CAMBIOS EN LAS CORRIENTES CONSERVADORAS

La resaca del Covid-19, ¿la nueva ‘happy hour’ de los democristianos?

Tras años a la deriva, los democristianos pueden haber encontrado en los efectos del coronavirus una nueva motivación política que les devuelva a sus raíces y a sus momentos más brillantes

Foto: Alcide de Gasperi, Robert Schuman y Konrad Adenauer en 1951. (Parlamento Europeo)
Alcide de Gasperi, Robert Schuman y Konrad Adenauer en 1951. (Parlamento Europeo)

Mucha gente mira estos días a la derecha y piensa: ¿qué les pasa? Ante la crisis sin precedentes que promete dejar a su paso el coronavirus, Luis de Guindos, antiguo ministro de Economía del Gobierno de Mariano Rajoy y ahora vicepresidente del Banco Central Europeo (BCE), pide una renta mínima de emergencia. El Financial Times, cabecera de referencia, apuesta por cambiar el rumbo del barco, pidiendo “reformas radicales” y un rol más activo de los Gobiernos en la economía. “Han abierto los ojos” es una de las expresiones que más se leen en redes sociales. La realidad es más prosaica: los conservadores, al menos aquellos más tradicionales, están siendo… conservadores.

“Cuando hay una amenaza de desintegración económica y social el conservadurismo suele acabar saltando a la escena y piensa: hay que hacer algo o esto va a acabar en desastre. Y se adaptan. Por eso son conservadores, no es que sean unos reaccionarios, sencillamente se adaptan para conservar lo que consideran bueno de lo viejo cuando se enfrentan a los retos de lo nuevo”, explica Marco Duranti, profesor de historia contemporánea europea en la Universidad de Sídney y autor del libro “La revolución conservadora de los Derechos Humanos”.

La relación de la derecha con el Estado es pendular, no es estática. Tras la Segunda Guerra Mundial y hasta finales de los años setenta, el conservadurismo promovió el rol del Estado en la sociedad, y el péndulo siguió en la dirección contraria con la “nueva derecha” de la británica Margaret Thatcher, entrando en una etapa más liberal y desreguladora. La gran pregunta ahora es: ¿está volviendo el péndulo al primer punto? “Muchos conservadores giraron de manera muy radical hacia posturas más neoliberales, quizás ahora van a volver a girar, eso les devolvería a su postura más tradicional”, señala Duranti.

Angela Merkel, canciller alemana y líder durante más de una década del partido democristiano más grande de Europa. (EFE)
Angela Merkel, canciller alemana y líder durante más de una década del partido democristiano más grande de Europa. (EFE)

Las cenizas de la guerra

Desde que el coronavirus entró en acción en Europa, las comparaciones con una guerra, y concretamente con los efectos y la situación de la Segunda Guerra Mundial, han sido continuas. Recientemente, en una entrevista con eldiario.es, Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno y líder de Unidas Podemos, daba en una de las posibles claves: “Europa tiene que articular un orgullo democrático equivalente al constitucionalismo antifascista de después de la Segunda Guerra Mundial”.

Iglesias nos lleva justo al sitio desde el que partir. Unos de los personajes principales de ese proceso en la posguerra fueron, precisamente, los cristianodemócratas, el ala del conservadurismo (aunque ni siquiera todos los académicos están de acuerdo en situarlo en el marco de los conservadores) más flexibles. Dominaron Europa, diseñaron el proyecto europeo, entre cuyos padres fundadores hay numerosos democristianos como Robert Schuman, Alcide de Gasperi o Konrad Adenauer, y fueron actores cruciales hasta que en los setenta se vieron desplazados por otras tendencias conservadoras. La democracia cristiana aguantó más en Italia, donde acabó devorada por la corrupción y los tratos de Giulio Andreotti con la mafia. Y por Silvio Berlusconi, claro.

Adenauer, De Gasperi, Schuman y otros miembros de los fundadores del proyecto europeo, reunidos en 1951. (Parlamento Europeo)
Adenauer, De Gasperi, Schuman y otros miembros de los fundadores del proyecto europeo, reunidos en 1951. (Parlamento Europeo)

Si creemos al presidente Pedro Sánchez o a la canciller Angela Merkel (que, no en vano, es hoy por hoy la máxima representante del mayor partido cristianodemócrata de Europa, la CDU) y consideramos esta situación, la crisis del coronavirus, es comparable con algunos de los efectos que dejó la Segunda Guerra Mundial, ¿significa eso que los cristianodemócratas, tras medio siglo acallados y arrinconados en el patio conservador, tienen ahora la opción de resurgir? ¿Se dan las condiciones?

