llamamiento a la calle para el 19 de enero

La hora de la verdad para Orbán: media Hungría se moviliza contra la "Viktadura"

Pese a todas las medidas adoptadas para garantizarle el control de los resortes del Estado, el ejecutivo del Fidesz puede haber ido demasiado lejos: por primera vez la oposición se ha unificado

Foto: Manifestantes contra el Gobierno de Víktor Orbán frente al Parlamento de Hungría, en Budapest, el 5 de enero de 2019. (EFE)
Manifestantes contra el Gobierno de Víktor Orbán frente al Parlamento de Hungría, en Budapest, el 5 de enero de 2019. (EFE)

Viktor Orbán se enfrenta a su peor año. Después de que el Parlamento aprobase dos polémicas leyes laborales y judiciales, el pasado mes de diciembre se prendió la mecha de las manifestaciones en su contra en Budapest y otras ciudades húngaras. Cerca de 15.000 personas recorrieron, durante 10 días consecutivos, el centro de la capital para terminar concentrándose frente al edificio de la Televisión Nacional, a pesar de las gélidas temperaturas y el intenso control policial. Las protestas se han reanudado hace unos días y han arreciado durante el fin de semana, reuniendo el sábado a más de 10.000 personas.

Los húngaros se echaron a la calle para pedir la retirada de la llamada “ley esclavista”, que les obliga a trabajar hasta 400 horas extras al año si sus patrones se lo piden y permite a las empresas pagárselas 36 meses después. También se pide anular la creación de un cuerpo judicial nombrado y controlado por el Gobierno que dirimirá en todos los casos que impliquen a la administración pública. La oposición a Fidesz, el partido de Orbán, ha mostrado una coordinación inusitada en los nueve años que lleva en el poder el actual gobierno y ha prometido hacer de 2019 “un año de resistencia dentro y fuera del Parlamento”. El presidente de la federación de sindicatos del comercio, Laszlo Kordas, anunció la convocatoria de una gran manifestación para el día 19 de enero, “bloqueando puentes y carreteras en todo el país, el mismo día y a la misma hora”, si Orbán no da un paso atrás o se sienta a negociar. Si ni siquiera esto surte algún efecto, el próximo paso sería una huelga nacional.

Por su parte, Istvan Hollik, portavoz del Gobierno, ha echado la culpa de la situación a George Soros, diciendo que “las protestas están financiadas con el dinero de Soros con el objetivo de convertir a Hungría en un país de inmigrantes”. Soros, de origen húngaro, es uno de los hombres más ricos del mundo y hasta hace poco funcionaba en Budapest su Universidad Central Europea (CEU en inglés). Viktor Orbán, quien curiosamente disfrutó de una beca Soros cuando era estudiante, decretó una campaña contra el inversor declarándolo “enemigo público número uno” y consiguió que la CEU cerrase sus puertas y tuviera que trasladarse a Viena.

Mientras tanto, en las calles de la capital, lo que al principio parecía un brote de descontento pasajero no sólo se ha mantenido en el tiempo, sino que ha ido cobrando mayor fuerza cada día. Ya no solo se protesta contra la nueva legislación laboral, sino que las manifestaciones se han convertido en todo un desafío al régimen de Viktor Orbán. Como aseguraba a este periódico uno de los participantes en las concentraciones de diciembre, la principal característica de estas protestas es que por primera vez los partidos de la oposición, los sindicatos y los ciudadanos descontentos se han unido para crear un frente común.

Víktor Orbán da un discurso durante el 62º aniversario del levantamiento húngaro de 1956, en Budapest, el 23 de octubre de 2018. (Reuters)
Víktor Orbán da un discurso durante el 62º aniversario del levantamiento húngaro de 1956, en Budapest, el 23 de octubre de 2018. (Reuters)

Una situación sin precedentes

El gobierno de Orbán, que ganó las elecciones el año pasado con un 48% de los votos, nunca se ha encontrado hasta ahora con una situación semejante. No resulta extraño que el principal foco de las protestas sea Budapest, donde Fidesz solo ganó en 7 de los 19 distritos. El principal apoyo electoral a Orbán procede de las áreas rurales y ciudades pequeñas, donde ha calado más hondo su discurso ultra nacionalista, religioso y tradicionalista. Viktor Orbán, que se ha declarado repetidamente admirador de Putin, define su ideología como “iliberal”, y sustentada en el rechazo a la inmigración, las minorías, el progresismo y la Unión Europea. Fuera de sus fronteras, ha encontrado apoyo en gobiernos como el del turco Recep Tayyip Erdogan (que estuvo en Budapest en octubre), el italiano Matteo Salvini (quien visitará Hungría pronto), Polonia (socio en el llamado “Grupo de Visegrado”) o Brasil (fue el único líder de la UE que asistió a la toma de posesión de Jair Bolsonaro).

