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Guía para seguir las elecciones de Galicia: las siete claves que marcarán el resultado
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Guía para seguir las elecciones de Galicia: las siete claves que marcarán el resultado

El juego de los restos improductivos será decisivo. En Lugo y Ourense, provincias sobrerrepresentadas, el PP debería superar el 50% de los apoyos. El estirón del BNG será inútil si el PSOE firma una catástrofe

Foto: Los candidatos a presidir la Xunta en el debate electoral para las elecciones gallegas. (Europa Press/Álvaro Ballesteros)
Los candidatos a presidir la Xunta en el debate electoral para las elecciones gallegas. (Europa Press/Álvaro Ballesteros)
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Desde el lunes 12, una ley inicua (en mi opinión, probablemente anticonstitucional) prohíbe a los electores gallegos y al resto de los ciudadanos conocer los datos de las encuestas para las elecciones de Galicia. Eso no significa que ese día dejaran de hacerse encuestas. Al revés, en estos días se han hecho más que nunca.

Al escribir estas líneas tengo delante de mí cinco trackings (encuestas continuas), realizados por cinco institutos de opinión, con datos actualizados a día de hoy. Esa misma información circula por las redacciones de todos los medios; y añadan los sondeos internos encargados por los partidos políticos, que se gastan cantidades ingentes para monitorizar la intención de voto hasta el último minuto. Así pues, todos aquellos que pueden influir sobre los electores disponen de una información demoscópica completa y actualizada que se hurta a quienes más derecho tendrían a ella, que son los electores mismos. Es tan absurdo como si a los inversores en bolsa se les prohibiera conocer las cotizaciones de cada empresa antes de decidir su inversión.

La iniquidad de esa norma se agrava por el hecho constatado de que cada vez son más los ciudadanos que posponen su decisión hasta los últimos días. Cuando entró en vigor la censura demoscópica, al menos una de cada cuatro de las personas que votarán este domingo aún no sabían si participarían en la elección y, en caso de hacerlo, a qué partido votarían. Tengan esto en cuenta antes de condenar a las encuestas por lo mucho que se equivocan. Que el legislador levante la ley seca y permita publicar datos y estimaciones hasta el último día (cosa que no ha hecho en 40 años ni hará) y verán cómo se equivocan menos.

Así pues, señalaré cuáles son, a mi entender, las claves numéricas más relevantes para seguir la jornada electoral y aproximarse a los resultados más probables. Especifico, por mor de evitar acciones punitivas, que todo lo que aquí escriba refleja exclusivamente las impresiones personales de este modesto analista.

1. 38, la cifra mágica

Las elecciones autonómicas en Galicia son muy sencillas de analizar en números (no tanto en las entrañas de la decisión de voto) porque todo gira sobre una única cifra: los 38 votos que se necesitan, sí o sí, para investir a un presidente en un parlamento con 75 diputados. Y la opción es drásticamente binaria: o el Partido Popular consigue la mitad más uno de los escaños en liza y forma gobierno en solitario con Alfonso Rueda como presidente, o los consigue la izquierda y se formará un Gobierno de coalición presidido por Ana Pontón, del BNG, con el PSOE como socio subalterno.

La única variante que alteraría esa ecuación es que se dé la carambola de que el PP y la izquierda empaten a 37 y el partido del alcalde de Orense alcance el escaño decisorio en esa provincia, para lo que necesita estar claramente por encima del 5%. Con la información disponible, la hipótesis de que Democracia Ourensana logre el escaño aparece como verosímil, aunque ello solo sería relevante si se diera la otra condición: un empate a 37 entre los dos bloques. En ese supuesto, los analistas suponen que el alcalde Pérez Jácome respaldaría al PP porque gobierna el ayuntamiento con su apoyo; aunque siempre podría ensayar una voltereta y hacerse socio de la izquierda en Ourense y en el parlamento gallego.

Foto: El alcalde de Ourense, Pérez Jácome y el candidato de Democracia Ourensana a la Xunta por la provincia, Armando Ojea. (EFE/Brais Lorenzo)

Actualmente, el PP dispone de 42 diputados y la izquierda (BNG+PSdeG) de 33. Para que se produjera un vuelco de poder, el PP tendría que perder 5 diputados y la suma de la izquierda ganar otros 5. En principio no parece sencillo que ocurra lo primero porque los cálculos de los expertos limitan las pérdidas del PP a un máximo de 4 escaños, uno en cada provincia.

Más difícil aún —aunque no imposible— parece a priori que el BNG y el PSOE sumen 38 diputados. Ciertamente, el BNG va disparado hacia arriba y está en condiciones de saltar de 19 a 25 diputados (incluso 26 en el mejor supuesto): pero todo su crecimiento se alimenta de votos que proceden de las otras fuerzas de la izquierda.

