LA CRÓNICA DE LA SEGUNDA BAJA EN 101 DÍAS

Por qué Sánchez mantuvo a Montón hasta el final (pese a todo y pese a todos)

El presidente luchó para sostener a su ministra porque tenía confianza en ella y en que se podría apagar el incendio, y porque era un valor clave de su Ejecutivo. En el PSOE pedían su caída

Foto: Carmen Montón, acompada de su equipo y del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, este 11 de septiembre. (EFE)
Carmen Montón, acompada de su equipo y del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, este 11 de septiembre. (EFE)

Pasaban las cinco de la tarde. Pedro Sánchez ya había manifestado su respaldo expreso a su ministra de Sanidad. "Está haciendo un gran trabajo y va a seguir haciéndolo". La furia interna del PSOE, sin embargo, no se desvanecía del todo. "El horno no está para bollos", decía un alto cargo de la dirección. A las nueve y cuarto de la noche, la dimisión de Carmen Montón era un hecho. Se iba para no erosionar más al Ejecutivo. A las diez, la crisis estaba oficialmente zanjada con el nombramiento de su sustituta, Luisa Carcedo, considerada un valor seguro, fiable. Se cerraban 38 horas de infierno para Sánchez, en los que tuvo que sacrificar, contra su voluntad, a su segundo ministro solo 101 días después de su toma de posesión. El presidente había intentado salvar a Montón de la quema, resistir el envite. No pudo. El ejercicio resultó estéril.

¿Por qué?

No es fácil reconstruir el relato de un lunes y martes de septiembre de vértigo. En La Moncloa se había ordenado cerrar bocas, intentar gestionar la crisis con la mayor discreción. Pero solo la secuencia de hechos, y el peso político de los personajes, ayudan a guiar cómo se canalizó la toma de decisiones. Desde la tímida defensa de Montón de las primeras horas al respaldo cerrado coronado por Sánchez hasta el traspié final, el suceso que hizo desmoronarse el edificio de la resistencia, la revelación, a cargo de La Sexta, de que la ministra había plagiado parte de su trabajo de fin de máster. El estrambote final acabó con Montón. Definitivamente.

El propio presidente era el que desde el principio había querido sostener a su ministra, según indicaban anoche aquellos que habían charlado con él. Estaba contento con ella, con su gestión. La creía. Y también era consciente de que no era lo mismo desprenderse de ella, una mujer de partido, muy política y mediática, que de Màxim Huerta, un 'outsider' al que fichó casi por capricho. Aun así, el lunes dominó la prudencia. De La Moncloa salía un mensaje de apoyo de manual. Las explicaciones de Montón, tras el estallido del escándalo, habían sido "claras, amplias y transparentes". No hubo mensajes públicos de aliento. Los medios se hacían eco de esa respuesta tibia. Por eso horas después se decidió cambiar el paso.

Sánchez estaba contento con Carmen Montón y su gestión. La creía. Y también era consciente de que no era lo mismo desprenderse de ella que de Huerta


El martes, 'eldiario.es' contaba que las notas habían sido manipuladas meses después de que aprobara el máster de Estudios Interdisciplinares de Género de la Universidad Rey Juan Carlos. El centro lo confirmaba poco después. El caso ya empezaba a parecerse demasiado al de Cristina Cifuentes. La ministra acudía a la SER para seguir defendiéndose, jurar y perjurar que no había cometido irregularidades y precisar que si las había eran cosa de la URJC, no de ella. Ya no descartaba que pudiera dimitir, aunque entendía que la decisión sería "injusta". En la radio estaba acompañada del secretario de Estado de Comunicación, Miguel Ángel Oliver, como había ocurrido la víspera. La Moncloa estaba al frente de la comunicación institucional de la crisis.

La evolución de la jornada

Sin embargo, la indignación dentro del PSOE vaa en aumento. Mandos cualificados de la ejecutiva de Sánchez —o sea, nada de contrarios suyos— entienden que la situación no es sostenible, que hay que atajar la crisis y hacer caer a Montón para no erosionar al Gobierno y a su presidente. El Confidencial informa primero de esa ira interna, y pronto lo hacen los demás medios. Sánchez, según señalaban fuentes de la dirección del partido, dio la orden de cerrar filas con ella. Lo haría su núcleo duro, para que no quedasen dudas, aunque las dudas persistían, incluso en lo más alto del organigrama.

El presidente había dado la orden de coordinar los mensajes de apoyo con Lastra y Ábalos para cuando la rabia interna iba en aumento

Primero sale Adriana Lastra, la número dos y portavoz parlamentaria. Avanza que la ministra comparecerá en el Congreso porque "no tiene nada que esconder", pero no da por descartada la dimisión. Poco más tarde es el secretario de Organización y ministro de Fomento, José Luis Ábalos, quien intenta contener las aguas. Expresa la "plena confianza" en la titular de Sanidad, pero de nuevo no descarta su caída. Sobre las cinco de la tarde, tras someterse a las preguntas de los grupos en el Senado, Sánchez busca zanjar la crisis y sofocar la presión interna. Contesta a los periodistas. Avala a Montón. "Está haciendo un gran trabajo y lo va a seguir haciendo". El fantasma de una salida inminente se marchaba.

Sin embargo, las palabras del presidente no satisficieron a quienes pedían desde hacía horas la cabeza de quien estaba en el centro de la polémica. En el Gobierno reconocían la coordinación de mensajes con Lastra y Ábalos. Sánchez había intentado zanjar la crisis... a la espera de más revelaciones o de un eventual pronunciamiento de los tribunales. "Si hay más cosas, veremos", decían.

