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Otra noche tropical en la Cañada Real (Madrid): "Estamos abandonados a nuestra suerte"
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24 HORAS DE UNA FAMILIA

Otra noche tropical en la Cañada Real (Madrid): "Estamos abandonados a nuestra suerte"

Así sobrevive la familia Fernández, originaria de Extremadura, en el poblado donde sus 4.000 vecinos exigen la vuelta del suministro eléctrico y denuncian el abandono institucional

Foto: Los Fernández, al completo. (L. T.)
Los Fernández, al completo. (L. T.)

El zumbido de las moscas, las gotas de sudor empapando su rostro y el ruido del despertador: eso es lo que despierta al treintañero Miguel Fernández todas las mañanas. Son las 6:30 en la Cañada Real, está amaneciendo en plena ola de calor y el termómetro marca 24 grados. El joven desearía darse una ducha, pero no puede. “Me refresco con un par de cubos”, explica desde la puerta de su casa, mientras vierte sobre su cuerpo el contenido de dos barreños que rellenó anoche. El angosto piso en el que vive junto a su mujer, Pilar, y sus tres hijos, dotado de una sola habitación y el salón, carece de agua corriente y de suministro eléctrico, por lo que no pueden usar el aire acondicionado ni la nevera. Como él, casi 4.000 vecinos de la Cañada Real Galiana, de los cuales 1.813 son niños y niñas, llevan casi dos años sin luz y han denunciado el olvido al que se sienten sometidos, algo que se agrava en verano: "Estamos abandonados a nuestra suerte". Los habitantes de la Cañada Real siguen exigiendo lo mismo, sin éxito, desde octubre de 2020, cuando les cortaron la luz: "Es como si no fuéramos ciudadanos de pleno derecho, siempre al margen del sistema".

La familia Fernández, originaria de Extremadura, lleva 13 años viviendo en el sector 6 de la Cañada Real, el llamado 'camino sin asfaltar', junto a los padres de él, Ángela y Miguel sénior. Pese a las malas condiciones materiales, su casa es una de las más habitables y amplias de la barriada, donde abundan las chabolas. Además, pueden recurrir a encender la nevera un tiempo limitado gracias al generador que rellenan de gasoil: "Un bote cuesta 45 euros, es carísimo y dura poco, pero es la única opción para usar unas dos horas al día la nevera". Los domicilios están separados por un muro de hormigón: "Lo que nos salva de vivir amargados es la piña familiar", resume la abuela de los críos. El apoyo vecinal es clave: "Al final, todos sufrimos la exclusión social", sentencia Miguel, que acostumbra a ser rechazado en las entrevistas de trabajo por el estigma de pertenecer al mundo de la droga y las adicciones que existen en la zona. "Ese mundo de las drogas existe aquí, no lo vamos a negar, pero muchos solo somos familias normales y corrientes que buscamos una vida digna". Pilar y su marido sobreviven gracias al ingreso mínimo vital y a los trabajos precarios que encadena él, como vender chatarra o ropa en el centro: "Ayer gané 10 euros vendiendo calcetines en Moncloa, a ver qué tal hoy", dice sin mucho ánimo.

Un bote de gasoil les permite encender la nevera durante dos horas al día

Miguel Fernández siente impotencia, sufre ansiedad y enseña las pequeñas calvas que rodean toda su cabeza, una reacción corporal que los médicos achacan al estrés. Lo peor, asegura, es no tener horizonte vital: "Encadeno un día tras otro con agobio continuo, no paro de dar vueltas a los problemas, mi cabeza nunca puede descansar. Estamos apenas a 20 kilómetros del centro de Madrid, pero parece que vivimos en otro mundo". A menudo llega llorando a casa, pero siempre evita que le vean sus hijos: "Por ellos siempre ponemos buena cara". Su mujer, Pilar, asiente en silencio. Mientras Miguel se dirige al centro a vender ropa, su madre resopla y recuerda cuando se manifestaron en la Puerta del Sol, en febrero, para obtener soluciones: "Estamos muy cansados, llevamos años con esta pesadilla". La situación es límite en algunas zonas, como una parte del sector 6 de la Cañada, donde 200 familias ni siquiera tienen agua. Los vecinos no han cesado en su empeño por encontrar soluciones. A las 10 de la mañana, con el termómetro marcando 27 grados, Pilar y su suegra Ángela, dedicadas a tareas del hogar, confiesan que ya están cansadas de luchar: "Es como quien oye llover, a los políticos les damos exactamente igual".

