¿Puede EEUU liderar una alianza de derechos humanos contra China?
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¿Puede EEUU liderar una alianza de derechos humanos contra China?

La Administración Biden intenta combatir a Pekín subrayando sus violaciones de derechos y valores democráticos, pero algunos de los socios de EEUU no terminan de escoger bando

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Ilustración: EC.

Cuando el líder chino Xi Jinping habló con la canciller alemana Angela Merkel el mes pasado, no ocultó su molestia con los vínculos renovados entre Europa y EEUU. Según la lectura de Pekín de la llamada, Xi compartió sus "esperanzas de que la UE tome la decisión correcta de forma independiente y consiga verdaderamente la autonomía estratégica". Por autonomía se refería a una ruptura de EEUU, por supuesto.

Solo dos semanas antes, en señal de la alineación estratégica transatlántica reavivada, la UE impuso sus primeras sanciones a funcionarios del Gobierno chino desde la masacre de la plaza de Tiananmén en 1989, época en la que China tenía un papel relativamente menor en la economía global. Aplicadas de forma coordinada con EEUU, Canadá y Reino Unido, estas medidas fueron en gran medida simbólicas, dirigidas a un puñado de burócratas involucrados en la opresión de la minoría de musulmanes uigures de Sinkiang.

Sin embargo, la medida, y las consecuencias que ha provocado, subrayan un cambio importante en la política exterior de EEUU bajo la Administración Biden: vuelve a utilizar cuestiones de derechos humanos –y los valores que vinculan a EEUU y sus aliados occidentales– como instrumento del esfuerzo estratégico norteamericano para evitar que una China firme y resurgente trastoque el orden internacional. El problema es que varios aliados importantes frente a China, sobre todo en Asia, cuentan con sus propios historiales alarmantes de derechos humanos. Al igual que con la Unión Soviética durante la Guerra Fría, EEUU vuelve a enfrentarse al dilema de reconciliar sus necesidades estratégicas con los principios que promulga al enfrentarse a su principal rival global.

placeholder El expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y el presidente de EEUU, Joe Biden. (Reuters)
El expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, y el presidente de EEUU, Joe Biden. (Reuters)

En muchas formas, existe una continuidad notable entre el presidente Biden y la Casa Blanca de Trump al tratar a China como el principal desafío estratégico de EEUU. La China de Xi "está completamente decidida a convertirse en la nación más importante y trascendental del mundo", declaró Biden en la sesión conjunta del Congreso en abril. "Él y otros –autócratas– piensan que la democracia no puede competir en el siglo XXI". La diferencia es que Trump veía esta competición principalmente en términos de puro interés nacional, un conflicto entre la determinación de EEUU por seguir siendo la principal potencia del mundo y el esfuerzo de China por desplazarlo. Tenía poco interés por la grave situación de los uigures, por ejemplo, y según el exasesor de seguridad nacional John Bolton, llegó a ensalzar en una ocasión a Xi por construir campos de concentración en Sinkiang.

"Nuestras alianzas se crearon para defender valores comunes", declaró el secretario de Estado Antony Blinken en un discurso en Bruselas en marzo. "No hay dudas de que el comportamiento represivo de Pekín amenaza nuestra seguridad y prosperidad colectivas, y de que está trabajando de forma activa para socavar las normas del sistema internacional y los valores que nosotros y nuestros aliados compartimos". En cambio, la Administración Biden también plantea la competición como un enfrentamiento de valores, con EEUU y sus aliados democráticos haciéndole frente al modelo de represión autoritaria que China busca imponer en el resto del mundo. En su primera conversación con Xi, Biden mencionó Sinkiang y su propia decisión de cancelar el decreto de Trump que prohibía la entrada de ciudadanos de varios países musulmanes (señalando que no todos los musulmanes son terroristas, según una persona cercana a la llamada).

El nuevo enfoque ha llamado la atención de los legisladores europeos. "EEUU apuesta mucho por la agenda de democracia, derechos humanos y libertad, y eso es algo muy importante para nosotros", declara el ministro de Exteriores de Dinamarca Jeppe Kofor en una entrevista. "Cuando se trata de valores, la UE también está dispuesta a criticar a China cuando se desafían principios fundamentales, como en Sinkiang o Hong Kong. La UE y EEUU, en términos generales, tienen el mismo enfoque respecto a China".

