inquietud por la ola de delincuencia

"Han atracado a un agente del FBI" y otras cosas que están pasando en Barcelona

Vecinos y comerciantes de los barrios más castigados por la ola de delincuencia explican su día a día. La situación, dicen, empeora y empiezan a organizarse para exigir más vigilancia

Foto: Los Mossos toman el barrio del Raval (Barcelona) en una macrooperación contra el narcotráfico. (EFE)
Los Mossos toman el barrio del Raval (Barcelona) en una macrooperación contra el narcotráfico. (EFE)

A principios de agosto atracaron a un agente del FBI en la Rambla del Raval. Le sacaron el reloj de la muñeca en la barra exterior de un 'gastrobar' que tiene seguridad privada y que por la noche se convierte en bar de copas. En la zona circulan diferentes versiones extendidas sobre lo ocurrido. Hay quien dice que se comportó como un turista más y quien asegura que sacó la placa y se puso a gritar "efebeiii", como en las películas; quien aventura que era un pez gordo y que por eso se movilizó a tanta policía; y quien jura que los testigos vieron al ladrón llevarse un maletín.

La historia crece, se transforma y se embellece con el boca a boca y la imaginación. Pero lo importante es que les sirve para argumentar que "lo que está pasando en Barcelona" no afecta solo a pandilleros y turistas despistados, sino que puede salpicar ya a cualquiera. Los delincuentes, insisten, son numerosos y están envalentonados. Y son capaces de mangarle el peluco al mismísimo Jason Bourne sin que nadie haga nada por detenerlos. O de acabar con la vida de la viceministra de turismo de Corea del Sur, que murió a finales de junio después de que le intentasen arrancar el bolso desde una moto en Sant Martí.

Pero realmente ¿qué es "lo que está pasando en Barcelona"? Los datos reflejan un aumento considerable y continuado de la delincuencia. La tasa de delitos conocidos por cada mil habitantes ha crecido casi un 10 por ciento en el último año y más de un 32 por ciento desde 2015. En los distritos céntricos y más turísticos, Ciutat Vella y el Eixample, ha aumentado casi el doble. El problema se ha descontrolado en el último mes y pico, como si se hubiese aflojado la espita que contenía los delitos de sangre.

Llevamos nueve homicidios desde que empezó el verano y las noticias sobre apuñalamientos, palizas a turistas y peleas se repiten casi cada madrugada. En plena espiral, algunos comentaristas han llegado a decir que Barcelona está ya peor que Brasil. Antes de seguir, conviene dimensionar la alarma: en abril, la policía de Río de Janeiro sacó pecho porque los homicidios estaban cayendo en picado, ya que ese mes solo habían muerto por causas violentas 492 personas, frente a las 593 del año anterior. Es decir, en el mejor mes de Rio hubo 50 veces más homicidios que durante el 'verano negro' de Barcelona. A años luz.

En el mismo local donde el agente del FBI se quedó sin reloj, el verano pasado entraron a robar de madrugada. Los ladrones pasaron casi tres horas percutiendo un cristal de la fachada sin que nadie diese la voz de alarma, agazapados detrás de unos cubos de basura. A las 6:20 de la madrugada accedieron por el butrón y se llevaron todo lo que pudieron cargar. El encargado del local, de origen extranjero como casi todos los que trabajan en la Rambla del Raval, dice que la degradación les ha hecho perder un 35 % de los ingresos en el último año y culpa a las autoridades que permiten que haya enjambres de chavales magrebíes merodeando por el boulevard desde mediodía hasta que amanece.

Pintada para denunciar un narcopiso (Á.V)
Pintada para denunciar un narcopiso (Á.V)

Los chicos no disimulan. A la vista de cualquiera, se inflan a benzodiacepinas y drogas baratas que inhalan en bolsas y botellas, se apoyan en los escaparates cuando no se tienen en pie, orinan en las esquinas… Roban varias veces al día, incluso a los camareros de los bares de copas cuando salen de trabajar de madrugada. "A veces se ponen muy violentos. Te sacan un cuchillo sin problemas. Casi todas las noches montan alguna. Ayer arrastraron por toda la calle a un japonés que no soltaba la mochila. Los turistas me enseñan artículos y puntos rojos en los mapas que les advierten que no deberían venir aquí". El reparto del botín suele acabar a voces y casi a diario acaban teniendo peleas entre ellos. "Esta zona ha sido siempre movida, pero lo de ahora no lo habíamos visto nunca. Se está yendo a la mierda muy deprisa".

