se enfrentan a rectificaciones

El pacto con Podemos deja fuera de juego en el Gobierno a Borrell, Calviño y Marlaska

Los 'ministros de Ciudadanos' quedan como cuerpos extraños tras el acuerdo con Iglesias. Las cuentas, la negociación con Junqueras y la ley mordaza marcan el cambio de rumbo

Foto: Joseb Borrell, Fernando Grande-Marlaska y Nadia Calviño. (EFE)
Joseb Borrell, Fernando Grande-Marlaska y Nadia Calviño. (EFE)

"El Gobierno tiene muy buena fotografía, pero no tan buena radiografía". Siguiendo el diagnóstico que circula entre veteranos socialistas, al pasar el Gobierno por el escáner tras el acuerdo con Podemos asoman al menos tres cuerpos extraños: Josep Borrell, Nadia Calviño y Fernando Grande-Marlaska. Tres carteras de mucho peso están en manos de ministros que afrontan ahora situaciones que chocan con su trayectoria: la negociación con Oriol Junqueras en la cárcel, las dudas de Bruselas a los números del Presupuesto y la rebaja de la ley mordaza. Conforme crece la figura de Pablo Iglesias como clave para el Gobierno, la suya mengua.

Cuando Sánchez anunció su Ejecutivo, hubo unanimidad en que era un gabinete mayoritariamente centrista. Tanto, que algunos de sus ministros podrían haber entrado perfectamente en un Ejecutivo de Albert Rivera. Dos de ellos, Màxim Huerta y Pedro Duque, habían sido directamente sondeados por Ciudadanos. Otros daban totalmente el perfil.

Sobre todo, tres de ellos. Josep Borrell, el azote del independentismo en Cataluña, la única persona capaz de eclipsar a Vargas Llosa en una manifestación en Barcelona o de callar a Oriol Junqueras en TV3. Grande-Marlaska, exvocal del Poder Judicial a propuesta del PP, un juez con fama de implacable que era habitual en las entregas de premios del diario 'La Razón'. Y Nadia Calviño, directora general de Presupuestos de la Comisión Europea, alta funcionaria de Jean-Claude Juncker, símbolo del rigor presupuestario y la estabilidad en los mercados. Los tres tenían el sello de ministrables con Rivera.

Calviño presume de bajar el gasto público sobre el PIB mientras Podemos hace gala de lo contrario

Tras el pacto de legislatura —eso es algo más que un acuerdo de Presupuestos— entre el Gobierno y Podemos, y por diferentes motivos, los tres han quedado como cuerpos extraños. Es como si Sánchez hubiese mandado adelantar la defensa de golpe en una falta en contra y el equipo, en vez de moverse como una línea, se hubiese quedado con tres jugadores incómodos rezagados en el área pequeña. Solo una semana después del pacto, los tres se han visto en situaciones que, por trayectoria, no les encajan. Con su pacto y al buscar el apoyo de los independentistas para las cuentas públicas, Sánchez no solo se venga de la gestora del PSOE que impidió el Gobierno Frankenstein sino que los ha dejado descolocados.

La primera es Calviño. En su negociación de Presupuestos, Sánchez puso una vela a Bruselas y otra al gasto público. Tenían que encajar Calviño y Sánchez Mato, economista, comunista y uno de los negociadores de IU. "La deuda pública no es un problema, los estados no quiebran", declaró a este diario a principios de septiembre en una entrevista sobre la evolución de las negociaciones. Sánchez Mato fue cesado como concejal de Hacienda de Madrid por negarse a acatar las medidas de austeridad de Cristóbal Montoro que derivaban de las políticas de Bruselas. Podemos no ha encontrado su Varoufakis, pero Sánchez Mato sería en España lo más opuesto a las medidas de la Comisión Europea.