Foto: Un manifestante luce una careta durante la protesta celebrada en apoyo a los musulmanes uigur de Xianjiang en Hong Kong (China). (Reuters)

Por el contrario, los gobiernos asiáticos han estado mucho menos centrados en la cuestión de valores democráticos comunes en su esfuerzo por posicionarse en la creciente rivalidad China-EEUU. El motivo es sencillo: como la China de Xi ha intimidado a un vecino tras otro en los últimos años, países desde India hasta Vietnam, pasando por Japón, se han dado cuenta de que acoger el esfuerzo global de Washington para controlar el poder de Pekín favorecía a sus principales intereses de seguridad nacional. "En Asia, se trata de la contigüidad de China. Se trata del lado temido de la ecuación", declara David Gordon, ex alto cargo del Departamento de Estado y la CIA que supervisa el proyecto de la nueva Ruta de la Seda china en el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos.

Un alto funcionario japonés señaló que su país, como muchos en Asia, tiene que enfrentarse a las reivindicaciones territoriales cada vez más contundentes de China. "A medida que China se eleva, se vuelve más segura, y el resto de países necesitan una respuesta", declara. "Esta es una cuestión primordial que definirá las próximas décadas… Y todos necesitamos aliados".

"China estaba intentando con todas sus fuerzas persuadir a los europeos de que nuestros intereses eran totalmente diferentes a los de EEUU", dice Valérie Niquet, directora de Asia en la Foundation for Strategic Research, grupo de expertos de París que asesora al Gobierno francés. "Y en Europa existía entonces tal rechazo a Trump que permitió a China evitar la creación de un frente común". Tales estimaciones han surtido el efecto contrario en Europa, donde muchos políticos han llegado a creer en los últimos años que perseguir el interés nacional exigía abrazar a China en lugar de hacerle frente. Para ellos, Pekín no suponía un problema de seguridad inmediato, y ofrecía oportunidades lucrativas de comercio e inversión en un momento en el que Trump amenazaba con guerras comerciales. Muchos europeos también se preguntaban abiertamente si sus propios valores y los de Norteamérica se estaban alejando.

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La canciller alemana, Angela Merkel (i), y el presidente chino, Xi Jinping. (EFE)

Incluso cuando la combinación de la diplomacia agresiva de 'lobo guerrero' de China, la represión nacional y la pandemia del coronavirus ha deteriorado su imagen en Europa en los últimos años, Merkel se ha mantenido como firme defensora de una cooperación más estrecha entre Europa y Pekín. Alemania, al contrario que EEUU y otras naciones europeas, mantiene una balanza comercial saludable con China, en parte gracias a su importantísima industria automovilística. El pasado diciembre, Merkel –entonces en la presidencia rotatoria de la UE– impulsó un acuerdo comercial controvertido entre China y Europa. Los analistas chinos se regocijaron, describiendo la decisión como un gran revés al poder norteamericano.

La dicha fue breve. En marzo, el nuevo enfoque de la Administración Biden en los derechos humanos y valores democráticos se centró en Sinkiang, instando a la UE a adoptar las sanciones coordinadas contra las autoridades chinas. Como respuesta, un Pekín colérico impuso sus propias sanciones a grupos de expertos y políticos europeos y a todo un subcomité del Parlamento Europeo, órgano legislativo que debe ratificar el acuerdo de inversión presentado en diciembre. El ministro de Exteriores de China advirtió entonces firmemente a la UE "que reflexionara sobre sí misma, se enfrentara directamente la gravedad de su error” y que “dejara de ir por el camino equivocado".

La dura reacción ha deteriorado aún más la imagen europea de Pekín. El pasado jueves, el Parlamento Europeo votó 599-30 a favor de congelar la ratificación e instó a vincular el acuerdo al progreso de China en materia de derechos humanos. La polémica ya ha debilitado el atractivo del enfoque de relación constructiva de Merkel. "Los chinos han juzgado muy mal. Han descartado al público crítico y a los medios críticos", declara Reinhard Bütikofer, miembro del Parlamento Europeo de los verdes alemanes que estaba entre los legisladores sancionados por Pekín. "Los líderes chinos creen que han estudiado a Occidente lo suficiente y que han aprendido todas las lecciones, y ahora van a dar lecciones. Están fracasando, porque se han vuelto muy arrogantes", añade Bütikofer, cuyo partido lidera los sondeos de cara a las elecciones de septiembre, cuando Merkel dejará el cargo de canciller.

