LA INMIGRACIÓN PUEDE ACABAR CON MERKEL

Alemania, la gran resaca

La llegada de millones de peticionarios de asilo ha generado una serie de movimientos tectónicos a nivel político, económico y social cuyas consecuencias reales aún son difíciles de calibrar

Foto: Miembros del movimiento Legida protestan contra la política migratoria de Merkel, en Leipzig. (Reuters)
Miembros del movimiento Legida protestan contra la política migratoria de Merkel, en Leipzig. (Reuters)

La crisis de los refugiados ha supuesto un profundo terremoto en Alemania. La llegada de más de 1,3 millones de peticionarios de asilo en apenas tres años ha generado una serie de movimientos tectónicos a nivel político, económico y social cuyas consecuencias reales aún es difícil de calibrar. Podría acabar suponiendo un notable revulsivo económico, una acicate para que se dispare la ultraderecha... o la caída de la canciller Angela Merkel, la indiscutible líder de Europa durante más de una década.

Parece que ha pasado una eternidad de aquellos 5 y 6 de septiembre de 2015. Aquel fin de semana, miles de vecinos de Múnich acudieron a la estación central de la capital bávara a recibir a los más de 13.000 refugiados que en tan sólo esos dos días habían entrado en Alemania. Muchos alemanes repartían ropa, alimentos, agua y juguetes. Otros tan sólo aplaudían a los recién llegados -en su mayoría sirios, afganos, iraquíes, pero también eritreos, paquistaníes, kosovares y bosnios-, arrancando lágrimas a aquellos que se habían jugado la vida por llegar a Europa. Fueron días de euforia, de buenas intenciones. Alemania sorprendió al mundo con su Willkommenkultur y Merkel se convirtió en el referente político mundial por su valentía ética a la hora de mantener las fronteras abiertas.

Ahora esa misma crisis amenaza con llevarse a la canciller por delante. Su ministro del Interior, el conservador bávaro Horst Seehofer, le ha dado de plazo hasta final de junio para que logre un acuerdo a nivel europeo que le permita rechazar en la misma frontera a distintos colectivos de inmigrantes (desde los que ya hayan solicitado asilo en otro país europeo a los que cuenten con algún delito). Si no, cerrará unilateralmente las fronteras, advierte Seehofer, que mira de reojo al avance en su Land de la intención de voto de la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) de cara a las elecciones regionales de septiembre. La disputa podría llevar a la canciller a cesar a Seehofer. Y a que la Unión Socialcristiana (CSU) que éste preside rompa con la Unión Cristianodemócrata (CDU) de Merkel y se retire del gobierno, dejando en minoría a la canciller. A los pies de los caballos.

El desencantamiento

El hilo que une estas dos escenas es un relato poliédrico y contradictorio en el que los factores internos y externos, los económicos, los demográficos, los políticos y los sociales se entremezclan de forma confusa. Donde conviven ejemplos de altruismo y superación con los de vil cálculo político y puro odio xenófobo. Lo mejor y lo peor de Alemania. De la euforia inicial de solidaridad y fronteras abiertas se ha pasado a un enfangado rifirrafe político en el que parece imposible avanzar -tanto a nivel europeo como alemán- y donde las personas han pasado a un segundo plano. La ultraderecha ha impuesto un relato dominado por el miedo -que medios y partidos de la derecha han adoptado de forma más o menos consciente- y abierto un debate sobre la identidad que resuena de forma peligrosa en un país con un pasado lacerante.

"Soy de izquierdas y me sorprendo de mis sentimientos. A mi madre le han dicho durante años que no podían subir las pensiones. Para los refugiados hay todo el dinero necesario"

Madlen, una vecina de Berlín con algo más de 50 años y marido extranjero, describe en una entrevista con El Confidencial esta gran transformación como un proceso de desilusionamiento colectivo en el coinciden expectativas quebradas, el desbordamiento inicial de las autoridades, el sensacionalismo de los tabloides, el choque cultural, los problemas propios de la integración, las 'fake news' xenófobas y la incapacidad del Gobierno alemán para trasladar desde el principio un relato realista y sincero de lo que iba a suponer este gigantesco reto. Si en los primeros momentos se vivió "un gran momento de solidaridad", rememora Madlen, donde "el primer instinto" de una gran mayoría fue ayudar, ahora se vive un "estado de crudeza" donde reina la desconfianza, la "inseguridad", la decepción y un cierto "sentimiento de injusticia".