placeholder Los Fernández se refrescan con la manguera. (Lucía Tolosa)
Los Fernández se refrescan con la manguera. (Lucía Tolosa)

En los últimos meses, los más de 4.000 habitantes de la Cañada se han manifestado al grito de 'Luz para la Cañada' ante la sede de Naturgy, la compañía que suministra el servicio en la zona, y han denunciado sus condiciones ante el Gobierno de España, la Comunidad de Madrid y el consistorio. Incluso el defensor del pueblo, Ángel Gabilondo, ha expresado su preocupación y ha exigido respuestas. En 2021, España recibió varias llamadas de atención de la ONU por la situación en la Cañada Real, y Amnistía Internacional exigió en la Asamblea que se garantice el derecho a la vivienda y el acceso a suministro eléctrico de sus habitantes. Sin embargo, la Comunidad de Madrid considera de "dificultad extrema" el retorno del suministro energético al sector 6 de la Cañada Real porque depende de los "hábitos de consumo eléctrico" de sus habitantes y de "la imposibilidad legal de admitir el uso residencial y sus instalaciones interiores". Así zanjó el asunto Gorbea Pérez, el comisionado de la comunidad madrileña para la Cañada Real Galiana. Todo esto, sumado a la impotencia que sienten los vecinos, ha hecho que se instale un clima de apatía y desidia entre los afectados. En las callejuelas sin asfaltar, apenas hay viandantes porque la mayoría se recluye en sus casas hasta mediodía, pero los pocos que hay repiten lo mismo: "La culpa es de los políticos, nosotros ya no podemos hacer más".

A las 11:30 de la mañana, con el termómetro marcando 32 grados, los críos despiertan en la casa de los Fernández: Izan, de tres años, juega subido a su cochecito verde, mientras Christian, de 13, y su prima Luz, de ocho, alojada temporalmente con sus abuelos, se desperezan. El mediano, Bryan, ha preferido pasar el verano en Extremadura, donde vive su familia materna: "Entiendo a mi hermano, vivir aquí se hace pesado sin nada que hacer, yo quiero que llegue septiembre", resume Christian. Los Fernández forman parte del 32,7% de españoles que no pueden irse de vacaciones, según datos del INE. El mejor plan del verano es cuando van a la piscina municipal, una vez al mes: "Gastamos 40 euros ese día por los críos, es nuestro pequeño lujo", resume el padre.

"Me da miedo que estudien y luego no sirva de nada, casi prefiero que se sepan buscar la vida"

Una de sus mayores preocupaciones es el futuro de sus hijos: "Me da miedo que estudien y luego no sirva de nada, casi prefiero que se sepan buscar la vida desde jóvenes", apostilla su padre. Las horas pasan lentas en el sector 6, pero entre charlas en familia, con los pies remojados en agua gracias a la manguera, algún juego de cartas, el pilla-pilla o el escondite, se apañan. Lo que sigue sin apaño es el tema de la comida, como señala Ángela: “La subida de los precios de los alimentos es brutal, y tenemos que comprarlos el mismo día porque no podemos conservarlos refrigerados”. Entre todos bromean con que el embutido “les va a salir por las orejas”, pues a menudo lo usan para desayunar, comer y cenar, aunque también tiran mucho de legumbres en bote. Para que las ensaladas estén frescas, encienden la nevera durante dos horas exactas gracias al generador.

Toda esta situación acarrea problemas de salud en la población, agravados por la ola de calor. La matriarca, Ángela, sufre de vértigos y migrañas, y se dirige junto a su nieta Luz, a las 12:30, con 36 grados, a hacer cola a pleno sol para que la atiendan los médicos del “camión mágico”, como lo llama la pequeña, pizpireta y ajena al drama, refiriéndose al coche-móvil de Asistencia Sanitaria que se persona de 12:00 a 16:00 de lunes a viernes. En él trabajan unos cinco efectivos, entre ellos Santiago Agudo, Santi, como le conocen en la zona, el enfermero más veterano del equipo.

placeholder Ángela se toma la tensión en la unidad móvil de asistencia sanitaria. (L. T.)
Ángela se toma la tensión en la unidad móvil de asistencia sanitaria. (L. T.)

