La derecha manda sobre la izquierda, pero los insurgentes lo contaminan todo
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La derecha manda sobre la izquierda, pero los insurgentes lo contaminan todo

El debate político ya no se establece únicamente en el eje clásico de la izquierda frente a la derecha, sino en el que enfrenta a las fuerzas institucionales con las fuerzas populistas

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Imagen: Irene de Pablo

El orden político construido en Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial se aproxima a su ocaso, si es que no lo ha alcanzado ya. Es cierto que la mayoría de los gobiernos sigue en manos de las familias tradicionales: conservadores, liberales, algunos (pocos) socialdemócratas. Pero en los últimos diez años se multiplicaron los jugadores, cambiaron las reglas del juego y, sobre todo, se impugnaron los consensos básicos sobre los que se edificó aquel orden tras la hecatombe: la democracia representativa como marco constitucional, la economía social de mercado y la multilateralidad en las relaciones internacionales. Todos ellos son hoy cuestionados por fuerzas emergentes (populistas, nacionalistas o ambas cosas a la vez) que atraen a millones de personas y contaminan a gobiernos e instituciones, parlamentos, medios de comunicación y redes sociales y a los propios partidos tradicionales, perplejos y amenazados por una competencia inesperada.

Los factores del cambio

Los principales factores desencadenantes del cambio político fueron la revolución digital —motor de la globalización—, las migraciones masivas y la recesión económica que se desató en 2008, causante de una crisis social que empobreció a las clases medias y condenó a una generación entera a instalarse en la precariedad vital. En 2009 esos fenómenos estaban ya sobre la mesa, pero nadie pudo predecir la tempestad política y electoral que se avecinaba.

Estamos en una situación similar. En 2020 ha estallado una pandemia por un virus desconocido y, subsiguientemente, una depresión económica devastadora cuando aún están abiertas las heridas de la anterior. Y como ocurrió al comenzar la segunda década del siglo, la prospectiva política ha pasado a ser una aventura de alto riesgo. Si resulta problemático anticipar lo que sucederá en unos meses, pronosticar la política a medio plazo equivale a jugar a la lotería. Pensando solo en 2021, se acumulan las incertidumbres:

  • La principal es el impacto sobre la sociedad —y por tanto, sobre las actitudes políticas— de la pandemia y de la depresión económica. Se ignora el alcance de ambas en los próximos meses (ahora mismo nos preparamos a la vez para la vacunación y para la tercera ola de la epidemia) y la profundidad de las heridas que dejarán en el organismo social.
  • El 20 de enero empezará la era postrumpiana. Considerando el daño que el presidente incendiario causó a la relación atlántica y su contribución a la vertebración del nacionalpopulismo en Europa, habrá que medir el efecto político que aquí tenga y lo que suceda allí tras recuperar un presidente normal.
  • También tendremos que aprender a vivir sin el Reino Unido en la Unión Europea; y, sobre todo, a partir del otoño sin Ángela Merkel en Berlín. Toda la década europea ha estado marcada por su liderazgo. Ella señaló (erróneamente) el rumbo en la primera recesión, afrontó la crisis de los refugiados, estableció un inflexible cordón sanitario frente a la extrema derecha, se hizo imprescindible cuando las dos grandes democracias anglosajonas enloquecieron y es la referencia en la lucha contra la pandemia y en el manejo de esta nueva recesión global. Dejará un vacío gigantesco.
  • Queda también por saber cuándo y cómo se hará frente a la montaña abrumadora de deuda que se está acumulando, singularmente en países como España. Las políticas ultraexpansivas del gasto mientras el déficit y la deuda crecen sin control tienen un límite a partir del cual dejarán de ser sostenibles y habrá que revertirlas. Ahí vendrán las decisiones difíciles y el rechinar de las urnas, especialmente para los gobiernos manirrotos con pulsiones populistas.

