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Leonardo Padura: "Lo jodido de Cuba es que puede cambiar de mal a peor"

El escritor cubano publica 'La transparencia del tiempo', una nueva historia protagonizada por el detective Mario Conde que persigue la pista de unos traficantes de arte

Foto: Leonardo Padura. (EFE)
Leonardo Padura. (EFE)

A las 9.30 de la mañana, Leonardo Padura (La Habana, 1955) ya está preparado para presentar su última novela 'La transparencia del tiempo' (Tusquets). Le queda todo el día ante la prensa y después viajará desde Madrid a Barcelona para participar en el Festival Barcelona Negra. Pero hay energía y muy poco de la melancolía que destila su personaje, el expolicía Mario Conde, en esta novela en la que se debe enfrentar a la búsqueda de una talla románica de una Virgen negra y a varios traficantes de arte. Es una novela que deja al lector sin respiro. Pura trama salpicada de reflexiones sobre el devenir de Cuba.

De ello habla en esta entrevista, esperando ese cambio que parece que nunca llega. También de Cataluña, ya que conoce bien Barcelona – y es un gran aficionado del Barça, “por Ronaldinho, el mejor jugador que ha tenido nunca”- y de la novela negra como esa literatura que hace tiempo dejó la segunda fila. El mismo es ya premio Príncipe de Asturias.

'La transparencia del tiempo'
'La transparencia del tiempo'

PREGUNTA. En 'La transparencia del tiempo' nos encontramos con un Mario Conde más melancólico. Envejecido. ¿A usted también le ha pasado esto?

RESPUESTA. Mario Conde es una de mis formas de evitar ir al psicoanalista. Kundera lo dice muy bien en 'La insoportable levedad del ser': la vida no es ni siquiera un boceto, porque un boceto es la posibilidad de algo que tú retocas o borras o haces de nuevo. No, la vida es un continuo en el cual malamente la experiencia te sirve para algo, porque las situaciones a las que te enfrentas son diferentes. Y el paso del tiempo es una de esas experiencias que no tiene repetición.

P. ¿Cómo vive el paso del tiempo?

R. Yo he tenido la suerte de que el paso del tiempo ha sido un crecimiento en mi trabajo. Por fortuna no fue uno de esos autores que con una primera novela hace pum, sino que ha sido un trabajo de mucho tiempo. Estos reconocimientos, publicaciones, lectores… Hay veces que ni yo mismo me lo creo. Así que en el sentido laboral e intelectual, muy bien.

P. ¿Y en la parte personal?

R. Creo que he tenido una suerte tremenda con cosas importantísimas. Mi padre murió a los 87 años de la mejor manera que se puede morir, de un infarto en casa de unos vecinos. Mi madre tiene 90 y no le duelen ni los dientes postizos,. Tengo una vida muy estable con mi mujer, ya 40 años juntos. Y económicamente la literatura me ha permitido vivir con la tranquilidad necesaria para poder pensar… Ahora de hecho estoy con otra novela que me va a llevar cuatro o cinco años de trabajo y que tiene que ver con esta dispersión de los cubanos por el mundo. El hecho de que la economía me permita poder sentarme a escribir esta novela es una bendición.

Mi generación está muy frustrada, estaba bien preparada y la desaparición de la Unión Soviética tronchó muchas esperanzas

P. Pero en esta novela notaba a Mario Conde más melancólico que en otras ocasiones. Tiene conversaciones llenas de desazón con sus amigos sobre lo que el país les permitió hacer y lo que no. ¿Mira usted también hacia atrás con esa frustración con respecto a Cuba?

R. Mi generación está muy frustrada en sus aspiraciones de realización. Es una generación que mayoritariamente acudió a la universidad, bien preparada, con muchos deseos de hacer cosas y después la situación del país y lo que la envolvía como la desaparición del campo socialista, la Unión Soviética… tronchó muchas de esas posibilidades de realización. Ocurrió sobre todo en la década de los noventa cuando en Cuba falta de todo. Fue un momento en el que se quebraron muchas maneras de entender la vida y la realidad. Y por eso hay ese desencanto profundo en la generación de Mario Conde haciéndose esa pregunta de Vargas Llosa de 'Conversaciones en la Catedra'l: ¿‘cuándo se jodió el Perú’?

P. En sus libros, como en este o ‘En el hombre que amaba a los perros’, pese a las críticas por esta frustración, en el fondo se asume. ¿Uno llega a perdonar?

R. Llenarte de rencor nunca te lleva a buen puerto, hay que saber quiénes son los culpables y si son demasiado culpables, buscarlos. Si todo ha sido parte de un proceso histórico, que es lo que dice La transparencia del tiempo, eres un sujeto de la Historia y los movimientos de la Historia te arrastran de forma que uno no puede decidir. Yo no lo veo desde el punto de vista de buscar culpables, sino de mirar cómo enfrentar ese proceso, cómo salir de él lo mejor posible, y la propia Historia será la que hará el juicio definitivo.

Leonardo Padura. (EFE)
Leonardo Padura. (EFE)

P. Alguno decía, ‘la Historia me absolverá’.

R. La Historia está ahí.

P. Pero, ¿cómo salir de ese proceso? Hace un par de años, el presidente Obama visitó Cuba e inició un cambio en las relaciones entre EEUU y Cuba… ¿Usted lo vio como una luz? Era un camino que, sin embargo, parece que no fue a ningún lado, tal y como están hoy las relaciones entre Cuba y EEUU.