El primer día de este año Orbán decidió trasladar su oficina, instalada hasta ahora en el imponente edificio del Parlamento, en Pest, a la otra orilla del Danubio, en Buda. Tras una laboriosa y costosa restauración (sin cifras oficiales, el coste se ha estimado superior a los 700 millones de euros), el “Castillo del Teatro” se ha convertido en la nueva residencia oficial del Primer Ministro, aunque se trata solo de una medida provisional, ya que el objetivo de Orbán es mudarse al Palacio Sándor, vacante desde 1920 y residencia histórica de la realeza húngara. Sin embargo, según apuntan algunos comentaristas de la prensa de Budapest en tono irónico, el “Castillo del Teatro” es el lugar ideal para que viva Orbán, ya que originalmente el edificio fue un monasterio, luego fue convertido en teatro y actualmente luce un interior lujoso y confortable que contrasta con su severa fachada exterior. Además, según reveló un guía turístico que trabaja mostrando el edificio a los turistas, en algún lugar del complejo se sitúa una “habitación del pánico” forrada de acero y kevlar donde Orbán podría refugiarse en caso de emergencia. “Religión, teatralidad, fachada austera y espacios privados lujosos, así como cierto aire pretencioso y un coste injustificable para algo que al fin y al cabo es transitorio; todos los elementos que definen la personalidad de Orbán están ahí”, declaraba a este periódico el periodista Attila Kopacsi.

La estrategia de presentar a su país como un bastión “iliberal” rodeado de enemigos (“Bruselas es el enemigo”) y que se ha erigido en guardián de la Europa tradicional frente al Islam (“no los queremos aquí”), le ha proporcionado a Orbán el apoyo de gran parte del electorado húngaro. Definido como “el Trump antes de Trump” por Stephen K. Bannon, ex consejero de la Casa Blanca, Viktor Orbán ha sabido sacar rédito de su imagen de líder intransigente, de ideas fijas y aferrado a valores conservadores, combinando una verborrea populista con gestos agresivos hacia todo el que no comulgue con sus ideas. Ha citado a China, Turquía o Rusia como modelos para su política y sus conflictos con la Unión Europea le han convertido en el “enfant terrible” del bloque. Hasta ahora, los enemigos de Orbán parecían venir todos del exterior, pero las manifestaciones que recorren a diario, desde hace semanas, el centro de Budapest, pueden marcar la llegada de la hora de la verdad para su Gobierno. Desde grupos de izquierda hasta la formación ultra derechista Jobbik (1,1 millones de votos, 19% del total) se han unido para, como proclamaba este partido en su web, “proteger a Hungría de Viktor Orbán”.

A las leyes laborales y judiciales que han motivado estas manifestaciones le precedieron otras medidas destinadas a afianzar el control de Orbán en otras esferas de poder como los medios de comunicación: en el pasado mes de noviembre, cientos de periódicos, revistas y webs de noticias pasaron a formar parte de la Fundación Centroeuropea de Prensa y Medios, un organismo húngaro dirigido por el gobierno. En un acto sin precedentes, los propietarios de más de 400 medios entregaron de manera simbólica la propiedad de sus empresas a la mencionada Fundación, que está dirigida por el abogado personal de Orbán y otras dos personas afines a Fidesz. Según la web independiente Atlatszo, actualmente hay más de 500 medios que declaran abiertamente su apoyo al Gobierno Orbán, frente a los 31 del año 2015. La ONG independiente Freedom House ha recalificado a Hungría de “democracia consolidada con medios libres” a “democracia semi consolidada con medios parcialmente libres” y ha hecho descender a Hungría 50 lugares en su clasificación de libertades civiles desde 2010, año en que Orbán accedió al poder.

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