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¿Sueñan los Estados Unidos con una China plural y capitalista?
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Quién influye a quién 40 años después

¿Sueñan los Estados Unidos con una China plural y capitalista?

EEUU creyó que podía cambiar a China. 40 años más tarde, empresas estadounidenses como Amazon o la NBA se pliegan ante el más mínimo atisbo de ofensa al gigante asiático

Foto: Una mujer en un centro comercial de Wuhan, China. (Getty)
Una mujer en un centro comercial de Wuhan, China. (Getty)

Hubo un tiempo en que Estados Unidos soñó con transformar a China en uno de los suyos: un país plural y capitalista, sostenido sobre una clase media próspera, formada y celosa de sus derechos democráticos. En la imaginación de Washington y del gran capital americano, la paulatina apertura económica de Pekín, iniciada a finales de los años 70, sería la cabeza de playa por donde entrarían los vaqueros, la Coca-Cola, Hollywood, los dólares, la libertad de expresión y el parlamentarismo. Unos 40 años más tarde, sin embargo, ¿quién influye ideológicamente a quién?

La compañía de comercio electrónico más grande del mundo, Amazon, capaz de mover 4.200 millones de paquetes al año y cuyo valor bursátil es superior al PIB de España, se ha unido a la lista de empresas que pasan por el aro autoritario de China. Según el británico 'The Times', Amazon aceptó borrar las reseñas de los libros de Xi Jinping, presidente chino, que tuviesen menos de cinco estrellas. Y luego, simplemente, borró todas y cerró la sección de comentarios en su página china. Una decisión, por otra parte, consecuente con la actitud de la empresa de Jeff Bezos, y de muchas otras, ante el régimen políticamente comunista.

Foto: Mesut Özil antes del Arsenal-Manchester City jugado este domingo. El partido no se emitió en China tras un tuit suyo. (Reuters)

A estas alturas, esta dinámica no tiene nada de nuevo ni de especial. Para muchas corporaciones extranjeras, China es un mercado demasiado grande, demasiado prometedor, como para llevarle la contraria a su Gobierno. Es el Partido Comunista Chino quien tiene la sartén por el mango, lo cual le permite dictar los límites de la libertad de expresión a entidades tan potentes como Nike, Apple, MGM, Cisco, Sheraton o la NBA, por citar algunas grandes marcas estadounidenses.

Uno de los casos más sonados fue el que afectó, en 2019, al equipo de la NBA Houston Rockets. Su director general de entonces, Daryl Morey, tuiteó un mensaje de apoyo a las protestas democráticas de Hong Kong. En pocas horas, la Asociación China de Baloncesto, seguida por multitud de empresas nacionales, suspendió toda relación con los Rockets; el canal estatal de deportes, CCTV 5, anunció que ya no retransmitiría ningún partido del equipo y el Gobierno chino exigió una “inmediata clarificación y corrección del error”, para lo que no tuvo que esperar mucho. Daryl Morey borró su tuit y publicó una extensa disculpa, así como la propia NBA, que tiene un volumen de negocio de 5.000 millones de dólares en el gigante asiático.

Foto: Los Angeles Clippers, momentos antes de comenzar un partido reciente. (Reuters)

A base de este tipo de incidentes, corporaciones como Inditex, L’Oréal, Google, Gap o Activision Blizzard han aprendido a evitar determinados jardines. Están las llamadas 'tres tes': Taiwán, Tiananmén y Tíbet, más la cuestión de Hong Kong, más la cuestión de las violaciones de los derechos humanos en la región de Xinjiang, donde vive la minoría uigur, víctima, según el Gobierno de EEUU, de un genocidio. Tabúes tan grandes como un mercado de 1.400 millones de consumidores.

Las exigencias de China son muy precisas, su lupa está en todas partes. Por ejemplo: ninguna de estas empresas lista a Taiwán, en sus páginas web o en sus productos, como país. Las que lo han hecho, rectificaron y pidieron disculpas. La cadena de hoteles Marriott llegó a despedir a un empleado por darle a 'me gusta' a un tuit de un grupo a favor de la independencia de Tíbet. En 'Top Gun 2', el personaje que interpreta Tom Cruise tenía cosidas, en su cazadora de aviador, varias banderas, una de ellas de Taiwán y otra de Japón. Pekín protestó y las insignias fueron digitalmente modificadas. Una de las productoras de la película, Tencen, es china. Otras condiciones son potencialmente más serias. Apple, por ejemplo, ha dejado los datos de sus millones de usuarios chinos, aunque siguen estando encriptados, en manos de una empresa del régimen.