Foto: Mike Pompeo, secretario de Estado de EEUU, durante una visita a Bruselas en septiembre de 2019. (Reuters)

El miembro del Parlamento Federal Nils Schmid, portavoz de asuntos exteriores del Partido Socialdemócrata de Alemania que forma parte de la coalición de Merkel, añade que la percepción cambiante de Europa sobre China, combinada con nuevos entendimientos transatlánticos, endurecerán las políticas europeas todavía más. "Durante demasiado tiempo, las grandes empresas han dominado la política alemana hacia China. Cualquier nuevo gobierno tras las elecciones de septiembre traerá una política más sólida y firme respecto a China", declara Schmid. "Esto no significa que vayamos a seguir todos los pasos y medidas adoptadas por el Gobierno de EEUU… Pero en un sentido más amplio, existe un gran potencial para un enfoque conjunto de EEUU y la UE".

Sin embargo, el nuevo entendimiento transatlántico sobre valores no va más lejos que eso; Europa y EEUU siguen siendo grandes rivales comerciales. El lema de la Administración Biden de una "política exterior para la clase media", con sus matices proteccionistas, es solo una forma agradable de decir 'America First', observa un embajador europeo. Aun así, a pesar de que la esencia de muchas políticas estadounidenses se mantenga intacta, la Administración Biden ya ha demostrado estar mucho más comprometida con sus aliados para formular decisiones conjuntas en lugar de tomar medidas unilaterales, declara otro alto cargo diplomático europeo.

El lado negativo de recalcar un compromiso común con los derechos humanos, como ha descubierto la administración de Biden, es que puede debilitar algunas relaciones estratégicas que se basan en intereses geopolíticos comunes. EEUU se enfrentó a un desafío similar durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética, periodo en el que muchos de sus socios y aliados no eran democráticos, desde Corea del Sur, Taiwán e Indonesia hasta los regímenes autocráticos en España y Grecia, pasando por las juntas militares en Latinoamérica.

Las tropas indias participaron en enfrentamientos breves pero sangrientos con las tropas chinas el año pasado

Buscando aislar a la Unión Soviética en los años setenta, el presidente Richard Nixon y el secretario de Estado Henry Kissinger incluso alcanzaron un acuerdo con la dictadura de Mao Zedong, preparando el terreno para que China se reincorporara a la economía global. En 1979, Jeane Kirkpatrick, futura embajadora del presidente Ronald Reagan ante Naciones Unidas, inventó la denominada 'Doctrina Kirkpatrick', estableciendo que Washington debía brindar un apoyo amistoso a los autócratas porque impulsar reformas democráticas de forma agresiva solo fortalecería a regímenes prosoviéticos todavía más abusivos.

"¿Cómo equilibras tus aspiraciones ideológicas y tus necesidades geopolíticas?", declara Thomas Graham, asesor principal en Kissinger Associates y exfuncionario de la Casa Blanca de George W. Bush. "Para dominar a la Unión Soviética, tuvimos que negociar con varios países que eran menos que democráticos en sus políticas nacionales, pero ocupaban posiciones geopolíticas importantes en el mundo. Me imagino que la administración de Biden abordará China de la misma forma".

El mayor desafío similar para la Administración Biden es la democracia cada vez más conflictiva de India. El gigante nuclear es indispensable para la estrategia de Washington para prevenir el dominio chino de la región indopacífica. Las tropas indias participaron en enfrentamientos breves pero sangrientos con las tropas chinas el año pasado. La cooperación militar y política entre Washington y Nueva Delhi ha crecido rápido, tanto bilateralmente como dentro del llamado 'acuerdo Quad', que incluye a Japón y Australia.