Ventanas rotas

En otros círculos de Barcelona se ha puesto de moda estos días la teoría de las ventanas rotas, una hipótesis popularizada por el exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, que trata de explicar cómo se contagian las conductas incívicas y se degradan las ciudades. Parte de un experimento de finales de los años 60, durante el que un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford abandonaron un coche en el Bronx (Nueva York) con las placas de matrícula arrancadas y las puertas abiertas. En 72 horas, estaba totalmente destrozado. A los pocos días, abandonaron un segundo coche en las mismas condiciones, pero esta vez en Palo Alto (California), una de las zonas más ricas del país. Para reforzar la sensación de abandono, los investigadores golpearon la carrocería con un martillo. Pocos minutos después de hacerlo, se desató el vandalismo. En tres horas, el coche estaba irreconocible.

La moraleja es más o menos la siguiente: si en un edificio aparece un cristal quebrado y no se arregla, el resto de ventanas acaban siendo destrozadas

La moraleja es más o menos la siguiente: si en un edificio aparece un cristal quebrado y no se arregla, el resto de ventanas acaban siendo destrozadas en breve. Y Barcelona, como el Nueva York que quería redimir Giuliani, tiene ya varias ventanas rotas: la falta de respuesta ante los pequeños hurtos, la proliferación de carteristas, la impunidad de los vendedores ambulantes, los 'yonkis' durmiendo en los bancos, el trapicheo de droga… La suma de todo ello genera la sensación de que la ciudad no tiene límites, de que no hay líneas rojas, sobre todo en algunas zonas.

La imagen está calando incluso entre quien menos te esperas, entre los que llegaron a Barcelona buscando una ciudad abierta, tolerante y cosmopolita. "Yo soy la persona más tolerante del mundo, a mí me ha gustado siempre el jaleo, el desorden, los clubes de marihuana. Soy un poco perroflauta", se describe Fabrizio, un diseñador web italiano, vecino del Poble Sec, que en los últimos meses ha cambiado de opinión sobre su barrio y sobre la ciudad que eligió para vivir hace cuatro años. "Son pequeñas cosas que te van afectando. El tener que ir con más cuidado es un rollo, o el tema del 'cruising' —actividad sexual en lugares públicos— que se ha puesto de moda en los parques Montjuic. Voy a pasear al perro por la noche mirando el móvil y me sale un tío medio en pelotas de un seto porque se la estaba chupando a otro. Me estaré haciendo mayor pero esas cosas me molestan. Quiero mudarme fuera de Barcelona o algún barrio más tranquilo".

Marc Anton posando en la Barceloneta. (A.V)
Marc Anton posando en la Barceloneta. (A.V)

Playa desmadre

En los bares de barrio de la Barceloneta, junto a la playa por la que pasean diariamente miles de turistas, tienden a alinearse también con las tesis de Stanford. Frente a un botellín y una bomba (tapa de patata y carne), un grupo de hombres confiesan que van armados para defenderse: porras extensibles, sprays, pistolas taser… "Cada vez sale más gente así de casa. Vecinos normales. Yo por la mañana me voy a las cinco y llevo una botella de salfumán", dice Juan, un histórico sindicalista del barrio, casado con una mujer marroquí.

