el este que admira la formación de abascal

Qué es el Grupo Visegrado: el modelo de Vox para la UE

El Grupo Visegrado representa muchas cosas en Bruselas: Es un auténtico dolor de cabeza para la Comisión Europea. Además, juega con el mismo equilibrio que Vox en temas migratorios

Foto: Viktor Orbán, primer ministro de Hungría (REUTERS)
Viktor Orbán, primer ministro de Hungría (REUTERS)

El Grupo Visegrado representa muchas cosas en Bruselas, y muy pocas son buenas. Es un auténtico dolor de cabeza para la Comisión Europea: atacan los valores europeos más básicos, dos de ellos minan el artículo 2 de los Tratados de la UE que consagran el Estado de derecho, y demuestran una falta de solidaridad total con los países que están en primera línea de la gestión migratoria, como, por ejemplo, España.

Desde que Vox surgiera con fuerza en las elecciones andaluzas la formación de extrema derecha ha evitado mostrarse abiertamente euroescéptica, y juega en ese equilibrio que defienden también algunos países del este de Europa: cree que es positivo que España esté en el bloque comunitario pero quiere recuperar competencias.

En concreto, Javier Ortega Smith aseguró en una entrevista televisiva que Vox no aboga por abandonar la Unión Europea, sino que apuesta más por un modelo europeo como el que propone el Grupo Visegrado. Pero ¿qué es eso y cuál es ese modelo?

Los países del centro y el este de Europa, acostumbrados a ser invadidos, a desaparecer y resurgir de forma continua, tienen una consciencia muy fuerte de su historia y existencia. Por eso cuando el 15 de febrero de 1991 el líder checoslovaco Václav Havel se reunió con el presidente polaco Lech Walesa y el primer ministro húngaro József Antall con la idea de unirse y conformar un grupo para avanzar hacia el club europeo y defender sus objetivos comunes, no pudieron evitar que el nombre de ese pequeño núcleo hiciera referencia a una reunión celebrada en otoño de 1335: Carlos I de Hungría reunió al rey Juan de Bohemia y Casimir III de Polonia. Y lo hizo en la fortaleza de Visegrado.

Con la caída de la Unión Soviética este bloque avanzó rápidamente hacia Europa por varias razones: su lucha anticomunista creaba muchas simpatías en el bloque europeo, y por otro lado en Bruselas y otras capitales existía una sensación de deuda con estos países.

En la capital comunitaria es hoy casi un tema tabú hablar seriamente sobre si fue una buena decisión permitir la entrada de todos estos países del bloque exsoviético por la vía rápida, especialmente cuando se habla de los de Visegrado. Los críticos señalan que no hubo tiempo para que desarrollaran un Estado de derecho fuerte y tampoco una economía de mercado funcional. Y que eso tiene ahora consecuencias.

El primer ministro húngaro y el checo durante una reunión del Consejo Europeo (REUTERS)
El primer ministro húngaro y el checo durante una reunión del Consejo Europeo (REUTERS)

En general lo que representa a estos países son tres ideas: rechazo a Bruselas como encarnación de la UE burocrática que niega la soberanía de los Estados miembros, rechazo a la inmigración ilegal, de la que acusan a Bruselas, y rechazo al pleno funcionamiento del Estado de derecho. Todo esto perfumado con una capa de nacional-populismo que incluye elementos tradicionalistas y el uso del catolicismo como un eslabón más de la política.

A Vox le atraen especialmente el rechazo a Bruselas y a la inmigración ilegal. Eso es lo que al partido de Santiago Abascal le gusta vender en España. El problema es que el elemento principal del Grupo Visegrado es el tercero, especialmente en Hungría y Polonia: su afán por acabar con cualquier rastro del Estado de derecho.

El rechazo a Bruselas está en el día a día de Budapest y Varsovia. Esta misma semana la Comisión Europea ha tenido que responder a una teoría “conspirativa” que el Gobierno húngaro promovió con una campaña masiva de publicidad: acusa a Jean-Claude Juncker, presidente del Ejecutivo comunitario, de tramar un plan con George Soros, el multimillonario de origen húngaro que se ha convertido en máximo enemigo del primer ministro Viktor Orbán, para promover la inmigración ilegal.

