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El drama de Frank Vandenbroucke o cómo tenerlo todo para todo perder
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Perseguido por sus demonios

El drama de Frank Vandenbroucke o cómo tenerlo todo para todo perder

El ciclista belga tuvo una carrera marcada por la autodestrucción y las drogas. Al final, murió en una habitación de Senegal tras haber contratado los servicios de una prostituta

Foto: El ciclista belga. (EFE/Lievan Van Assche)
El ciclista belga. (EFE/Lievan Van Assche)

Vaya, ese tal Francesco del Ponte tiene buena pinta. Oye, sí. Y no debería, ¿eh? Una carrera chiquituca, en Inverno, muy cerca de Milán. Agosto de 2006, cuando los corredores de fuste andan a cosas de mayor sustancia. Pero es que lo miras y... fino, rostro afilado, ojos clarucos, mirada de pillastre. Viste de azul, un maillot de la Vuelta a Cerdeña. La bici... nada especial. Pero es que él desprende un no sé qué de grandeza. Muy por encima, claro, de este Gran Premio Mamma Agnese (aunque Gran Premio Mamma Agnese sea uno de los nombres más acojonantes que nunca escuché para una prueba ciclista).

Demasiado. Alguien, de hecho, empieza a sospechar. ¿No es ese...? Bah, imaginaciones. Miran su licencia. Ummm... cómo decírtelo, colega... no puedes correr con esto. ¿No? No. ¿Y por qué? O sea, en fin, a ver... que el de la foto es Tom Boonen. Sí, Tom Boonen, a todos nos suena Tom Boonen. Y nos suena usted. Es Frank Vandenbroucke. Así que fuera de esta carrerita pequeñaja. ¿Quieren un último giro surrealista? Esa ficha la ha rellenado el presidente del Olympus, un equipo de la zona. Pero puso mal la traducción de mi nombre, decía Frank. Debía ser algo así como Francesco del Pantalone. Ay. Ese mandatario es bajito, orondo, rubio, de iris muy claros. Ganó un Giro de Italia, se llama Evgeni Berzin.

placeholder Admiradores del ciclista belga Frank Vandenbroucke asisten a su funeral en la iglesia San Pedro y San Pablo de Ploegsteert. (EFE/Peter Deconinck)
Admiradores del ciclista belga Frank Vandenbroucke asisten a su funeral en la iglesia San Pedro y San Pablo de Ploegsteert. (EFE/Peter Deconinck)

Mejóralo, plataforma de ficción que genera series como churros... Era por empezar con una sonrisa. La cosa sobre Frank Vandenbroucke, digo. Porque el resto... feo. Feísimo. Un relato oscuro, una historia de alguien que pudo ser todo, que tenía talento, fama, dinero, encanto personal... Alguien que acabó firmando una de las trayectorias más frustrantes, más incomprensibles, de este bendito deporte. El clásico desnortado a pedales, solo que este lo extendía más allá de la bici. Y eso es lo peor. Tragedia. Sobre Frank Vandenbroucke acaba de publicar la editorial Libros de Ruta Dios ha muerto, un relato de resonancias nietzscheanas escrito por el británico Andy McGrath y traducido por David Batres. Un descenso a los infiernos sin Virgilio que te guíe. Un anuncio de "di no" gordísimo, con neones color rosa flúor.

Una carrera truncada

Ustedes de Vandenbroucke recuerdan, quizá, lo de la bici. Aquella Lieja loquísima. Atacaré delante de esta casa y llegaré solo. Y fue el tío y atacó delante de la casa, ganando solo (en realidad, como era un ansias, arrancó motores un pelín antes, pero es que queda tan chula la historieta que no pienso desmentir). O en Ávila, que aún está buscándolo Mikel Zarrabeitia, que subió Navalmoral como quien sube escalones para ir a su casa, que iba silbando y se fue solito solo por el gusto de exhibirse (que es uno de los mayores gustos que hay). O aquel Tour del Mediterráneo, siendo un chavaluco. O esa París-Niza, siendo una promesa. Muros por Flandes. Cotas por Valonia. Incontenible, dulce, harmonioso. Etéreo. Fugaz.

Frank era alguien luminoso. El típico que entraba en los bares y todos giraban cuellos, querían hacerse sus colegas, reían con él, caían prendados por su carisma. Él... en fin, él encantado. Novia en la boda, muerto cuando entierran. O era centro de atención o se enfurruñaba cual crío chico. Seguro que saben a qué tipo de personas hago referencia. No los aguanto, pero la mayoría de los otros (los otros que no son yo) encuentran a ese tipo de peña fascinante... Demasiado fácil, claro. Pero Vandenbroucke tuvo dos grandes demonios. Uno con nombre comercial. El otro, referencia expresionista.

placeholder Michael Boogerd asiste al funeral del ciclista belga Frank Vandenbroucke. (EFE/Peter Deconinck)
Michael Boogerd asiste al funeral del ciclista belga Frank Vandenbroucke. (EFE/Peter Deconinck)

El primero ayuda a dormir e impide soñar. Se llama stilnox, tiene su aquel de benzodiazepina, su más allá de mesmerismo, su mira tú qué de alucinaciones. Un somnífero, vaya. Cuentan que si casi todos los ciclistas lo usan en aquellos tiempos. Porque a veces, y esto es verdad, estás tan cansado que no puedes ni descansar. Porque en otras ocasiones, y esto tampoco es falso, flipar un poco te deja sonrisilla en la boca. Sucede que una cosa es la pastillita con leche caliente antes de meterte en la cama y otra, muy distinta, comerlas como si fuesen lacasitos recién salidos del tarro. Es lo que hacía Frank. Y otros.