"Nosotros no nos asustamos fácilmente, somos gente dura, pero esto se ha ido de madre. Vienen a dar el palo a los turistas y a nosotros tampoco nos respetan", continúa David, albañil. La conversación se anima y el corrillo desenfunda los teléfonos. Empiezan a aparecer escenas de robos, atracos, peleas… material que circula en grupos de WhatsApp. Aparecen algunas imágenes de cosas que ni siquiera ocurrieron en Barcelona, ni en España, pero que se integran en el relato coral. "Roban a los viejos en los parques, a los currantes cuando madrugan para ir a trabajar. Están vendiendo droga a todas horas y en todos sitios. Lo último que me dicen los amigos marroquíes es que están llegando argelinos de Saint-Denis porque en Francia no les dejan hacer lo que les dejan aquí".

Santiago Redondo, profesor de Criminología de la Universidad de Barcelona, toma distancia. "La delincuencia en general ha aumentado un poco, pero mi perspectiva es que estas oscilaciones a corto plazo no son muy representativas". Insiste en que los homicidios registrados este verano "no tienen por qué significar un incremento brutal de la criminalidad a largo plazo". "No digo que tengamos que descartarlo, pero es pronto para deducir que la delincuencia se está disparando". En estos temas, argumenta, la percepción de la población y los medios de comunicación va a menudo por delante de los hechos y en Barcelona están "confluyendo infinidad de factores", especialmente el turismo. "Hay mucha oferta victimológica, un ecosistema delictivo funciona también con la oferta y la demanda. Si hay turistas despistados, aparece gente dispuesta a sacarle rendimiento".

Esto es como cuando vas a por setas. En cuanto te enseñan una, ya ves el resto

En la playa de la Barceloneta la economía informal es ubicua. Los triciclos improvisados llevan turistas arriba y abajo, los vendedores caminan por la arena ofreciendo marihuana, masajes, camisetas, pareos, sombrillas, mojitos, cervezas, comida... Hace falta observar un rato para empezar a entender el funcionamiento del engranaje. "Esto es como cuando vas a por setas. En cuanto te enseñan una, ya ves el resto. Mira, ese de allí vende sombrillas. Este de la gorra está vigilando por si viene la policía. El de la bandeja de mojitos recarga en esa alcantarilla, por eso está ese chaval ahí esperando. Esas dos mujeres de allí van juntas y si ven un bañista despistado le quitan el móvil (...)", explica un guardia de seguridad que ha pasado años trabajando en la zona.

Los comerciantes de los chiringuitos dicen estar desesperados. Algunos han pagado más de 300.000 euros por la licencia anual y tienen competidores vendiendo los mismos productos, a su lado, ofreciendo mercancía libre de impuestos. Hace algunos años, reconocen, compensaban la inacción policial amedrentando a algunos ambulantes. "Se intentaba razonar con ellos, incluso se les tiraba la mercancía al agua si no hacían caso, pero ahora esas cosas ya no se pueden hacer porque se te echan encima. Son muchos y además están armados".

Carteles en los comercios de Sant Antoni. (Á.V)
Carteles en los comercios de Sant Antoni. (Á.V)

En el barrio de Sant Antoni los comerciantes han pegado carteles y repartido octavillas en las que puede verse un gran ojo sobre el lema "Vigila". "Si ves algo extraño", reza el papel, "llama al 112. Para tener un barrio seguro necesitamos tu colaboración". La campaña empezó a finales de primavera, durante una ola de robos. "Desde primeros de mayo empezaron a reventar las persianas de las tiendas, algo que no había ocurrido aquí nunca”, recuerda Vicent Gasca, presidente de la asociación de comerciantes del barrio. Durante semanas robaban cada noche alguna, dice, y se llevaban sobre todo lo que encontraban en las cajas registradoras. "Al final entendimos que eran drogadictos, que tenían los narcopisos aquí al lado y cuando necesitaban meterse venían al cajero, como digo yo. Si no sacan suficiente dinero para su dosis, asaltan la siguiente tienda. A veces tres seguidas. Parecía que los yonkis habían desaparecido pero ahora estamos volviendo a los años 80".