Agudo, que lleva 15 años atendiendo a la familia Fernández, ha participado en las marchas por la luz en la Cañada y es uno de los sanitarios que remitieron en 2020 una carta solicitando al Ejecutivo regional que mejorase las condiciones: "Hay mucha preocupación con el calor, porque sufren más infecciones respiratorias, gastroenteritis y quemaduras solares". El sanitario lamenta que no haya condiciones mínimas de dignidad: "Cada familia lo lleva como puede, pero no solo hablamos de problemas físicos, impacta directamente en la salud mental". En la familia Fernández lo resumen así: "Si la salud física es un lujo, de la mental ni se habla". Los vecinos se agolpan en la cola a pleno sol, como Gema Hernández, de 20 años y madre de un crío de tres, que repite un sentir general: "Nos tratan peor que a los perros, porque de los animales al menos se preocupan". Al regresar del camión sanitario, con las recetas de los medicamentos que necesita, Ángela escucha las críticas a la presidenta regional, pero ella solo piensa en resguardarse y ver a su hijo, que ya habrá vuelto de trabajar. Varias vecinas de los Fernández, como Guillerma Bruna y su hija Sara, plantean lo siguiente: "Ayuso debería pasar un día con nosotras, para que viera cómo es vivir aquí y así". Son las 14:30, hace 38 grados, y Ángela tiene dolor de cabeza y los tobillos hinchados, así que se limita a asentir cansada.

En la comida, resguardados del calor y en familia, la gestión del Ejecutivo regional sale a la luz: "Dicen que Madrid no se apaga, como si no existiéramos". Miguel hace referencia al último desplante de Isabel Díaz Ayuso, que se ha rebelado contra el plan de ahorro energético aprobado por el Gobierno central. Entre las medidas, se prevé reducir el consumo de energía de edificios públicos y apagar las luces de los escaparates a partir de las 22:00, algo que la presidenta madrileña ha dejado claro que no aplicará. "Madrid no se apaga", escribió Ayuso en las redes sociales el pasado 2 de agosto. La coletilla ha corrido como la pólvora en la Cañada Real, y algunos vecinos recurren incluso al humor: "Ayuso tiene menos luces que nosotros". La presidenta de la asociación cultural de mujeres Tabadol de la Cañada Real, Houda Akrikez, lo resume así: “Están jugando con nuestras vidas”. Además, en la Cañada Real las temperaturas se multiplican porque no hay árboles ni edificios que hagan sombra. En caso de no tener agua, aquellos que tienen que caminar hasta otras parcelas para pedirla a los vecinos se exponen a sufrir golpes de calor porque deben caminar a pleno sol y con temperaturas de más de 40 grados.

placeholder Pilar y Ángela, fregando en el patio. (L. T.)
Pilar y Ángela, fregando en el patio. (L. T.)

A las 16:00, a 40 grados, no hay un alma fuera de casa. La siesta es sagrada, excepto para Pilar y Ángela, que se quedan fregando fuera con los cubos rebosando de agua y jabón, pero también aprovechando para hablar tranquilamente. Es en esos momentos de menos ajetreo cuando Pilar explica cómo la precariedad puede hacer que renuncies a tus proyectos vitales, y detalla que hace meses fue operada de ligadura de trompas: "Siempre he querido una niña, pero no podemos permitirnos traer al mundo a otra criatura". Vivir en la Cañada Real es, como explican ambas mujeres, subsistir sin saber qué deparará el futuro. Y aquí es cuando sueltan algo que no han mencionado hasta ahora: "Cualquier día vienen a derribar la casa, como a otros vecinos".