Estas acusaciones a Bruselas se hacen porque dan mucho rédito político, y está profundamente ligado al asunto migratorio. Pero lo cierto es que nada en la UE se decide si los Estados miembros no están a favor. El problema cuando Orbán señala a la “Bruselas” burocrática es que se está señalando a él mismo. Por ejemplo: uno de los asuntos que más ha hecho enfadar a Hungría y a Polonia fueron las cuotas obligatorias de refugiados durante la crisis migratoria de 2015. Aquello se acordó en el Consejo, es decir, donde se sientan los Estados miembros. Sí, tuvo el voto en contra de Hungría, República Checa y Eslovaquia (tres de los cuatro ‘Visegrad’), pero no fueron burócratas de la Comisión Europea, sino el resto de Estados miembros los que impusieron el sistema. Pero antes que explicar a tus votantes que has perdido una votación y que el resto de Europa no compra tu retórica es más fácil echarle la culpa a algo como “Bruselas”.

Cuando la Hungría de Orbán aprobó una ley que penaba con un año de prisión a cualquier persona que ayudara a un inmigrante ilegal siempre y cuando no estuviera en peligro de muerte, y el Parlamento húngaro aprobó un impuesto del 25% a las ONGs que “promovían la inmigración ilegal”, una etiqueta que les permitía incluir a cualquier organización crítica con el Gobierno, Santiago Abascal aplaudió: “Lo que hace Hungría es lo que debería hacer España. Y es lo que haría –y hará - el Gobierno de España si dependiera – y dependerá – de los votos o escaños de Vox”.

Santiago Abascal, líder de Vox (EFE)
Santiago Abascal, líder de Vox (EFE)

Lo más contraproducente del apoyo de la formación verde a Visegrado es que va en contra de los intereses de España: estos países se niegan a acoger refugiados y migrantes que llegan a la UE. Se niegan literalmente, no quieren aceptar ni uno. Así fue durante la crisis migratoria de 2015, cuando millones de personas llegaban a las costas de Grecia, así fue cuando después se intensificó la ruta del Mediterráneo central con miles de llegadas a Italia. Y así sería también con España si llegara al punto de una crisis migratoria real. Ni Hungría, ni Polonia, ni Eslovaquia, ni Chequia se prestarían a ayudar a Madrid acogiendo migrantes. Y ese es el modelo que defiende Vox, como si España fuera un Estado miembro de Europa central que no hubiera visto un cayuco jamás y no le viniera bien la solidaridad del resto de la UE.

La última pata es la del Estado de derecho. Vox no lo menciona, pero es el asunto central. Polonia y Hungría tienen activado el artículo 7 de los Tratados porque minan de forma sistemática el artículo 2, que consagran precisamente el Estado de derecho. Varsovia inició una reforma judicial bajo premisas falsas con la intención de purgar a los jueces no afines al Gobierno. En Hungría la situación es mucho más grave: es muy difícil ser rico si no se tienen conexiones con el Gobierno, la prensa independiente ha desaparecido y ya resulta imposible pensar que la oposición puede ganar unas elecciones, porque la democracia ha entrado en barrena en el país, algo que en Polonia no ha ocurrido, con una oposición plenamente operativa.

Eslovaquia, otro de los miembros del Grupo Visegrado, no se queda atrás: hace un año un periodista era asesinado junto a su pareja por investigar los vínculos de la mafia calabresa, la ‘Ndrangheta, con personas muy cercanas al primer ministro. Pero la situación del país es mucho mejor que la de Hungría y Polonia. Una serie de protestas masivas acabaron derribando el Gobierno.

Por último, Abascal coincide en algo muy importante con Orbán. El primer ministro húngaro no se ve como un euroescéptico. Tampoco lo hace Abascal. Les gusta señalarse como eurocríticos, y no solo eso, sino como los verdaderos europeos. Orbán hace años que se ve como el líder de una nueva Europa, nacionalista y conservadora en la que el cristianismo es un elemento importante y se elimina el alma burocrática de la actual UE. Y esa idea, muy popular en Hungría, es la que Vox intentará proyectar en Europa.

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