La negociación con Unidos Podemos no la llevó Economía sino Hacienda. Su titular, María Jesús Montero, es un animal político. Médica de formación, fue capaz de hacer de la sanidad andaluza un referente mediático para toda España. Si se ve envuelta en un corrillo con 40 periodistas en el Congreso, parece disfrutarlo. Pero las cuentas que Hacienda pactó con gente como Sánchez Mato tienen que ser defendidas en Bruselas por Calviño. El yin y el yang. La noche y el día. En la rueda de prensa en la que presentó el plan presupuestario que se envía a Bruselas, Calviño, como si fuera una venganza, como si en realidad la austeridad siguiera ahí, sacó pecho de que con el acuerdo el gasto público sobre el PIB caerá en los Presupuestos de 2019, del 41,2% al 40,9%.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la firma del acuerdo de legislatura. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, durante la firma del acuerdo de legislatura. (EFE)

Pero la Comisión Europea, como muchos expertos, duda al menos de la previsión de ingresos. El documento incluye, por ejemplo, 828 millones de ingresos solo por nuevas medidas contra el fraude fiscal, que incluyen actualizar la lista de paraísos fiscales. Suponiendo que funcionen, son medidas que tardan su tiempo en dar frutos. Que Bruselas envíe una carta poniendo en duda la previsión de ingresos, aunque no sea una enmienda a la totalidad, es una mancha para una funcionaria de la Comisión en excedencia. "Seguro que Calviño no está cómoda", señala un alto funcionario de las instituciones europeas.

La ministra ha defendido las bondades del Presupuesto, que según ella combinan rigor presupuestario, lucha contra el déficit y medidas sociales. Quizás el retraso en la aprobación —no estarán listos antes de primavera— ayude al rigor. "Solo con el retraso en la ejecución de las medidas van a cumplir con Bruselas", vaticina un diputado.

Otro que ha vivido una sacudida entre su pasado y la actualidad es Borrell. Que los Presupuestos de su Gobierno salgan adelante depende del apoyo de ERC —y en menor medida, de PDeCAT—, algo que incomoda a muchos socialistas de cara a las autonómicas. Uno de estos, poco sospechoso de sintonizar con el independentismo, se encoge de hombros en los pasillos del Congreso. "Necesitamos su apoyo. Es lo que hay. Los Presupuestos son buenos y tenemos que aprobarlos". Es como si el PSOE se mentalizara para pasar el trago rápido de negociar con ERC, confiados en que pacten su apoyo pero no por contrapartidas sino por su propio interés, porque la alternativa en Madrid —Casado+Rivera— sería peor para ellos.

Mientras los socialistas bajan el tono con los 'indepes', Borrell echó gasolina al fuego. Se puso duro con ellos y lo hizo en respuesta a Podemos

Sin embargo, el miércoles, y mientras los socialistas practican la desinflamación, Borrell echó gasolina al fuego, en palabras de un cargo del PSOE. Lo hizo en una comparecencia en el Congreso sobre la Unión Europa después de haber asumido por la mañana que no recurrirá la multa por el uso de información privilegiada en Abengoa. Y allí, donde era fácil eludir el tema, usó un tono desafiante para dar por seguro que los independentistas darán gratis su apoyo: "¿Cuánto se juegan a que mucha bravata, pero, a la hora de la verdad, los independentistas votan los Presupuestos? ¿Doble contra sencillo? Estoy seguro de que los van a votar, pero no porque tengamos un pacto secreto con ellos, sino por su propio interés". En el grupo socialista hay quien rebaja la intención de sus palabras. "Llevaba cuatro horas de intervención, por la mañana había sido lo de Abengoa. Era en realidad una respuesta a la intervención de ERC, que le había dicho de todo. Es solo algo dialéctico".

Pero, formalmente, las palabras iban dirigidas al diputado de Podemos Pablo Bustinduy, que había comenzado pidiendo al ministro "prudencia y un espíritu de colaboración constructiva". "Quería expresar mi sorpresa por el hecho de que los últimos días en esta sede usted haya multitplicado algunas referencias en términos peyorativos, o especulativos, ante mi grupo parlamentario, que es el principal sostén de su Gobierno", advirtió Bustinduy. Y eso que Podemos ha sido muy tibio con el escándalo de Abengoa frente a su exigencia de dimisiones en casos como el de Dolores Delgado.