"El problema es que se gestionó mal", argumenta esta traductora, que considera que muchos alemanes se han sentido "molestos" por distintos motivos durante la crisis. Cuenta que sus hijos estuvieron casi un año sin poder entrenar en su polideportivo habitual porque fue convertido en alojamiento temporal para refugiados. Y que muchos mayores se sintieron engañados. "A mi madre y a mi padrastro, que no tienen mucho dinero, les han dicho durante años que no les podían subir las pensiones porque no había dinero. Y de pronto llega un montón de gente y para ellos hay todo el dinero necesario", critica. "Yo, que soy de izquierdas y muy abierta, me sorprendo de mis sentimientos. Me cuestiono a mí misma", reflexiona.

Simpatizantes del movimiento islamófobo Pegida durante una protesta contra Merkel, en Dresden. (Reuters)
Simpatizantes del movimiento islamófobo Pegida durante una protesta contra Merkel, en Dresden. (Reuters)

El auge de la ultraderecha

El monstruo siempre había estado ahí. Pero nada ni nadie había conseguido volver a ponerlo en forma. La ultraderecha alemana, con decenas de formaciones política minoritarias y camaraderías neonazis a lo largo del país, nunca había tenido representación parlamentaria desde la II Guerra Mundial. Su referente más claro, el NPD, no había pasado de lograr algún escaño en una cámara regional. Pero entonces cambio todo.

Primero fue el movimiento de los Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente (Pegida), que surgió en octubre de 2014 y que un año después, coincidiendo con el punto álgido de la crisis de los refugiados, lograba reunir a unas 20.000 personas en sus manifestaciones semanales de los lunes en Dresde. En aquellas protestas masivas, que se multiplicaron por distintas ciudades alemanas, participaron también la madre y el padrastro de Madlen. "Fueron por un descontento con el Estado. No era contra los refugiados. Fue una forma de protesta contra el Gobierno. Pero en casa tuvimos nuestras discusiones, fuertes discusiones, por lo que había detrás, que ellos en un primer momento no vieron", explica en referencia a las fuerzas ultraderechistas que alentaban las marchas.

Pegida carecía además de pegada política, por falta de estructura clara, equipo humano y objetivos, más allá de la mera protesta. Entonces apareció AfD. Formada principalmente por profesores universitarios y economistas, esta formación había surgido en 2013 con el objetivo de sumar una voz liberal y euroescéptica de cara a las elecciones generales de 2013. Pero la llegada masiva de refugiados en 2015 hizo que los sectores más conservadores de la derecha y distintos círculos ultraderechistas viesen una ventana de oportunidad para asaltarla. Canibalizaron la organización y la emplearon como nuevo vehículo político, revolucionando el panorama político alemán, basado desde hacía décadas en el consenso y un estrecho concepto de lo políticamente correcto. En los comicios del año pasado se convirtieron en tercera fuerza en el Bundestag, con el 12,6% de los votos.

"Creo que esto es en gran parte culpa de Merkel", incide Madlen, que mantiene que la canciller ignoró los problemas voluntariamente y "se obcecó en no querer ver que realmente había más problemas de los que pensó en un primer momento". Esta berlinesa tilda el posicionamiento del gobierno -tanto entonces como ahora, una gran coalición de conservadores y socialdemócratas- de una "tomadura de pelo" que ha hecho que "la gente se sienta abandonada".

El drama de la integración

Alemania aún no se ha parado a darse una palmada en la espalda por el éxito de su titánico esfuerzo por acoger a los más de 1,3 millones de refugiados que han llegado desde 2015. Hubo problemas de coordinación, duplicidades, excesos burocráticos e ineficiencias. Pero todo esto no puede lograr empañar la hazaña de, sin ningún deterioro sensible de otras áreas, gestionar esta avalancha humana que supone en torno al 1,5% de su población. Los peticionarios de asilo fueron acogidos en centros especializados, se les dio ropa y alimento, ayudas sociales y la posibilidad de asistir a cursos de alemán. Y desde el primer día, mientras se tramitaban sus peticiones de asilo, todos tuvieron acceso a la sanidad pública y los menores -casi la mitad de los llegados- plaza en un centro educativo. ¿Cuántos países desarrollados podrían haber llevado a cabo algo así sin colapsar? "En principio deberíamos pensar que fue una historia de éxito y no despreciar lo que realmente se hizo. Pero la percepción es otra. Quizá los alemanes somos así", lamenta Madlen.

