ningún otro líder europeo podría reemplazarla

¿Una Europa sin Merkel?

Angela Merkel no pasa por su mejor momento, aunque tanto en Berlín como en Bruselas, se esperaba que la canciller alemana sobreviviera una vez más. Pero ¿qué pasaría si cae?

Foto: La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)
La canciller alemana, Angela Merkel. (Reuters)

Angela Merkel no pasa por su mejor momento. Por primera vez se ha enfrentado a una rebelión, la de sus socios bávaros de la CSU, que amenazó con hacer descarrillar su Gobierno. Tanto en Berlín, como en Bruselas, se esperaba que la canciller alemana sobreviviera una vez más. Incluso al precio de sacrificar a su ministro de Interior y líder de la CSU, Horst Seehofer. Pero en política nunca se debe vender la piel antes de cazar el oso y estos días ha surgido una pregunta que pocos explicitan: ¿podría caer Merkel? ¿Cómo sería la UE sin ella?

Merkel gusta tanto como disgusta en la UE. Su estilo de hacer política, en que priman el pragmatismo, la cautela, el conservadurismo y la salvaguarda de los intereses —especialmente monetarios— de sus conciudadanos, resulta tan frustrante para los que piden cambios o políticas más progresistas, como segura para los defensores de la estabilidad. Inmovilista o tenaz, Merkel combina sus mandatos con una apuesta por la Unión Europea: es una “historia de éxito”, opina. Y a Alemania solo le irá bien “si a la UE le va bien”. Y viceversa.

No es poca cosa. A la vista del avance de la extrema derecha y de los antieuropeístas en países como Italia, Hungría, Eslovenia, Francia, Holanda o la propia Alemania, que un presidente o primer ministro salido de las urnas tenga a la UE entre sus oraciones no puede darse ya por sentado. Y Merkel, con sus defectos e (importantes) errores, tiene una visión europea. Como sus antecesores, es consciente de aquello que dijo Henry Kissinger: Alemania es demasiado grande para Europa y demasiado pequeña para el mundo. Tiene que andar con cuidado y no avasallar a sus socios, pero no puede prescindir de ellos.

Liderazgo soterrado pero firme

A la canciller alemana se le critica su falta de garra para entrar en el cuerpo a cuerpo o meterse en el barro para buscar soluciones difíciles a problemas complejos hasta que la cuerda se ha tensado hasta el punto de prácticamente romperse. Grecia es buen ejemplo de ello. Pero la experiencia muestra que no está del todo equivocada: sabe que si Alemania es demasiado incisiva en su forma de liderazgo, podría rápidamente revivir viejos temores y crear alianzas contra el país.

Eso no le impide imponer, en última instancia, la visión germana en innumerables batallas europeas. Durante años, ha entorpecido cualquier avance en materia de control de la huella contaminante de los coches. El fondo de garantía de depósitos que formará el tercer pilar de la Unión Bancaria sigue siendo un proyecto. Alemania, más que liderar, frena (todo aquello que cree que va contra sus intereses). Pero siempre acompañada.

¿Una Europa sin Merkel?

Una de las raras veces en que Merkel dejó de lado su tradicional prudencia y tomó la iniciativa fue cuando decidió, de manera unilateral, abrir las puertas a los refugiados que llegaban en 2015 a la UE, mayormente desde Siria. Una medida solidaria, pero mal formulada, que le restó popularidad y causó una ruptura de confianza con Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y República Checa), que se hizo fuerte al este.

Pese a que no descuida los intereses alemanes, Merkel no se impone: apuesta por entenderse con sus socios europeos y buscar consensos. Todo lo contrario de lo que su ministro de Interior ha intentado hacer: poner en marcha una solución alemana para un problema europeo, el de la migración. La reacción, como era de esperar, la anticipó el primer ministro austriaco, Sebastian Kurtz: si Alemania sellaba sus fronteras, Viena seguiría sus pasos. Que las fichas de dominó siguiesen su curso, en detrimento de los países del sur, era cuestión de tiempo.

Manifestación de refugiados en Múnich. (EFE)
Manifestación de refugiados en Múnich. (EFE)

Nadie podría tomar el timón

Merkel, en sus 12 años al frente de la primera potencia europea, ha logrado alcanzar una gran influencia en la Unión. Pero las crisis de migrantes y del euro le han hecho perder parte de su toque, especialmente en Polonia y el resto del este, tradicional área de influencia germana. Pero no hay líder europeo que ahora pueda darle el relevo. Ni siquiera el francés Emmanuel Macron, presidente de la segunda economía de la eurozona.

Pese a su discurso europeísta, el galo se ha mostrado incapaz de formar coaliciones con sus vecinos. Más bien al contrario: sus encontronazos verbales con el este han sido sonados y su relación con el nuevo Gobierno italiano, a cuenta de la migración, no podía ser más tensa. Macron habla de soluciones europeas, pero ha dejado claro durante el debate migratorio que Francia no está dispuesta a mojarse en la cuestión que a día de hoy copa el debate europeo, mientras Merkel cierra pactos bilaterales con muchos de sus socios, entre ellos España.

España, cuarta potencia de la eurozona, no tiene el peso suficiente como para liderar la UE en solitario. Y menos aún con una Alemania indefinida o a la contra. Además, Pedro Sánchez no está aún lo suficientemente bregado en asuntos europeos como para liderar corrientes de opinión que resulten en avances concretos. Y no existe una sintonía con el resto de países europeos para crear grandes coaliciones que avancen al unísono si un Berlín, sin Merkel, se paraliza. “Una Europa sin Merkel sería un erial”, resumen unas fuentes europeas.

Contrarrestar a los ultras

Los defensores de las visiones moderadas de la política, ya sean de izquierdas o de derechas, han dominado la construcción europea. Merkel, como ha quedado claro en su disputa ante Seehofer, es una clara partidaria de mantener una idea muy básica como piedra angular de las políticas germanas que afectan a sus socios, como la migración: mejor si se pacta.

En esta era de Donalds Trump, Vladimirs Putin, Matteos Salvini y compañía, Merkel es la líder de mayor peso que aún apuesta por el multilateralismo. El unilateralismo sería la muerte de la Unión Europea. Merkel lo sabe. Y está dispuesta a fulminar a su ministro de Interior, y complicar su futuro político, en su defensa. Un mensaje poderoso en un momento en que la UE tiene importantes retos por delante.

Un momento de ruptura

Perder a Merkel supondría también perder su experiencia europea: es la única líder nacional que queda de la firma del Tratado de Lisboa, el texto en que se asienta la Unión actual. Con el debate abierto sobre qué quiere ser la UE de mayor y a menos de nueve meses de que por primera vez en la historia un miembro, Reino Unido, abandone el barco, la experiencia es la madre de la ciencia. También de la comunitaria.

Si el Gobierno de Merkel hubiese llegado a caer, fuera cual fuera el resultado —elecciones más o menos anticipadas, una nueva e improbable coalición, un reemplazo aún menos factible—, Alemania quedaría fuera de juego. Apenas cuando quedan nueve meses para el Brexit. Con la reforma del euro pospuesta para finales de año. Con la respuesta a la migración aún por construir. Merkel dejaría un vacío de poder en un momento en que las fuerzas disgregadoras están muy activas.

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