La cara de estupefacción del diputado de Podemos evidenciaba que Borrell estaba haciendo un flaco favor para que su labor de mediación con los independentistas tuviese éxito. "Para ser un ministro de Exteriores, cuyo cargo obliga a la mesura y a la contención, se muestra muy lenguaraz", afea un dirigente de la formación morada en referencia a estas palabras. Una cierta "incontinencia verbal", añade, que no facilita nada las cosas para normalizar las relaciones con las formaciones independentistas y lograr su apoyo para los Presupuestos.

Desde que Pedro Sánchez nombró su Gobierno, Calviño, Borrell y Marlaska estaban bajo la lupa de Podemos. En un primer momento, varias voces en Unidos Podemos apostaron por salir a valorar negativamente la inclusión de estos en el Ejecutivo. Finalmente, se optó por mantener la cautela, evitando un marcaje al nuevo Ejecutivo desde el primer momento debido a la buena recepción que los nombramientos tuvieron en amplios sectores sociales y los planes de acercarse a los socialistas identificándolos más como aliados que como rivales políticos. Internamente, se decidió así esperar a que el Gobierno empezase a gobernar y cayera en sus propias contradicciones, conscientes de que la artimética parlamentaria llevaría al PSOE a acercarse. "Ya nos vendrán a pedir ayuda cuando no les quede más remedio", fue el razonamiento.

Con su pacto, Sánchez no solo se venga de la gestora del PSOE que impidió el Gobierno Frankenstein sino que los ha dejado descolocados

Con el paso de los meses, Borrell habría superado a Grande-Marlaska como principal preocupación de Unidos Podemos, según confiesan fuentes cercanas a la dirección del grupo parlamentario. Es decir, como freno a la hora de empujar al Gobierno hacia la izquierda y desarrollar un pacto de legislatura para el que, como en la moción de censura, es imprescindible el concurso de las formaciones independentistas catalanas para sacarlo adelante.

El tercero de los rezagados es Marlaska. El ministro que rescató las devoluciones tibias de inmigrantes a Marruecos y quiso contemporizar con la ley mordaza, junto con la eutanasia una de las grandes apuestas de Sánchez para marcar el debate político esta temporada. En Podemos, la confianza en Marlaska es prácticamente nula, según reconocen los responsables que han negociado este punto en el pacto, uno de los menos ambiciosos y que han quedado más abiertos. Entienden que hay un sector en el PSOE más receptivo, pero no coincide precisamente con el ministro de Interior, que estaría tratando de retrasar los plazos, minimizando la posibilidad de modificar el Código Penal y vincular la supresión de las devoluciones en caliente a lo que dictamine el Tribunal de Estrasburgo. El domingo, coincidiendo con un nuevo salto a la valla, dirigentes de Podemos avisaron de que no consentirán nuevas devoluciones a Marruecos amparadas en un acuerdo de 1992 como las que Interior realizó en verano.

El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, durante una sesión de control en el Congreso. (EFE)
El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, durante una sesión de control en el Congreso. (EFE)

"Nos preocupa que se estire artificialmente la ponencia" y no se resuelva antes de que finalice la legislatura. Con Marlaska, admiten fuentes cercanas a las negociaciones, es más "complicado" que con la dirección del grupo socialista. Con todo, esperan que sean estos últimos quienes se impongan, pues la portavoz, Adriana Lastra, ya avanzaba esta semana que, por ejemplo, la prohibición de fotografiar o filmar a policías desaparecería de la ley cuando estuviesen en actos de servicio o durante una intervención policial.

Si Podemos otorgó a Grande-Marlaska un margen de cortesía, aunque ironizando que "no sería sensato juzgarle por haber ido contra los manifestantes del 15-M cuando rodearon el Parlamento de Cataluña ni por mandar a juicio a dibujantes de 'El Jueves", los hechos comienzan a preocuparles más. Las devoluciones en caliente son una línea roja, más allá de que hablen de derogar las leyes mordaza, en plural. Esto es, tampoco desean volver a la ley Corcuera, "de patada en la puerta". No se fían y, por tanto, asumen que en las cuestiones que deban negociar con el magistrado en excedencia, su "mejor baza será la presión en la calle".

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