LA EXCEPCIÓN DE EUROPA

Portugal, ¿paraíso 'progre' o la mentira socialista de Europa?

Pocos países resultan más simpáticos que Portugal. Clima agradable, escapadas de ensueño, buena acogida y excepcionalidad política. Sin embargo, algunos de estos aspectos podrían ser espejismos

Foto: Un colegio electoral en Portugal. (Reuters)
Un colegio electoral en Portugal. (Reuters)

Pocos países resultan más simpáticos que Portugal. Clima agradable, escapadas de ensueño, buena comida, y ahora también famoso por su particular política. Por toda Europa se habla de este país como una fabulosa excepción. La socialdemocracia resiste mientras que las tendencias ultras son inexistentes.

Desde que llegó al poder a finales de 2015, el Partido Socialista (PS) ha conseguido el “milagro” de acabar con la austeridad sin asustar a Merkel, reduciendo el paro y el déficit a mínimos históricos. Entretanto, los partidos de la extrema derecha, en lugar ganar de escaños, generan risas despectivas entre la ciudadanía. Aquí se ha subido el salario mínimo y las pensiones, se regalan libros de texto a todos los menores, florecen las 'start up' y hasta parece que se ha vuelto fácil ir y venir en bicicleta por las cuestas de Lisboa.

El presidente Marcelo Rebelo de Sousa ha llegado a decir que los portugueses se han convertido en los nuevos nórdicos de Europa, en un alarde de amor propio que no se daba desde que José Saramago dijo que los lusos “crecieron tres centímetros” del orgullo cuando ganó el Premio Nobel.

En esencia, todo esto es verdadero. Pero, bajo la lupa, al icono "progre" le salen grietas. Estas son las claves para distinguir espejismo (y realidad) en estos días de 'vinho' y rosas en el vecino luso.

Los relatos de 'Mr Cativaçoes'

La madre de todos los relatos. Costa se ha encargado de repetir hasta la extenuación que, con su llegada, se pasó la página de la austeridad. Este es el primer espejismo. Esto es cierto si se entiende austeridad como el recorte del gasto público en un contexto de recesión. Pero eso no implica que los años de apretarse el cinturón hayan finalizado. No ha habido recortes nuevos, pero sí una férrea contención del gasto público. Se ha hecho a través de las “cativações”, un instrumento portugués que permite al Gobierno no ejecutar una cantidad presupuestada.

Es decir, se pueden aprobar unos presupuestos de 100 millones para la Sanidad, pero luego destinar una cifra inferior. No está claro cuánto ha utilizado el gobierno de Costa este instrumento, porque son cifras que gozan de una conveniente opacidad. Pero no faltan los corrillos en los que se empieza a llamar a Mário Centeno, ministro de Finanzas y el hombre fuerte del Ejecutivo, 'Mr. Cativações'.

Un ejemplo significativo para comprender lo mucho que llega a asfixiar el cinturón es la Sanidad pública portuguesa, a la que se destinó en 2018 la cantidad de recursos más baja de los últimos quince años. El resultado directo de esta situación es un país donde abundan las huelgas de trabajadores públicos, quienes no han sentido en carne propia la cacareada recuperación. Solo desde principios de este año han realizados huelgas los enfermeros, los profesores, trabajadores judiciales, guardias de prisiones y los trabajadores de la red ferroviaria.

Sin paro, pero con miseria

Segundo espejismo: el milagro económico. Portugal está de moda y la explosión del turismo ha sido fundamental para la recuperación lusa (con un crecimiento del PIB del 2,7% en 2017 y del 2,1% en 2018); y también se ha registrado una leve mejora en las exportaciones. Sin embargo, ambos fenómenos dependen de la demanda extranjera. En la 'fabulosa' reducción del déficit y el paro, ambos en mínimos históricos, es importante reconocer el papel de Centeno, a partes iguales efectivo y controvertido. Si bien el ministro de Finanzas ha demostrado ser “el alumno perfecto” de Bruselas, pocos portugueses a pie de calle han abandonado la miseria.

El salario medio de los contratos indefinidos (un tercio del total) ronda los 830 euros, mientras que los contratos temporales se sitúan cerca de 700 euros, según el 'Observátorio sobre Crises e Alternativas' de la Universidad de Coimbra. El aumento del salario mínimo, una de las grandes medidas del Gobierno Costa cumplida al final de la legislatura, ha dejado esta paga en 600 euros. Pero en términos netos, los trabajos que espolean el crecimiento como la construcción y la hostelería, fundamentalmente, pagan sueldos inferiores a esta cantidad.