Foto: Fotografía de archivo de la primera reunión ministerial del Quad, en 2017. (Foto: Reuters)

"Durante los últimos 20 años, todos los presidentes de EEUU han encontrado útil intensificar las relaciones con la India", declara Samir Saran, presidente de Observer Research Foundation, grupo de expertos líder indio. Sin embargo, India es también un país en el que el primer ministro Narendra Modi ha adoptado políticas cada vez más autoritarias, reduciendo las libertades democráticas y atacando a la minoría musulmana. Tales acciones, así como la mala gestión de Modi de la pandemia del coronavirus, han estimulado llamamientos en el Congreso y fuera de él para evaluar la relación.

Hasta el momento, la Administración Biden se ha abstenido en gran medida de criticar a Modi. Biden asistió a la primera reunión a nivel de cumbre del Quad en marzo y anunció un esfuerzo conjunto para fabricar vacunas para el mundo. En abril, India consiguió la aprobación de EEUU para invertir 2.400 millones de dólares en capacidad marítima de reconocimiento y patrullaje marítimo, herramienta clave en el objetivo común de contener las incursiones marítimas chinas en el océano Índico.

"La colaboración es un hecho en el mayor constructor geoestratégico del indopacífico y de las consecuencias más amplias de que el auge de China no sea pacífico bajo cualquier concepto", dice Manish Tewari, destacado legislador del principal partido de la oposición, el Congreso Nacional Indio, y exministro del gabinete. "Pero también existe una realidad nacional en India: la absoluta y miserable mala gobernanza, la experimentación con el dolor y la angustia en una escala que solo se puede comparar con el ‘Gran Salto Adelante’ y la ‘Revolución Cultural’ de Mao Zedong".

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El presidente de EEUU, Joe Biden. (Reuters)

Vijay Chauthaiwale, líder de asuntos exteriores del Partido Popular Indio, partido en el poder, declara que no ve que haya cuestiones de derechos humanos interponiéndose en el camino de una relación bilateral floreciente entre Nueva Delhi y Washington. "Entendemos la sensibilidad de la Administración Biden, pero al mismo tiempo India tiene un sólido historial de valores democráticos y derechos humanos", declara. "Los países amigos tendrán algunos acuerdos y algunos desacuerdos, pero estoy seguro de que no afectará nuestra alianza en conjunto”. Añade: “es una situación complicada". "Requeriría toda la capacidad y aplomo de Estados Unidos recorrer este campo de minas, seguir cooperando con India a la vez que reafirma de forma reiterada que el eje de la relación entre ambos países es un compromiso al pluralismo y la democracia".

Si bien presionar públicamente a China sobre cuestiones de derechos humanos se ha convertido en una herramienta útil de la política exterior de EEUU, nombrar y humillar a socios y aliados como la India por delitos menos graves podría ser contraproducente, declara Jim Risch, senador republicano por Idaho y miembro de rango del Comité de Relaciones Exteriores del Senado. "Siempre, siempre nos referimos a los derechos humanos. Dicho esto, no todo el mundo acepta nuestra visión sobre los derechos humanos, y tienes que lidiar con eso. Se hace caso por caso, y más importante, de acuerdo con una base transaccional. Rara vez cambias la actitud al intentar humillar a alguien públicamente".

Foto: EC.

Desde este punto de vista –compartido por algunos cargos de la Administración Biden–, atraer atención pública a la falta democrática en la India o Filipinas, o la casi total falta de libertades políticas en Vietnam, solo beneficiaría a China, y por consiguiente supondría un revés a la causa de la democracia en todo el mundo. Al fin y al cabo, ninguno de estos países busca crear una alternativa sistémica a las democracias occidentales.

Sin embargo, al final el propio avance de China hacia una mayor represión y una política exterior más imprudente resta importancia a las brechas de valores entre EEUU y algunos de sus aliados, añade Gordon. "El mayor factor que la Administración de Biden tiene a su favor en términos de la estrategia de forjar una coalición es el comportamiento chino".

*Contenido con licencia de 'The Wall Street Journal'.

Cuando el líder chino Xi Jinping habló con la canciller alemana Angela Merkel el mes pasado, no ocultó su molestia con los vínculos renovados entre Europa y EEUU. Según la lectura de Pekín de la llamada, Xi compartió sus "esperanzas de que la UE tome la decisión correcta de forma independiente y consiga verdaderamente la autonomía estratégica". Por autonomía se refería a una ruptura de EEUU, por supuesto.

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