La alianza morada (Podemos- IU-Anova) ya quedó fuera del Parlamento en 2020. Ahora concurre aún más disgregada: por un lado Sumar, por otro Podemos y Anova, el partido de Xosé Manuel Beiras, reintegrado en el BNG. La probabilidad de que Sumar, por sí sola, alcance el 5% en alguna provincia (lo que solo podría ocurrir en Pontevedra) se reduce por días, ya que sus votantes —incluso sus dirigentes— parecen haber asumido que lo útil en esta ocasión es concentrar el voto en el BNG. Como diría Yolanda Díaz, les daré un dato: el 60% de quienes votaron a Sumar en las elecciones generales respaldará esta vez al BNG, y un 20% más se lo está pensando. Además, los escasos votos que retenga Podemos irán directamente a la papelera, arrastrando también a los de Sumar.

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La sucursal gallega del partido de Sánchez sufre también por la crecida del BNG —un fenómeno alentado desde el comando central monclovita—. Si se otorga al BNG un máximo de 26 diputados (de momento no hay forma de encontrar en las cifras el número 27), para sumar 38 los socialistas tendrían que limitar sus pérdidas a solo dos escaños, pasando de 14 a 12 (26+12 o 25+13, ese es el sueño húmedo de la coalición de izquierdas). Pero ¿cómo se hace compatible que el BNG gane 7 escaños y el PSOE solo pierda 2?. Ello exigiría que se dieran tres de estas cuatro condiciones: una movilización extraordinaria en el espacio de la izquierda para que el 47% de 2020 se convierta al menos en un 52%, deprimir al máximo el voto inútil de Sumar y Podemos, que el PSOE no baje más de dos puntos de su resultado anterior y que Vox le arranque cerca de un 4% al PP.

Así pues, una primera orientación: si a la mitad del recuento ven al PP superando con cierta holgura el 45% del voto con Vox por debajo del 3% y el PSOE por debajo del 15%, piensen en Alfonso Rueda como presidente. Si, por el contrario, el PP tiene problemas para alcanzar el 45%, el BNG pica hasta el 33% y el PSOE resiste en torno al 16%, permanezcan atentos a la pantalla y vayan pensando en una probable investidura de Ana Pontón.

2. El equilibrio de los bloques

Está muy extendida la convicción de que Galicia vota abrumadoramente a la derecha. Es más bien un efecto óptico: de hecho, hay varios territorios en España con un voto más conservador que Galicia, empezando por Madrid.

Ciertamente, Feijóo logró cuatro mayorías absolutas consecutivas. Pero en todas esas ocasiones, la derecha y la izquierda empataron en votos, con diferencias inferiores a 2 puntos. Sucedió que el PP acaparó prácticamente el 100% del voto de la derecha, que se hizo íntegramente productivo, y la izquierda concurrió fragmentada en tres o cuatro opciones, algunas de ellas improductivas.

3. La sobrerrepresentación de Lugo y Orense

Como sucede en España, en Galicia el PP se beneficia de la sobrerrepresentación de las dos provincias menos pobladas, Lugo y Orense, frente A Coruña y Pontevedra. Con el 23,5% de la población, Lugo y Orense tienen el 37% de los escaños en el parlamento. Con el 76,5% de la población, A Coruña y Pontevedra eligen el 62% de los diputados. Se da la circunstancia de que Lugo y Orense son las dos principales fortalezas electorales del PP. Por eso también es preocupante para ese partido el resto que pueda hacerle Democracia Ourensana en esa provincia.

Otra orientación para el escrutinio: si no ven al PP por encima del 50% del voto en esas dos provincias, es que pintan bastos para los de Feijóo.

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4. El juego de los restos improductivos

EL límite legal del 5% provincial para entrar en el reparto de escaños opera como una guillotina letal para los partidos pequeños. En esta ocasión, se trata de dilucidar cuál de los dos bloques tendrá más votos improductivos. Con toda seguridad, lo serán los de Vox y Podemos. Muy probablemente, también los de Sumar. Y permanece la incógnita de DO en Orense.

Lógicamente cada bloque desea que los votos inútiles en el bloque opuesto sean más numerosos que en el suyo. Por esa razón el BNG y el PSOE rezan para que Vox crezca hasta la frontera del 5% —y hacen todo lo posible por ayudar a los de Abascal— y el PP necesita que Sumar no llegue, pero que no se hunda por completo. En Coruña y Pontevedra, por ejemplo, un 4% para los de Díaz más un 1,5% para Podemos sería una gran noticia para el PP y funesta para las aspiraciones de la izquierda y para la reputación de Pablo y Yolanda, enemigos para siempre.

El PP sólo ha perdido el poder en una de las 11 elecciones autonómicas celebradas desde 1981

Tercera orientación, esta paradójica: quizá resulte finalmente que Vox haga ganar a la izquierda y Sumar y podemos le regalen la victoria al PP. Por eso el PP está empeñado en aplastar a Vox y la dupla BNG-PSOE lucha por hundir a Sumar y extinguir a Podemos.