La década que termina ha contemplado el declive electoral de las dos grandes familias políticas que dominaron la política europea: los partidos conservadores del centroderecha clásico (muchos de origen democristiano) y los socialdemócratas. Ambos han visto sus espacios políticos invadidos por fuerzas populistas, extremistas, xenófobas, eurófobas e impugnatorias del 'statu quo' institucional de la posguerra. En algunos lugares, la oleada los barrió del mapa (en Francia no queda apenas rastro del gaullismo ni del Partido Socialista). En otros, como España, el bipartidismo voló, los dos grandes se achicaron y se ven obligados a coexistir y competir en su espacio con sus respectivos rivales populistas (Vox y Podemos). Algunos directamente se aliaron con ellos o hicieron propio el discurso populista (Johnson y Corbyn en el Reino Unido, Sánchez en España).

placeholder Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tras la investidura como presidente del primero. (EFE)
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias tras la investidura como presidente del primero. (EFE)

En todo caso, los parlamentos se fragmentaron y se multiplicaron las coaliciones multicolores: desde grandes coaliciones transversales como la alemana a gobiernos de cuatro, cinco o seis partidos como sucede en el norte de Europa.

No es solo el eje izquierda/derecha

La consecuencia de todo ello es que la competición electoral y el debate político ya no se establecen únicamente en el eje clásico de la izquierda frente a la derecha. Con igual o mayor relevancia, aparece otro eje: el que enfrenta a las fuerzas institucionales o sistémicas (sean viejas o nuevas), ligadas a los valores de la democracia representativa y del europeísmo, con las fuerzas populistas o impugnatorias (sean nuevas o viejas), que patrocinan fórmulas plebiscitarias, practican el cesarismo, inoculan nacionalismo y/o eurofobia, cabalgan sobre el malestar social y cultivan la desinstitucionalización del sistema y el uso alternativo del derecho.

La superposición de ambos ejes es fatalmente inevitable. Y no se trata de vieja o nueva política, puesto que en ambos campos hay partidos clásicos con otros aparecidos recientemente. Se trata de dar prioridad en el análisis y en la estrategia a la confrontación convencional entre la derecha y la izquierda o a la que se produce entre la institucionalidad sistémica y el populismo impugnatorio. La primera dicotomía tiene que ver con las ideologías clásicas; la segunda, con las bases de la convivencia.

Así pues, pueden distinguirse en la política europea cuatro espacios en competición: derecha institucional, derecha populista, izquierda institucional e izquierda populista. En algunos países (pocos) hay que añadir la presencia de fuerzas nacionalistas centrífugas que se vinculan a ciertos territorios y llegan a cuestionar la unidad del país (España es el caso extremo con 11 partidos territoriales en el Congreso, varios de ellos abiertamente secesionistas).

La interacción de derecha e izquierda institucionales y derecha e izquierda populistas marca la política europea

La interacción de esos cuatro espacios viene marcando la política en Europa desde la primera recesión y lo seguirá haciendo en los próximos años. Las respuestas son distintas en las cuatro grandes áreas geográfico-políticas de la Unión Europea: los países centrales (Francia y Alemania, Austria y el Benelux), la Europa del sur (España, Italia, Portugal, Grecia, Croacia), los escandinavos del norte (Suecia, Dinamarca, Finlandia) y los del este, provenientes del antiguo bloque soviético.

En el eje ideológico clásico, la tendencia dominante es la creciente hegemonía de la derecha sobre la izquierda. Dejando aparte la fragmentación, los dos únicos países de la UE en que la izquierda es mayoritaria son Portugal y Malta. En España, el empate de los últimos años se está rompiendo en las encuestas a favor de la derecha –aunque la izquierda lo compensa aliándose con los nacionalismos, incluidos los conservadores–. En el resto de Europa, la suma de todos los partidos de la derecha es abrumadoramente superior y tiende a aumentar, incluso en aquellos en que gobierna la socialdemocracia. De hecho, 20 de los 27 jefes de Gobierno pertenecen a formaciones conservadoras (principalmente el PPE) o liberales. Y donde no gobiernan pese a ser mayoritarios es por la negativa a aliarse con la extrema derecha populista.

En el espacio de la derecha, los partidos sistémicos (conservadores y liberales) han reaccionado a la presión de la extrema derecha de formas distintas: en el centro y el norte de Europa, se impone la práctica merkeliana del cordón sanitario. Eso sí, para sostener la competición los partidos conservadores tienden a derechizar aún más su discurso –singularmente en las cuestiones más sensibles como la inmigración–, buscando reabsorber al electorado que transmigró a la extrema derecha. El caso más espectacular es el de los tories de Johnson, que han deglutido al UKIP por el procedimiento de comprar íntegramente su discurso eurófobo y xenófobo. Algo similar sucede en la Europa del Este, donde la frontera entre la derecha convencional/democrática y la populista/autoritaria se hace cada vez más borrosa (Hungría, Polonia).

placeholder Una protesta de los Fratelli dÌtalia en Roma. (Reuters)
Una protesta de los Fratelli dÌtalia en Roma. (Reuters)

Hay dos países importantes en los que la derecha populista se ha adueñado del espacio conservador: Italia y Francia. Salvini y Le Pen son ya la única alternativa de poder de la derecha. Es cierto que para ello han debido tambien moderar algunas de sus posiciones más radicales; lo que, en el caso de Salvini, le ha costado la aparición de un rival temible en su propio espacio, los Hermanos de Italia, que ya están el 16% en las encuestas (ojo a Italia: los dos partidos de la extrema derecha suman el 40%).