R. Durante 60 años habíamos vivido una pesadilla en las relaciones con EEUU. Siempre se iba de mal a peor y de peor a mal, pero nunca salíamos de ahí. El 17 de diciembre de 2014 mucha gente en Cuba dijo que se había producido un milagro. Era el día de San Lázaro, un santo milagro del que los cubanos son muy devotos, y decían que aquello era un milagro de San Lázaro. Hubo un momento en el que de pronto llegan a La Habana toda una serie de celebrities, desde Beyonce a las Kardashian, Rolling Stones, Chanel y Obama… Y aquello fue como unas vacaciones. Se va Obama y empiezan a pensarse las cosas desde el lado cubano y para satisfacer y completar esa tensión después llegó un señor que se llama Donald Trump, y que desde antes de asumir la presidencia promete que revisará las relaciones con Cuba. De hecho, las revisa y las pone en un punto que actualmente están más atrás de lo que estaban antes de 2014. Ahora estamos en un punto de un estancamiento regresivo, porque en cuestiones de economía u política los estancamientos nunca lo son, son retrocesos.

Nunca segundas partes fueron buenas, eso está sabido y muchas veces los epígonos son mucho peores que los originales

P. Por otro lado, ahora en marzo hay elecciones a la Asamblea Nacional para elegir después al presidente y al vicepresidente, pero la opción más probable es la de Miguel Díaz-Canel, que es un continuista del régimen… Cambios por ahí tampoco.

R. Sí, una continuidad en las políticas expresas porque además Raúl Castro va a dejar la presidencia del Gobierno, pero no la Secretaria General del Partido. Y en un modelo socialista, el secretario general es el que toma las grandes decisiones.

P. ¿Y no cree que, con esa frustración de la que hablaba antes, es hora del cambio?

R. Mira, no sé a cuán corto plazo o a cuán largo plazo. Si nos ponemos en la posición más ortodoxamente marxista, tiene que cambiar. La dialéctica es la base de la filosofía marxista y ya lo dijo Heráclito: todo fluye, nunca te bañas las mismas veces en las mismas aguas del río. Lo jodido de esta historia es que puede cambiar de mal a peor. Vamos a ver lo que ocurre. Nunca segundas partes fueron buenas, eso está sabido y muchas veces los epígonos son mucho peores que los originales.

P. ¿Qué sintió cuando murió Fidel?

R. Primero me sorprendió porque de la salud de Fidel no se hablaba, y fue una sorpresa, y la sensación de que se cerraba un momento histórico. De hecho se cerraba, lo que pasa es que no se ha visto la continuación de ese proceso.

P. ¿Pero no le removió personalmente?

R. Esa parte no me la preguntes porque de los muertos no se dicen esas cosas.

La clase política española ha sido muy torpe en todos los sentidos y en este Procès ha sido especialmente torpe

P. Ok. Volviendo a la novela, hay otro tema que además toca a España. Cuenta la historia de un chaval durante la Guerra Civil en Cataluña y se retrotrae hasta el siglo XIII, también en esta parte de España. Usted, además, también vivió en Barcelona. ¿Ha seguido la actualidad catalana?

R. Sí, y, al menos en mi caso, con desasosiego y un cierto dolor, porque nos acostumbramos a ver a España como un país que reunía muchas diversidades, pero que eran capaces de convivir. Lo que ocurre es que los políticos españoles, desde la época de los reyes visigodos, han hecho lo posible, muy pocos por conservar esa unidad, y muchos por quebrarla. Una clase política que ha sido muy torpe en todos los sentidos y en este Procès ha sido especialmente torpe.

P. A cual se refiere, ¿a la catalana? ¿A la española?

R. A ambas.

P. Terminamos con literatura. En esta novela hay una talla que guía toda la trama. Me recordaba a El Halcón Maltés, de Hammett. ¿Los grandes clásicos aún marcan la pauta en la novela negra?

R. Esos grandes maestros marcaron tan profundamente una pauta de posibilidades que si te lees hoy La llave de cristal o El largo adiós, te cuesta mucho trabajo encontrar autores contemporáneos que sean capaces de llegar a esa altura. Afortunadamente en las periferias del centro anglo y francés hay escritores que han sido capaces de escribir una gran literatura usando este modelo, como Sciacia en Italia, Rubem Fonseca en Brasil o Vazquez Montalbán en España. Y desde esa periferia ha llegado lo más revolucionario. En los grandes centros se han vuelto más conservadores, excepto nombres inquietantes como Patricia Highsmith, los raros… Pero el resto, están muy en el mainstream. Los que se alejan del mainstream son estos autores de la periferia.

P. Pero ha quedado en evidencia que la novela negra no es segunda fila. Usted es premio Príncipe de Asturias.

R. Y John Banville, que aunque es anglo, viene de la periferia. Yo creo que la generación que empieza a publicar en los años ochenta, noventa, es la encargada de derribar los últimos prejuicios que existían con respecto a la capacidad artística de lo que es conocido como novela negra, y la han colocado en el centro del desarrollo de la literatura contemporánea.

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