Y lo que queda por delante es quizá aún más complejo que lo que ya se ha hecho. Se trata de la integración, una tarea multifacética y a muy largo plazo donde las soluciones generalistas no funcionan. Los expertos ni siquiera se ponen de acuerdo en qué significa exactamente este término, que abarca desde el aprendizaje del idioma a la inserción laboral, pasando por el establecimiento de conexiones interpersonales y culturales.

En este ámbito hay ejemplos que destacar en uno y otro sentido. En la multicultural y abierta Berlín, los asilados están empezando a abrir negocios y emplearse, principalmente en hostelería, como en el restaurante sirio Himmel, en el que trabajan diez personas huidas de ese país en guerra y que han recibido protección legal en Alemania. Entre ellas se encuentran Marinaya Saoud, de Alepo, y Othman Achiti, de Damasco. También está el afgano Peyman Esmailzadeh, que huyó hace ocho años de su país y acaba de terminar en Hamburgo un ciclo de formación profesional como técnico dental. O el somalí Ali Mohamed Sharif, que tras aprobar el curso de integración (idioma y cultura) logró una plaza para un ciclo de formación como pintor en Osnabrück y así conseguir un permiso de residencia. Estos casos de superación se cuentan a miles.

Un grupo de migrantes duerme en el interior de una iglesia protestante en Oberhausen. (Reuters)
Un grupo de migrantes duerme en el interior de una iglesia protestante en Oberhausen. (Reuters)

Pero también han saltado a las páginas de los periódicos ejemplos de lo contrario. El más claro, el del protagonista del mayor ataque islamista sufrido por Alemania, con doce muertos en un mercadillo navideño berlinés, un tunecino que había solicitado asilo. O como los siete peticionarios de asilo, seis sirios y un libio de entre 15 y 21 años, que trataron de prender fuego a un indigente en una estación de metro de Berlín en la Navidad de 2016. También el sirio de 19 años que latigó el pasado abril a un joven judío con un cinturón en la capital alemana por llevar una kipá. Muchos en Alemania se quejan de que la llegada de refugiados fue, sobre todo en los primeros momentos, "indiscriminada" y sin controles, como apunta Madlen.

Mención aparte merecen los casos de abusos sexuales e incluso feminicidios perpetrados por jóvenes inmigrantes en los últimos años. No hay estadísticas oficiales porque en los delitos no se desglosan por nacionalidades. Pero algunos hechos han copado los medios de comunicación. De la infame Nochevieja de 2016 en Colonia, donde se denunciaron cientos de agresiones sexuales -muchas atribuidas a extranjeros-, al caso del iraquí de 20 años que está detenido acusado de violar y matar a una universitaria en Friburgo en 2017. Comparativamente, la resonancia mediática de hechos como éste es tremenda en un país que apenas se hace eco de los delitos de violencia de género y los tilda, en todo caso, de "dramas familiares". Según el primer informe nacional sobre violencia de género, publicado el año pasado, en 2016 fueron asesinadas en Alemania 149 mujeres a manos de su pareja o expareja.

El foco, de forma comprensible pero poco equilibrada, está puesto en los recién llegados. Pero sólo en ellos. Porque entre los alemanes también ha habido ejemplos de lo mejor y de lo peor. Algunos se han volcado con iniciativas para favorecer la integración como "Be an angel", que facilita la inserción laboral, o la "Asylothek", que promueve el aprendizaje del idioma a través de los libros para niños. Cientos de empresas, de grandes multinacionales a modestas pymes, ofrecieron plazas de formación a los recién llegados. Mientras tanto, otros han atacado albergues de refugiados y agredido a peticionarios de asilo. Según cifras del Ministerio de Interior, Alemania registró en 2017 algo más de 2.200 delitos contra refugiados y sus centros de acogida, cerca de un tercio menos que el año previo. Entre éstos hay agresiones graves y delitos de odio, pero también ataques incendiarios contra albergues y colocación de explosivos.

El factor económico

Las consecuencias económicas de la crisis de los refugiados se dejarán sentir durante décadas. Las primeras han sido evidentes e inmediatas. El Gobierno alemán ha dedicado en los últimos años unos 50.000 millones de euros -según dos estimaciones independientes de sendos institutos económicos- a atender a los peticionarios de asilo, lo que ha tenido el efecto de un paquete de impulso, al elevar el gasto público y azuzar la demanda. La Oficina Federal de Estadística (Destatis) estimó que aproximadamente un cuarto del crecimiento del 1,7 por ciento del producto interior bruto (PIB) en 2015 se debió al gasto público en este capítulo. Además, en 2017 apuntó que el fuerte repunte del desembolso de las administraciones (del 4,2 por ciento en la austera Alemania) se debió también a la atención a los peticionarios de asilo.