Aquello genera despiporre, desparrames, veinteañeros sin el control de sus actos, emitiendo sonidos que ellos creen palabras, pero resultan solo balbucear de imbécil. Cuenta Bobby Julich cómo, una noche loca, cierto compañero del equipo Cofidis (nombre omitido por pudor, supongo) se puso a saltar sobre su cama desnudo. Se puso a saltar sobre su cama desnudo, añadimos, mientras hacía el molinillo con sus partes. Se puso a saltar sobre su cama desnudo mientras hacía el molinillo con sus partes acercándolas al rostro, así acaba la historia, de un patrocinador de la escuadra. En fin, ya ven, cosas de niños. (No).

La autodestrucción

A ver, Vandenbroucke no tiraba solo de stilnox. Qué va. Analicen cuándo y dónde corrió, vean rendimientos, acudan a historial. El tío manejaba más farmacopea que la final de cien lisos en Seúl (bueno, tanto no, pero se entiende). La época, el momento. Pasa que el tema del stilnox se le fue totalmente de las manos, al parecer, y provocó movidas muy chungas de depresiones, paranoias, deseos suicidas. También, en ocasiones, comportamiento agresivo, potencialmente homicida para quienes tenían la desgracia de apreciarlo y quererlo. En 2004 Frank se hiere a sí mismo, amenaza con matar a su mujer, la policía debe intervenir, todo tiene aires de peli en sobremesa. El chico que pudo tenerlo todo (el chico que todo lo tuvo) estaba absolutamente desquiciado. Siempre fue inicuo, ahora dejaba de ser inocuo...

¿Cómo empezó ese descenso a los infiernos? Curiosamente, la respuesta no es un "dónde", tampoco un "cuándo". No, es un "quién". Quién. Mabuse, tío. Quién, si no. Se llamaba Bernard Sainz, porque lo de Mabuse, o Doctor Mabuse es, claro, un pseudónimo. El personaje aparece por primera vez en época de entreguerras. Un obra, Dr. Mabuse, der Spieler, escrita por el luxemburgués Norbert Jacques. Luego la película homónima de Fritz Lang. Más tarde hace el mismo Lang otras dos. Mabuse es... en fin, Mabuse es un criminal. Se disfraza, usa la telepatía, hipnotiza a sus víctimas. Encaja perfectamente con Sainz, como veremos. Que nadie se extrañe porque cientos de deportistas a lo largo de décadas hayan confiado en alguien con apodo de estafador, ladrón o asesino... tampoco es que las pelis del expresionismo alemán las pongan en los autobuses que te llevan hasta el corte de cinta...

Foto: Maurizio Frondiest, cuando estaba en activo. (Cedida)

Sainz, dije. Que anda metido en asuntos oscurísimos desde los años setenta. La longevidad de Poulidor, el rotuliano de Guimard. Puede que más cosas. Mabuse tiene caballos de carreras. A ellos también los dopa, claro. En ocasiones, cuentan, con esas mismas mierdas que mete a los chicos de las bicis... Lo del hipnotismo le viene que ni pintado al personaje. Porque es, sobre todo, un embaucador. Puro carisma, confianza plena, el tío al que das las llaves de tu casa y confías la educación de tus hijos. No es coña. Dicen que si Mabuse solo hace movidas mentales y receta productos homeopáticos. Vamos, la medicina de los imbéciles, agua con azúcar, arrobas de ignorancia a precio de potosíes.

Pena que cuando la policía registre su casa (o su coche, o su clínica, o sus bolsillos) encuentre también cosas menos happyflowers. EPO, ya ves tú, qué mala suerte. O anfetaminas como para acompañar a Homer Simpson en el camión. Casualidades, supongo. Igual el brujo echa beleño a su potaje... Él provocó, indirectamente, la caída de Vandenbroucke. Digo indirectamente porque no pretendo restar méritos... una personalidad autodestructiva como la del belga hubiese encontrado resquicios para el pecado hasta en Meteora. Pero ya si se deja seducir por el líder de la rave deportiva, pues... Es lo que sucedió. El primer encontronazo de Frank con la Justicia fue a causa de Mabuse. Antes era el Golden Boy, después empezó a romperse esa imagen. De ahí hasta 2009... infierno.

Porque su exterior era luminoso, sí, pero ahí se escondía la pena. Una pena inmensa, una melancolía infinita, un clic que aparece de vez en cuando y termina por descompensar cualquier charanga. Frank se hacía daño a sí mismo, hacía daño a los demás. A veces con sonrisas y derrochando billetes, a veces como la sombra de aquello que pudo acabar siendo. Una historia, me temo, más frecuente de lo que pudiéramos pensar. Y, por eso mismo, absolutamente necesaria de conocer.

Frank Vandenborucke murió en Senegal, octubre de 2009. Lo hizo solo, en una habitación de hotel cutre, después de haber contratado los servicios de una prostituta. Ni siquiera sabemos si fue una sobredosis o si, sencillamente, su cuerpo reventó tras años de esfuerzos insanos. Qué importa, es solo un final. Solo el dónde termina. Todo el camino, sí. Todo el camino fue lo importante. Todo el camino es el drama...

Vaya, ese tal Francesco del Ponte tiene buena pinta. Oye, sí. Y no debería, ¿eh? Una carrera chiquituca, en Inverno, muy cerca de Milán. Agosto de 2006, cuando los corredores de fuste andan a cosas de mayor sustancia. Pero es que lo miras y... fino, rostro afilado, ojos clarucos, mirada de pillastre. Viste de azul, un maillot de la Vuelta a Cerdeña. La bici... nada especial. Pero es que él desprende un no sé qué de grandeza. Muy por encima, claro, de este Gran Premio Mamma Agnese (aunque Gran Premio Mamma Agnese sea uno de los nombres más acojonantes que nunca escuché para una prueba ciclista).

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