La cruel ironía es que precisamente los sectores que han creado las condiciones para reducir el déficit y el paro son aquellos que han hecho incrementar de forma drástica el coste de vida en Portugal. Los empleados de hoteles y restaurantes, que dependen del turismo, no pueden pagar sus alquileres en los barrios de siempre, conquistados ahora por Airbnb. En Lisboa ya no existen pisos de 60 metros cuadrados por menos de 750 euros.

Unas contenidas políticas socialistas

Al asumir el poder, Costa se marcó varios objetivos iniciales. Canceló la privatización de transportes públicos, puso fin a los recortes de la mayoría de salarios de funcionarios, subió las pensiones mínimas y redujo el IVA que aplicaba a la restauración. Otro espejismo más.

La batería de medidas sociales ha llegado solo en el cuarto y último año de Costa y Centeno. Es decir, en año electoral. Libros de textos gratis en la primaria y secundaria, rebaja en la factura de la luz, alivio de la presión fiscal para familias y una subida extraordinaria de las pensiones fueron incluidas en los últimos Presupuestos de la legislatura.

Es un dulce de última hora que trata de diluir la imagen de un Gobierno socialista criticado por los trabajadores, sobre todo empleados de sanidad y educación que han encadenado meses de protestas para exigir mejoras salariales. Especialmente dramático ha sido el pulso de los docentes, quienes piden que se actualicen sus sueldos congelados desde que comenzó la crisis hace nueve años.

“Portugal is different”

Pero no todo son fuegos de artificio. Portugal puede presumir de llevar su propio –y efectivo– ritmo en dos cuestiones esenciales como: la lucha antidrogas y la contención de la ultraderecha. Aquí, los lusos, sí son icono.

El país ha aprendido de sus heridas. En el caso de las drogas, la apertura experimentada en 1974 tras el fin de la dictadura salazarista trajo consigo una explosión del consumo que afectó a muchas familias. Si a finales del siglo pasado se calcula que una persona moría diariamente por sobredosis de heroína; en 2017 se registraban 37 muertes por sobredosis en todo el país.

Este es el éxito más visible de la despenalización que de forma pionera emprendió Portugal en 2001. La drogadicción pasó a ser un problema de salud pública y los agentes, que ya no tenían que perseguir a los consumidores, pudieron concentrarse en los traficantes. Con excelentes resultados en este campo, a principios de este año el país ha dado un paso más al legalizar el cannabis medicinal.

¿Y los ultras?

Mientras, la ultraderecha continúa marginada. Sin representación parlamentaria, los ultras buscan huecos en dos formaciones: el Partido Nacional Renovador (PNR), creado en el año 2000 con el lema “Trabajo y nación” (0,5% de los votos en las anteriores elecciones legislativas) y el nuevo Chega! (¡Basta!), que concurrirá por primera vez a las urnas en octubre con un discurso antiinmigración y contra los gitanos.

¿Cómo escapa Portugal a la onda ultra? Las casusas son múltiples, incluyendo que el país luso no tiene problemas con la inmigración -menor que en otras zonas del continente- ni debate territorial que espolee nacionalismos. Los portugueses siguen confiando en la izquierda para afrontar los problemas sociales de los que adolece el país, en parte por esos alivios a los más desfavorecidos por la crisis y en parte por la pragmática gestión del Partido Comunista Portugués a nivel local, su feudo tradicional. Allí, los comunistas lusos no dudan en aplicar una llamativa elasticidad ideológica para galvanizar el apoyo de los vecinos. Simplemente, no dejan hueco a otros discursos.

Así que, pese al auge de la ultraderecha en Europa, en Portugal pocos comentaristas consideran que estos partidos tengan alguna opción de entrar en el hemiciclo, posibilidad que genera tantas carcajadas y chanzas como las convocatorias de los nostálgicos de la dictadura.

La última, realizada el primero de febrero en el centro de Lisboa bajo el lema “Salazar hace mucha falta”, congregó a 40 personas que, durante una media hora, aseguraron con cánticos y tentativas de rimas que eran “el futuro” del país. Para la hora de la cena, la manifestación ya se había disuelto.

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