Vivir sin saber cuándo vendrán a tumbarte la casa

En los próximos meses, la Comunidad de Madrid y el ayuntamiento sacarán de la Cañada Real a casi 200 familias, una medida polémica que no ha sido aceptada por todos: "Pedimos que vuelva la luz, no que nos saquen de nuestras casas", resume Miguel Fernández, que lamenta que la Administración no dé aviso previo y llegue a derribar la casa con la autorización correspondiente. El estrés es generalizado entre los vecinos, porque van viendo cómo sus hogares “caen como piezas de dominó”. El Comité Ejecutivo del Pacto por la Cañada Real, conformado por la Delegación del Gobierno y los tres ayuntamientos por los que discurre el camino, y coordinado por el Ejecutivo autonómico, fijó a mediados de noviembre de 2021 una hoja de ruta con 21 actuaciones, que incluye el realojo de 160 familias del sector 6, el conocido 'camino sin asfaltar', donde viven los Fernández. Para llevar a cabo esta medida, se invertirán 34 millones de euros financiados al 50% por las dos administraciones. Desde la firma del Pacto Regional por la Cañada Real Galiana, en 2017, se han completado 131 realojos de familias residentes en el tramo sur del sector 6, y la segunda tanda de realojos comenzó este pasado junio. El pacto recoge de forma expresa que el sector 6 ha de desaparecer progresivamente. "Ojalá nos queden un par de añicos aquí, pero pueden ser dos días", subraya Ángela.

Los cambios no son fáciles, así que, para facilitar el proceso de adaptación, el ayuntamiento estrenó el pasado 1 de agosto un programa de acompañamiento social profesional orientado a favorecer la integración al nuevo domicilio. Los Fernández insisten en que no es la solución: “Aquí no pagamos alquiler, y estamos juntos, cuando nos realojen estaremos separados y en zonas lejanas”. El programa de acompañamiento lanzado por el área de Familias, Igualdad y Bienestar Social, dirigido por Pepe Aniorte (Cs), asegura que les brindará apoyo en la firma del contrato de arrendamiento social, en la entrada a la casa y durante los tres meses posteriores. Sin embargo, la incertidumbre y el hastío acompañan a la mayoría de vecinos de la Cañada, como los Fernández: “La impresión es que no controlamos nada de nuestro presente, somos marionetas en manos de otros”.

placeholder Refrescos a un euro la lata. (L. T.)
Refrescos a un euro la lata. (L. T.)

La tarde discurre tranquila en la Cañada Real, entre algunas pachangas de fútbol, charlas en los bancos o meriendas en familia. Algunos vecinos se acercan hasta casa de los Fernández para comprar Coca-colas y otros refrescos: "Vendemos a un euro la lata, algo sacamos", resumen los abuelos. A las nueve de la noche, cenan embutido y lo que sobró de unas ensaladas, mientras Ángela piensa ya en la comida del día siguiente. Los críos cuentan que prefieren estar en el domicilio de “los abus”, porque el salón es más amplio y fresco que el suyo. Durante la cena, las risas de los pequeños retumban en las paredes, y son contagiosas, porque incluso los mayores sueltan alguna carcajada y reconocen olvidar un poco sus preocupaciones durante un rato: "Estar juntos es lo que nos da fuerzas y le da sentido a la vida, pese a la miseria que aguantamos", resumen los padres. Sobre las 11, todos se van a dormir, menos Miguel, que se queda fumando un cigarro y rellenando algunos barreños para refrescarse mañana. El joven se sienta en un banco destartalado de la entrada y pregunta: "¿Hasta cuándo durará esto? ¿Cuánto tiempo podremos seguir aguantándolo?". Cae la noche, el termómetro marca 35 grados y las respuestas siguen sin llegar.

El zumbido de las moscas, las gotas de sudor empapando su rostro y el ruido del despertador: eso es lo que despierta al treintañero Miguel Fernández todas las mañanas. Son las 6:30 en la Cañada Real, está amaneciendo en plena ola de calor y el termómetro marca 24 grados. El joven desearía darse una ducha, pero no puede. “Me refresco con un par de cubos”, explica desde la puerta de su casa, mientras vierte sobre su cuerpo el contenido de dos barreños que rellenó anoche. El angosto piso en el que vive junto a su mujer, Pilar, y sus tres hijos, dotado de una sola habitación y el salón, carece de agua corriente y de suministro eléctrico, por lo que no pueden usar el aire acondicionado ni la nevera. Como él, casi 4.000 vecinos de la Cañada Real Galiana, de los cuales 1.813 son niños y niñas, llevan casi dos años sin luz y han denunciado el olvido al que se sienten sometidos, algo que se agrava en verano: "Estamos abandonados a nuestra suerte". Los habitantes de la Cañada Real siguen exigiendo lo mismo, sin éxito, desde octubre de 2020, cuando les cortaron la luz: "Es como si no fuéramos ciudadanos de pleno derecho, siempre al margen del sistema".

Calor Pobreza
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