El Gobierno ha dedicado 50.000 millones a atender a los peticionarios de asilo, lo que ha tenido el efecto de un paquete de impulso, al elevar el gasto público y azuzar la demanda

Pero hay otros efectos a un mayor plazo. Los peticionarios de asilo que están siendo admitidos en el país están accediendo poco a poco al pujante mercado laboral alemán, que se encuentra en mínimos de desempleo en décadas. Según un reciente estudio del Instituto de Estudios del Mercado Laboral (IAB), el 25% de los solicitantes de asilo llegados a Alemania desde 2015 tenía en marzo de este año un trabajo y el 20% cotizaba a la seguridad social. "Observamos que después de dos años y medio, de tres años, cerca del 25% ha accedido al mercado laboral. Esto es más rápido que en el pasado. Por eso me inclino a pensar que en cinco años ese porcentaje habrá alcanzado el 50%", indica Herbert Brücker, experto del IAB.

La llegada masiva de personas jóvenes y en edad de trabajar puede además suponer un necesario revulsivo para subsanar los cuellos de botella del mercado laboral alemán. La economía alemana tiene ya un problema de falta de personal especializado y, a medio plazo, puede sufrir un serio recorte de su masa laboral debido al fuerte envejecimiento de la población, lo que repercutiría ineludiblemente en el potencial de crecimiento. No obstante para materializar esa reconversión, los inmigrantes deberán superar varios obstáculos, como el aprendizaje del idioma, y la formación reglada en las profesiones demandadas. Los expertos no están de acuerdo en los resultados a largo plazo de esta inédita situación. Mientras unos tienden al pesimismo destacando las bolsas de afganos analfabetos otros se muestran optimistas esgrimiendo al médico sirio polígloto.

Un niña muestra una imagen de Merkel mientras un grupo de migrantes se dirige a la frontera austriaca, en Budapest, en septiembre de 2015. (Reuters)
Un niña muestra una imagen de Merkel mientras un grupo de migrantes se dirige a la frontera austriaca, en Budapest, en septiembre de 2015. (Reuters)

La batalla por el relato

Una de las consecuencias más preocupantes a largo plazo es el logro de la ultraderecha en la batalla por el relato. AfD y sus innumerables adláteres en las redes sociales bombardean a diario un discurso del miedo al diferente, al musulmán, que en cierta medida ha calado mucho más allá de su estricto espectro ideológico. Alertan de forma machacona sobre una invasión de burkas, minaretes e islamistas dispuestos a atentar que simplemente no casa con la realidad a pie de calle. Recientemente varios periodistas alemanes se preguntaban si no habían ellos contribuido involuntariamente a esa radicalización del discurso organizando tantos debates en torno al islam. Perseguían el "share" y atizaron el fuego de la ultraderecha.

Como en otros países de Europa, los conservadores, el centro-derecha y los liberales han ido asumiendo su definición del campo de juego y, en parte, sus reivindicaciones. La gran coalición de conservadores y socialdemócratas de la pasada legislatura endureció dos veces la ley de asilo para recortar derechos de reagrupación familiar y reducir el número de países considerados peligrosos (cuyos ciudadanos tienen derecho a protección). Incluso La izquierda tiene un crudo debate interno sobre si se ha de poner límites al derecho de asilo. Mientras tanto, la intención de voto de AfD goza de buena salud y sin perspectivas de decaer.

Esclarecedora en este sentido fue la presentación de las cifras de criminalidad de 2017. Allí el propio Seehofer, el ministro de Interior que ha retado a Merkel, calificó de "éxito" el descenso del 10% interanual de la cifra de delitos, hasta una cota no vista desde 1992. Pero acto seguido argumentó que, sin embargo, la "seguridad percibida" de la ciudadanía había caído. Que los alemanes se sentían más inseguros, tal y como asegura Madlen que le sucede, por lo que hacía falta más policía y más cámaras de seguridad.

"Yo creo que faltan informaciones positivas. Faltan ejemplos de integración positiva, y existen. Creo que es más bien esto. Ver las partes positivas de la inmigración. Y también una estructura de cómo se puede llegar hasta ahí", sostiene Madlen, que agrega que "falta contar las noticias de progresos, de lo que se ha hecho bien, noticias desde el punto de vista positivo". "Es lo del vaso medio lleno o medio vacío. Se han concentrado más en lo negativo", afirma.

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