Hubo tres elementos que facilitaron el crecimiento de los cristianodemócratas en la Europa occidental y democrática a partir de 1945. Y uno de ellos fue fundamental: sencillamente no eran fascistas. “Eran el único tipo de conservadores que quedaron (tras la guerra) y que tenían credenciales antifascistas. Emergieron de la Segunda Guerra Mundial como un brazo del conservadurismo que no tenía la sombra de la colaboración”, explica Duranti. Y ser el único partido conservador en pie y ser lo suficientemente flexibles como para establecer coaliciones y pactos con liberales, socialistas y comunistas hizo que partieran con ventaja.

Los otros dos puntos cruciales fueron que se convirtieron en el partido anticomunista por excelencia en tiempos de la Guerra Fría, lo cual les dio muchos votos, y por otro lado que se situaron como el centro entre las otras dos visiones dominantes, los liberales capitalistas y los socialistas, con una visión en la que el Estado tenía un rol muy importante que jugar, y al mismo tiempo se desconfiaba de él.

Ninguno de los dos primeros puntos se cumplen, pero este tercero, clave, sí que sigue vigente en la actualidad. La ideología democristiana era “amorfa” y se adaptaba las circunstancias. “Es su poder, porque se adapta a muchas situaciones”, señala el profesor. Con unos Estados que habían ampliado enormemente sus competencias durante la guerra, los democristianos acomodaron su discurso en un punto intermedio: es necesario un Estado que ayude a reconstruir nuestras sociedades, y por lo tanto debe tener un rol importante, pero al mismo tiempo debemos tener cautela ante la extensión de poderes extraordinarios en tiempos de paz.

“Las comparaciones (de la situación del coronavirus) con la Segunda Guerra Mundial son extremadamente relevantes”, señala Duranti, que explica el pensamiento de los democristianos en aquel momento: “Sí, hay que reforzar el Estado. Algo de eso es bueno, pero algo de eso también es peligroso. No deberíamos extender los poderes de emergencia en tiempo de paz. No podemos permitir que el fascismo reaparezca, pero tampoco que la izquierda tome ventaja del momento y de los poderes de emergencia”.

Esa fue una parte muy importante de su receta para el éxito. Ese llamamiento al votante conservador o de centro que cree que el Estado debe tener un rol creciente y mucho más activo en la sociedad pos-coronavirus, pero que simultáneamente desconfía y mira de reojo, sigue teniendo muchísima actualidad ahora.

Ángel Rivero, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM), está preocupado por la creciente fascinación en todos los sectores ideológicos hacia posturas autoritarias. “Nos encontramos autoritarios de izquierda o derecha, y ahí los cristianodemócratas encuentran su espacio natural, su posición tradicional, la resolución de la cuestión social a través del doble movimiento de dar autonomía a la sociedad y utilizar el Estado para garantizar esa autonomía, protegiendo y garantizándola”, explica el profesor. La democracia cristiana, cree, “tiene mucho futuro”. “Si (los democristianos) consiguen colocar ese mensaje en un clima muy polarizado y simplificado, tienen buenas expectativas”, asegura Rivero. Pero su propia frase indica que eso no es tarea fácil.

Votantes durante las últimas elecciones locales francesas. (EFE)
Votantes durante las últimas elecciones locales francesas. (EFE)

El pulso por la tercera vía conservadora

El saldo para los democristianos es, por lo tanto, que no cuentan con factores claves de la posguerra, como el hecho de ser los únicos conservadores libres de la sombra del colaboracionismo y la aparición y ascenso del comunismo como un elemento amenazante. Tampoco cuentan con el contexto de hace ochenta años, cuando en la agenda pública estaba la necesidad de defender tradiciones y valores cristianos, algo que hoy por hoy no está tan presente ni siquiera entre las corrientes conservadoras. Pero con lo que sí siguen contando es con que su visión del Estado en aquel momento (necesidad y cierta desconfianza simultánea) sigue siendo funcional, y de hecho tiene una renovada actualidad en el contexto del coronavirus, donde los Estados vuelven a asumir poderes especiales.