El desplome socialdemócrata

En la izquierda, los partidos socialdemócratas se desplomaron con estruendo durante la primera recesión. En algunos casos (Francia, Grecia, varios del Este) se fueron por la alcantarilla para no volver. En los países centrales resisten malamente tras la caída, mientras los Verdes, ya plenamente reconvertidos en fuerza sistémica con vocación de gobierno, tienden a suplantarlos. En Alemania, el SPD retrocede cinco puntos en cada elección general y los Verdes ya lo superan con holgura. En Francia, los Verdes se hicieron con todas las alcaldías importantes que ganó la izquierda, salvo París. En los países escandinavos mantienen los gobiernos (Suecia, Dinamarca, Finlandia) con coaliciones a varias bandas, pero su fuerza está muy lejos de la que tuvieron.

El partido socialdemócrata más saludable es el de Portugal, que gobierna en solitario y sigue mejorando en las encuestas. En España el PSOE no despega del 27% pese al evidente declive de Podemos, lo que se traduce en un retroceso electoral del conjunto de la izquierda. En Italia, al Partido Democrático le ha sentado bien el regreso al Gobierno y, al no tener competencia en su espacio, agrupa todo el voto de la izquierda —que no es gran cosa—. En Grecia, el PASOK falleció y nadie lo sustituyó.

Caso singular es del Reino Unido, donde el laborismo se ha recuperado espectacularmente del agujero negro en que lo metió Corbyn y, con un liderazgo sensato y los desastres de Johnson, vuelve a estar en condiciones de competir por el gobierno.

Se observa un claro declive de los populismos de izquierda en Europa. Todas la fuerzas asimilables a Podemos descienden sostenidamente

Se observa un claro declive de los populismos de izquierda en toda Europa. Todas la fuerzas asimilables a Podemos y/o herederas de los viejos partidos comunistas descienden sostenidamente. Es el caso de Podemos en España y, aún más acusadamente, de Syriza en Grecia. También, si es que es ideológicamente clasificable, el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, que ha perdido la mitad de sus votantes y ha pasado de ser el partido más votado a la cuarta posición. Se ve que estar en los gobiernos sienta muy mal a los populistas.

El calendario de 2021

El calendario electoral de 2021 debutará en enero reeligiendo a Marcelo Rebelo de Sousa como presidente de la República en Portugal (64% en las encuestas). Durante el año habrá elecciones legislativas en cinco países de la UE: Holanda, Bulgaria, Chipre, Alemania y la República Checa. Obviamente, las más trascendentales son las de Alemania (26 de septiembre).

placeholder Merkel, en su último discurso de fin de año, el pasado 31 de diciembre. (Reuters)
Merkel, en su último discurso de fin de año, el pasado 31 de diciembre. (Reuters)

Las encuestas actualmente favorecen al CDU-CSU (con la incógnita de la candidatura a canciller) y, sobre todo, a los Verdes, que doblarían su resultado de 2017. Bajaría notablemente la izquierda (el SPD y Die Linke) y también la extrema derecha, que pasaría del 13% al 10%.

La gran incógnita es cómo se resolverá la sustitución de Merkel: una estadista histórica que, tras 15 años en el Gobierno, está en tasas de popularidad del 80%. Con ella, la CDU-CSU estaría en condiciones de alcanzar cómodamente la mayoría absoluta. Sin ella ganarán, pero su sucesor se verá forzado a reproducir la gran coalición con el SPD (que está siendo castigado implacablemente por los electores) o intentar un acuerdo a tres con los liberales y los Verdes, que ya falló en la ocasión anterior. En todo caso, parece cantado que Alemania será el primer país de Europa en que los Verdes sustituyan a los socialistas en el liderazgo del espacio progresista. El siguiente será Francia. No está lejos el día en que, en muchos países de Europa, las elecciones se decidan por la cuestión climática.