El caso de Amazon

Amazon, por su parte, lleva años navegando por las aguas de la dictadura. Desembarcó en China en 2004, a través de la compra de Joyo.com, y desde entonces ha ido subiendo de la mano, porque es la única manera, del Gobierno. En 2017, como apunta Reuters, China ya era el primer mercado de Kindle; el 40% de las ventas del libro electrónico de Amazon se daban allí. Y era consciente del precio político-moral que pagaba. La empresa con sede en Seattle distribuyó un documento interno en el que reconocía que “el control ideológico y la propaganda es el núcleo de la caja de herramientas del Partido Comunista para alcanzar y mantener su éxito”, y añadía que Amazon “no juzga si eso es correcto o incorrecto”.

Sin embargo, este precio ideológico que impone China también es un precio reputacional. Casos como estos son muy comunes y se conocen cada vez más, lo cual daña el prestigio de estas empresas entre sus compatriotas. Es habitual que los periodistas estadounidenses, últimamente, pongan a empresarios e inversores contra las cuerdas en relación con China. Ray Dalio, fundador de Bridgewater, el fondo de inversión más importante del mundo, desató hace poco una tormenta por escurrir el bulto sobre la represión en Xinjiang y decir que el Gobierno chino era como un “padre estricto”, uno de los lugares comunes más diseminados por quienes justifican el régimen de partido único. Lo mismo ha sucedido con otros mandamases, como el CEO de JP Morgan Chase, Jamie Dimon.

Foto: Uno de los centros logísticos de JD. (Foto: JD)

El riesgo para el prestigio, sumado a las cada vez más estrictas e intrusivas leyes chinas de protección de datos, y a un clima de ferviente chovinismo, hace que las empresas de fuera se lo piensen cada vez mejor de iniciar negocios allí. Algunas, como LinkedIn y Yahoo, han optado recientemente por abandonar el país.

“Reconociendo el cada vez más difícil ambiente legal y de negocios en China, la serie de servicios de Yahoo ya no serán accesibles desde la China continental a partir del 1 de noviembre”, dijo la empresa en un comunicado. “Yahoo permanece comprometida con los derechos de nuestros usuarios y con un internet libre y abierto. Agradecemos a nuestros usuarios su apoyo”. El mensaje quedó claro, aunque Yahoo no entró en detalle sobre si hubo presiones particulares.

La primera plana que han tenido en los últimos tiempos las protestas de Hong Kong, los campos de concentración de Xinjiang y la extraña desaparición de la tenista china Peng Shuai, entre otros acontecimientos, han hecho que sea cada vez más arduo para las empresas estadounidenses sentirse cómodas con el gigante. Sobre todo, el clima de confrontación entre ambas potencias, cristalizado durante la Administración Trump y su escalada arancelaria, y militarmente tenso en el mar de la China Meridional, complica la relación coste-beneficio de trabajar en China.

Foto: (Foto: Reuters)

También hay otros frentes abiertos que preocupan en Washington: China es el país extranjero que más dinero dona a las universidades estadounidenses, de manera que muchas de ellas llegan a depender de regalos chinos (1.000 millones de dólares desde 2014, según Reuters). El Senado presentó en primavera una ley que obligaría a revisar en detalle la procedencia de las donaciones chinas que superen el millón de dólares, y el FBI ha lanzado una campaña de investigaciones, y de detenciones, de posibles espías en los campus americanos. El Departamento de Estado advirtió en 2020 que iniciativas como el Thousand Talents Program, que financia investigaciones en universidades americanas, podrían ser tentáculos del espionaje chino: una manera para acceder a los logros científicos que se alcanzan en EEUU.

La buena noticia, dentro de este amargamiento de relaciones, es que EEUU y China están ampliamente interconectadas. Solo en Wall Street cotizan unas 250 firmas chinas, que suman un valor cercano a los dos billones de dólares. En torno a un 28% de la tecnología que compran los americanos se produce en el gigante asiático, donde se fabrican los iPhones, los Levi’s, las Barbies o los destornilladores de Black & Decker. Esto reduce el margen de acción de ambos países, ya que, muchas veces, hacer daño al otro significaría hacerse daño a uno mismo.

Hubo un tiempo en que Estados Unidos soñó con transformar a China en uno de los suyos: un país plural y capitalista, sostenido sobre una clase media próspera, formada y celosa de sus derechos democráticos. En la imaginación de Washington y del gran capital americano, la paulatina apertura económica de Pekín, iniciada a finales de los años 70, sería la cabeza de playa por donde entrarían los vaqueros, la Coca-Cola, Hollywood, los dólares, la libertad de expresión y el parlamentarismo. Unos 40 años más tarde, sin embargo, ¿quién influye ideológicamente a quién?

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