El IPC (5,5%) pulveriza las peores expectativas y mete presión al BCE
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LA SUBYACENTE SUBE HASTA EL 1,4%

El IPC (5,5%) pulveriza las peores expectativas y mete presión al BCE

El IPC sube en vertical. El 5,5% anual se sitúa en niveles desconocidos en décadas. Lo peor es que ya se observan incrementos de segunda ronda, lo que indicaría que empieza a ser un fenómeno estructural

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Malas noticias desde el frente de la inflación (5,5% anual). Y no solo porque la tasa anual del IPC (índice de precios de consumo) haya escalado hasta niveles de hace tres décadas, sino, sobre todo, porque la economía empieza a interiorizar el alza de los precios energéticos trasladándolo a la cesta de la compra. O, lo que es lo mismo, un fenómeno vinculado a la crisis energética que vive el planeta, que en principio tiene carácter temporal, se ha colado en la estructura económica, lo que explica que la inflación subyacente, que mide la evolución del IPC eliminando los componentes más volátiles, la energía y los alimentos no elaborados, se haya disparado hasta el 1,4%, cuando en abril era del 0,0%.

El dato, sin embargo, todavía está lejos del 2% que se ha autoimpuesto el Banco Central Europeo (BCE) para anclar su política monetaria, pero refleja la rapidez con que el alza de los precios de la energía se ha trasladado a bienes que nada tienen que ver con el problema de origen.

Es decir, parece existir ya una inflación de segunda ronda, que es lo que más preocupa a los banqueros centrales, toda vez que puede desencadenar una espiral inflacionista. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el principal coste de las empresas, los salarios, que están subiendo en España a un ritmo del 1,4%, todavía no han reaccionado al incremento del IPC. Tampoco los alquileres u otros precios indexados a la inflación que los agentes económicos estarán obligados a revisar, y esto incluye al sector público en materias como las pensiones o determinadas concesiones.

Foto: Christine Lagarde. (EFE)

Sí lo han hecho, por el contrario, productos básicos de la cesta de la compra. En particular, los agrícolas. Los incrementos son generalizados desde el 1 de enero —también hay algunas bajadas— y afectan, sobre todo, a productos de primera necesidad de los hogares.

Subidas generalizadas

Los datos del Boletín semanal de coyuntura que elabora el Ministerio de Agricultura muestran, por ejemplo, que el trigo blando panificado está subiendo a un ritmo del 31%; el trigo duro, por su parte, se ha encarecido desde que comenzó el año nada menos que un 91,6%, mientras que la cebada para pienso, que posteriormente se traslada a la ganadería y, finalmente, al consumidor, se ha incrementado un 43%. En la misma línea, el maíz de grano aumenta de precio un 31%, mientras que el arroz se encarece un 8,3%, por debajo del 28% del aceite de oliva virgen extra. El pollo, por su parte, ha aumentado de precio casi un 22%.

Foto: (iStock)

Es probable que los problemas de suministro en las cadenas de producción —el IPC revelado este jueves es solo un avance— estén influyendo también en el alza de los precios, ya que los cuellos de botella suponen un 'shock' de oferta. O, lo que es igual, el mercado dispone de menos productos a la venta ante una demanda creciente vinculada a la recuperación pospandemia.

Este escenario inflacionista es el que puede acelerar la retirada de los estímulos monetarios por parte del BCE, que, en principio, ha garantizado que hasta marzo de 2022 mantendrá las operaciones de compra de activos, incluida la relajación de la ratio de apalancamiento para las entidades de crédito.

Este compromiso, sin embargo, puede ser revisado en cualquier momento si el BCE observa que el alza de los precios no es coyuntural, sino que comienza a tener un carácter estructural. Aunque el mensaje oficial sigue siendo que las subidas son temporales y ceñidas a la energía, lo que está claro es que el consejo del BCE está dividido, como han revelado las actas de sus reuniones, y esta será una de las bazas que los halcones del banco central no dejarán pasar.

Foto: Imagen del puerto de Vancouver, en Canadá. (Reuters)

Hoy por hoy, sin embargo, parece descartada una subida de tipos, aunque bien distinta es una posible aceleración de la retirada de los estímulos monetarios, y que han hecho aumentar la liquidez hasta niveles históricos. La diferencia respecto de otras crisis es que en esta ocasión la inflación no es de naturaleza monetaria, sino que tiene que ver con los costes energéticos, como sucedió en los años 70. Pero la receta sigue siendo idéntica, endurecer la política monetaria y actuar, en la misma línea, desde el ámbito fiscal. Es decir, presupuestos más restrictivos para evitar actuar de manera procíclica (a favor de la inflación).

No hay que olvidar, sin embargo, que en la subida en vertical del IPC influye de forma determinante el llamado efecto escalón, ya que los datos mensuales se comparan con los de hace un año, cuando en medio de la pandemia se hundió la inflación por falta de actividad. Pero ese efecto se mantendrá hasta los primeros meses de 2022, que es cuando comenzaron a repuntar los precios en 2021. Y ese es, precisamente, el riesgo, ya que las revisiones de las tarifas, salariales o de otro tipo, suelen hacerse al comienzo de cada ejercicio. Precisamente, cuando la tasa de inflación se encuentra en máximos.

Malas noticias desde el frente de la inflación (5,5% anual). Y no solo porque la tasa anual del IPC (índice de precios de consumo) haya escalado hasta niveles de hace tres décadas, sino, sobre todo, porque la economía empieza a interiorizar el alza de los precios energéticos trasladándolo a la cesta de la compra. O, lo que es lo mismo, un fenómeno vinculado a la crisis energética que vive el planeta, que en principio tiene carácter temporal, se ha colado en la estructura económica, lo que explica que la inflación subyacente, que mide la evolución del IPC eliminando los componentes más volátiles, la energía y los alimentos no elaborados, se haya disparado hasta el 1,4%, cuando en abril era del 0,0%.

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