LOS CUBANOS PUEDEN VIAJAR A 35 PAÍS SIN VISADO

"Siempre va a faltar algo": el negocio de las 'mulas' que traen productos básicos a Cuba

Miles de cubanos viajan a los países donde no les exigen visado para adquirir todo tipo de cosas y revenderlas en su país de origen, una práctica que sostiene la economía informal de la isla

Foto: Pasajeros transportan paquetes a su llegada al aeropuero José Martí de La Habana, en septiembre de 2015. (Reuters)
Pasajeros transportan paquetes a su llegada al aeropuero José Martí de La Habana, en septiembre de 2015. (Reuters)

El día que Barack Obama anunció el fin de los privilegios migratorios que hasta entonces habían disfrutado los cubanos en Estados Unidos, el protagonista de la historia que voy a relatar terminaba de prepararse para partir de la ciudad colombiana de Turbo hacia Panamá. Desde esa capital centroamericana le sería mucho más fácil continuar el viaje hasta el cruce fronterizo de El Paso, en Texas, donde lo esperaba su hermano mayor. Durante el frenesí migratorio ocurrido entre diciembre de 2014 y enero de este año, casi cien mil cubanos abandonaron su isla para presentarse en alguna de las aduanas estadounidenses. Tras algunos trámites de rigor, la ley establecía su asentamiento en territorio de la Unión, al amparo de familiares o amigos, o con ayudas del gobierno federal; al año y un día eran autorizados de forma automática a solicitar la residencia.

El hermano de nuestro protagonista fue uno de los tantos que hicieron la “carrera”, la singular ruta de casi nueve mil kilómetros que partía de La Habana, hacía escala en Quito, Ecuador, y continuaba a lo largo de Colombia, Centroamérica y México, hasta culminar en una oficina del Servicio de Ciudadanía e Inmigración de los Estados Unidos. “El acuerdo era que después él me ayudaría a pagar mi salida”, recuerda. Pero la certeza de que la “ventana de oportunidad” no sería eterna llevó a nuestro hombre a decidirse: “Un día vendí mi moto y pedí prestados mil dólares. Hacerlo y salir para Guyana fue prácticamente lo mismo”. Sin embargo, dos semanas más tarde se encontró a las puertas de Panamá y sin un destino al que encaminar sus pasos: de la noche a la mañana, EEUU había dejado de ser una opción. Entonces pensó en el negocio con el que hoy se gana la vida.

Lo cuenta a través de Facebook, a condición de que no se revele su nombre, pues en Cuba dejó “unos cuantos asuntos sin arreglar”. En Panamá es un hombre diferente, un “empresario” que se dedica a organizar la estancia de compatriotas suyos que van a buscar los más diversos artículos para revender en la isla. Son “mulas”, los clientes gracias a los cuales ha podido transformar el istmo panameño en su tierra de las oportunidades.

Para los cubanos resulta poco menos que impensable la posibilidad de habituarse a una marca o proveedor específicos. Ni siquiera las tiendas en divisas y los hoteles para el turismo extranjero consiguen escapar a los ciclos de desabastecimiento que de vez en cuando vacían las estanterías o terminan colmándolas con las opciones menos demandadas, al ritmo de las sucesivas crisis de liquidez estatal. En los últimos dos años, incluso se ha hecho habitual la ausencia de muchos de los medicamentos esenciales para la envejecida población local, sin que el Ministerio de Salud Pública aporte más que tímidos llamados a la paciencia y críticas en contra de quienes “acaparan sin tener en cuenta las necesidades del pueblo”.

Las circunstancias determinan que prácticamente cualquier oferta encuentre demanda, por lo regular a precios muy superiores a los de naciones con un mayor poder adquisitivo. Omar, copropietario de una pequeña industria de conservas de vegetales en la central provincia de Sancti Spíritus pudo comprobarlo hace pocos meses, cuando viajó por primera vez a Panamá para adquirir productos a su negocio. “Los condimentos y conservantes que en Cuba resulta casi imposible conseguir, allá los venden tan baratos que sería rentable importarlos en grandes cantidades. Y no es lo único: yo mismo he tenido que mandar a buscar fuera hasta las gomas [neumáticos] de mi ‘Polaquito’ [un popular auto de la antigua Polonia socialista], pues en Cuba no había forma de encontrarlas; sin embargo, en Colón podían comprarse por estibas”.

Un inmigrante cubano recibe su pasaporte con un visado panameño en la frontera de Paso Canoas, Costa Rica, en noviembre de 2015, en pleno éxodo migratorio desde la isla. (Reuters)
Un inmigrante cubano recibe su pasaporte con un visado panameño en la frontera de Paso Canoas, Costa Rica, en noviembre de 2015, en pleno éxodo migratorio desde la isla. (Reuters)

"Todo, lo que se dice todo"

Los más inimaginables productos llegan cada día a la isla desde otros países, de la mano de las “mulas”, quienes se dedican a adquirirlos fuera de fronteras, entrarlos y distribuirlos aprovechando cuanta grieta dejen las autoridades aduaneras de La Habana. Constituyen la primera pieza de un extenso y efectivo sistema comercial, que funciona de forma paralela al establecido por el gobierno.