Por qué Sánchez mantuvo a Montón hasta el final (pese a todo y pese a todos)

Fuentes del PSOE relataban que el propio jefe del Ejecutivo era el más convencido de que debía salvar a su ministra. Estaba satisfecho con su gestión, con el éxito de restitución de la sanidad universal o la preparación de la ley de protección integral contra la violencia infantil. Si no había decidido dejarla caer era porque creía en su palabra, consideraba "injusta" su salida y pensaba que, al menos a corto plazo, el escándalo no tendría mayor recorrido. Montón es, además, una de esas políticas "valientes", "muy políticas", de partido. Joven, hábil con los medios. Fuentes del Ejecutivo indicaban que se trataba de encontrar un difícil equilibrio: resistir al máximo sin sufrir demasiado desgaste, no sacrificar demasiado el mensaje de tolerancia cero con prácticas cuestionables, no quemar una herramienta potente contra el PP, cuyo líder, Pablo Casado, está siendo investigado por su posgrado en la URJC.

Que "no influya" en el Ejecutivo

Cuando Sánchez salió en defensa de Montón en el Senado, contaban dirigentes socialistas, no sabía que la estocada final estaba cerca. Desconocía que La Sexta había accedido al trabajo de fin de máster (TFM), ese que la ministra no había permitido fotocopiar a los medios, y había comprobado que 19 de sus 52 páginas eran fruto del plagio de otros autores y de pasajes tomados de Wikipedia. Sánchez dijo basta. No había forma de resistir.

Desde Ferraz sí admiten que el desencadenante final de la dimisión fue la noticia del plagio del TFM, que Sánchez no conocía cuando salió a apoyarla

A las 20:15 La Moncloa informaba de la comparecencia de Montón para media hora más tarde. La dimisión estaba ya en marcha. Al final compareció al filo de las 21:20. Por menos de seis minutos. "Estoy orgullosa y agradecida por que el presidente Pedro Sánchez haya contado conmigo para su equipo en el Gobierno", decía Montón, subrayando que había sentido "en todo momento la calidad humana, el apoyo y el afecto" del jefe del Ejecutivo. "Los españoles y las españolas tienen un magnífico presidente del Gobierno, y para que esta situación no influya le he comunicado mi dimisión", añadía, compungida, sin dar más explicaciones de su máster ni reconocer cuál fue el desencadenante de su marcha.

A las 22 horas, La Moncloa notificaba que la sustituta era Luisa Carcedo, la madre política de Lastra, la hasta ahora responsable del Alto Comisionado para la Lucha contra la Pobreza Infantil. Una médica y política con una trayectoria acreditada y una gestión incontrovertible. Un "valor seguro", sostenían en Ferraz, la misma cualidad que había primado a la hora de encontrar al relevo de Màxim Huerta en Cultura, José Guirao.

Por qué Sánchez mantuvo a Montón hasta el final (pese a todo y pese a todos)

El listón de la honestidad

La segunda crisis de gobierno en 101 días —a la que hay que sumar la caída de la directora general de Trabajo, Concepción Pascual, la semana pasada, por haber inscrito el sindicato de prostitutas— deja más rasguños a Sánchez. Queda "tocado", como advertían en su cúpula, sobre todo porque en esta ocasión, a diferencia de lo que ocurrió en junio con Huerta, el presidente sí defendió públicamente a su ministra. Comprometió su palabra. La respaldó a las cinco de la tarde de este 11 de septiembre de 2018 convertido en auténtica montaña rusa y tres horas después trascendía la salida de Montón.

En el partido advierten que con este episodio el presidente queda "tocado" pues, a diferencia de lo que pasó con Huerta, sí comprometió su palabra

En el partido se quejaban lo ocurrido. Esta vez ha sido evidente la discrepancia de criterio entre importantes miembros de la dirección y la órbita de La Moncloa, y en concreto Sánchez. "Ya lo dijimos", "este era un jardín abonado para el desastre desde el primer momento", "se veía venir", "los asesores no tienen la culpa, se han limitado a hacer lo que Pedro les decía, no se puede diseñar bien algo que se hace mal y se decide peor"... Los lamentos se escuchaban en el cuartel general de los socialistas, y también las preguntas de cómo se había producido este nuevo tropiezo, cuando las advertencias sí habían llegado y cuando se tenía que haber aprendido la lección del caso Huerta.

No fue así. La secuencia había sido parecida, de hecho, aunque más dilatada. Salida a la palestra para dar explicaciones, defensa de La Moncloa, acumulación de hechos y noticias en contra y caída final e inevitable. El listón que se impuso el PSOE, y el propio Sánchez, cuando saltó el escándalo de las 'tarjetas black', en 2014, tras lo que hubo bajas fulminantes de militancia, era ya muy alto. Y desde entonces el partido y su líder han presumido de autoexigencia frente a la pasividad del PP. La propia moción de censura era la respuesta a la inacción de Mariano Rajoy frente a la corrupción que le acorralaba cada vez más. Ahora, el presidente ha tenido que alzar la guadaña contra su voluntad inicial y asumir la salida de una ministra estrella, apreciada y apoyada. Un trago difícil de digerir en un contexto explosivo y en un ambiente de máxima fragilidad del Gobierno. Atravesar el mojón de los cien días en el Ejecutivo está convirtiéndose en un camino de pasión para Sánchez.

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