5. La distancia entre el primero y el segundo

El PP solo ha perdido el poder en una de las 11 elecciones autonómicas celebradas desde 1981. Sucedió en 2005. Fraga consiguió el 45,8% del voto, pero el PSOE, que venía de ganar las generales con Zapatero, se plantó en el 33,6, al que añadió el 18,9% del BNG. Doce puntos de ventaja parecen mucho, pero fueron insuficientes pese a la victoria contundente del PP.

En 2020, Feijóo aventajó al segundo, que fue el BNG, en 24 puntos. De ahí lo aplastante de su resultado. En esta ocasión, el PP no obtendrá esa ventaja ni en sueños. De hecho, es probable que la distancia que lo separe de su seguidor se reduzca a la mitad, quizás incluso menos.

Los estrategas de la izquierda son muy conscientes de que solo tendrán esperanzas de ganar la Xunta si el BNG se aproxima lo más posible al PP. De ahí la descarada promoción del voto a ese partido y a su candidata por parte de quienes deberían ser sus rivales directos, PSOE y Sumar. Cuanto más ascienda el BNG, mejor para el convento común. El problema, como ya he señalado, es cómo hacer eso compatible con un resultado no catastrófico del PSOE.

Foto: La portavoz nacional del BNG y candidata a la Presidencia de la Xunta, Ana Pontón, posa en su despacho. (Europa Press/Álvaro Ballesteros)

6. El dudoso control de daños del PSOE

El partido de Sánchez tiene asumido no solo que quedará tercero distanciado, sino que retrocederá sensiblemente respecto a la anterior elección, y se conforma con ello. Forma parte del pacto sanchista con los nacionalistas: Sánchez asume que su partido se jibarice en las elecciones territoriales a cambio de que le devuelvan el favor en las generales. Ahora bien, el peligro en esta ocasión es que, de tanto ayudar a Pontón en perjuicio de Besteiro, se le vaya la mano y entre en caída libre.

Pablo Pombo tiene razón en su análisis: en estas elecciones, el agujero negro de la izquierda es colorado. El PSOE parte de un 19% y 14 escaños en 2020, que ya fue un resultado pésimo. Ahora tirarían cohetes si se aproximaran a esa cifras. Un tercio de sus votantes ya ha decidido pasarse esta vez al BNG, y u 25% más lo está dudando. Si no consiguen que la sigla opere —como otras veces— de paraguas para limitar el daño, dará igual lo que suba el BNG, porque la aportación auxiliar del PSOE resultará suficiente. Puede asumir bajar de 14 escaños a 12, pero no más. Y en esta ahora ya hay quienes proyectan estimaciones de 9 o 10 diputados socialistas,

Foto: Pedro Sánchez junto al candidato del PSdeG a la Presidencia de la Xunta, José Ramón Gómez Besteiro. (Europa Press/Álvaro Ballesteros) Opinión

Así pues, una orientación más: aunque el BNG se aproxime a la cifra récord del 34-35% y 26 escaños, si ven al PSOE por debajo de 12 —no digamos si se va por debajo de 10, lo que me parece poco probable, pero no imposible— la izquierda debe abandonar la esperanza de gobernar. Se dirá entonces que funcionó a todo gas el motor principal, pero falló con estrépito el secundario (para esas labores va quedando el partido de Sánchez allí donde tiene aliados nacionalistas).

7. El voto del exterior

Nada menos que 476.514 ciudadanos residentes fuera de España tienen derecho a voto en estas elecciones: nada menos que el 18% del censo electoral. De ellos, 166.289 están en Argentina, la quinta provincia gallega. Si participaran masivamente —o, al menos, en proporción parecida a los residentes en España—, su voto sería decisivo. Pero no ocurrirá. A pesar de que, por fin, ha desaparecido el dogal del voto rogado, la participación del exterior seguramente crecerá, pero seguirá siendo muy escasa, quizá en torno al 10% como máximo.

Aun así, no conviene despreciarla. En 2005, el escaño decisivo que decantó la elección se resolvió en la Junta Electoral de Orense por los votos del exterior. Ante diferencias microscópicas en los cocientes, 50 o 100 votos pueden bastar para volcar un escaño a uno u otro lado. Por eso es tan sorprendente que, contando con tres referentes de primer nivel (Rueda, Feijóo y Rajoy), el PP haya renunciado a la visita ritual a Buenos Aires para cortejar a esos votantes. Quizá tenga que arrepentirse de esta y otras muchas negligencias que han marcado su campaña.

A partir de todo esto, hagan sus apuestas o, simplemente, sigan el espectáculo de una jornada electoral que se concibió como rutinaria y ha ido cobrando emoción a medida que se aproxima el Día D. Sin duda, mucha más emoción de la que esperaban quienes decidieron adelantar esta elección para darse un paso triunfal.

Desde el lunes 12, una ley inicua (en mi opinión, probablemente anticonstitucional) prohíbe a los electores gallegos y al resto de los ciudadanos conocer los datos de las encuestas para las elecciones de Galicia. Eso no significa que ese día dejaran de hacerse encuestas. Al revés, en estos días se han hecho más que nunca.

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