Raúl A. Sandoval González fijó el costo de la canasta alimentaria de Cuba en 420 pesos. Y al complementarla con otros gastos habituales indicó que la línea roja de los ingresos mínimos indispensables para una familia cubana (o línea de pobreza) eran los 841,40 pesos al mes”, indica en un artículo sobre el tema el periodista Itsván Ojeda. Tres años después, un nuevo sondeo realizado en La Habana "ubicó los gastos medios mensuales de los hogares en los 1.955 pesos”; muy por encima del salario medio en la isla, que de acuerdo con la Oficina Nacional de Estadísticas e Información ronda los 740 pesos por cada treinta días de trabajo. Más allá de las campañas, y de éxitos políticos como el regreso de los “Cinco” y el deshielo ocurrido en tiempos de la administración Obama, es en la mesa de sus conciudadanos donde se sigue decidiendo el saldo de la gestión presidencial de Raúl Castro, un balance en el que no sale bien parado del todo.

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El improbable camino al poder

En marzo de 2009 Raúl Castro se convirtió de manera efectiva en el presidente de Cuba. Incluso tras las elecciones de febrero del año anterior, que le habían otorgado formalmente el cargo, no eran pocos los que seguían viéndolo como una suerte de candidato de consenso, cuya principal función era preparar el tránsito hacia un relevo “confiable”. De hecho, la mayor parte del gabinete ministerial permanecía tal cual lo había dejado su hermano Fidel, quien desde el retiro orientaba las principales políticas.

Así fue hasta aquel 2 de marzo en que una dramática sesión del Consejo de Estado cambió de raíz la estrategia económica del gobierno y dejó sin sucesores reconocidos al general-presidente. El encuentro marcó la defenestración política de Carlos Lage y Felipe Pérez Roque, las dos figuras de mayor prestigio de la llamada “Generación Intermedia”, contra quienes se aportaron grabaciones en las que se les escuchaba criticando a Fidel Castro y otros históricos de la Revolución, entre otros deslices.

Los detalles se conocerían semanas más tarde durante las asambleas organizadas por el Partido y la juventud comunista para discutir con sus militantes un vídeo sobre los hechos. Sin derecho a portar ningún “medio de grabación” o tan siquiera una hoja de papel o un lapicero, los convocados a esos encuentros tenían la posibilidad de brindar sus criterios sobre las acusaciones contra Lage y Pérez Roque. Entre las faltas más graves que se les atribuían estaban varios casos de corrupción, aparentes indiscreciones con un supuesto informante del servicio secreto español y manejos para favorecer el ascenso de Lage a la primera vicepresidencia de los consejos de Estado y de Ministros, y de ahí, a la presidencia.

La caída de ambos dirigentes fue la nota más significativa dentro de una reestructuración que incluyó la salida de otros diez altos cargos del aparato estatal y del Partido, y la fusión de cuatro ministerios, entre numerosas medidas que se llevarían por delante la llamada Batalla de Ideas (una de las últimas iniciativas de gran calado de Fidel Castro, que pretendía superar las carencias revolucionarias volviendo a apelar al idealismo de los cubanos, especialmente de los jóvenes) y la ficción de igualitarismo defendida por el Comandante durante décadas. A partir de entonces, “eliminación de gratuidades”, “competitividad” y “nuevos modelos de gestión” pasarían a ser los términos de referencia. Hasta hoy.

El vicepresidente Marino Murillo se dirige a la Asamblea Nacional en 2010, cuando ejercía como ministro de Economía, en una foto de archivo. (Reuters)
El vicepresidente Marino Murillo se dirige a la Asamblea Nacional en 2010, cuando ejercía como ministro de Economía, en una foto de archivo. (Reuters)

"Mas errores que virtudes"

Sin embargo, a juicio de sus impulsores, la aplicación del proceso de “actualización económica” ha generado “más errores que virtudes”. Así se expresaba en unas declaraciones recientes el vicepresidente Marino Murillo, considerado fuera de la isla como el “zar de las reformas”. Al igual que buena parte del equipo de trabajo del general-presidente, procede del sector militar, en cuyas dependencias se intentó ensayar la política que desde 2010 guía los destinos del país.

Que una opinión semejante se difunda a pocas semanas del pretendido relevo en la presidencia del Estado y el Gobierno (que no del Partido, el cual Raúl Castro tiene derecho a seguir presidiendo hasta abril de 2021) anticipa cuán complicado podría resultar el escenario al que se enfrentará su sucesor. Las contradicciones sobre el rumbo y la velocidad que se debe imprimir a los cambios se hicieron evidentes tras la virtual paralización de muchas de las modalidades del trabajo por cuenta propia (en agosto pasado) y las modificaciones incorporadas a la legislación sobre cooperativas (en diciembre). “Una vez más [ya ocurrió a inicios de los 2000] se propone cambiar las reglas del juego a mitad del partido. Limitar el desarrollo del sector no estatal no traerá la prosperidad necesaria, la que según la ‘Conceptualización’, es una condición necesaria para la sostenibilidad de nuestro modelo”, opina el analista Ricardo Torres.

Pero a efectos prácticos Raúl no parece estar preocupado por los costos que los retrasos pudieran traer consigo, sino por los peligros que vendrían de “quemar etapas” en una coyuntura tan complicada como la que vive la isla. En definitiva, para la historia, la suya es ya la administración en que los cubanos vieron desaparecer prohibiciones tan duraderas como las que limitaban su derecho a viajar al exterior, o a comprar y vender viviendas y tener un negocio propio. Con eso basta para ser recordado. Los cambios –si son impuestos por la necesidad– bien pueden ser asumidos por algún otro.

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