La Liga de la Justicia

El problema, amplificado por la alarma mediática, está haciendo brotar iniciativas ciudadanas que exigen lo que se suele pedir en estos casos: más presencia policial, cambios en el código penal y mano dura. Los más activos hasta el momento son los representantes de los colectivos más expuestos. Por ejemplo Khalid Shabad, presidente de la Federación Catalana Pakistaní. "Esta situación nos está afectando mucho por dos motivos. El primero es que roban nuestras tiendas, que no tienen protección y a veces ni siquiera denuncian por falta de conocimiento o de tiempo. El segundo es que perjudican nuestra imagen porque los delincuentes son extranjeros y la gente los asocia a nosotros". Shabad insiste en que, más allá de las estadísticas, las tiendas de alimentación de pakistaníes, latinos y marroquíes están entre las más afectadas. "Muchas veces les decimos a los dueños que no hagan nada porque aunque la policía coja a los que robaron, los van a dejar salir y luego vuelven. Es mejor que se lleven algo de tu tienda que tener un problema con un loco que saca un machete".

Una patrulla detecta carteristas en el metro. (A.V)
Una patrulla detecta carteristas en el metro. (A.V)

Como Shabad, también Eliana Guerrero nació en el extranjero. Esta mujer de origen colombiano, propietaria de una agencia inmobiliaria, lleva 12 años hostigando a los carteristas en el metro con un método extremo que ha despertado tanta admiración como condenas, que la ha llevado tres veces a Urgencias y que en las últimas semanas ha recibido un enorme empujón mediático y popular. "Me critican los que no tienen que sufrirlo, pero yo tengo cada vez más apoyos. Actualmente somos 40 y hay otros 20 aprendiendo para incorporarse".

Ahora patrullan de cinco en cinco, con un jefe de escuadrón al frente, un ojeador al lado, alguien guardando las espaldas y dos voluntarios en medio: uno que vigila y otro que graba. Cuando detectan a un carterista, lo rodean y lo delatan a gritos. Llevan silbatos, además de carteles plastificados para resistir los escupitajos. Si descubren a alguien robando, tratan de reducirlo a la fuerza. "Ayer retuvimos a un carterista chileno y se lo llevamos a los Mossos. Todos los días hacemos decenas de intervenciones, recuperamos teléfonos y disuadimos a ladrones". Los voluntarios que ayudan a Eliana son casi todos extranjeros: hosteleros, estudiantes, jubilados, un ama de casa, una niñera, un albañil... "De los 40 en activo, solo cinco tienen nacionalidad española. Que no nos vengan con el rollo del racismo y la xenofobia".

Salvalona

Eliana es una de las fundadoras de Salvalona, el movimiento ciudadano que más atención ha recibido en los últimos días y que, según sus organizadores, aglutina ya a cerca de 50.000 personas (sumando los representados de las asociaciones y colectivos que han suscrito el manifiesto). Los otros dos promotores son el controvertido líder sindical de Élite Taxi, Tito Álvarez; y el propietario de una empresa de seguridad privada, Marc Anton, que tiene a sus trabajadores repartidos por media Barcelona, en los barrios más difíciles. Se les están uniendo asociaciones de vecinos de los barrios más castigados, como la de Sant Adrià de Besòs (la Mina), un grupo que lleva varios días organizando caceroladas y marchas nocturnas. "Estábamos preocupados por el tema, sacamos un comunicado y metió un pedo mediático que nos quedamos flipados", recuerda Tito. "Hicimos reuniones con un montón de asociaciones y algunas, como los pakistaníes o los filipinos, se unieron de inmediato".

Marc Antón dice que su empresa da servicios a gente que nunca hubiese imaginado. "Siempre he tenido chicos en discotecas, hoteles, comercios, pero ahora me llaman hasta de portales, para ponerles a alguien todo el día y que no se meta gente a drogarse o dormir en el portal, para que no roben, etcétera", dice. Entre otras cosas, preparan una app con un botón del pánico y una manifestación masiva para el otoño. Marc Antón insiste: "Yo estoy acostumbrado a ver muchas cosas. He estado en situaciones muy feas, de todo tipo... Y te digo que hay barrios donde la gente está al límite. Si la cosa no para, la gente se va a organizar y va a haber una desgracia".

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