En Holanda la socialdemocracia se pasokizó en 2019 y ahora se recupera levemente, pero sin opción alguna de volver a esplendores pasados. La derecha es abrumadoramente mayoritaria y lo será más: en las encuestas sube el partido de Rutte (liberal-conservador), pero también la extrema derecha, que es segunda destacada. La tercera fuerza son los demócrata cristianos, así que el podio entero es para la derecha. Lo más previsible es que se reproduzca una coalición parecida a la actual, salvo que los Verdes decidan descolgarse de ella.

placeholder Mark Rutte, el primer ministro neerlandés. (Reuters)
Mark Rutte, el primer ministro neerlandés. (Reuters)

También habrá que seguir con atención la jornada electoral del 6 de mayo en el Reino Unido. Serán las elecciones locales en todo el país, incluida la elección directa de alcalde en ciudades tan importantes como Londres, Manchester y Liverpool. Será el momento de confirmar la sanación de los laboristas y el retroceso de los conservadores. El alcalde de Londres, Sadiq Khan, abanderado del movimiento anti-Brexit, sufrirá poco para ser reelegido: tiene una ventaja de más de 20 puntos en las encuestas.

Ese día se elegirá también a los parlamentos de Gales y de Escocia. Si el SNP de Nicola Sturgeon confirma las actuales encuestas, que le atribuyen un 54% del voto, a continuación vendrá probablemente la exigencia de un nuevo referéndum de independencia. Y si este se celebrara hoy, las mismas encuestas dicen que la secesión ganaría holgadamente.

Un cuadro de la situación

Así pues, si miramos la situación como un cuadro impresionista, las tendencias observadas en 2020 (que, a efectos de la fiabilidad de las predicciones políticas, equivale a lo que se podía vaticinar a finales de 2008; es decir, casi nada) muestran, en el conjunto de Europa: a) Máxima fragmentación y proliferación de coaliciones de Gobierno múltiples y transversales; b) Una clara hegemonía de la derecha sobre la izquierda, con predominio de las fuerzas conservadoras institucionales; c) Un movimiento hacia la moderación en todos los espacios; d) Freno a la subida de la derecha populista y descenso generalizado de la izquierda populista; e) La socialdemocracia parece haber tocado fondo, salvo en Alemania; f) Dada la fragmentación, se habilita un espacio para que los liberales jueguen completando mayorías, generalmente junto a los conservadores; g) Descenso de la eurofobia, incluso en la extrema derecha (el Brexit parece haber funcionado como eficaz medicina disuasoria).

No descarten que el año que viene tenga que escribir un artículo desmintiendo este de arriba a abajo

Claro que todo esto es antes de que la tormenta de la recesión alcance su apogeo. No descarten que el año que viene tenga que escribir un artículo desmintiendo este de arriba a abajo. No es impepinable que Europa tenga que salir de las grandes crisis haciéndose aún más daño. Así ocurrió tras la primera Gran Guerra del siglo XX, que dio paso a la Gran Depresión y a la apoteosis de todos los totalitarismos. Pero tras la Segunda Guerra Mundial, se produjo lo contrario: un gran pacto de reconciliación en Europa Occidental, un compromiso firme con la democracia y la reconstrucción y la voluntad colectiva de avanzar hacia lo que hoy es la Unión Europea. ¿Quién asegura que de esta crisis no podamos salir con la lección aprendida?

Y sí, todo confirma que España es la anomalía política de Europa. Pero de eso ya escribimos durante todo el año.

El orden político construido en Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial se aproxima a su ocaso, si es que no lo ha alcanzado ya. Es cierto que la mayoría de los gobiernos sigue en manos de las familias tradicionales: conservadores, liberales, algunos (pocos) socialdemócratas. Pero en los últimos diez años se multiplicaron los jugadores, cambiaron las reglas del juego y, sobre todo, se impugnaron los consensos básicos sobre los que se edificó aquel orden tras la hecatombe: la democracia representativa como marco constitucional, la economía social de mercado y la multilateralidad en las relaciones internacionales. Todos ellos son hoy cuestionados por fuerzas emergentes (populistas, nacionalistas o ambas cosas a la vez) que atraen a millones de personas y contaminan a gobiernos e instituciones, parlamentos, medios de comunicación y redes sociales y a los propios partidos tradicionales, perplejos y amenazados por una competencia inesperada.

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