En la actualidad, ese comercio se alimenta de fuentes principales. La más lejana se halla en Rusia, de donde los viajeros regresan con piezas para coches y teléfonos móviles; de Haití y Guyana traen fundamentalmente ropas y calzado, y desde Panamá computadoras y otros equipos electrónicos, en un largo etcétera que va desde cámaras profesionales de video hasta cintas de colores para cumpleaños infantiles.

“Estamos hablando de todo, lo que se dice todo”, explica mi fuente en Ciudad de Panamá, quien una o dos veces por semana se encamina al aeropuerto internacional de Tocumen con el objetivo de recoger o devolver a cubanos que han viajado a Panamá para comprar al por mayor. La mayoría son habituales que llegan acompañados por una o dos personas que les han vendido sus “kilos” a cambio del pasaje y una cantidad de dinero que oscila entre 200 y 300 dólares.

Las estrictas regulaciones para la importación que rigen en Cuba limitan hasta un máximo de 120 kilogramos la carga que puede entrar cualquiera de sus ciudadanos en su primer viaje desde el exterior cada año. De ahí en más se establece una progresiva disminución de las cantidades permitidas, hasta poco más que el equipaje de mano y un par de bultos. “Por eso son tan valiosos los pasaportes de la gente que no ha viajado, con uno solo que traigas ya puedes recuperar la mayor parte de la inversión”, detalla mi entrevistado.

Cuando el 12 de enero pasado Obama cerró toda posibilidad a su “sueño americano”, él se contó entre los que insistieron en suponer que Donald Trump “cambiaría las cosas” cuando asumiera la presidencia. Armado con esa creencia siguió camino hasta Panamá e incluso trató de pactar la continuación de la travesía con una banda de 'coyotes'. “Pero todos los que estábamos en lo mismo terminamos dándonos cuenta de que esta vez nos había tocado perder”, confiesa.

En definitiva, la tabla de salvación se la brindó su hermano, quien primero lo ayudó a sostenerse durante los meses que aguardaba una solución diplomática que, al menos, beneficiara a los que ya se encontraban en camino. Más tarde, cuando quedó claro que habían sido abandonados a su suerte, lo apoyó en el proceso de solicitar una residencia temporal y montar el negocio del que hoy vive: el transporte y alojamiento de sus compatriotas cuando viajan al istmo para comprar.

Un viajero llega al aeropuero José Martí cargado de bultos, en 2013. (Reuters)
Un viajero llega al aeropuero José Martí cargado de bultos, en 2013. (Reuters)

Infraestructura para 'mulas'

Aunque Panamá no es uno de los países a los que los cubanos pueden entrar sin visa (el listado, de 35, sí incluye a Rusia y Guyana), son cientos los isleños que disponen de un permiso para “entradas múltiples”, otorgado por el gobierno local cuando aceptaron regresar a La Habana a mediados de este año. Al abordar el avión también les entregaban 1.650 dólares, una especie de incentivo que podían emplear en el propio comercio informal que ahora muchos de ellos desarrollan. “Deben ver ese capital como una semilla para procurarse un futuro diferente para ustedes y para sus familias”, les recomendaba por entonces el viceministro de Seguridad panameño, Jonathan del Rosario.

El grupo vino a sumarse a los que desde hacía tiempo se dedicaban a la misma actividad; todos, como es lógico, necesitan una “infraestructura” de alojamiento y transporte, entre otros servicios. Mi entrevistado es uno de los que se encarga de proveerla. Para hacerlo, arrendó un casa de dos plantas en el barrio de San Antonio y la acondicionó con varias habitaciones para subalquilar. También compró una camioneta usada, con la que traslada a sus clientes desde y hacia el aeropuerto, y a los mercados donde suelen encontrarse los mejores precios. Su novia panameña, que conoció al poco tiempo de estar en el país, le sirve de asistente y cocina para los huéspedes, cerrando el círculo de un negocio que ya le ha permitido recuperar parte del dinero que invirtió en su malograda travesía.

En su opinión, la suya es una “industria” con futuro, pues "en Cuba siempre va a faltar algo y algunos han ido encontrando variantes para pasar más carga por los aeropuertos cuando llegan”. Tal circunstancia resulta significativa por el hecho de que las regulaciones aduaneras vigentes llegan al extremo de definir hasta la cantidad de cepillos de dientes que puede importar cada viajero, por lo que a todas luces si alguien consigue ingresar más de lo legislado -sin lugar a dudas- es porque cuenta con la complicidad de algunos de los funcionarios encargados del control. En cualquier caso, resulta una evidencia tangible de hasta qué punto la economía local depende de esas importaciones.

Quienes contratan los viajes o las propias mulas no parecen contemplar un cambio cercano del escenario actual. Todo lo contrario. Prácticamente todos los sitios en internet con anuncios destinados al público cubano alojan páginas en las que se encuentran cientos de ofertas para viajar a países “libres de visado”. En algunos, familias completas, con sus hijos, se brindan a adquirir y traer cuanto se les encargue. De sus suministros dependen en buena medida los negocios del tan llevado y traído sector privado cubano y sus clientes. En otras palabras, prácticamente toda la población de la isla.

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