No basta con ello. Dentro de los partidos conservadores, y en el espectro más amplio del conservadurismo, hay un pulso muy fuerte entre los más neoliberales y la visión más populista y autoritaria. Esa es la batalla principal. Lo vemos en el Partido Popular español, una formación que, aunque con algunos sectores democristianos, se califica como conservador-liberal, y en el que hay tensión interna por la dirección del partido. Y el PP mantiene un doble pulso: a nivel interno por su rumbo ideológico, aunque aquí la lucha es más entre su visión conservadora y la liberal, y a nivel externo, donde se encuentra en la competición electoral con el populismo nacionalista de Vox.

Pablo Casado charla con el líder de Vox, Santiago Abascal, durante la inauguación de la legislatura. (EFE)
Pablo Casado charla con el líder de Vox, Santiago Abascal, durante la inauguación de la legislatura. (EFE)

Por lo tanto, en la batalla campal que hay en el conservadurismo, los democristianos no lo tienen fácil, incluso si su mensaje pudiera tener buena acogida en estos momentos. No lo tienen sencillo a nivel europeo, donde estas formaciones están desaparecidas en algunos países como Italia, y por supuesto no lo tienen fácil en España. Duranti explica, además, que el tipo de liderazgo democristiano ya no tiene tanto encaje en este momento. “Aquel (después de la Segunda Guerra Mundial) era otro mundo, en el que el capital cultural era importante, era bueno sonar como un intelectual o un profesor. Ahora la gente no quiere que sus políticos suenen así, quieren que suenen como ellos. Berlusconi fue el que lo captó”, explica el profesor.

Berlusconi es el primer promotor del populismo moderno, y es eso, precisamente, lo que cree Duranti que pondrá muy difícil un regreso de la democracia cristiana: una de sus fortalezas, y la que sigue teniendo actualidad, la de encontrarse entre el neoliberalismo y el socialismo, se ve ocupado por una nueva tendencia, el populismo. La democracia cristiana “es una ideología muy seductora en muchos sentidos, pero el populismo de derechas ha ocupado ese espacio. Es, hoy, la principal alternativa al socialismo y al liberalismo”, explica el profesor de la Universidad de Sídney. “Operan una visión anti-establishment y anti-élites, y eso parece ser más potente ahora mismo que un mensaje democristiano”, explica. Porque los democristianos, precisamente, son establishment y élite.

Rivero no lo tiene tan claro, y no sabe si “la pandemia va a dejar un escenario parecido (al de después de la Segunda Guerra Mundial) en el que se valoren las políticas prudentes, o si todos estos profetas del enfrentamiento podrían hacer que ocurriera lo contraro”. Cree que puede haber espacio para que un discurso moderado encuentre acomodo en “una política más degradada” tras la pandemia.

Es difícil hacer previsiones sobre el futuro. Hay algunas señales que indican que la tendencia del conservadurismo será girar hacia las posiciones tradicionales de la democracia cristiana de la posguerra, pero también hay muchas otras que hacen pensar que no va a haber un gran cambio de dirección, como demuestra, hasta el momento, el planteamiento de la dirección del PP, que sigue apostando por medidas más liberales.

El populismo encuentra su acomodo en el descontento popular y en los ambientes de crispación. Y las sociedades europeas están siendo sometidas a una enorme presión, a mucho estrés y a una situación que favorece más los mensajes pasionales que a la tecnocracia internacional que tanto representó a los democristianos tras la posguerra. Puede ser que esta crisis sople a favor de los populistas. Si el nacionalismo gana fuerza y persiste la venevolencia de la opinión pública hacia pulsiones más autoriarias al considerarlas más efectivas, no tendrán nada que hacer.

El espacio del votante democristiano sigue ahí. El profesor Duranti cree que la victoria de Emmanuel Macron en Francia es una demostración de ello. Pero el mundo de después del coronvirus será radicalmente distinto. Gran parte del pulso lo decidirá el hecho de con qué tipo de emociones sale la sociedad europea de esta crisis y, sobre todo, dependerá de que la cooperación internacional y las estructuras tradicionalmente atacadas por los populismos, como la Unión Europea, se demuestren útiles. Si lo hacen, buena parte del discurso populista se verá muy dañado. En esto también, una parte crucial del partido se juega en Europa.

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